Bucaneros de Curaçao

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Bucaneros de Curaçao

Mensaje  LaurieCay el Mar Abr 29, 2014 9:10 pm

*EDITADO*  añadida una continuación Very Happy

Primera Parte:
Caylis se paseó de un lado a otro por el castillo de proa, tamborileando los dedos sobre la baranda. Incluso a esa altura habían profundas marcas de las astillas de madera y hierro que habían volado con los cañonazos. La cangreja estaba raída y colgaba en dos largos jirones de tela que difícilmente iban a poder salvarse. Toda la arboladura había sufrido daños por culpa de las batería de palanquetas que La Victoriosa había descargado contra el Hirondelle. Caylis sentía escalofríos de mirar hacia lo alto de los mástiles. Echaría de menos demasiadas velas, jarcias, aparejos...
Su único consuelo, era que el barco enemigo se había retirado en iguales o peores condiciones de la pelea, y junto con él, su capitán. Morkham ya no volvería a molestarlos durante una temporada. Temporada larga que tenían por delante reparando los daños. Todas las provisiones o gran parte de ella se habían salvado, y no hacía mucho que habían podido interceptar ese pequeño mercante repleto de fruta, carnes ahumadas y vino, además de un enorme cargamento de trigo y maíz. Era suficiente abastecimiento para un par de semanas en tierra y eso era en parte un consuelo... De no se por que ni siquiera Caylis sabía cuanto pasaría antes de que pudiesen tocar tierra. Y con el casco del Hirondelle haciendo agua, el fondo marino parecía una posibilidad más probable que la arena seca de alguna costa. Pocas veces estaba tan ansiosa de tocar puerto y esta era una. Levantó la vista al frente. Iban en dirección al ocaso, y el sol estaba escondido tras gruesos nubarrones que no presagiaban ninguna suerte más halagüeña que la de naufragar en mar abierto. Cielo y mar, le parecía que se alzaban al frente demasiado extensos. Ambos coloreados de ese azul ennegrecido por los pasos agigantados de la noche, se unían allá en la linea del horizonte por el rojo intenso del sol tras las nubes. Contemplar ese hermoso paisaje se le antojaba desesperante bajo aquella situación. No podía dejar de pensar en que era un camino que no terminaría para ellos precisamente donde empezaba la tierra, si el viento continuaba haciéndose de rogar.
Gárin subió al castillo de proa para ir junto a ella, por recomendación de Scott, quien le había dispensado de sus deberes y enviado a hacer el intento de calmar los nervios de Caylis a sabiendas que era el único que a esas alturas podía lograrlo. Cojeaba todavía un poco del golpe contra la cubierta que se había dado al saltar desde el mismo sitio donde Caylis se encontraba, para esquivar una de las palanquetas que había estado a punto de caerle encima.
Caylis estaba por completo ilesa, pero él y todos sabían, que eso no era ningún motivo de alegría para Caylis; muy por el contrario. Salir sin un rasguño de una batalla difícil mientras que una buena parte de sus hombres descansaba ahora en la enfermería, era para ella lo mismo que para una madre, usar como escudo a sus hijos y refugiarse tras ellos de una lluvia de piedras.
Percibió el dolor crispando sus rasgos incluso antes de que ella virara para verlo, solo para volver enseguida al océano frente a ella. Gárin sabía que si la calma del océano no había logrado apaciguarla, poco podía hacer él. Se situó a su lado en silencio, con las manos en los bolsillos de la levita. Contempló junto a ella el horizonte. Había demasiada calma. Lo había dicho Scott, pero no se había detenido hasta ahora a pensar en su significado. La calma se debía a la falta de viento. Y el viento era lo que más necesitaban ahora.
Habían pasado toda la tarde acarreando baldes y cubas llenas de agua salada, arrojándolas por la borda sólo para volver a repetir el proceso una y otra, y otra, y otra vez, en un intento casi en vano de que el nivel de agua no subiera por encima de la sentina, desde donde ya habían empezado a salir las ratas y los insectos en densas multitudes, huyendo de la inundación. Las bombas de achique resultaban insuficientes para un barco tan grande. Y faltaban manos cuando muchas de ellas  se encontraban en la enfermería, y una buena otra parte, atendiendo a los maltrechos dueños de estas.
—¿Cómo están las cosas abajo? —preguntó ella de pronto.
—Están... —Gárin se quedó en silencio, buscando las palabras adecuadas. Caylis no necesitó oírlas. Asintió con el ceño caído sobre los ojos cansados.
—Dile al doctor que bajaré enseguida.
—Ya hay suficientes manos ayudándole, tú necesitas descansar. Has estado allí toda la tarde.
—No necesito descansar. Necesito viento y tierra. Necesito que esta bañera endemoniaba se mueva más rápido —musitó ella y Gárin le puso una mano sobre el hombro, pasando a sobarle la espalda. Debía estar muy alterada para referirse de ese modo a su querido Hirondelle, pero era natural.
—¿Cuantos nudos llevamos?
—Al menos seis.
—Sólo seis... —suspiró la mujer, cavilante—. Acompáñame, Killian. Necesito comprobar algo.
Gárin caminó tras ella sin objetar cuando bajó casi corriendo las escaleras del castillo de proa y salvó a zancadas la primera cubierta hasta las escaleras del alcázar. Se demoró un instante en alcanzarla, pero ella lo esperó le mantuvo abierta la puerta de su cabina cuando llegaron.
Dentro estaba muy oscuro. Caylis encendió una varilla en una de las lamparas a los lados de su puerta, y con la pequeña llama que bailaba en la punta, encendió las que había dentro de su cuarto y también las velas de un candelabro encima de su escritorio.
—Toma asiento, por favor. —le indicó a la vez que se lanzaba como una fiera hambrienta encima de sus papeles, revolviéndolos todos con un súbito frenesí.
Se detuvo en uno de ellos y lo extendió a sus anchas sobre el mesón. Era una carta náutica de una parte del caribe. Abarcaba las costas al norte de Venezuela, desde Puerto España hasta Maracaibo, y delimitaba en las esquinas superiores con Antigua y Santo Domingo. Caylis lo examinó un momento con detenimiento, recorriendo alguna ruta imaginaria con el dedo. Se valió del compás para calcular la distancia entre dos puntos que Gárin no pudo ver con la oscuridad del cuarto. Finalmente se mordió los labios con determinación.
—Gárin, dile a Scott que vire a estribor. Unos doscientos treinta grados suroeste.
—¿Huh? ¿Qué planeas?
—Silencio, por favor. Nos encontramos a unos trece grados de latitud norte y unos sesenta y siete o sesenta y ocho grados, longitud oeste. Tenemos un poco más de unas... —empezó a hacer cálculos mentales moviendo ligeramente los labios mientras se acariciaba la punta de la nariz con una pluma con la que había comenzado a anotar dichos datos en una de las libretas—  cien millas hasta Curaçao. Si el viento nos sigue llevando a este ritmo, avistaríamos la isla por la mañana antes del mediodía. Probablemente incluso antes, si ocurre algún milagro.
—¿Curaçao? Pero ¿no es una colonia Holandesa?
—Sí, pero al suroeste, navegando por Hato Bay hay una parte deshabitada. Cabotearemos hasta encontrar alguna costa donde podamos amarrar allí.
El rubio levantó la vista, confundido:
—Pensaba que atracaríamos en Golfo Triste.
—Sería arriesgado tentar la suerte y aspirar a ir más allá. Ya deberíamos llegar besando el suelo si llegamos a Buenayre en botes salvavidas. Confía en mí, Gárin. Según la carta, hay árboles. Probablemente tengamos madera para reparaciones y comida también. Asentaremos allí un campamento.
—¿"Según la carta"? Eso quiere decir que nunca has estado allí.
—Un par de veces, pero era muy pequeña. Apenas sí lo recuerdo. Sin embargo, Scott debe acordarse. Él sabrá llegar y sabrá guiarnos. Transmítele mis órdenes, por favor.
Gárin dio una cabeceada antes de retirarse de allí a cumplir la orden; dejando a Caylis sola con sus cartas de navegación y sus pensamientos. Sólo le quedaba esperar pos Scott y armarse mientras de mucha paciencia, pues sabía lo mal que tendía a reaccionar el contramaestre cuando los planes de cambiaban a última hora.
Scott no tardó en hacer su aparición en su cabina, y tal y cómo Caylis lo esperaba, venía con el propósito de oponerse terminantemente a sus indicaciones.
—¿De qué se trata todo esto?
—He predispuesto una parada en Curaçao, Scott. Haremos allí las reparaciones pertinentes para continuar hacia Golfo Triste en busca de agua.
—No —encasquetó él—. No iremos a Curaçao.
Caylis levantó los ojos hacia él y no habló sino después de un largo suspiro:
—¿Perdóneme?
Meneando la cabeza de un lado a otro, Scott clavó sus negros ojos en los suyos:
—Es natural que no lo recuerdes. No tenías más de siete u ocho años; pero no podemos volver a pisar esa isla. Si navegas hasta Curaçao, solo encontrarás bucaneros.
Caylis rió con ganas fingidas, ante un claro gesto desaprobatorio de Scott.
—Ya no hay bucaneros, Scott. Ni en Curaçao, ni en el caribe, ni en ningún lugar del mundo.
—Que ya no ostenten el título de bucaneros, no significa que hayan dejado de existir, niña. Navegan ahora bajo otros títulos: Piratas.
—O modestos marinos mercantes. En cualquier caso, ya no habitan en Curaçao ni en Buen Ayre. Fueron echados de allí.
—Y que fuesen echados tampoco significa que no hayan vuelto allí. O que para empezar, algunos nunca se hayan marchado.
Caylis rodeó el mesón empezando a sentir los síntomas de que pronto le atacaría una de sus jaquecas.
—¿Por qué, dices, que debería preocuparme esto? Después de todo, ya lo has dicho tú: era una niña la última vez que estuvimos allí. No conozco a ningún bucanero.
—Por desgracia, algunos de los que salieron exiliados de Curaçao sí conocen al Hirondelle. De hecho, es probable que lo recuerden bastante bien. Tu padre...
—Mi padre hizo tuvo con Bucaneros. Eso sí lo recuerdo.
—Tratos que no acabaron bien. Juraron destruirle.
—Y supones que aún buscan saciar su ardiente sed de venganza... —Caylis rodó los ojos y se sentó frente a su escritorio, echándose tan atrás en la silla, que esta se tambaleó y quedó recostada contra la encimera junto a la ventana de la popa sirviéndole de un oportuno descanso. Su gesto se ensombreció al decir lo siguiente—. Pero su juramento ya no tiene valía; ya se les han adelantado...
—Lo que supongo, es que lo mejor es ser precavidos. Sobre todo cuando, como tú ya sabes, el Hirondelle ya no da para otra batalla; ni sus hombre tampoco. Ni tú tampoco. Tu padre ya cometió un error en Curaçao una vez. No cometas el mismo, Caylis; ten juicio.
—Scott, es ridículo —repuso Caylis levándose ambas manos al rostro y sobándose los ojos con vigor, como intentando borrar de ellos su cansancio— Sea lo que sea que haya pasado, han transcurrido más de quince años. Esos hombres es probable que la mayoría esté muerto, tengan nuevas vidas o se hayan marchado a otras islas, dispersándose por el caribe. Te estás preocupando demasiado.
Scott se llevó a la nariz lo largos y gruesos dedos y se sobó el puente con vigor, desplomándose en la silla frente al escritorio.
—¿Cual es tu plan? —exhaló sin mirarla, al final de una serie de largos y hondos alientos en un intento de calmar sus nervios, suscitados por la implacable testarudez de Caylis.
—Si tanto te preocupan los bucaneros, pienso que sería seguro aquí en el sureste, lejos de las junglas.
—El lado Este, está repleto de arrecifes y peñascos. El Hirondelle es demasiado grande y pesado.
Caylis abrió los ojos de par en par. Cabeceó un par de veces:
—Entiendo —susurró en un hilo de voz—. A viento Gregal, eso sería...
—Suicidio. Aún si consigues un lecho arenoso lo bastante grande, a Barlovento, ninguna marea será capaz de sacarnos de allí.
—Bien, pues buscaremos embicar en el lado norte —decidió ella marcando el sitio con el dedo—. Aquí en West Hoek. Y según dice aquí, hay otra costa llamada Savenet's bay.
—Son estrechas. El Hirondelle terminará de hacerse trizas.
—Nos queda el oeste. "Cielo San Jhon" o...
—O seguir nuestro rumbo a Golfo Triste como habíamos decidido.
—Scott.... —Caylis suspiró intentando que esos grandes ojos de onice se dirigieran a los suyos y entendieran su desesperación— Lo veo en tus ojos; y tú en los míos: no llegaremos. El calado aumenta a cada segundo de esta conversación. El agua y las ratas van a acabar con nuestras provisiones. Si no es en las bodegas, será en la primera cubierta, si esos nubarrones al norte están en lo correcto y nos alcanza una tormenta. No podemos sacar a los heridos del sollado y exponerlos a la inclemencia del frío para hacerle sitio.
—¿Y otra isla?
—Alrededor sólo tenemos Buen Ayre, Aves y Aruba. Pero Aruba está tan lejos como Golfo Triste, Buen Ayre no dispone de madera para las reparaciones, ni agua dulce...
—Tampoco hay agua dulce en Curaçao.
—Pero allí hay fruta y cáñamo, probablemente. Vamos a necesitar un buen calafate una vez hayamos reparado la quilla.
—¿Y Aves?
—En Aves no hay nada —espetó Caylis empezando a perder la paciencia sin ver ningún resultado de sus súplicas y sus buenos argumentos en la tozudez de Scott. Viendo que reinaba sólo su silencio y que este no era aprobatorio en ninguna manera, Caylis dio por terminada la conversación—. Caiga doscientos treinta grados, suroeste, señor Scott. Nuestro destino es Curaçao.
La palma de Scott voló y azotó violentamente la madera del escritorio, que por un instante, pareció frágil y a punto de romperse cuando tembló bajo la ira de la mano de hierro del contramaestre.
—¡Esta es la razón por la que nadie quiere a malditas mujeres en un barco! La mala suerte es una excusa barata.
Aquella acusación no solo golpeó a Cay directo en la paciencia, sino que cavó un poco más hondo en sus inseguridades y de una forma dolorosa. Con esa última insolencia, Caylis se puso de pié con ambas palmas contra el mesón, hablando tan alto como si de pronto tuviera la misma estatura de Scott.
—Lárgate de aquí ahora mismo. Ya me has faltado el respeto desafiando mi autoridad como capitán. No voy a permitir que sigas faltándomelo como mujer.
Sin decir ninguna palabra, Scott se levantó de un salto y cruzó la cabina castigando la madera con sus pesados pies antes de salir de un portazo, dejando a Caylis sola con sus pensamientos.
El barco se movía de una manera tan pesada sobre el océano, que Caylis había llegado a imaginarse que en vez de navegar por las aguas, lo hacían por vastos mares de arena. No había querido mirar por la ventana. El negro de la noche lucía demasiado eterno y la desalentaba. Tampoco había querido asomarse a cubierta, pero era necesario que volviera a ayudar en la enfermería, así que pese a su agotamiento, se dio el ánimo de ponerse de pié. Pero justo en ese momento, escuchó la puerta. Imaginando que sería Scott, estuvo a punto de gritar una maldición con el primer golpe, pero a ese le siguieron otros cuatro en perfecta sincronía y bajó la guardia, elevando la voz apenas lo suficiente para que su visitante la oyera cuando le invitó a entrar. Le era un agrado ver a Gárin en su cabina. Su presencia se había vuelto recurrente allí y eso no le molestaba para nada. Muy por el contrario, con su sentido del humor ingenioso, le ayudaba a mejorar los ánimos, sobretodo en momentos como ese. El rubio entró con su andar perezoso de pasos largos, haciendo tintinear las joyas que llevaba encima y que no se quitaba nunca; los aretes de su oreja derecha, los dos collares que pendían de su cuello y las pulseras repletas de dijes y abalorios que le colgaban de la muñeca izquierda.
—Gracias por transmitir a Scott mis deseos —le dijo Caylis, afectivamente. Cuando aquel cabeceó un asentimiento, Caylis exhaló—; aunque las cosas podrían haber salido mejor.
Gárin se sentó al escritorio mirándola expectante, en espera del resto del relato con un par de ojos perplejos:
—¿Qué ha pasado?
Caylis consideró su respuesta. Compartir las protestas de Scott con la tripulación, aunque solo fuera con Gárin, era transmitir también sus razones y sus preocupaciones. Y los hombres no necesitaban más motivos para inquietarse. Tenían los bastantes, y ella también, de modo que guardó silencio:
—Nada de importancia. Un pequeño desacuerdo —dijo, agitando la mano con desdén, frente a su rostro—. Me iba ahora mismo de vuelta a la enfermería.
Gárin meneó la cabeza. Caylis ya estaba lo bastante a la defensiva con las tribulaciones de Scott, pero aunque Gárin era de por sí un completo socarrón, ese gesto le pareció más fraternal y cálido que otra cosa.
—Deja que por una vez nos encarguemos. Has hecho mucho —se corrigió—; haces mucho.
—No hago lo suficiente —replicó ella y entonces, dándose la vuelta para que su compañero no viera la preocupación en sus ojos, pretendió mirar hacia la ventana, cuando al final de un respiro, le preguntó— Gárin ¿crees que una mujer no debería ir a bordo de un barco?
—¿Por qué preguntas eso? —contestó Gárin, acomodándose de nuevo sobre el asiento, con los codos sobre las rodillas, procurando prestar más atención a lo que fuera que escondieran las afectadas palabras de Caylis. Ella se encogió de hombros.
—Sólo quisiera saberlo.
Gárin meditó sus palabras, y la espera solo acrecentó las dudas de Cay. Lo caviló un momento. "Mujeres a bordo de un barco...". Y pensar que la expresión no se limitaba sólo a eso. Desde siempre, las mujeres habían sido directamente vinculadas por los hombres a los problemas. Ya fuera encima de barcos, o encima de tronos. Una mujer, era considerada un ser complejo; caprichoso y manipulador. Demasiado sensitivas para algunas cosas; demasiado frías para otras. La mayoría de entidades divinas asociadas al caos y a los sentimientos engañosos tenían rostros femeninos. Pero ¿por qué? Pues sin embargo, seguían siendo consideradas como los eslabones más débiles de la sociedad. Gárin observó un momento a la mujer frente a él. Sus mangas aún estaban manchadas de sangre —alguna de la cual era suya—, astillas y hollín. La mujer que en un principio le había parecido tan frágil, continuaba pareciéndoselo en apariencia; pero había luchado en medio del fuego, los cañonazos y los aceros gran parte de su vida y allí estaba, en pié. Llevaba ahora mismo una carga muy pesada y aun así, no se había desplomado; quizás solo vuelto cabizbaja.
—Lo siento —dijo Caylis al final de un respiro. Hizo grandes esfuerzos por reírse, y aún así, su risa consiguió sonar natural... Gárin no le dijo nada. Se reservó sus pensamientos al oírla reír. A su parecer, las mujeres no eran débiles; eran demasiado fuertes, y por eso es que eran tan temidas. Caylis añadió:—. Te pongo en una situación complicada. Eres libre de creer lo que quieras.
—Cay —la cortó él en mitad del monólogo, levantándose de pronto de su asiento y pasando a situarse junto a ella. Caylis se quedó quieta, dudosa. Gárin buscó su mentón, sujetándolo entre el índice y el pulgar,  y se lo alzó para verla a los ojos. Antes de hablar, recorrió sus facciones. Estaban tensas por lo que fuera que le estuviera aproblemando, pero detrás de sus penas, su rostro seguía siendo dulce—: no te preguntes si deberías o no estar comandando un barco y a una tripulación; mejor pregúntate cómo es que comandas un barco y por qué te sigue una tripulación.
Caylis entornó los ojos, sin comprender. Gárin apretó los labios en una media sonrisa:
—Llegaremos al mediodía. Acuéstate, piensa un poco en ello y luego intenta dormir —le recomendó. Caylis estuvo por protestar, pero antes que dijera nada, Gárin le besó brevemente la frente. Caylis cerró los ojos. El cabello rubio le hizo cosquillas en el rostro y él se separó de ella para marcharse— Yo sólo quería ver cómo estabas y darte las buenas noches.
Caylis se quedó inmóvil y lo contempló partir en silencio. La voz no halló cómo salir de su garganta para responder a su despedida. Pero se sintió mucho más tranquila cuando ocupó de nuevo su asiento. Dormir seguía pareciéndole una mala idea, pero pensó en las palabras del rubio todo el camino desde su cabina hasta la enfermería, lista para prestar toda la ayuda que pudiera.

Fue una noche larga. Correr de aquí para allá cargando emplastes medicinales, vendas y agua caliente, se había vuelto una costumbre. Algunos tratamientos eran dolorosos; sobre todo cuando se trataba de remover astillas de la piel, limpiar heridas profundas y acomodar huesos rotos. En aquellos casos, a Caylis le gustaba poder dar confort a sus hombres. Le era doloroso también a ella escuchar sus gritos y verles retorcerse de dolor, pero mientras pudiese rodeárlos con los brazos y susurrarles palabras de aliento y fuerza, sentía que era aunque fuera un poco más útil que encerrarse en su cabina y hacer la vista gorda.
La enfermería siempre se inundaba de un potente olor a alcohol, sangre, sudor y variedad de  hierbas y pomadas que el doctor usaba en sus pacientes. Pero pasadas las primeras horas luego de la batalla, las cosas comenzaban a calmarse. Quedaban los heridos de menor gravedad y la mayoría dormía ya, o se quejaba en voz baja. Eran necesarias menos manos y el sitio ya no estaba tan concurrido. Distinguió entre los que quedaban a los más frecuentes. Gárin y Marti siempre trabajaban juntos para ayudarle en lo que fuera necesario. Larry Crane era otro participante activo en las tareas de la enfermería. Su buen humor servía para apaciguar y elevar los ánimos incluso de los heridos más graves. Lea, por supuesto que era otro elemento valioso; era más dura que Caylis, pero sus palabras de aliento cargaba igual fuerza y resultaban por lo menos vigorizantes. Además, era una vasta conocedora de afecciones y tipos de heridas y el uso de la hierba o el tratamiento más apropiado en cada una de ellas. Estaba junto a Caylis en ese momento, ayudándole a remover esquirlas de cristal de la pierna de uno de los hombres al que reconoció como uno de los que había firmado para unirse a la tripulación, apenas en el puerto que habían dejado atrás:
—Nada mal como bienvenida ¿he, marinero? —rió la hermosa negra y el hombre elevó de tal manera las cejas que casi podía tocar con ellas las raíces del pelo. Asintió mientras miraba las marcas que los vidrios removidos iban dejando en su piel.
Caylis se limpió el sudor de la frente dejando un momento de lado las pinzas para acomodarse el cabello húmedo de transpiración, detrás de las orejas:
—Peleaste con mucha valentía; estoy orgullosa de que estés con nosotros.
Lea se limpió las manos con el extremo del paño que traía sujeto a la cintura y respiró. La humedad atrapada en el cuarto se metía por la nariz y empezaba apestar potentemente a encierro. Caylis lo percibió cuando la mujer resopló abanicándose con una mano.
—Hay que despejar un poco este sitio... —determinó levantándose. Muchas de las velas encendidas se habían consumido ya, hasta no dejar más que plastas cerosas por toda la madera del escritorio. El sitio estaba más oscuro, pero a la vez, era insensato encender más velas y acumular más calor. Se movió por entre las esterillas desperdigas en el piso, dispuestas ahí para hacer lugar a más heridos.
—¿A donde vas? —preguntó Lea.
—Encárgate, por favor, del último.
El cocinero, James, se hallaba casi siempre en su puesto en la cocina. Siempre estaba haciendo cualquier cosa que le adelantara trabajo para alimentar diariamente a un centenar de hombres. Así que Caylis ahí le buscó primero, y ahí estaba. Ya tenía un cazo grande, repleto de papas peladas de forma tosca y unas cuantas zanahorias.
—Buen trabajo, James —lo felicitó Caylis sobándole fraternalmente el hombro robusto—. Hay algunas gallinas en bodega, se dice que las negras son mejores. Si hay avena, trigo, garbanzos... lo que sea, cuécelo también. Vamos a necesitar uno de tus caldos levanta-muertos.
El cocinero se quitó la pañoleta de la cabeza dejando al aire su escasa mata de cabello negro, el cual sacudió del sudor del calor de los fogones.
—Me han dicho que en bodega andan un par de ratas gordas. Podemos hacer algo con eso.
—Oh, no, por favor—negó Caylis al tiempo que el cocinero hacía gorgotear una risa ronca en lo profundo de la garganta—  Asadas están mejor. ¿Como andamos de agua?
—Por ahora no hace falta racionarla demasiado. Pero eso dependerá del tiempo que permanezcamos en nuestro próximo ataque. Tengo entendido que amarraremos en Curaçao.
—Los rumores se están desplazando aquí más rápido que las ratas —bufó Caylis—. Por ahora, coge un cazo grande, hierve dos partes de vino por una de agua. Ponle azúcar y naranjas o limones, si hay. Los muchachos querrán algo caliente antes de irse a la cama.
—A su orden, capitana.
—No lo dejes hervir mucho tiempo. El vino se amarga.

***
—Embiste a proa contra la costa —indicó a Scott y él ni siquiera quiso mirarla. Acató sin rechistar y de buena voluntad la orden, pero Caylis podía sentir su enfado aunque no lo manifestase directamente. Caylis agradecía que Scott al menos fuera discreto cuando estaba enfadado con ella y no decidiera desautorizarla frente a la tripulación.
Caminó por el puente de mando, supervisando la operación; en la playa aguardaba el grupo que previamente había enviado en un bote, listo para asegurar amarras. La extensión de arena de la bahía por la cual se habían decidido finalmente, no era muy extensa. Apenas lo suficiente para servir de lecho al enorme casco del Hirondelle. A medida que las olas empujaban la quilla sobre la arena, el galeón perdió calado poco a poco hasta que la obra viva emergió del agua. Caylis vigiló desde allí como el Hirondelle era lentamente embicado en la arena. A la distancia que le pareció prudente, alzó la voz para dar la última orden:
—¡Suelten anclas de popa y aseguren amarras! —indicó, desplazándose hacia estribor, donde aguardaban ya, varios botes cargados de algunas provisiones. Los primeros iban abarrotado de esterillas de mimbre, coys, mantas y diversos elementos como varas de bambú y extensos lienzos de tela para armar tiendas. En la fila había otro bote, repleto de alimentos que cabían dentro de la carga más ligera. Como frutas, trigo y legumbres variadas. Sobre la cubierta estaban los de mayor tamaño como pesadas tinajas de vino, ron y agua, y piernas de ganado ahumado. Aquellas iban a bajarse a tierra directamente desde el pescante.
Mientras el grupo designado por Caylis se ocupaba de las amarras del barco, ella bajó a tierra por la escalerilla de estribor. La mañana estaba calurosa, tal y como lo había esperado. Pero el clima seco de Curaçao hacía que el calor fuese más o menos soportable y agradecía la libertad de caminar sin tener que estar jalando de su ropa mojada para despegarla de su cuerpo a cada instante.
Examinó el casco repleto de moluscos, percebes y algas. Expelía un aroma fuerte a causa de la madera podrida y los parásitos marinos muertos.
—Caylis. —la llamó Lea, y ella atendió de inmediato. Sabía de sobras para qué la necesitaban y sintió escalofríos. No quería mirar. Avanzó con paso tembloroso, intentando formar vívidamente en su cabeza la imagen más desalentadora que pudiera, preparándose para lo peor. Cuando llegó junto a Lea, tuvo que obligarse a levantar la cabeza para mirar los daños en la quilla del Hirondelle y se le revolvió el estómago.
Los daños eran serios. Pero entendió por qué, a pesar de ser grandes, habían conseguido llegar a tierra en una pieza. Se encontraban bastante por encima de la linea de flotación, de manera que toda el agua que se había filtrado en la sentina y subido hasta la bodega, era solamente la que las olas más altas habían conseguido abrirse paso por entre las brechas.
Alrededor se había formado un círculo de hombres que comentaban en voz baja el estado del barco. Caylis retrocedió algunas zancadas para ver los destrozos desde una perspectiva más amplia. Pasaba tanto tiempo contemplando el Hirondelle a manga y eslora desde el timón, que a veces se le olvidaba cuan grande era. Ni siquiera Scott en toda su estatura podía tocar la linea divisoria entre obra viva y muerta, ni aunque estirase la mano. Desde el timón parecía pequeño; pero mirarlo desde abajo todavía conseguía intimidarla tanto como cuando lo había visto la primera vez, cuando todavía no había cumplido ni siquiera una década de edad; la mañana que había abordado por primera vez.
No quiso contemplarlo por demasiado rato. En cambio se apresuró a dar las órdenes para comenzar con las tareas de reparación lo antes posible. Asignó tres grupos. Uno de ellos fue enviado a armar e instalar tiendas por todo el pie de los acantilados que rodeaban la playa, para servir de refugio a un par de hombres. El segundo grupo fue enviado a trasladar mercancías hasta el sitio donde se asentaría el campamento. Y al tercero, conformado por los que Caylis consideró que eran los hombres más adecuados para el trabajo, le recayó la tarea más pesada, que era la de empezar con las reparaciones; a la cual, acabadas el resto de las tareas, todos acabarían uniéndose de todos modos.
Scott no le había hablado desde que había salido de su cabina dando un portazo. Lea no tardó en darse cuenta de ello y buscar una explicación con Caylis, pues interrogar a Scott cuando estaba con ánimos tan desastrosos era equivalente a buscarse serios problemas por mero gusto.
—¿Mi hermano se ha enfadado contigo?
—No tendría por qué enfadarse conmigo, Lea —refunfuñó Caylis, entredientes—; especialmente cuando le doy una orden. Yo soy el capitán. Más bien, yo estoy enfadada con él.
—¿Por qué?
Caylis empezó a caminar por la linea de la costa para alejarse y Lea le siguió para escucharla cuando ella se lo indicó. Observó durante un trecho de camino, sus pies adelantándose uno al otro. Sus botas hundiéndose en la arena mojada y esta, cediendo bajo su peso y coronando sus suelas de claros charcos de agua. Caylis aspiró la brisa salada para calmar sus nervios antes de hablar:
—¿Sabes qué tipo de fama precede a las islas de las Antillas Neerlandesas?
—No existen caudales naturales de agua dulce. —respondió Lea a la brevedad. Caylis le dio la razón. Aunque no era a donde quería llegar, esa también era otra de las razones por las que Scott se había opuesto a amarrar allí.
—Y también fue hogar a finales del pasado siglo de grandes clanes de bucaneros.
—También lo se.
—¿Sabías que mi padre hacía tratos con bucaneros? —nuevamente, Lea no se hizo esperar al asentir. Caylis suspiró—  Y ¿no vas a decir nada?
La altísima mujer encogióse de hombros:
—Bueno... Tú eres el capitán.
—Debería quedarme satisfecha con eso... Pero no lo estoy. —aceptó Caylis, a lo que Lea sonrió, auto-complaciente—. Quiero saber por qué no lo estoy. Te lo ruego, sé sincera conmigo.
—Mi opinión más sincera, es que nos estamos poniendo demasiado cómodos aquí.
—Ni tú ni Scott confían en mí. No creen que tome buenas decisiones.
—Creo que nadie toma buenas decisiones bajo demasiada presión.
—Y esto ha sido una mala decisión. ¿Es eso lo que intentas decirme?
—No habían 'buenas' opciones, Caylis —suspiró Lea, soltándose finalmente para hablar—. El Hirondelle podría estar ahora en el fondo del mar y nosotros a la deriva en botes salvavidas con una gran tripulación de hombres heridos, muriéndose de frío. Ya estamos aquí; y lo importante ahora, es salir vivos de aquí.
—Escúchame bien —susurró Caylis, perdiendo la paciencia otra vez—. Y quiero que lo que oigas, se lo trasmitas a Scott. Tienes razón en algo, no había buenas opciones. De hecho, no había opciones. Solo había una cosa que hacer y esta era. Pueden poner en duda mi juicio todo cuanto quieran. Pero yo fui quien los trajo, y me haré cargo de todo. Voy a asumir la responsabilidad de cualquier cosa que pueda pasar, por si lo dudaban tú o él.
Lea distendió una sonrisa poniéndole a Caylis una mano sobre el hombro antes de retirarse:
—Eso es precisamente lo que Scott teme.
Cuando regresaron, los hombres habían puesto ya las manos a la obra y Caylis se libró del exceso de ropas y adornos para ayudar donde más útil fuera su ayuda.
Pasaron gran parte de la mañana removiendo moluscos del casco. El campamento cobraba forma de a poco, a medida que las tiendas se levantaban. Eran lo bastante grandes para albergar a varios hombres, pero aquella en la que Caylis dormiría, era un tanto más pequeña, pues sólo la ocuparían ella y Lea. El trabajo sobre el gigantesco casco del Hirondelle era largo y extenuante, pero para el final del día, ya empezaban a notarse los cambios y la quilla ya no lucía tanto como un gran arrecife andante y empezaba a parecerse más a un barco. Así mismo, en el centro del campamento ya se había asentado varias fogatas sobre las cuales se asaban piernas de ganado, pescados y algunos conejos que los hombres habían cazado durante la tarde. La mayor parte de ellos ya se había sentado alrededor del fuego a comer, calentarse y descansar; incluida Caylis, aunque no había querido probar bocado; y se debía a que el único rostro ausente, era el gran rostro pétreo color caoba de Scott. No se había dignado a hablarle en todo el día más allá de lo que era necesario, y en cuanto se habían terminado las labores y él, quedado libre de su tarea de supervisarlas, se había retirado al Hirondelle, negándose a sentarse con ellos cerca de la fogata.
Lea había intentado excusarle diciendo que él había preferido quedarse a vigilar a los hombres que debido a la gravedad de cuyas heridas, no se les había podido mover; pero Caylis no creía ninguna palabra. En primera, porque el doctor ya estaba ocupándose de ello y en segundo lugar, porque ya conocía a Scott, y él era demasiado orgulloso para dar cualquier tipo de explicación a alguien, incluso a ella. La verdadera razón, era para evitar encontrarse con ella. En el fondo Caylis también consideraba que era lo mejor, pues de cruzar palabra, acabarían peleándose de nuevo, seguramente. Pero fuera como fuese, le dolía profundamente el desprecio de Scott aunque no lo admitiera.
Durante la comida, intento distraerse con las bromas y las historias de sus hombres. Se hallaba sentada junto a Gárin y Marti, quienes habían terminado por cansarse de ofrecerle bocados para que ella los rechazara y se limitaban ahora a comer en silencio:
—Estos conejos están demasiado jóvenes; hubiesen estado mejor guisados —observó Gárin,  moviendo uno de ellos sobre el fuego; pues había comenzado a quemarse por un costado. Le retorció una pierna asada hasta arrancarla y se la extendió a Marti, tomando otra para sí mismo y sentándose a su lado—. Come antes de que no quede ninguno.
Marti la recibió dándole al instante una gran mordida y acompañando el bocado con un buche de cerveza, para luego tenderle la jarra a su compañero, que la vació de un trago hasta la mitad.
Pese a los contratiempos a causa del más reciente ataque de Morkham, hacia la noche había conseguido asentarse un ambiente agradable en el campamento. Los hombres reían y pasaban el rato con buenos ánimos; incluso algunos que hasta esa mañana habían estado recuperando fuerzas en la enfermería. En los principios de su nueva vida en la piratería, Marti no aprobaba  ese tipo de comportamientos posterior a hechos conflictivos y dramáticos tan recientes, pero Gárin solía decirle que incluso la noche más agradable en la vida de cualquier ser humano, podía ser la última. Sobretodo para un pirata; y esa era una razón aún más válida para disfrutarla sin regañinas. De manera que había aprendido a no despreciar ninguna oportunidad de relajarse. Estuvo mirando por un par de minutos la llama del fuego bailar guiada por la brisa nocturna, y para cuando interrumpió su concentración, se percató de que su amigo se había quedado igual que él, mirando en una dirección. Marti no tuvo que ver en ella para saber a quien contemplaba, pero lo hizo de todos modos. Caylis había pasado de hacer esfuerzos por animarse, a no estar disfrutando la velada de ninguna manera. Por el contrario, a medida que la luz del sol se había extinguido, había comenzado a notarse nerviosa y perturbada. Marti la localizó en el preciso instante en que Caylis levantó la vista y miró en dirección a la jungla, erizándose en su sitio y pestañeando con excesiva alerta, como si hubiese advertido alguna señal de peligro. Marti vio en la misma dirección, pero sólo vio la negrura bajo la sombra de los árboles. Gárin lanzó al fuego un hueso de conejo y se echó hacia atrás, recostándose contra la roca que tenían a las espaldas con los brazos cruzados tras su cabeza como si fuera la más suave de las almohadas, desde allí, continuó mirando a Caylis. Esta se levantó de pronto, se excusó con su usual elegancia y se alejó de la fogata, retirándose hacia la costa, sentándose cerca de la linea de la marea, cerca del casco del Hirondelle.  
—Parece que algo le ha estado preocupando.
—¿A quien? —preguntó el rubio, bajando la vista, intentando disimular la insistencia de su mirada tras un fingido desinterés— ¿Te refieres a Cay?
—Estuviste con ella anoche.
—Ya quisiera —bromeó Gárin sin tomarlo en serio, haciéndole exhalar un gruñido de fastidio.
—Estoy hablando en serio. Desde que llegamos, ha estado muy nerviosa. Y Scott ni siquiera quiso bajar a acompañarla como suele hacerlo.
—Te portas como una vieja chismosa. No sé qué sucede —admitió Gárin, finalmente, sacando los brazos detrás de su cabeza y dejándolos sobre su regazo—. No me lo quiso decir. Pero sí sé que tuvo algún pleito con Scott. Ya se les va a pasar.


Última edición por LaurieCay el Mar Ago 19, 2014 2:48 pm, editado 3 veces

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  violeta el Jue Mayo 01, 2014 12:58 am



Piratas, Cay con un mapa y el compas, ratas e insectos, Gárin intentando apaciguar a la morena. Dios extrañaba esto! LO EXTRAÑABA MUCHOOOO, SOY MUY FELIZ.

Bueno parece ser que esto fue un post-batalla. Me gustó mucho como lo enfrenta Cay, no todo es "Yarg Yarg", alcohol, apuestas, islas tortugas o asaltos, me imagino que los piratas también se las veían por tener que reparar la nave e ir contra tiempo para llegar a su destino. Me encantó esta escena por eso, gracias Lau! Gracias por volverme a sumergir en este mundo en altamar y sentir junto con Cay ese estrés y esa presión sobre sus hombros.

Ahora, corro a leer lo siguiente :3 *_*

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  Draperdi el Jue Mayo 01, 2014 4:41 am

Waaaaaaaaaaaa lau!! hacia tantisimo que no leia nada tuyo!!!! pero creo que hace más que no lees de kowatar....asi que no voy a ir por esos lares....me encantó!!! Los pobres han salido malparados de una batalla....pero parece ser que sus enemigos han salido igual o peor!!!
pero...pero...WAAAAAAAAAAAAAAA el barco se hunde!!!! pero seguro que todo sale bien....o no!!! seguro que lo pasan mal en curaçao y antes de llegar ahi....

Amo la forma en que desxribes lo mal que lo pasa y como Garin siente que si el mal no ha podido hacer nada poco podrá hacer el.... Es como si....aceptalo. El mar es mi esposo y tu solo un amante ocasional...ok ya xD

siguelo lau!!

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  LaurieCay el Lun Ago 18, 2014 1:46 pm

*ACTUALIZADO*

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  violeta el Mar Ago 19, 2014 1:17 pm

CURAÇAO <3

Por mi vida que pensé que estaría en portual! Hasta lo leía como "Curañao" XD jajajaja, soy medio zopenca para esto :/

Bueno pues que te digo AME los consejos de Scott, pero OMGF! :O CUANDO DICE ESO DE LAS MUJERES!!!  Shocked Ese no es Scott! no el que yo conozco! XD de verdad no me lo creo, tenía una idea tan distinta de él.

HAAAAAA DIOOOOOS GÁRIN! LO ADORO <3 <3 la mejor medicina para lidiar con malos días. GÁRIN PISCÓLOGO!  I love you I love you I love you 
Te juro que por poco me lo imaginé con lentes XD. Cundo le besa la frente!!! Haaawww! TT_TT lo fuck adoro! es tan güapo, tan lindo, tan hermoso, tan leal y buen amigo! Fuck! Laurie publica tu libro ya, la experiencia de leer a Gárin y Cay es de lo mejor que se puede leer!

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  LaurieCay el Mar Ago 19, 2014 2:45 pm

Portugal!!  irán allí! me aseguraré de eso ;D probablemente en la primera parte. Es que he dividido cada "libro" digamos, en tres partes diferentes. La primera toma lugar por territorios europeos (o en mayoría). En la segunda se habrán "movido" al caribe. Y durante la tercera, tengo planeado que naveguen más al sur, por sudafrica y tal.  Es una estimación x3

Scott es un grandioso consejero! es muy buen navegante y tiene muchisísimos conocimientos (incluso más que Cay), pero ps.... es algo gruñón D':  A veces pierde la paciencia y dice cosas demasiado duras como en esta ocasión. En general respeta y quiere mucho a Cay, como lo haría su padre (o incluso más, Scott tenía más fe en Cay que su propio papá T-T) pero su mal carácter golpea a todos por igual.

Gárin con gafas! dios, no lo he pensado, tengo que dibujar eso! XD  Cuando no está siendo un pasota, de hecho es buen psicologo :'D  y por debajo de ese chico duro, difícil y rudo, de hecho es bastante afectivo a su manera ♥

Les juro que iré poniendo caps o extractos conforme vaya escribiendo!  al final por no dar spoiler, de aqui hasta que termine de escribir, seremos decrepitas todas y tedremos alzheimer D: así que... Prometo soltarme un poco respecto a eso e ir poniendo caps aunque sea desordenadamente :'D

Como autora (me siento importante  llamandome así XD) me gusta de Gárin y Cay, la quimica que llegan a tener. Más allá de la pareja que podrían llegar a formar, me gusta cómo se vuelven amigos primero.
Y respecto al primer comment, gracias, hermosa!! le decía ayer a mi Gemelis que me ha dado por ponerle detalle al ambiente, de modo que uno sienta que está ahí en la enfermería, sudando con la humedad, con las manos llenas de sangre, y el olor a encierro metido en la nariz, o en medio de una pelea con las vias respiratorias adoloridas con el humo, astillas en los ojos y la adrenalina latiendo en la garganta. Así mismo despertar una mañana en una tienda en la playa, salir y ver los restos de una fogata y el sol saliendo al otro lado del mar, y sentir el canto de las gaviotas, y la brisa salina en los pulmones,... Es mi mayor aspiración que leerlo sea como estar en el Hirondelle :'D espero estar haciéndolo bien x3

Y no, no todo era yo ho yo ho! Así comola parte buena era la fiesta, la jarana, el ron, las mujeres y el oro, también habian momentos criticos, amputaciones, carreras contra el tiempo, piojos y bastante sangre >:-D

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  LaurieCay el Mar Ago 19, 2014 2:58 pm

Draperdi escribió:

Amo la forma en que desxribes lo mal que lo pasa y como Garin siente que si el mal no ha podido hacer nada poco podrá hacer el.... Es como si....aceptalo. El mar es mi esposo y tu solo un amante ocasional...ok ya xD

Gracias igualmete, Annie bella!! (ya te dije por da, sabes que solo leer dos lineas de constancia de que has visto lo que publiqué me pone mas que re-contenta :'D) Jajaj tienes razón! XD él tiene muy claro su lugar en la lista de prioridades. Está inicialmente detrás del mar y luego del Hirondelle. Puede que en cierto momento pase a ocupar el lugar frente al Hirondelle, pero.... no se sabe :O

QUIERO LEER KOWATAR!! pero YA!! publiquen algo plissssssssss TT-TT

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  LaurieCay el Sáb Dic 13, 2014 5:12 pm

Como no hemos leído nada ultimamente les dejo un trocito de este cap, que está mucho más adelantado. OJalá les guste! cuando acabe o publicaré entero XD


De vuelta en el campamento, Caylis reanudo sus luchas por liberarse cuando fue bajada de los hombros del hombre que la había cargado colina abajo; cuando había agotado últimos remanentes de energía para luchar y había optado por no dar un sólo paso por voluntad propia. No iba a hacerles el camino más fácil a aquellos miserables por los cuales había debido perder a su compañero. Todavía no era capaz de asimilar las imágenes. Parecía sencillamente una mentira. Algo que hubiera visto durante un terrible sueño; una terrible pesadilla. Una que apenas comenzaría si no escapaba pronto de allí.
Viéndose con los pies en el suelo, dotada de nuevas fuerzas, echó a correr, pero fue detenida casi al instante por uno de los bucaneros, quien le propinó un empujón y la arrojó en los brazos de otro, que la recibió entre risas. El cabecilla de ellos la recibió en último lugar cuando fue nuevamente arrojada y le atenazó el brazo, tirando de él con tanta fuerza que Caylis sintió que le iba a descolocar el hombro. Pese al dolor y el cansancio, la rabia seguía muy viva dentro de ella. Se soltó de un tirón.
—¡Hijo de puta! —bramó clavándole un golpe con el codo entre las costillas a su captor. A pesar de que era un hombre grande y robusto, y que su golpe se ahogó contra su torso fibroso, consiguió arrancarle un bufido.
—No está mal, para ser tan pequeña. Y son palabras rudas para esa boquita tan linda. —se burló aquel en un jadeo, y tomándole el rostro entre los dedos. Caylis volvió a pelear por liberarse, esta vez, lanzando un puñetazo con todas sus fuerzas que le dio al hombre en la mandíbula. El segundo golpe no le cayó a su captor tan en gracia como el primero, y le devolvió a la muchacha una bofetada tan fuerte, que la lanzó al piso y la hizo rodar cerca de la fogata. Pese al aturdimiento del golpe, Caylis se apartó enseguida, temiendo que el cabello, cubierto de cenizas, se le encendiera en llamas por lo cerca que su cabeza cayó del fuego. Intentó erguirse, pero una gruesa mano se le asentó en el pecho y la devolvió al piso, hundiéndole la nuca en la tierra—. Te lo advierto, chiquilla, sigue comportándote como una perra y te juro que te voy a tratar como tal.
—¡Maldito! —gritó Caylis, sin dejarse intimidar. Pero la vista había comenzado a nublársele y pensó que se debía al golpe, aunque no había ido precisamente a su cabeza. Pero cuando le corrieron las lágrimas por la mejilla, lo comprendió todo y recién entonces sintió el peso de la situación y las piernas temblorosas no le permitieron hacer otro intento de levantarse.
—La has hecho llorar —observó uno de sus seguidores en tono compasivo, pero que dejaba entrever tanto cinismo, que a Caylis le provocó solamente más ira. Cuando levantó el rostro, se percató de que era el mismo hombre que la había atrapado. Se levantó de un salto arrojándose contra él, lista para asestar otro golpe, cuando su brazo se vio frenado por otra mano que la aprisionó y la hizo retroceder tan bruscamente, que cayó de nuevo al piso. ¿Aquello no se iba a terminar nunca? Cuando levantó la vista, estaba rodeada de hombres grandes. Muchos pares de manos que le caerían encima cada vez que intentara escapar, por lo cual, sospechaba, que sus oportunidades eran casi nulas. Por primera vez en toda la noche, temió.
Christo la levantó del piso tironeándola por la ropa y dos hombres la sujetaron firmemente por los brazos, dejándola completamente inmóvil ante él:
—Es peor que una potranca salvaje. —comentó uno de ellos y Caylis se domeñó de responder, intimidada por la mirada severa de Christo sobre ella. El hombre la examinó un momento de pies a cabeza y resollando exhausto luego del largo camino, pasó a acomodarse encima de una pila de sacos de lo que parecía harina o arroz. De un solo tronar de dedos, les indicó a los hombres que la sujetaban que la aproximaran hacia él y se irguió, sentándose, apoyado sobre sus rodillas. Guardo un solemne silencio antes de hablar, y lo hizo de una forma tan pausada y tranquila, que a Caylis le pareció que tenía en frente a una persona diferente:
—No puedo estar equivocado. Eres ese muchachito odioso que acompañaba a todas partes a 'Grenouille'. Su paje.
—¿Muchachito? —interrogó su segundo captor, y el primero rió estrepitosamente.
—Pues al parecer le han crecido tetas.
La carcajada fue general. Caylis se sintió humillada; y más por el hecho de que el comentario había disparado incontables miradas a su escote desecho por los tironeos. Cuando Christo les hizo callar, en vez de sentirse aliviada, Caylis se sintió más nerviosa, pues la furia en su mirada parecía más intensa conforme más imágenes del pasado se le venían a la cabeza. Caylis no quiso imaginar el modo en que se comportaría cuando llegara a la parte de la traición de su padre y la pérdida de todo lo que tenía.
Christo se irguió sólo lo suficiente para alcanzar el animal que se asaba encima de la hoguera, pellizcarle el costado y llevarse a la boca una hilacha de carne de este. La masticó con odiosa lentitud.
—Conque 'Cayle' ¿he? Ya me parecía que eres un chico demasiado afeminado. Justin se negó a que te llevásemos a un burdel. Un gran hombre, por cierto. Carismático. Persuasivo.... Sí, muy persuasivo. ¿Cómo está? —Caylis no respondió. El aire se le escapaba fuertemente por la nariz como un toro enojado— ¿Qué diría si supiese que tenemos cautivo a su paje? —sonrió Christo y añadió en tono sombrío— ¿Qué diría si supiese que tenemos a su hija? —Caylis hizo hasta lo imposible para que la victoria de Christo no se notara en el miedo que amenazaba con torcerle a ella las facciones—. ¿Vas a decir algo? ¿sólo sabes mover la lengua para maldecir, pequeña bocona?
—Te matará. —amenazó entredientes de forma tentativa, sonando lo más convincente que podía. De esa forma podría averiguar sus los enemigos de su padre estaban al tanto de su fallecimiento, y quizás esa fuera también su única oportunidad de salir de allí sana y salva— Si cualquiera de tus cerdos me pone un dedo encima, mi padre te matará. Scott todavía está a sus servicios.
—Y Morkham, esa rata gorda... ¿ha perecido ya? ¿ya se ha ahogado con vino?
Caylis sintió un nudo en el estómago con su mención, pero a la vez, pudo contemplar lo desinformados que se hallaban todos. Apenas empezaba a tomarle el peso al hecho de que esos hombres probablemente habían permanecido todos esos años en esas islas sin moverse de allí por miedo a ser cazados por la justicia si acaso eran reconocidos. Y también las consecuencias de ello. Parecía que no habían estado viviendo en el mundo.
—Morkham está con él —mintió—. Déjame libre. Me iré y tal vez decida no contarles nada.
—Me conmueve tu despliegue de misericordia. Especialmente luego de que tu amiguito se hiciera pedazos en los acantilados —rió Christo con una carcajada gutural—. ¿No crees que fuiste algo injusta con él? Le hubiésemos dado una muerte muy limpia; pero lo condenaste a morir golpeando contra las rocas. —Caylis apretó la mandíbula tan fuerte que todos los dientes le dolieron. La vista comenzaba a nublársele de nuevo, pero se controló—. Tranquila, es posible que te dejemos ir, zorrita mentirosa. La idea de devolver a tu padre tu cadáver en pedazos, es tentadora, por supuesto. Pero no tanto como ver a su hija regresar viva —amenazó Christo sacándose una navaja del cinturón y haciéndole con ella caricias a Caylis en la mejilla—, y con una bonita sonrisa. ¿Qué dices, preciosa?
—Él te matará...
—No. Yo lo mataré. Pero no con mi mano. El dolor lo matará de a poco cuando te mire a la cara y vea tu rostro desfigurado. Nosotros nos habremos ido. En su precioso Golondrina. ¿He? ¿a que es divertido? —rió Christo.
—Lo es; es una estupenda broma —concordó Caylis. Y rió también. A carcajadas, como una completa lunática; una risa desaforada que borró cualquier rastro de alegría en los rostros de los espectadores. Y cuando finalmente pudo calmarse, ante las miradas perplejas de todos, añadió—. Ya que ninguno de ustedes, cerdos malditos, podría siquiera empezar a soñar con tocar el timón de un barco como el Hirondelle con sus repugnantes pezuñas.
La bofetada no se hizo esperar, pero Caylis ya había tensado la mandíbula para aminorar el impacto antes de formular sus propias palabras. Le dolió menos que las anteriores; ya sabía qué esperar.
—Tu padre me va las va a pagar. Una por una, me las pagará. He esperado muchos años por ver aparecer su repulsiva cara en estas costas otra vez. Juro que me vengaré.
—Desquitando tu rabia en una mujer. Que aún se chupaba el dedo para dormir cuando te dejaste seducir, usar y tirar, como una estúpida doncella enamorada.
—Quizás podríamos enviar como prueba a tu padre, tu lengua dentro de un tarro.
—O quizás él te corte primero el pito y me deje conservarlo.
Esperó por otra bofetada, pero esta no llegó. La palma extendida de Christo se detuvo a un costado, a poca distancia de su cara, y le tembló de rabia.
—Eres muy graciosa ¿verdad? Mañana por la mañana, le haremos una visita sorpresa a tu padre. Lo que es hoy, eres nuestra huésped. Tranquila, te divertirás con nosotros.

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  Nono el Dom Dic 14, 2014 8:15 am

aaaaaah pobre Caylis!! Qué cerdos todos los tipos!!!

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Re: Bucaneros de Curaçao

Mensaje  violeta el Lun Dic 15, 2014 9:53 am

Que hijos de putaaa! Mad Evil or Very Mad Sad No

"El muchachito, Cayle" Very Happy justamente la identiad que su padre le hizo adoptar.

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Re: Bucaneros de Curaçao

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