Historia en Curso

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Historia en Curso

Mensaje  LaurieCay el Lun Ago 24, 2015 12:40 am

Bueno pues, mietras tanto, en lo que las chicas deciden si entrar o no, abrimos con el robo que inicia todo. Esto lo escribimos yo y Ally juntas, sobre como terminan nuestras chicas en esto y como llegan al pueblo Very Happy



Complices:



―¿Estás completamente segura de esto? ―le preguntó Caylis a la muchacha frente a ella, al tiempo en que esta hundía una llave en la cerradura. Aquella dudó un momento, perdiendo la vista en sus propios pies. La voz le sonó ahogada contra la tela del cuello polar que usaba para cubrirse el rostro cuando murmuró:
―Completamente.
Le había advertido que había cámaras de seguridad y ambas habían tomado precauciones, escondiendose el cabello en la ropa, y cubriendo sus rostros. Su compañera sabía exactamente donde estaban las cámaras. Sabía donde evitar mirar y por donde moverse, por lo que habían llegado hasta allí con relativa facilidad. La puerta se abrió frente a ellas revelando un estudio amplio, finamente decorado. Todo el lugar apestaba a ricachon. El dueño del estudio no parecía tener ningún tipo de mesura en sus opulencias; pero había allí cierto toque femenino. Las paredes estaban adornadas de tapices finos, las maderas de todos los muebles eran gruesas, rojas y lustrosas y encima de sus cabezas colgaba un enorme candelabro de araña dorado, adornado de cientos de diminutos cristales Swarovski en forma de gotas. En una esquina, un inmenso acuario de aguas burbujeantes albergaba a una variedad de los peces mas coloridos que Cay había visto en su vida. Se distrajo excesivamente en los detalles de todo el sitio, deteniéndose a admirar una colección de figuritas doradas encima del escritorio y una fina cigarrera de cuero atigrado:
―El señor Rehieth tiene buen gusto ―bromeó Caylis, haciendo tintinear las gemas que adornaban una lámpara del escritorio―. Aunque un poco delicado para un duro hombre de negocios.
―La que tiene buen gusto probablemente sea su furcia. ―espeto su compañera, severamente― ¡Vamos! ―le apresuró. Caylis recobró la compostura y le siguió a través de un corto pasillo. Pasaron de largo por dos puertas. Caylis pensó que se detendrían en alguna, pero la muchacha que iba al frente caminó hasta el final del pasillo donde no había más que un cuadro de Caravaggio colgando de la pared. Caylis pasó los dedos por la pintura. Su compañera avanzó y movió el cuadro, revelando un panel de control donde tecleó rápidamente un número.
Aguardaron las dos en silencio, y Caylis se quedo boquiabierta cuando la pared subió ante sus ojos, revelando una enorme bóveda con una puerta metálica. Sus labios se curvaron en una sonrisa al tiempo que meneaba la cabeza.
―Estoy impresionada, señorita Kayrah Rehieth.
Kayrah avanzó y Caylis aguardó en su sitio a que procediera. Se sacó del bolsillo una tarjeta extraña, de un diseño tan pomposo como el resto del estudio que habían atravesado, y lo pasó una sola vez por la maquina que había en la cerradura, prosiguiendo a teclear otro par de números, que consiguieron abrir la bóveda.
Dentro se encendieron las luces, dejando a la vista una enorme repisa repleta de fajos de dinero.
―Tienen un banco privado ―rió tomando uno de los fajos y deslizando el dedo contra la esquina del montón de billetes para hacerlos sonar. Lucían todos nuevos― Si. Estoy impresionada. Dijiste la verdad.
―Es muy desconfiado a la hora de guardar su dinero. ¿Cuanto es lo que necesitas?
―“Necesitamos” ―la corrigió Cay, sacando la bolsa de detrás de su espalda y abriéndola sobre el escritorio― Ahora estamos juntas en esto y así será hasta el final. Recuérdalo. No creo que tu padre eche mucho de menos un par de estos ―dijo metiendo cinco en la bolsa, y estirando la mano para hacerse con otros cinco.
―Llena la tuya también. Todo lo que puedas meter. ―le indicó a Kay y ella obedeció, sin inmutarse―. Arreglé nuestra salida de la ciudad con un amigo mío. Un camionero dispuesto a llevarnos, pero le prometí una pequeña “rebanada del pastel”, a cambio.
―¿A cuanta gente tienes involucrada?
―Solo a él. No te preocupes, es muy discreto. Viajaremos bastante cómodas en el container de su camión. Nos ayudará a cruzar la frontera de Canadá en un compartimiento oculto de su camión. Ya lo ha hecho antes muchas veces. Nos dejará en la primera parada que encontremos, y de ahí, nos iremos a dedo hasta un pequeño pueblo donde podemos quedarnos una temporada hasta que todos se calme.
―¿Y luego?
―Luego nos dividimos el botín, y podrás ir a donde te plazca.
―Esto parece demasiado fácil ―negó la otra muchacha. Caylis notó cierto temblor en su voz, y se dio cuenta de que ella también temblaba ligeramente. Desde luego que no. No iba a ser nada fácil.

La joven ladrona hablaba con tanta facilidad de salirse con la suya y salir victoriosa, que incluso ella le hubiera podido creer. De no haber estado directamente involucrada y temblando de pies a cabeza con la sola idea de que dieran un paso en falso. Bien era cierto, que ella era la propia hija de aquel hombre de negocios, algunos no tan limpios como le hubiese gustado a la dignidad de la chica. Pero el lazo sanguíneo no la iba a salvar de ir directamente, con pase sin retorno, a una celda en prisión, por ser cómplice de la ladrona de la buena parte de la fortuna de mi padre. Debería sentirse muy culpable por estar haciendo aquello, y traicionando a su propia sangre. Pero la verdad era que el hombre no era ningún santo, y ella lo sabía muy bien. Había pasado su vida viendo cómo su padre engañaba a su madre, y les humillaba a su antojo, para por si fuera poco haberle descubierto que parte de sus bienes se debían a movimientos no muy limpios. No estaba precisamente orgullosa de sentir rencor contra su padre, pero tampoco estaba feliz con sus actos. Por años estuvo planeando el momento en que pudiera marcharse de su hogar, pero con la sobreprotección en aquella casa, los contactos de su padre para localizarla en el caso de lograr salir, era casi imposible marcharse sin que la descubrieran y la regresaran a casa. Ya lo había intentado una vez en su adolescencia, sin ningún éxito. Esta vez se encontraba con la persona que había logrado burlar la seguridad de su padre al menos una vez, cosa que pensó imposible. Se encontraba ante una oportunidad única para lograr sus planes, así tuviera que incriminarse. Escapar siendo cómplice de una ladrona, quedarse en su casa soportando la misma historia de años, ir a la cárcel si las descubrían. De aquellas opciones, escapar era la más aceptable para ella. Era jugarse todo, en cualquier caso. Si no encontraba su eterna libertad, no sólo estaría confinada a las cuatro paredes de su habitación, sino a la de una celda. Pero aquella casa ya le parecía una cárcel, en un tanto de ingenuidad de su parte, y sentía que era más lo que podría ganar que perder.
Claro, le hubiera gustado hacer algo por su madre, también. Pero si su madre aceptaba aquellas situaciones con muda resignación, ella no podía hacer más. Ella no se iba a quedar a seguir sus pasos. No estaba dispuesta a ello.
—¿Está todo listo?—preguntó la joven ladrona.
—Sí…es todo—respondió ella, concentrándose en su tarea de recoger lo que restaba en su propia bolsa, que le había dado la otra chica.
—Apenas lo creo. No lo creeré hasta estar a kilómetros de aquí.
—“Ni yo”—se dijo mentalmente Kayrah.
—Larguémonos de aquí—le susurró, aferrándose la bolsa con el motín—. Estoy confiando demasiado en ti, no esperes que lo hiciera con alguien más. Me estoy lanzando un volado al aire con esto, y si me traicionas…voy a tenerle que dar prioridad a mi libertad, sea el precio que…
—No te preocupes. Yo también estoy echando mi suerte a un volado con esto. Estamos en la misma situación. Es hora de irnos.

Sin más demora, las dos chicas afianzaron los bolsos a sus espaldas y salieron, dejando todo en su preciso lugar. Kayrah cerró puerta tras puerta tal y como las habían encontrado y devolvió las llaves a su sitio correcto.
―Apresurémonos. No se cuando vaya a terminar la cena; si es que no terminó ya y mis padres vengan en camino...
Caylis torció una mueca. Si las sorprendían ahora, que todo iba tan bien, sería desastroso. Miró a Kayrah. Si cualquier cosa ocurría en ese preciso momento, aún podía usarla como su as bajo la manga y tomarla de rehén, para hacer un último intento de huida.
Sortearon en una apresurada carrera los pasillos, la escalera de la mansión, y el vestíbulo hasta la puerta.
Caylis notó cierto atisbo de melancolía en los ojos de Kayrah, cuando volteó para ver si le estaba siguiendo el paso. Probablemente pensara que era la última vez que vería esa casa. Estaba mirando el que había sido su hogar durante toda su vida; por última vez. Sacudió brevemente la cabeza y volvió la vista al frente donde las esperaba la puerta frontal. Caylis respiró hondamente. No sabía exactamente como estaba distribuído todo. No sabía donde estaba la puerta ni cuanto tendrían que recorrer. No había visto nada de eso. Había entrado a la mansión en la cajuela de un automovil después de todo. Kayrah le había ayudado a escabullirse en su habitación, donde habían planeado todo.
―Dame tu bolso ―le indicó a Kay y ella obedeció. Caylis se lo echó al hombro, y se sacó de la pretina del pantalón la pistola que llevaba.
Kayrah se puso tensa. Caylis apuntó al piso y disparó. Kayrah dio un brinco, pero la pistola no emitió más que un chasquido:
―No tiene balas. Solo es como “utilería”. No te preocupes.
―¿Y si no sale como esperamos? ¿y si “ellos” disparan?
―No le dispararían a la hija de su jefe. ―le dijo Caylis, muy segura. Una cosa era que Kayrah no tuviera una buena relación con su padre. Otra muy distinta era que los guardias de la mansión tuviesen permiso de asesinarla― en marcha ―le dijo a su compañera y esta se acercó para echar a andar su maniobra. Caylis se sacó el pasamontañas del bolsillo de la chaqueta y se cubrió el rostro.

La puerta de la mansión se abrió con un sonido estrepitoso, y cuando los dos guardias que la custodiaban, se dieron la vuelta, Caylis sostuvo firmemente la pistola contra la sien de su rehen, nada menos que la hija del señor Rehieth, con el dedo en el gatillo:
―¡Ninguno se mueva! ―ordenó y estos se paralizaron con la mano en la pretina,donde hacían el afán de buscar su propia arma. Caylis dio un par de pasos hacia un lado, sin soltar a su capturada y se refugió contra una de las paredes laterales de la puerta― Necesito un vehículo ahora mismo.
―Baje el arma ―le amenazó uno de los hombres y Cay afanó el cañón de la pistola contra la joven. Kayrah se había quedado de piedra. Caylis no supo si actuaba o si por fin la situación tenía efecto en ella.

La joven escuchaba la voz dura y decidida de su captora, y se preguntó hasta qué punto aquello superaría la actuación.  La mujer había sido muy clara al decirle que si la traicionaba no iba a dudar de hacer lo que fuera necesario, y había tomado eso como una cierta amenaza. Para tratarse de una mujer incluso—más pequeña que ella, se daba cuenta de que no estaba tratando con ninguna dulce chica, ni con una principiante. Estaba muy decidida a lo que estaba haciendo. Y ahora mismo le comenzaba a parecer descabellada su idea de hacerse cómplice de ella, sin esperar que se le pudiera poner en contra o cambiar de opinión. Era la segunda vez que la tenía amenazada con aquella pistola, que aunque bien fuera de utilería, como la chica había dicho, nada quitaba el hecho de que la mujer pudiera sacar algún arma real. O que sus mismos escoltas terminaran metiéndole un tiro. Lo cierto es que no había planeado mucho cómo saldrían de su casa sin pasar por la seguridad. Le había confiado todo el escape a la mente maestra.
—Hagan lo que dice—ordenó Kayrah en voz alta, para sorpresa de los hombres de seguridad.
Los hombres se quedaron estupefactos con la orden y uno estuvo a punto de sacar su arma, pero Kayrah alzó aun mas la voz y dijo:
—Con un carajo, ¿quieren que me mate? Hagan lo que le dice.
—No estoy jugando—agregó la otra mujer, afirmando mejor a su presa y haciendo ademán de jalar el gatillo—. ¿Qué están esperando? ¡Rápido!
Uno de los guardias se aprontó a dirigirse hacia la cochera, para en un par de minutos, que parecieron una tensa y mortal eternidad, regresar manejando uno de los autos, que estacionó frente a las chicas.
— ¡Bájate! No necesito chofer.
El hombre obedeció las órdenes y la mujer lanzó a Kayrah dentro del auto, por la misma puerta del conductor, y mientras esta se pasaba al otro asiento esta ocupaba su lugar, cerrando la puerta de golpe.
El cerco de la casa se abrió mecánicamente, y en aquel instante Caylis aceleró el auto, llevándose a un guardia de seguridad que trató de ponerse frente a ella y dispararle.
—Vale más que te sujetes—le dijo a su supuesta rehén—. Esto va a ser una carrera un poco rápida.
Y entonces hundió aún más el pie en el acelerador haciendo chillar los neumáticos el auto.





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Re: Historia en Curso

Mensaje  Invitado el Lun Ago 24, 2015 3:11 pm

Okay chicas, escribí esto anoche porque estaba locamente inspirada.
Empecé escribiendolo en 3ra persona, pero la cosa es que con Rebeca siempre, desde que Soldium existe, he escrito en primera persona. Siempre siempre, y se siente muy raro en 3ra y como que no me queda bien. Como que no es Rebeca... no se como explicarlo. Así que terminé escribiendolo en primera, y pensaba traducirlo después a tercera.... but idk, como a veces también ignoran que CDHS sea en 3ra y escriben en primera, pensé en tratar.
Si no les gusta o rompe la armonía, lo traduzco a tercera y ya, pero siento que la escencia de mi personaje queda capturada con este método de escritura, y no se hacerlo (sólo con ella) de otra forma. Se los dejo así

Se suponque es Rebeca y Caleb llegan a Whitelake varias semanas antes de la temporada de caza. Lo hice así para que no TODOS los personajes forasteros lleguen al mismo tiempo, y porque así van a tener mas espacio para ocuparse de lo del robo y la historia de Cay.
Espero de verdad que le guste! creo que es la primera vez que utilizo Soldium en este foro, y estoy muy nerviosa!

Carretera:
La nieve aún estaba fresca en el camino, pero habíamos ya superado el buen tramo de hielo negro de la carretera y el espeso bosque había quedado al fin atrás. Caleb conducía bajo el límite de velocidad por miedo a que las llantas resbalaran en el pavimento.
El cielo comenzaba a pintarse de un azul claro y las estrellas iban desapareciendo de nuestra vista. Los primeros rayos del sol me hicieron darme cuenta de que tan cansada estaba.

—No has llamado a Annabelle—dijo Caleb de pronto durante horas de silencio, más en tono de recriminación que de pregunta. Me tomó desprevenida.

—Le prometí que la llamaría cuando llegáramos a algún lado… aún no estamos en ningún lado.

Caleb se encogió de hombros y continuó mirando al frente. Sabía que era lo que pensaba, llegaríamos pronto a algún lado de cualquier manera y sería mejor dejar de aplazar el momento de llamar a mi compañera de habitación.

—Sólo digo que debe estar preocupada. Te fuiste así sin más…

—Mientras menos sepan ella, Garrett, Vincent y el entrenador Howell, mejor. No quiero que envíen a todos a buscarnos. No hasta que sepamos que estamos en lo correcto, ¿está bien?

Caleb apartó los ojos del camino un segundo para mirarme con sus profundos ojos grises. Me tomó la mano, me dio un apretón y me sonrió con calidez, para luego volver a poner los ojos en el camino. Las llantas patinaron un poco al llegar a una subida empedrada, pero continuamos moviéndonos durante un rato. No quise encender la radio, y la calefacción del auto no había sido tocada en todo el viaje.

Dos horas mas tarde, la señal de la gasolina se encendió, indicándonos que tendríamos que detenernos de cualquier manera muy pronto para recargar. Buscamos algún centro de turistas o gasolinera cercana, pero estábamos conduciendo por una vieja carretera estatal lejos de todo. Intenté utilizar la navegación satelital, pero me aterraba encender la localización, por miedo a que nos encontraran. No estábamos ni remotamente cerca del centro de Alberta, que estaría a unos tres días de viaje en carretera.

Valiéndonos del viejo atlas de mi hermano que se encontraba a mis pies, y confiando en haber heredado su sentido de orientación, le pedí a mi mejor amigo que tomara la ruta 16 hacia el norte, y nos adentramos en un camino estrecho y terriblemente desigual, que provocó que las llantas se hundieran en los profundos estanques de nieve que se desplegaban por todos lados. Caleb no vaciló y aceleró para desatascar el auto. Luego de un par de intentos, el viejo Nissan volvió a moverse y continuamos nuestro camino cuesta arriba, esperando que los modelos del 84’ tuvieran un hueco extra en el tanque de gasolina.
Condujimos durante veinte millas más entre árboles, veredas y mucha nieve, y con el último suspiro de gasolina que nos permitimos, cuando comenzamos a divisar algo parecido a civilización, en lo más profundo del bosque y las montañas.

Un par de letreros de neón anunciando tiendas para adultos y cabinas privadas y algunos casinos. Después de un tiempo, nos topamos con casetas de tiro y tiendas de artículos de cacería y pesca. No muy lejos encontramos una pequeña gasolinera con un diminuto café. El auto se detuvo casi una milla antes, por lo que ambos tuvimos que bajar del auto a empujar los metros que nos separaban de nuestro destino.

El viento helado agitándome el cabello fue realmente alentador. Posiblemente el primer estímulo alentador en los últimos días, viajando en un auto robado, comiendo sándwiches de mantequilla de maní y durmiendo en el asiento del copiloto en estacionamientos de camiones. Pequeños copos de nieve quedaron atascados entre mis mechones rojos, y pude notar la mirada de Caleb sobre mi mientras me sonreía. Ambos empujamos nuestro viejo y descarrilado Nissan marrón cuesta arriba. Era lindo tener a Caleb a mi lado, porque sabía que sin él, como en todos los años que llevábamos juntos, y todas las cosas que habían ocurrido, no podría sobrevivir.

Un cuarto de milla más tarde, un hombre corpulento con una gran barba castaña salió de una de las tiendas de caza y se ofreció a ayudarnos a empujar. Llegamos hasta la gasolinera en una fracción del tiempo que nos habría tomado a los dos solos. El hombre amablemente se presentó como Pete y nos invitó a tomar una cerveza en la cafetería. “Para aliviar el frío” bromeó. Caleb y yo agradecimos su invitación, pero ninguno de los dos quería una cerveza a las nueve y media de la mañana, y no sufríamos particularmente de frío. Sin embargo aceptamos tomar un café.

Pete nos condujo al interior de la cafetería, que olía distintivamente a panqueques y humo de puro. Caleb parecía fascinado, aunque yo estaba acostumbrada. Solía colorear en mis cuadernos desayunando en sitios así cuando Brad no podía dejarme sola en casa. Nos sentamos en la barra junto con Pete quien ordenó café y una orden de panecillos de avena para todos. Yo pensé por un segundo en ordenar un vaso de jugo de manzana, pero rápidamente descarté la idea.

—¿Qué los trae por aquí tan temprano chicos? —preguntó Pete rascándose la barbilla, haciendo que su enmarañada barba castaña rebotara como resorte.

—Somos aves tempraneras—contestó Caleb amablemente.

—Bueno si, buenos chicos. Pero me refería a ¿qué hacen aquí semanas antes de que comience la temporada? No lo habrán escrito mal en el calendario, ¿o si?

¡Ah claro! ¡Temporada de caza! Eso explicaba muchas cosas.

—¡No, no! ¡No estamos aquí por la caza! —expliqué con la mejor risa adorable que pude fingir— tomamos un pequeño atajo, es todo.
Pete parecía confundido. Tal vez su confusión tendría algo que ver con el rifle recargado contra el banquito de la barra a lado suyo.

—¿Ah si? Que extraño, la mayoría de los turistas están aquí por la temporada. No recibimos muchos turistas en esta época del año por otras razones además de esa. El clima comenzará a mejorar pronto, los animales estarán por todos lados. ¡Es una fiesta muy colorida!

“Si… ya imagino de que color…” pensé. Caleb ahogó una risita.

—Dijeron un pequeño atajo, ¿no es así? —dijo Pete—¿a dónde se dirigen?

Algo en su voz me puso alerta. Una nota diferente en su timbre, aquel tipo de cosas que me hacían pasar de bajar la guardia a ponerme un poco a la defensiva de nuevo. Caleb estuvo a punto de contestar, pero me le adelanté.

—Vamos a Winnipeg a visitar a mi hermano y su esposa. Acaban de volver de su luna de miel.

Supuse que apegarme a la verdad sería mejor que inventarme algo. Pete frunció el ceño.

—¿Winnipeg? Están un poco fuera de ruta, ¿no les parece?. Ya han dejado atrás Edmonton y conducir por las montañas solo los alejará más de la ciudad y las interestatales.

Caleb intervino en nuestro rescate.

—Estamos de vacaciones, jamás habíamos recorrido el país en auto, y supusimos que era una buena oportunidad, antes de volver a clase el semestre entrante. Queremos perdernos un poco en las montañas. ¿Por qué no nos cuentas más acerca del festival?

La sonrisa de Pete se ensanchó y comenzó a contarnos todos los pormenores de la feria mientras una amable chica de cabello negro llamada Lily nos servía el café y traía los panques de avena.

Pose mis ojos en ella un momento. Su cabello era largo y lacio, usaba un flequillo recto y tenía los ojos marrón. Sentí un pequeño tirón y Caleb lo notó, porque dejó de pretender que escuchaba a Pete y se volvió a mirarme.

“Lily” decía su gafete.

Lily…

Caleb apretó mi mano con suavidad y me ayudó a volver a la realidad. La mesera se alejó para atender a los únicos clientes que estaban en el café aquella mañana, en una mesa del otro lado del establecimiento. No pude evitar seguirla con la mirada hasta que se perdió de vista. Pete aún hablaba sobre cómo la caza en aquella zona era preciada por todos los locales, y cómo los turistas iban cada año más por los trofeos y la feria estatal que por el deporte en si. Sentí un nudo en la garganta.

—Creo que he oído hablar del festival antes—dije de pronto. Caleb se removió incomodo a mi lado, pues sabía lo que iba a hacer. Y ambos estábamos conscientes que era peligroso. Pete abrió la boca dejando ver sus dientes blancos. —Una amiga de la universidad vino a una de esas el año pasado.

—¿Ah si? ¡grandioso! ¡seguro que llegó a contarles todo!

Sentía la boca tan seca de pronto que tuve que hacer un esfuerzo descomunal para que las palabras aglomeradas en el fondo de mi garganta salieran a tropel.

—Ella… ella nunca llegó a casa—admití. El semblante de Pete cambió completamente, y me aseguré de portarme tan seria y macabra como pude—Lleva desaparecida desde Marzo del año pasado.

Pete se acomodó en el banquito de la barra. Su cuerpo era demasiado grande y musculoso para que cupiera en el asiento de plástico rojo apropiadamente. Se acarició los rizos de la barba, y por un momento creí ver a mi viejo amigo Bear reflejado en él.

—Oh vaya… cuando siento escuchar eso… —dijo Pete con voz sombría—¿Eran cercanas?

—No—me apresuré a decir y sentí algo que no había sentido en años. Nausea. —No lo éramos… ¡no lo somos!... sólo íbamos a clase juntas. La buscaron por un tiempo y luego abandonaron la búsqueda, es triste…

Pete relajó un poco el semblante y su mirada se llenó de una tristeza empática e incómoda, intentando hacernos sentir un poco más apoyados. Justo la reacción que esperaba despertar.

—Es una tristeza. Muchos excursionistas se pierden en estas montañas, más entre todos los turistas que acuden… he escuchado casos antes. Cuanto lo siento muchachos.

—Está bien.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Pete. Sentí mi mandíbula tensarse y cómo el estómago se me retorcía. No era capaz de decirlo.

—Lily—contestó Caleb—Lily Caller.

Pete sostuvo aquella sonrisa cálida mientras sus ojos se hundían en culpa, tal vez por no poder ser empático o poder ayudar más. Buenos hombres como aquel eran lo que me devolvía un poco la esperanza en la raza humana. Hombres que sin saber la historia completa, sentían genuina compasión. Extrañaba aquella sensación en mi cuerpo, la de sentir compasión.

Ahora no sentía nada más que desesperación.

—De hecho—dijo Caleb armándose de valor. Tuvo que mirar a ambos lados como si se tratara de un niño a punto de cruzar la calle—creo tener una foto de ella…

Sacó su cartera del pantalón, en donde yo sabía que tenía varias copias de aquella fotografía. Le entregó el rectángulo de papel arrugado a Pete, que miró los ojos azules retratados bajo el flequillo negro y la sonrisa de dientes blancos y alineados. Una lágrima rodó por las mejillas de Pete.

—Mi hija Missy tiene los mismos ojos…—comentó Pete con un suspiro exagerado. Caleb y yo asentimos intentando con todas nuestras fuerzas parecer conmovidos.

El sol comenzaba a colarse por las ventanas con la fuerza de un sol de montaña. De nuevo sentí mis fuerzas desvanecerse, cómo si pudiera quedarme dormida sobre la barra de la cafetería. Pero teníamos una misión. Dormir vendría después.

Le contamos parte de la historia. De cómo “Lily” había desaparecido un día. De cómo nadie sabía donde estaba, sólo que se había marchado con un chico con el que salía. Decidimos omitir la parte de su asesinato, y pusimos especial énfasis en hablar sobre ella en presente, cómo si jamás se hubiera ido, cómo si estuviera aún allí con nosotros. Pete captó después de un rato y comenzó a decirnos que muchos jóvenes decidían adoptar aquellas montañas como su hogar en busca de un lugar dónde establecerse, tal vez huyendo de sus problemas. Nosotros aceptamos aquella información como si fuera nueva, poniendo especial cuidado en asentir cuando era necesario, fingir sorpresa o tomarnos de las manos conmocionados. Pensé en llorar, pero ni yo era capaz de tal hazaña actoral pese a que Caleb y yo éramos profesionales de la mentira y la manipulación. Pete pronto llegó a la conclusión de que nuestra compañera Lily seguramente se había mudado con su novio a alguno de los pueblos vecinos, y que tal vez la veríamos durante el festival de caza.

—¡Deberían quedarse un poco más! ¡Sólo unas semanas!

—No podemos—dije tajante y desesperanzada—Debemos volver a casa, además, ¿qué ganaríamos?

—Hay varios trabajadores locales en los pueblos vecinos que han vivido aquí toda su vida. Son muy pequeños, yo vivo en uno de ellos, en Solwook Place. Definitivamente no he visto a su amiga en el último año, pero tal vez no haya ido lejos de aquí… Creo que tienen una buena posibilidad de encontrarla.

—Si es que está viva—añadí sonando completamente genuina por primera vez en toda la mañana.

—¡No dudaría que lo esté! —dijo Pete animado—¡Oye Stella! —gritó de pronto.

Una mujer de cabello cano salió detrás del mostrador de la cocina y levantó la barbilla hacia Pete en señal de saludo.

—¡Estos chicos están buscando a una amiga que se vino a perder a las montañas el año pasado! ¿Verdad que pueden dejar la foto aquí por si alguien la ve?

Caleb se mostró receloso.

—No, es demasiado. No sabemos nada de ella y…

—Este café queda retirado de la ciudad y de los pueblos principales, pero casi todos los viajeros se detienen aquí, porque es la única estación de servicio en kilómetros. Si alguien que viene del oeste la ha visto, entonces ya se pasaron. Si viene del este, no están muy lejos ¿qué cuesta intentar?

Caleb le entregó entonces la fotografía discretamente, y Stella, saliendo de la cocina, la tomó y la ensartó con un pin a la tabla de especialidades del menú, junto a la barra. Luego volvió a desaparecer adentro de la cocina sin decir una palabra.

—Preguntaré en los alrededores y en el colegio de mis hijos en caso de que alguien sepa algo sobre ella. Quizá hasta haya salido en las noticias. Aquí los forasteros no pasan desapercibidos.

Eso esperamos.

Luego de un discurso esperanzador y asegurarnos que la foto en la tabla, junto a la especialidad de hígado encebollado, daría frutos, Pete nos pidió una vez más que nos quedáramos al festival por un par de semanas. Nos dijo conocer las posadas de los pueblos cercanos, y nos contó que el festival se vivía mejor en Louistown, Greckhale, Whitelake y Sprout Den. Todos quedaban a un día o dos de viaje por las montañas, lejos de las autopistas y las interestatales. Le prometimos que nos tomaríamos un par de días para pensarlo; anotamos nuestro teléfono junto a la foto de la barra, y prometimos que conduciríamos siempre al Este. Pete se disculpó y nos dijo que debía volver al trabajo pronto, por lo que nos terminamos el café y envolvimos los panques de avena para el camino. Eché una última mirada, pero no logré encontrar a la mesera de nuevo.

Cuando dejamos el café, el viento helado volvió a azotarnos. Tomé una buena bocanada mientras repasaba en mi cabeza lo que acabábamos de hacer.
Era sólo un señuelo. Era una señal para quienes nos habían arrebatado todo dos años atrás. Una señal de que sabíamos lo que habían hecho y estábamos buscándolos, siguiéndoles la pista y cerca. Y que no íbamos a detenernos.

Y tal vez, sólo tal vez, también era un último grito de esperanza.

Pete se despidió de nosotros y prometió llamar al número si tenía noticias. Nos hizo prometer que le avisaríamos si decidíamos quedarnos al festival. Por supuesto que vamos a quedarnos, pensé.

Cuando se alejó caminando cuesta abajo la milla que separaba la gasolinera de la tienda de artículos de caza, Caleb y yo nos dedicamos a llenar de gasolina el tanque.
Si, era más fácil robar otro auto, uno que si funcionara, pero el único que había en el estacionamiento era un Miata rojo destartalado, cuyo techo llegaba a la cintura de Caleb. Seguramente pertenecía a los únicos dos clientes del café.

O a Stella.

Terminamos de cargar el auto. Caleb apoyó los brazos en el techo y me miró con intensidad.

—Ya no hay vuelta atrás, ¿lo sabes verdad? No vamos a volver sin ella—dijo firmemente con sus ojos grises destellando de una manera que jamás había visto. Yo asentí.

—No vamos a volver sin ella, ni sin ninguno de ellos. Comenzaron esta guerra, y ahora vamos a terminarla.

Caleb asintió y ambos sentimos un escalofrío recorriéndonos, pero no tenía nada que ver con el viento helado.

—¿Crees que será suficiente? ¿su foto en un café?

—No hasta que hayamos llenado cada cafetería, hostal, posada y hospital con esa fotografía. Tenemos que llamar la atención de alguien.

—Mientras nos mantenemos con el perfil bajo—me recordó Caleb—¿Por qué tenemos tantos enemigos?

Yo hice una mueca que podría haber pasado por una risa, si es que aún tuviera la capacidad de reírme.

—Porque nos subimos al tren equivocado hace cuatro años.

Caleb y yo nos subimos a nuestro Nissan y encendimos el motor. Estábamos por echarnos en reversa y volver a tomar el camino por el que veníamos, hacia el este, cuando una persona salió por la puerta del café y se dirigió hacia nuestro auto agitando los brazos. Caleb apagó el motor y bajó la ventanilla del auto.

—¡Esperen!

Era un chico, de unos veintidós años, de pelo crespo rubio y cejas muy pobladas. Iba ataviado con un gorro de nieve y una chamarra gruesa.

—Ustedes pegaron la foto de esa chica dentro, ¿no?

—Si.

—Miren, no se si sea la persona que buscan, pero hay un sujeto, es cazador y solía trabajar en la poli, ¿vale?. A veces va a un bar que queda por aquí y caza con nosotros, y cuenta algunas historias. Pues nos dijo una vez, hace no mucho, que un día encontró a una chica inconsciente flotando en el río. ¡Río helado! Creyó que se había muerto de hipotermia, pero cuando la sacó del río, la chica abrió los ojos y salió corriendo. No volvió a verla, pero su descripción coincidía con esta foto. Tal vez la gente que vive cerca de ahí pueda ayudarlos.

Sentí algo dentro de mi dar un vuelco.

—¿Estás seguro? —dije con insistencia.

—¡No! ¡Por supuesto que no! Pero si buscan a una chica desaparecida, no van a encontrar información aquí. Conduzcan a donde haya un hospital, una alcaldía… ¡Vaya! ¡Una posada! Están perdiendo su tiempo. Hablen con este sujeto, su nombre es Spook. Byron Spook.

—¿Dónde lo encontramos?

—En Whitelake, a dos días de aquí.


La nieve volvía a caer suavemente sobre el camino, dejando rastros blancos en las orillas, haciendo la carretera desigual, más resbaladiza e inestable de lo que era por si sola.

No encontraba Whitelake en el atlas de Brad, ni siquiera estaba segura de que fuera un sitio real. ¿Pero que sitio era real en las montañas? Perdidos y alejados de todo.

Era un mínimo rayo de luz en una noche tormentosa. Una luz verde en la neblina.
Había dejado de tener fe, de creer en la esperanza, mucho tiempo atrás. Pero algo me decía que Cassandra estaba y siempre había estado en lo cierto.

Lila estaba viva, y la única pista que teníamos, nos llevaba al interior del bosque y las montañas, al pequeño pueblo de Whitelake.

Caleb condujo sin importarle el límite de velocidad.

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