Aliados o enemigos - Extracto de cap anterior.

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Aliados o enemigos - Extracto de cap anterior.

Mensaje  LaurieCay el Mar Dic 24, 2013 2:38 pm

Bueno, para que lo vayan comprendiendo de a poco, aqui hay otra escena. Proeto que algun dia serán dos caps completos! bueno, tres!

Extracto:
El sonido de las cadenas de las compuertas del calabozo bailando sobre la madera al ser deshechas, arrancaron a Caylis de sus pensamientos. Alzó la vista y lo único que vio, fue una tenue luz brumosa que brilló en las tinieblas al final del pasillo cuando las puertas rechinaron para abrirse. Detrás de la luz divisó varias faces ocultas por la oscuridad y el espeso vaho nocturno de peste húmeda que inundaba el calabozo. No supo decir quienes eran. El panorama era tan difuso que le daba la impresión de haber dormido y estar soñando todavía. Se levantó del piso frío. A su lado, la enorme figura oscura de Scott se movió también. Las fases detrás del vaporoso halo de luz amarillenta se movieron intercambiando palabras bajas que se distorsionaban en ecos y susurridos. Caylis acabó de levantarse y se acercó a los barrotes para ver mejor. Las siluetas estuvieron entonces lo bastante cercanas para revelar a un grupo de cuatro hombres que traían consigo una antorcha y unas sogas. Uno de ellos avanzó hasta los barrotes y Caylis retrocedió instintivamente en una actitud defensiva. El segundo avanzó con él y acercó la antorcha a los barrotes, con lo que Cay pudo ver su rostro. Estaba cruzado por una cicatriz del pómulo hasta la frente. No lo reconoció. No había sido un hombre de su padre. Sin decir nada, el hombre hundió la llave en la cerradura de la puerta de la celda y la giró destrabando el seguro en un ruidoso click.
―Vendrás con nosotros ―le informó a la joven el hombre de la cicatriz. Caylis miró a Scott y luego a sus carceleros, uno de los cuales avanzó hacia ella con una soga en una mano y la otra extendida hacia ella:
―Las manos.
La chica negó:
―Quiero saber a donde me llevan.
―Las manos. ―ladró de nuevo y estiró el brazo asiendo la muñeca de Caylis a lo que ella se debatió.
―¡No...!
―¡Son órdenes del capitán, maldita sea!
El cuerpo de la mujer chocó contra su captor cuando este la atrajo de un fuerte jalón y le asió la otra muñeca para atárselas juntas en el regazo con un apretado nudo que llevó a cabo hábilmente.
Caylis miró sobre su hombro. Scott se había levantado y estaba pegado a su propia celda observando el procedimiento. Lucía tan confundido como ella. Habían estado esperando todos el ser sacados de la celda y conducidos a cubierta para ser condenados. Caylis recorrió el calabozo con la mirada. Después de la batalla, su centenaria tripulación se había reducido un poco. Los calabozos del Hirondelle eran amplios, pero aún así se quedaban pequeños para casi setenta hombres hacinados en los que parecían ahora, corrales para rebaños de ovejas. Se preguntó donde estarían el resto. La puerta de la celda tras ella se cerró de un sonoro rechinido metálico acompañado de un estampido que hizo vibrar los barrotes y que le produjo el impulso de esconder la cabeza entre los hombros:
―¿Qué hay de mis hombres? ―preguntó intentando que la voz no le temblara. Los secuaces de Morkham la ignoraron, así que repitió la pregunta. De nuevo, sin obtener contestación.
La compelieron a caminar valiéndose de empujones y jalones, aunque ella hizo lo posible por resistirse exigiendo respuestas:
―¡¿A donde me están llevando?! ¡mis hombres! ¡Morkham dijo que...! ―una fuerte sacudida en uno de los brazos por parte de uno de sus captores la obligó a callar para torcer los labios gimiendo entredientes del dolor.
―¡Scott! ―llamó contrariada y asustada. Scott bramaba a sus espaldas. Los barrotes temblaban cuando los golpeaba con sus manazas oscuras, como fuertes embestidas de un toro, a punto de partirlos. A su paso, algunos de sus hombres en las celdas que flanqueaban el angosto pasillo, se levantaban para observarla. Algunos la llamaban o intercambiaban miradas y preguntas que nadie sabía responder; y pronto empezaron los gritos, las quejas, los reclamos, las demandas... Pero todo, pasaba inadvertido por los oídos de los captores que se llevaban a su capitán sin hacer el menor caso al revuelo que comenzaba a levantarse entre los presos mientras sacaban a rastras a la muchacha.
Pese a debatirse con todas sus fuerzas, no logró sino partirse las uñas intentando deshacer las sogas que la contenían y ser sacudida de lado a lado por sus opresores en sus intentos de hacerla caminar. Un horrendo sentimiento de impotencia y desespero la invadió cuando fue obligada a dejar atrás a sus hombres. A la deriva entre la incertidumbre, la confusión y la desesperanza; encerrados como perros en los reducidos espacios de las celdas; entre la humedad, el frío y la oscuridad, observándola partir. Siendo abandonados cuando ella solo podía gritar y revolverse. La noche completa casi había pasado en vela pensando en lo que le esperaba a la mañana siguiente, pero no fue hasta el momento de ser conducida a la fuerza escaleras arriba, que sintió el verdadero peso de la situación. Iba a morir. Dejaba a sus hombres a merced de la crueldad de sus enemigos y ella se dirigía directamente a quedar bajo la espada del suyo. La puerta del calabozo se cerró detrás de ella cuando la encaminaron por la escalera, sumiendo de nuevo los calabozos en las más siniestras tinieblas. Para cuando era empujada por los escalones casi había perdido la voz, pero aún tenía fuerzas de luchar intentando liberarse. Sus hombres, su barco, su vida entera, todo se perdía lentamente a sus espaldas a medida que avanzaba cada paso contra su voluntad.
Cuando subieron a cubierta, la potente luz del día la cegó momentaneamente. Los ojos le ardieron y detrás de ellos, las retinas le palpitaban. Tropezó a causa de su temporal ceguera, y se vio detenida en su caída por uno de sus captores, quien le susurró una grosería al oído por su torpeza y la empujó para hacerla caminar de nuevo. La cubierta principal de ambos barcos estaba por completo ocupada de los hombres de Morkham. Caylis miró a su alrededor. Viró con la cabeza en todas direcciones . Estaba completamente sola bajo la mirada de decenas de hombres a los que no conocía. Su mirada se detuvo al frente, encima de la figura que más conocía de entre ellos. Morkham estaba de espaldas y no se dio la vuelta para mirarla cuando la arrojaron de rodillas a unos pocos pasos de él. Caylis se preguntó si su condena sería llevada a cabo sobre la cubierta y empezó a temer. La respiración le salió jadeante y había empezado a temblar, producto de sus crecientes ansias conforme pasaban los segundos sin que nadie hiciera nada aparte de mirarla. Algunos con lástima y otros con una completa indiferencia. Escuchó cerca suyo el rechinido de las poleas del pescante y se fijó que estaban preparando un bote salvavidas. Cuando el proceso hubo terminado, sus captores volvieron a levantarla del piso y la empujaron en dirección al bote. Caylis caminó dócilmente, aún sin acabar de comprender qué era lo que ocurriría a continuación. Cuando fue empujada dentro del bote, adivinó que la sentencia no se llevaría a cabo en el barco, sino en la playa. Aquella idea le dolió más que todos los empujones, zarandeos y golpes que había recibido. De tener que morir, hubiese preferido hacerlo sobre la cubierta de su amado galeón, aunque ya no fuera suyo. Y no en una fría playa contemplando desde lejos el fantasma de la que había sido alguna vez su capitanía allá sobre el mar, lejos de ella. Tanta sangre había derramado sobre aquellas cubiertas que no le hubiese importado derramar allí la última gota. Pero en su posición no podía alegar nada. No podía hacer nada salvo bajar la cabeza y resignarse a su suerte.

―Llegó la hora. ―anunció el capitán perdiendo la vista en la isla. Todavía podía recordar e incluso remontarse a los tiempos en que aquel había sido un magnifico refugio para el capitán Grenouille y él. Y la tripulación que ambos comandaban. Todas esas tardes de descanso, noches de fiesta y madrugadas contándose historias y recordando sus hazañas junto al fuego cuando la mañana pintaba en el cielo las primeras trazas de la aurora. Tantos recuerdos perdidos en esa isla. Cerró los ojos por un instante y por un breve momento, que no ocupó ni siquiera el transcurso de un segundo, sintió como si fuese a desembarcar en esa isla como tantas veces en el pasado, para descansar luego de una larga travesía. El breve y grato sentimiento fue inmediatamente borrado cuando recordó su propósito. Una larga travesía les esperaba en cambio, y era probable que no volviese a pisar jamás esa isla otra vez. Sobretodo después de todo lo ocurrido. Uno de sus hombres le dio el aviso de que todo estaba listo y asintió. Estuvo por empezar a caminar cuando otro tripulante se le acercó y con voz cautelosa y susurrante le dijo:
―¿Y los demás?
―Están a salvo en los calabozos.
―Morkham. Prometiste que...
―Que no me desharía de nadie, y he cumplido mi palabra ―el hombre se dio una brusca vuelta hacia Gárin con una mirada retadora. Desafiándolo a decir algo más. Hacía no menos de unas horas que habían cerrado el trato, cuando él había aceptado sus condiciones—. Pero no puedo permitir que la tripulación de mi enemigo ande suelta por ahí hasta no saber que son de fiar. Podrás emplear tus métodos de persuasión, pero será a través de barrotes. ¿Hay algún problema?
Gárin torció los labios en una apretada linea y exhaló el aire por la nariz. Nada podía decir que no despertara la ira de Morkham y lo hiciera actuar precipitadamente. Iba a tener que esperar solo un poco más:
―Ninguno.
―Bien. Entonces apresúrate. Ya es hora ―le repitió encaminándose al bote salvavidas.

Caylis permaneció con las manos atadas sobre las piernas, mirando el fondo del bote. Se balanceaba ligeramente con el mismo vaivén del barco, que mecía los cabos que sujetaban el bote a las poleas. Estaban demorándose y se preguntó si Morkham estaba agrupando al resto de su tripulación arriba para ser bajados también. Atando cabos, le encontró algo de sentido, pues seguramente su hábil y calculador enemigo no iba a arriesgarse a un motín dejando salir de una vez a todos los tripulantes del Hirondelle. El pensamiento de que no era la única, sino la primera, la tranquilizó un poco. La idea de que sus hombres tendrían una posibilidad de sobrevivir la alivió y le sirvió de consuelo al otro sentimiento que no la dejaba tranquila. La abrumadora desesperanza y el mismo miedo que acompañaba la idea de que pronto, al cruzar la media milla que los separaba de la costa, su muerte llegaría. Buscó posibles escapes. Pero estaba atada de manos y dos hombres iban con ella. ¿Es que no había forma de escapar? ¿todo iba a terminarse allí? Su orgullo y esa habilidad suya de escapar siempre de sus líos en el último instante la mantenían segura y confiada; pero ingenua... Cuando miró hacia arriba, hacia la escalerilla de estribor, vio a Gárin cruzar la puertecilla de la baranda y sacar el cuerpo fuera para bajar hacia el bote. Solo a él.
»¡Qué estás haciendo, maldito! ―le gritó; pero en su mente. La voz no halló salida en su garganta irritada― no te salvé para que hicieras esto.
Se sentó frente a ella en el bote salvavidas. Caylis se fijó que no estaba esposado. Intentó buscar la explicación en su mirada, pero él le hurtó la vista. Todo el trayecto del camino desde la borda del Hirondelle hasta el agua y de ahí hasta la playa, actuó como si ella no estuviera allí. Encima del bote reinaba un silencio sepulcral, como si estuviese celebrándose su funeral antes de tiempo. Gárin no la miró en ningún momento aunque ella intentó por todos los medios tener sus ojos en los suyos. Morkham, por otro lado, la miraba pensativo. Pensó que era la última persona que lloraría en su funeral. Entonces ¿por qué de todos parecía el más afectado?:
―Pareces un poco menos feliz de lo que esperaba. ―comentó Caylis con un aire triste. Solo entonces tuvo la mirada de Gárin, pero fue fugaz. Se la arrebató nuevamente cuando fue Morkham quien la reclamó.
Ambo se vieron brevemente antes de virar en direcciones opuestas. Solo ese breve intercambio de miradas dejó helada a Caylis y empezó a sentir que el corazón le palpitaba más rápido. Fue corto e imperceptible para todos, menos para ella. Era una mirada demasiado cómplice para pasarla por alto, pero estaba tan agobiada que su cabeza no dio más que para inquietarla cuando luchó con todas sus fuerzas por hallar algún motivo en ese más que significativo gesto. Un inquietante presentimiento cruzaba su mente, pero la linea de aquel pensamiento era tan fina que se le escurría y no era capaz de asirla y concebirla del todo en su cabeza. Miró al cielo intentando despejarse. Los rayos del sol pegando de lleno sobre nubes agolpadas sobre sus cabezas devolvían a tierra una luminiscencia plateada. Tantas cosas habían pasado desde que habían llegado a su querida  Alderney, que no era capaz de recordar como había sido la mañana que habían llegado. ¿Estaba nublada o despejada? Parecía que hubiese pasado una semana, pues no consentía que dos días hubiesen transcurrido tan rápido. Toda su mente era una laguna llena de contradicciones. Se sentía tan temerosa como confiada. Echó un vistazo a tierra y vio que faltaba poco para que el bote tocara la costa y sintió un desagradable vuelco en el estómago. Un acceso de nauseas la invadió y el estómago se le encogió en un doloroso calambre que le recordó que no había comido nada desde la mañana del día de antier. Miró a Gárin. Este permanecía inmóvil, en silencio y sin mirar a nadie como si no estuviera realmente allí. Por un momento, le pareció como si se tratara uno más de sus enemigos que la acompañaban en muda indiferencia a cumplir condena y ese sentimiento le aterró a la vez que lo encontró extrañamente familiar. Su mente ya empezaba a asimilarlo, pero su corazón sencillamente no podía aceptarlo. Pensó que se trataba de delirios ocasionados por el ayuno, los nervios y la situación misma.
El barco se detuvo en un brusco tumbo y el sonido de la gravilla, las conchas marinas y las piedrecillas arañando la madera del casco del bote le hicieron apretar la mandíbula. Un escalofríos le bajó por la espalda y sintió la urgencia de castañear los dientes. La piel de los brazos y del pecho se le erizó a un punto doloroso y por un momento pensó que no iba a poder levantarse, pues no era capaz de sentir sus propias piernas.
Uno de los hombres se bajó de un salto del bote. Le siguió otro y los dos acercaron el salvavidas a tierra donde lo aseguraron sobre la arena. Morkham se levantó primero y se apeó de la proa del bote deteniéndose para mirar hacia los riscos de la isla mientras que los dos captores de Caylis se ponían de pie. Gárin se levantó al mismo tiempo que ellos y se bajó del bote dándole la espalda y pasando totalmente de la patética prisionera que los hombres luchaban por levantar a costa de tirones e insultos. Caylis se fijó que su andar continuaba siendo inseguro y que cada tantos pasos, se llevaba la mano al costado intentando oprimir las punzadas de dolor que debían estarle costando el movimiento apenas dos días después de haber sufrido una lesión tan seria. Por fin, encontró la fortaleza necesaria en sus piernas para dar el primer paso y bajar del bote, pero sus piernas volvieron a flaquear y tropezó cayendo contra el costado de uno de los hombres que la llevaban, quien llevado por un acto de caridad o mera comodidad, pasó el brazo por debajo del suyo y la ayudó a mantener el equilibrio. Morkham empezó a caminar frente a ellos. Gárin detrás de él y a su lado los dos primeros hombres que se habían ocupado del bote, mientras ella ocupaba el ultimo puesto de la fila junto a sus captores. Había cambiado su ropa. Su levita azul gris había sido remplazada por un abrigo negro que le quedaba un poco más ancho y también llevaba otros pantalones. Esa ropa no estaba manchada de sangre. En parte le alegró que su amigo estuviera bien. Que hubiese sobrevivido a la segunda noche y que incluso fuese capaz de caminar. Pero algo respecto a él continuaba inquietándole. Llegados a cierto punto de la costa, Morkham se detuvo y tras él, todos sus marchantes seguidores. Se dio la vuelta hacia Caylis y la observó de pies a cabeza:
―Mi espada ―solicitó a uno de sus hombres, quien se la ofreció envainada en una elegante funda de cordobán negro. Caylis respiró hondamente cuando Morkham se fue contra ella decididamente con su pesado paso castigando la arena. No alcanzó a alzar la vista para verlo ni medio segundo cuando la gruesa manga de aquel voló hacia su rostro y la golpeó con tanta fuerza que la hizo volar y la tumbó sobre la arena con un delgado grito. La gravilla le rasguñó el pómulo y la sien cuando cayó y la arena se le metió entre la ropa y por una de las comisuras de la boca. La sintió húmeda y fría bajo su cuerpo. Intentó levantarse, pero continuaba débil y solo consiguió dar algunos patéticos tumbos sobre el piso. Morkham se acuchilló a su lado, enrolló los dedos en su cabello y la levantó del piso para alzarle el rostro al suyo. Los labios del hombre temblaron y se entreabrieron varias veces como si estuviera a punto de decir algo, pero arrepintiéndose al momento antes y callando. Finalmente, exhaló un ronco respiro y por el mismo cabello, la empujó arrojándola de nuevo sobre la arena. Se levantó en su imponente estatura y la observó desde arriba. Su mirada, como el terrible mazo impiadoso de un juez, listo para caer en cualquier momento, dictando su sentencia. Observó a su alrededor. Todos miraban en silencio el espectáculo sin siquiera inmutarse. Incluso Gárin. Su mirada azul oscura permanecía tan gélida y apagada como los últimos visos nocturnos que se perdían en el oeste. Al contrario de todo el trayecto de su camino hasta la costa, él la miraba. Más bien, miraba en su dirección, pero no la veía a ella. Le dio la impresión de un ciego; completamente ignorante de la presencia de alguien en la dirección de su mirada. Lo único capaz de distraerla, fue el chirrido de la espada de Morkham rascando en la funda y cortando el aire al ser desenvainada. El hombre que sujetaba la cuerda que le mantenía unidas las manos se hizo hacia atrás y Morkham avanzó empuñando su alfanje sobre ella. Caylis tragó saliva y sus párpados temblaron debatiéndose entre cerrar sus ojos o permanecer abiertos. Morkham repitió el gesto del bote. Clavó la vista en Gárin, pero apenas por el rabillo del ojo y suspiró profundamente a la vez que afianzaba el brazo y cerraba con fuerza el puño sobre el mango de su sable. Al final de lo que le pareció a Caylis una espera larga para acabar con todo, la espada de Morkham finalmente cayó sobre ella. Caylis cerró los ojos instintivamente y alzó las manos atadas por encima de su cabeza para protegerse. Sintió que la soga que rodeaba sus muñecas se aflojaba lentamente. Hasta resbalar por sus antebrazos y caer al piso. Caylis abrió los ojos atónita y alzó de nuevo la vista a su enemigo, confundida y sin comprender qué acababa de pasar. Morkham sacó de su cinturón una pistola y la dejó caer frente a ella. El primer impulso de Caylis fue tomarla y disparar, pero supo enseguida que Morkham no sería tan tonto como para entregarle un arma cargada. Acto seguido, él sacó de su cinturón una pequeña bolsa y le enseñó el contenido brevemente vaciándolo en su palma para al segundo siguiente verterlo de nuevo en la bolsa y asegurar su amarra: una pequeña bala. Lanzó la bolsa lejos:
―No tendrás que pelear con nadie por ella. Es toda tuya para cuando decidas darle algún uso ―rió Morkham. Sus hombres rieron con él... Gárin rió con él. Una risa insulsa. Vacía. Muerta... pero una risa. Reía a la par de Morkham. Reía con ellos. Reía de ella.
Morkham empezó a caminar. Detrás de él caminaron sus hombres. Gárin lado a lado con él. Paso a paso se alejaron dejándola completamente sola y estupefacta:
―Mis hombres... ―murmuró entredientes alzando luego la voz― ¡Mis hombres!
―Qué ¿no lo ves? ―espetó Morkham dándose un cuarto de vuelta hacia ella― tus hombres te han abandonado. Todos y cada uno de ellos.
―Mientes. ―negó ella, sin voz.
―¿Quieres saber cómo? ―preguntó en un tono burlesco.
Caylis olvido a su enemigo, a sus captores, y a sí misma. El centro de su atención, era el rubio. Su amigo. El que casi había muerto por ella. Por quien ella había intercedido, y que ahora le había entregado a su peor enemigo no solo a su tripulación. su barco y su vida, sino que su propia lealtad. Negó con la cabeza cuando empezó a entenderlo. Aquel la miró fríamente sin decir nada. La barbilla le cayó floja y con ella, su propia cabeza sobre su pecho. Derrotada y herida aunque la espada no la había tocado.
Sin más que decir, emprendieron una nueva marcha para alejarse. Mientras se iban, Caylis miró la arena bajo su cuerpo. Se había quedado arrodillada con las manos apoyadas en el suelo soportando apenas el peso de su espalda. Hincó los dedos en la arena. Hasta que le dolieron de frío y las piedrecillas se le hubieron incrustado bajo las uñas...
―Maldito. ―susurró inaudiblemente. Sintió la garganta seca y apretada.
Se sujetó la frente, se revolvió el cabello con las manos, se rasguñó la cabeza y las sienes, se jaló del pelo hasta arrancarse mechones. Dio una profunda inhalación arrastrando el aire por su garganta emitiendo el sonido de una sierra contra el metal, desde lo más profundo de su ser, con toda la fuerza de su voz, gritó.
―¡¡MALDITO!!

Gritó. Gritó. Gritó hasta que no quedaba aire en sus pulmones. Hasta que la garganta le quemaba como si tragara brasas ardientes. Gritó hasta quedarse sin voz. Y  lloró. Se desplomó sobre la arena con los antebrazos y lloró mientras se jalaba de los cabellos. La emboscada en la cueva; todas las horas que había pasado sin dormir cuidando de Gárin, imaginando que iba a perderlo y sin poder hacer nada; las que había pasado en la celda preguntándose como estaría él y qué iba a pasar con ella y el resto de sus hombres; la pérdida de su amado barco en manos de su enemigo; la traición de su tripulación, de sus más fieles hombres y de Killian. De Gárin Killian. Todo eso hirvió dentro de ella y sin poder contenerlo más, salió por su boca en forma de furiosos gritos ahogados entre sollozos desenfrenados. Por primera vez en su vida, la locura consumió cada rastro de sanidad en su ser. Ella le permitió consumirla. Se aferró a ella, la necesitaba, la anhelaba. Era su único consuelo. Cuando ya no quedaba voz en su garganta ni aire en sus pulmones, ni cordura en su cabeza... calló. Los gritos se convirtieron en jadeos, luego en una respiración agitada y luego en el silencio. Se abrazó a sus piernas clavando la uñas sobre su piel, hundió la cabeza entre las rodillas, y así permaneció durante horas y horas. Horas que se desvanecieron en el transcurso de un día completo. El primer día del calvario que le esperaba.
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Re: Aliados o enemigos - Extracto de cap anterior.

Mensaje  Draperdi el Sáb Dic 28, 2013 2:00 pm

Lo terminé de leer ayer. Pero comento hoy. Porque soy así de guay. Pero tu no lo eres. Porque no cuelgas capitulos enteros y nos dejas así. Y eso no se hace porque es malo, es de ser mala. Yo quiero saber porque termina todo asói!!!!! esto no ha resuelto ninguna de las dudas que tenía.


PORQUEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE


no encuentro un gif animado de mourinho pero saldria el diciendo purqure purque purque hasta la saciedad

De verdad mujer me encantó!!! la forma en como se la llevan y su miedo a morir y como lo describes....pero quiero saber!!!!
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Draperdi

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Re: Aliados o enemigos - Extracto de cap anterior.

Mensaje  violeta el Jue Mayo 01, 2014 1:19 am

Te pasaste Lau! eres cruel... muy muy muy cruel! TT__TT



Me hiciste llorar desconsoladameente mujer Sad

Y lo de Gárin is the best of the best! Todos sabemos que siempre le será leal a su capitana, pero yo me sumerjo en la idea de que no lo conociera, en que no estuviera espoirleada; Para mi seria un WTF! QUE PASA, AUXILIO! EXIJO EXPLICACIÓN! tu sabes esos giros de los que te prendas.

Bueno... hermosamente escrito como siempre! *_* Me encanta lo detallado que puedes hacer cada detalle, omg, es como un paso a paso en tiempo real de Cay.

Gárin! noooo gárin Sad

... oie, yo lo imaginaba con esta cara todo el tiempo



Detesto a Morkham  por esa cachetada que le dio a Cay! Evil or Very Mad  (XD... y eso que yo amo los villanos)
Pero la evilness hace todo bien interesante!!! °_°
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violeta

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Re: Aliados o enemigos - Extracto de cap anterior.

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