**Kowatar** Capítulo 4: Persistencia

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**Kowatar** Capítulo 4: Persistencia

Mensaje  Nono el Dom Ago 07, 2011 8:46 am

Capítulo 4: Persistencia

Luxhien estaba sentado en un rincón de las enormes cocinas de palacio pelando unos boniatos. El calor de los fuegos. El ajetreo de la gente que iba de un lado a otro preparando la cena del emperador y de los miles de elfos que allí lo servían. Siempre era así. Una constante carrera contrarreloj para tenerlo todo a punto. Sin embargo, él no hacía gran cosa. Era un simple marmitón. Lo más bajo que se podía encontrar en la cocina. Pero le daba igual. Estaba concentrado en su tarea cuando alguien entró corriendo:
- ¡El emperador está entrando!
Aquellas palabras eran como un aviso de que tenían que tenerlo todo listo para cuando el emperador se sentara. Todo para cuando él diera las palmadas. Pero a él, a partir de ese momento, sólo le interesaba una cosa: esperar a que terminara de comer para fregar los platos. Nada más. La cosa no podía seguir así si quería obtener información, si realmente quería que aquella intrusión sirviera de algo.
- Tenemos un problema.
Luxhienn escuchó con atención. Escuchar esa palabra era como música para sus agudos oídos.
- Uno de los criados del General ha caído enfermo. – exclamó una elfa oscura que vestía de negro - Y ya sabes como es el general. Necesito que me prestes a alguien.
- Sabes de sobra que no puedo - dijo el jefe de cocina. - Siempre andamos mal de personal.
- ¿Acaso quieres que me corten la cabeza? - dijo la elfa malhumorada - ¿Quieres que te recuerde quien te divierte por...?
- Shhh – la chsitó el cocinero poniéndole un dedo en la boca. - Está bien, está bien. Llévate a ese.
- Es un humano.
- ¿Y qué más da?
- El General Inglor solo acepta a los de su propia raza.
- Entonces llévate a ese otro.
- ¿Al pelador de boniatos?
- ¿Lo tomas o lo dejas?
- ¿Cómo se llama?
El jefe de cocina ladeó la cabeza y se quedó mirándolo.
- ¡Tú!¿Cómo te llamas?
Luxhienn le miró
- Hylan, Señor.
- Bien, Hylan, deja lo que estás haciendo y acompaña a esta señorita. Hoy has tenido suerte. Servirás al General Inglor. Hazlo bien y tal vez pases a lavar menos platos.

Todo el local se quedó en silencio. Incluso los borrachos sabían que aquello no era cosa de risa. Un elfo oscuro con brillante armadura y capa roja como la sangre entró en el local seguido por otro un poco más bajo con mirada rasgada. Y detrás de él, otros seis elfos que se colocaron en dos filas a su lado. Se quedó mirando a Eohnar, que seguía subido encima de la mesa con la cara que tendría cualquier persona que está en el sitio equivocado en el momento equivocado. Laurane contemplaba a los recién llegados detenidamente con los ojos muy abiertos. Se fue moviendo poco a poco escondiéndose detrás de Eohnar. El que parecía el capitán miró al mago detenidamente antes de hablar dirigiéndose a todos los que ahí estaban.
- ¡Que nadie se mueva! - gritó con voz ronca. Con un movimiento de la mano los seis guardias empezaron a moverse por la taberna.
Rodolof salió a su encuentro enfadado haciendo caso omiso de sus palabras.
- ¿Se puede saber qué manera es esta de entrar? Así me vas a espantar a la clientela.
- Cállate, tabernero. Nos iremos enseguida. Sólo hacemos una inspección rutinaria. Estamos buscando a una prisionera que se escapó el otro día. No la habrás visto, ¿verdad?
- No he visto nada que le pueda interesar a los elfos oscuros.
Los elfos oscuros seguían comprobando individuo por individuo.
- Y de paso - prosiguió el capitán, ignorando las palabras del tabernero - ayudarte con los extorsionadores. El de la mesa, por ejemplo. – Eohnar cerró los ojos y apretó los labios - ¿Que haces ahí subido? ¡Habla!
- Es un... – empezó Rodolof.
El capitán desenvainó la espada y se la puso a Rodolof en la garganta.
- Nadie te ha dado permiso para hablar, humano.
Rodolof tragó saliva y clavó los ojos en el filo que reposaba en su garganta. Enseguida el capitán apartó la hoja de él y volvió a dirigirse hacia Eohnar.
- Es que... Estaba haciendo una pequeña improvisación – inventó el muchacho. - ¿Queréis verme imitando a un pato resfriado?
- Queremos que nos digas si has visto a la prisionera que escapó.
- No sé quien es – respondió Eohnar. – Pero creo que lo más sensato es que se haya alejado lo más posible de Nobrieth, ¿no?
- ¡Baja de la mesa!
Eohnar, consciente de que Laurane se escondía detrás suyo y de que los elfos que peinaban la sala pronto la descubrirían, empezó a ponerse nervioso, pero intentó controlarse. Si su pelo cambiaba de color, los elfos sabrían que no era un humano. Y no le apetecía nada probar esa máquina extraña para la que los elfos capturaban magos. Rodolof se dio cuenta de la situación del joven e intervino.
- ¿Por qué pensáis que la prisionera puede estar aquí?
- Tu posada está en una perfecta encrucijada, humano. De aquí pudo haber escapado a Ihnaran o a Solis-Regdor. Además, fue en esta posada donde la atrapamos. Tranquilos – añadió dirigiéndose al resto de clientes. – Cuando obtengamos la información que queremos, nos iremos.
Eohnar puso los ojos en blanco. Solamente a Laurane se le ocurriría volver al lugar del delito. Detrás de él, Laurane tensó los músculos.
- Es una joven de estatura media... – prosiguió el elfo oscuro al mando - de largo cabello color caoba... labios carnosos, ojos grandes de un peculiar color violeta...
- ¿No esh esha de ahí? - soltó de repente un borracho, que estaba sentado en una esquina, señalando a Laurane.
El capitán miró al borracho y siguió poco a poco la trayectoria de su dedo hasta que se posó en Eohnar, que seguía quieto y en silencio, mirando al hombre y al capitán respectivamente. Este último empezó a andar despacio rodeando la mesa hasta que posó la mirada en Laurane cuando apareció en su campo de visión. Un silencio incómodo y asfixiante inundó la sala. Eohnar miró a Laurane, después al borracho y después al capitán. Éste, a su vez, pasaba la mirada de Laurane a Eohnar. El pelo de Eohnar cambió del castaño al turquesa y fue entonces cuando el capitán rompió el silencio.
- ¡Atrapadlos!

Desde el momento en el que la suerte le había sonreído, había estado sirviendo y trabajando como criado. No del Emperador pero sí de comandantes y generales. Había salido de la cocina. Eso le permitía, en la mayoría de los casos, acceder a cierta información. Información que, a pesar de ser a veces irrelevante, le mantenía al tanto de los movimientos que llevaban a cabo. Pero eso sólo era a veces. La mayor parte del tiempo seguía en la cocina. Sólo esperaba poder sacar algo útil de aquello. O tendría que buscar otra forma de obtener información. Estaba perdido en sus pensamientos cuando escuchó su nombre. El nombre falso que el mismo se había impuesto. En esos mismos momentos se encontraba en el despacho del carcelero. No sabía muy bien como había terminado ahí. O tal vez sí lo sabía. Luxhien miró al suelo. Junto a él yacía un criado humano rodeado de un charco de sangre.
- Dime... ¿sabes quién soy yo?
Luxhien le miró a los ojos.
- El honorable carcelero… Señor… - respondió humildemente.
El carcelero le dio un sorbo a la copa que tenía en la mano
- Honorable…jajajaja - empezó a reírse - Honorable dice… ¿Sabes que pasó hace unos días?
Luxhien permaneció callado
- ¡Te he hecho una pregunta! ¡Estúpido! - gritó dejando el vaso en la mesa.
- Un prisionero…un mago…se escapo… - murmuró Luxhienn.
- Una maga…Una mujer… Por culpa de esa mujer soy el hazmerreír de todo palacio…
- Pero usted no tiene la culpa. No podía imaginarse que era una maga.
El elfo dio un puñetazo sobre la mesa haciendo caer al suelo la copa de cristal, vertiendo todo su contenido y rompiéndola en mil pedazos.
- ¡Soy el carcelero! ¡Maldita sea! ¡Era un glorioso comandante! - gritó con furia.
- Lo eras - terció una voz fría y cortante como el acero.
El carcelero dio media vuelta y se quedó mirando a la figura que había entrado en su habitación. Luxhienn se arrodilló en el suelo.
- Ge… General…
- Creo que no hace falta que te diga lo descontento que esta contigo el Emperador.
El carcelero tragó en silencio y con los nervios a flor de piel.
- La prisionera que se escapo no solo era maga. Supongo que lo sabrás.
- S..sí… General… he oído los rumores.
- También sabrás que al Emperador no le gustan los errores - decía serio mientras jugaba con el mango de su espada. - Ya fallaste como comandante y como carcelero… Es la segunda vez. Dos fugas en toda la historia de la prisión... y han sido durante tu cuidado, Lorydas.
- Lo... lo haré bien la próxima vez. - susurró con voz trémula.
- ¿Quién ha hablado de una próxima vez?
- N-no... No señor... Digo, General... He sido un fiel servidor... He..
- Has sido un inútil.
El General desenfundó su espada y la contempló unos momentos. El carcelero Lorydas retrocedió.
- Si por mí fuera – siseó el General Inglor - acabaría con tu miserable vida ahora mismo. Pero el jefe de investigación requiere tu presencia y de cierto conocimiento tuyo. Tal vez puedas enmendar tus errores.
- Pe-pero…
- Sabemos que posees cierto conocimiento en cuanto a materiales con propiedades especiales…materiales únicos.
- S-si. P-pe-pero… - tartamudeaba Lorydas.
El General se acercó al asustado carcelero y le cogió de un brazo y lo arrastró fuera de su habitación:
- Cierra el pico y reserva fuerzas para cuando lleguemos allí. ¡Y tú! – Luxhienn alzó la cabeza - Limpia el suelo y todo este desastre.
Y abandonó la estancia.

Todos los guardias desenfundaron sus espadas. Los gritos, el caos y el pánico inundaron todos los rincones. Eohnar invocó su vara sin perder el tiempo pero en ese momento dos de los guardias le pegaron una patada a la mesa haciendo que éste perdiera el equilibrio. Mientras tanto, el capitán, junto a dos soldados, se había dirigido hacia Laurane, que se levantó y les lanzó la silla a la desesperada para darse tiempo. Tenía que invocar sus abanicos.
- ¡Vete de aquí Rodolof! - chilló Laurane - ¡Vienen a por mí así que escapa! ¡Haz como los demás! ¡Y tu también, Eohnar!
- ¡No pienso abandonarte! ¡Ni a ti ni a mi taberna! - gritó Rodolof manteniendo a raya a uno de los guardias.
Laurane dio una vuelta sobre si misma y lanzó por los aires a dos de los soldados que se dirigían a por ella. Pero el capitán tenía práctica luchando con magos así que cortó el aire con su espada evitando así salir despedido.
Laurane no perdió tiempo y se lanzó contra él con los abanicos preparados. Pero el capitán estaba esperándola y además no estaba sólo. Tres soldados más fueron a por ella junto a su superior. Laurane sabía que, a pesar de que era buena con sus abanicos, no podría vencerlos sin la ayuda de su magia. Saltó a una altura considerable ayudada por su magia esquivando así a dos de los elfos y, al caer, procuro hacerlo encima de ellos. Y después, dando un salto hacia atrás, les dio una patada. Pero el capitán estaba detrás para cogerla. Intentó darse la vuelta forzadamente y enviarle por los aires con los dos abanicos pero el elfo oscuro cogió la mesa donde momentos antes había estado Eohnar y la usó de escudo. Laurane cayó al suelo de rodillas.
Eohnar, por su parte, había acudido a ayudar al tabernero. Pero pronto se dio cuenta de que ese no sería el mayor de los problemas puesto que no sólo iban a por Rodolof. Tres soldados iban a por él con las espadas preparadas. Eohnar paró sus ataques con la vara y con la mano extendida hizo crecer una enredadera que los atrapó. Después, miró a su compañera. Un elfo oscuro estaba a punto de atraparla por detrás.
Laurane sintió como unos brazos la cogían por la cintura pero poco a poco fueron perdiendo fuerza. Cuando se dio la vuelta vio que estaba atrapado en unas enredaderas.
- ¡Eohnar! - exclamó Laurane.
- ¡Corre, huye! - le gritó su amigo.
Laurane miró a Rodolof y a Eohnar y después al elfo oscuro que estaba delante de ella intentando librarse de las enredaderas que lo aprisionaban.
- No pienso huir de aquí. De eso nada, maguito - espetó Laurane con voz firme - Estos estúpidos elfos van a lamentar el haber venido a mi taberna preferida.
Laurane levantó sus abanicos con furia y de un solo movimiento, limpio, le rajó la garganta al elfo que tenía delante.
- Uno menos... quedan siete.
Eohnar miró a Laurane perplejo. Nunca se había imaginado a Laurane así, rajando gargantas. Pero no era momento para sorprenderse. Los elfos se estaban liberando de sus enredaderas.
- ¡Quietos los dos! - se escuchó al capitán.
Laurane y Eohnar se dieron la vuelta para ver de donde provenía la voz. El capitán había cogido a Rodolof y tenía la espada en su garganta.
- Quietos si no queréis que lo mate.
- No... - Laurane soltó los abanicos. - Está bien. Llevadme, pero no les hagáis nada a ellos.
Tres elfos se abalanzaron sobre ella. Dos la inmovilizaron y el tercero se agachó para recoger sus abanicos. La joven no hizo nada para defenderse. El filo se clavaba ya peligrosamente en la garganta de Rodolof. La chica sintió como le ataban con fuerza las muñecas a la espalda y le ponían unos grilletes. Miró en derredor, buscando a Eohnar. Dos elfos también lo habían inmovilizado a él, y uno de ellos cargaba con su vara blanca. Él también había dejado de defenderse por miedo a que hirieran a Rodolof. Laurane volvió a mirar al capitán, a la espera de que soltara a sus amigos. Como si le hubiera leído la mente, apartó la espada del cuello del tabernero y lo empujó hacia la mesa que estaba medio destrozada y volcada en el suelo. Luego, contempló un instante a Laurane, quien lo observaba con ojos amenazadores, y después clavo la vista en Eohnar.
- El mago se viene con nosotros.
- ¿¡Qué!? – exclamó Laurane, horrorizada. - ¡No! ¡No! ¡Ya me tenéis! ¡Dejad que él se quede!
- No vamos a prescindir de un mago sólo porque otro nos lo pida. ¡En marcha!
Los elfos la empujaron hacia delante y la sacaron de la taberna, haciendo caso omiso de sus gritos, insultos y súplicas. Laurane giró la cabeza desesperada pero a duras penas consiguió ver a Eohnar, que iba detrás de ella. No pudo evitarlo y le vino a la cabeza lo que escuchó en la Ciudad de la Eterna Noche poco antes de escapar: “Al jefe de las investigaciones le gusta experimentar con cualquier cosa y últimamente solamente le interesan los magos...”


Tenues haces de luz apagada salían de las pequeñas piedras mágicas que alumbran débilmente aquella horrible sala. El olor a sangre impregnaba cada maquina, cada pared, cada rincón de aquella habitación a pesar de lo pulcra e inmaculada que estaba. Una figura envuelta en una túnica blanca y encogida sobre si misma en el suelo contemplaba al elfo oscuro de talla esbelta que estaba sentado cerca de él.
- ¿Y bien? Sigo esperando tu respuesta - espetó fríamente el elfo que estaba sentado en su silla - No puedo perder más el tiempo.
- Sí... Lo hay. Hay un material así - susurró el carcelero que estaba hecho un ovillo en el suelo y temblaba de terror.
- ¿Y como se llama? Es la única pregunta que he formulado y de la cual no he obtenido una respuesta - dijo levantándose y dando una vuelta alrededor del asustado Lorydas.
- Se llama…Se llama Obthrey.
- Bien. ¿Y dónde puedo encontrar Obthrey?
- No… No lo sé.
El elfo oscuro dejo de dar vueltas y se paró en seco.
- Inútil – siseó. - Primero dejas escapar una pieza, una criatura por la que sacrificaría medio país, y ahora me das la información a medias.
- Entonces... Me… me perdonas, ¿no?
- Y no sólo eso. – siguió el otro, haciendo caso omiso del carcelero - Estás llorando como un bebé. Me das asco. La gente como tú sólo sirve para alimentar nuestras mascotas…
- ¡No! ¡No! ¡Cualquier cosa menos eso! – rogó Lorydas con el horror pintado en su cara.
- Lleváoslo.


- ¡¡Malditos elfos de mierda!! ¿Cómo os atrevéis a mentir, maltratar y capturar a una dama indefensa como yo? - gritaba Laurane a todo pulmón.
La marcha siguió su curso.
- Indefensa…... has matado a uno de mis hombres cortándole la cabeza…no eres ninguna dama indefensa.
- ¡Y a ti te hubiera cortado otra cosa si no hubieras sido tan rastrero de coger rehenes!¡Cobarde!
El capitán se paró en seco y dio una vuelta de ciento ochenta grados.
- Amordazadla de una vez…ya me he cansado de sus quejas.
Uno de los soldados se acercó a ella preparado para amordazarla pero un mordisco de Laurane hizo que este retrocediera con un quejido. El capitán miró furioso al soldado y se acercó a Laurane. Ésta le escupió en la cara.
- Inténtalo tu si te atreves - espetó.
El capitán cogió la mordaza y fue a ponérsela. Laurane fue a morderle pero antes de que lo hiciera el capitán le dio una patada en las costillas. La joven cayó al suelo de rodillas y se encogió sobre sí misma de dolor.
- Laurane... cálmate - le susurró Eohnar. - Mejor que hagamos lo que dicen.
- Que listo eres, mago - se burló el capitán.
- Más de lo que tú te piensas.
Laurane miró a su amigo a los ojos desde el suelo. Todo era culpa suya. Sabía desde un principio que la buscaban. No debía haber permitido que él la hubiera acompañado. Ahora los dos acabarían en Nobrieth. Pero Eohnar parecía estar más tranquilo que ella. No dejaba de mirar a uno de los elfos oscuros, aquel que llevaba su vara blanca, y éste parecía molesto.
- ¿La quieres, mago? – preguntó, blandiéndola ante él.
Eohnar no contestó, solamente siguió mirándole. Laurane no lo entendía.
- ¡Deja de mirarme así! – se quejó el elfo.
Y le golpeó con la vara en la cara. Eohnar soltó un gemido de dolor, pero en ese preciso momento un enorme rugido rebotó en el camino. Todos los elfos oscuros se miraron asustados y alerta, y desenvainaron sus espadas. Pero poco pudieron hacer contra la enorme mole de pelo que se abalanzó sobre ellos a la velocidad del sonido escupiendo una enorme llamarada de fuego que carbonizó al capitán elfo y al guardia que iba a su lado.
Aprovechando la distracción causada por Tamir, Eohnar se tiró encima de uno de sus captores aplastándolo contra el suelo dejándole libre el camino a Tamir, que apresó al otro entre sus garras y lo despedazó en pocos segundos. Laurane estaba tan sorprendida que no podía moverse.
- ¡Es una quimera! – gritó uno de los elfos que la tenía presa.
Tanto él como sus compañeros vivos echaron a correr olvidando a los prisioneros, más preocupados en salvar el pellejo. Laurane los contempló marcharse.
- ¡Eso! ¡Largaos, gallinas! ¡Volved a vuestra asquerosa ciudad y pudriros en ella!
- ¡No! – exclamó Eohnar, y le pegó una patada al elfo al que había tumbado, dejándolo inconsciente. – No deben regresar. Avisarán a las huestes de que volviste a escapar.
Laurane se calló de golpe, lo miró un instante y luego volvió a mirar a los elfos, a los que ya casi no se les distinguía debido a la distancia.
- ¡Esperad! ¡Volved! ¡Me entrego! – exclamó corriendo hacia ellos.
Enseguida vio como Tamir se cernía sobre ellos y los envolvía en el fuego abrasador de la muerte. La joven se paró en seco. Eohnar no tardó en llegar junto a ella. Aún tenía las manos atadas a la espalda, igual que ella. La joven apartó la mirada de los árboles que ardían y la clavó en el mago un instante antes de murmurar en arcano:
- Apperia caus tra.
Tanto sus grilletes como los de Eohnar se abrieron con un sonoro chasquido. El chico recogió su vara del suelo mientras Laurane, con un movimiento de los brazos, provocó que lloviera sobre los árboles en llamas, extinguiendo el pequeño incendio causado por Tamir pero que les había salvado la vida. Eohnar regresó junto a ella y alzó la vara. La lluvia se intensificó y el incendio enseguida estuvo apagado. Entonces la lluvia mágica desapareció.
Los dos se miraron un instante antes de que Tamir aterrizara junto a ellos haciendo temblar la tierra y rompiendo algunas ramas de los árboles. Eohnar apartó la mirada de Laurane y la posó en su mascota.
- Eres fantástica, Tamir. Nos has salvado. Gracias – dijo acariciándole la enorme cabeza.


Conforme se acercaban a la ciudad, el aire se iba cargando y el olor a agua embalsada se iba haciendo más fuerte, aunque poco a poco se fueron acostumbrado. Pero esto era normal ya que se trataba de Sakhita, la ciudad flotante, construida sobre el estuario del río Kajtej. Las casas eran de madera oscura al igual que las pequeñas aceras que bordeaban los canales. Puentes de madera –algunos con barandillas y otros sin ellas- conectaban las calles cada varios metros. No había vegetación, solo algunas flores de color magenta en las ventanas o colgando de las jambas de las puertas.
Arydan tuvo que dejar el caballo en los gigantescos establos a las puertas de la ciudad. Contempló un instante la caravana que le había acompañado durante todo el trayecto desde Lebhlet antes de ponerse a ayudar a sacar bártulos. Cuando Gaurko le había dicho que no viajaría solo, no se imaginaba que le acompañaría tanta gente. Se dirigió a una de las carretas para empezar a bajar sacos de trigo. Pero cuando los cogió, estos se movieron. Aquello no era trigo. Aquello parecía más bien... un hombro. Apartó la lona que cubría los supuestos sacos y se encontró de bruces con una cara en forma de corazón y unos enormes ojos azules.
- ¡Tú! – exclamó él al reconocer a la ladrona de su daga de Lebhlet.
- ¡Tú! – Ella también lo reconoció.
Antes de que Arydan pudiera reaccionar, la joven se levantó deprisa y saltó de la carroza por encima de su cuerpo encorvado y echó a correr hacia la ciudad.
- ¡Eh! ¡Cogedla! – gritó Arydan - ¡Es un polizón!
Pero todos los miembros de la caravana estaban tan ocupados con sus tareas que nadie pudo atraparla a tiempo y la mayoría ni siquiera le escucharon. Arydan abandonó a sus compañeros y se internó en Sakhita en pos de la pequeña polizona.



La tenue luz de la luna llena apenas podía atravesar las espesas capas de los árboles de la ciudad. Pero, extrañamente, llegaban mejor que los brillantes rayos de luz del sol. Aquello era otro de los muchos misterios que hacían de aquella ciudad una belleza misteriosa. Luxhienn bajó la mirada del cielo y la posó en el suelo. El sonido de pasos cesó y la quietud de la noche volvió a reinar. Otra vez estaba solo. Volvió a sacar aquel extraño artilugio que utilizaba para comunicarse y lo puso en marcha. Esta vez, tardó más que la última vez en esperar la respuesta.
- Estas no son horas para hacer informes, Luxhienn. ¿Acaso alguna de las bellas mujeres de Nobrieth te ha desvelado?
- Zhero. - susurró Luxhienn - No es momento para bromas.
- Me habías pillado descansando. Los viajes largos cansan a cualquiera, incluso a mi.
- Esta tarde mandaron una carta. Parece ser que necesitan un último objeto para tener la máquina terminada. Sólo uno. - Luxhienn bajó el tono de voz - Y no sólo eso. Esta información que te voy a decir esta incompleta y no es segura del todo. Casi me descubren intentando conseguirla. Parece ser que planean atacar una torre. Necesitan magos para cuando tengan la máquina a punto. Debéis estar preparados para cualquier posibilidad.
- ¿Algo más?¿Alguna otra información que pueda sernos útil?
- Sí. La carta. Tienen gente allá afuera sirviéndolos. No sé quien puede ser. Pero tiene la confianza del príncipe. Id con los ojos abiertos.
Un silencio se escuchó al otro lado del comunicador que Luxhien tomó como una afirmación.
- Luxhienn. Debes ganarte un puesto de más confianza. Si estas tú ahí es porque creo que eres el único que puede conseguirlo. También te necesitamos aquí afuera. Necesitamos información de más fiabilidad. Esto es una orden, Luxhienn. Ya sabes de sobra que es lo que tienes que hacer.
- Si, Zhero.
- Aunque tengas que seducir a duquesas y llevartelas a la cama.
Luxhienn fue a replicar pero la comunicación había sido cortada. Suspiró y se escondió aquel extraño artilugio. Debía de volver antes de que le echaran en falta.


Arydan corría detrás de la joven de cabello azul que había viajado con ellos de polizón. No le cabía en la cabeza cómo nadie se había dado cuenta de su presencia. ¿Es que nadie revisaba los carros durante el viaje? Y por si fuera poco, la chica era una ladrona. Los guardias de Lebhlet la buscaban, habían salido corriendo detrás de ella. Al menos, eso le había servido para recuperar su daga, aquella que ella le había... ¿robado? No, no se la había robado. Su daga se había hundido en el fondo del Mar del Sur. ¿Cómo la había conseguido?
Pero aquel no era el momento de pensar en eso. La joven giró una esquina y la perdió momentáneamente de vista. Él la siguió y enseguida dobló la esquina y entró en la calle. Pero se detuvo de golpe. Aquella calle no tenía salida, terminaba en un canal. Y no había nadie. Arydan miró en derredor. Las ventanas de las casas estaban demasiado altas como para haberse metido por ellas, no había ninguna puerta ni ningún sitio tras el cual hubiera podido esconderse. La única explicación era que hubiera saltado al agua.
Pero el agua estaba quieta, sin signos de que nadie la hubiera perturbado, sin ondas, sin vida. El joven se rascó la mejilla, confundido. Era la segunda vez que la chica se desvanecía sin dejar rastro. Aquella vez, en la playa, había ocurrido igual. Pero en la ciudad no. En esa ocasión había salido corriendo.
Arydan se dio la vuelta y desanduvo lo andado aún dándole vueltas al asunto. No llevaba ni cinco minutos caminando cuando escuchó su nombre.
- ¿Arydan Kaylen?
Era una voz conocida, una voz que no escuchaba desde hace mucho tiempo y que jamás hubiera pensado volver a oír y aún menos en Sakhita. Al girarse en dirección a esa voz, sus ojos se toparon con una joven alta elfa de cabellos rubios y ojos verdes como la hiedra. Vestía con ropa de viaje, llevaba un zurrón marrón y calzaba botas de color crema. A la espalda tenía un carcaj con flechas y un arco. Arydan tuvo que parpadear.
- ¿Idara Shiala? – preguntó indeciso.
- Casi – sonrió ella. – Yo soy la pequeña, Iraya.
- Es que todos los elfos me parecéis iguales, no te enfades.
- Mientras sepas distinguirme de los elfos oscuros... – dijo con desprecio.
Arydan se quedó un poco indeciso. No sabía muy bien como saludarla. Apenas sabía nada de los altos elfos y menos de sus costumbres. Podía contar con la palma de su mano a todos los que conocía
- Sí. Soy un poco torpe pero hasta ahí llegó. Después de todo salvé a tu hermana.
- Es verdad. Siempre estaremos en deuda contigo.
- De eso nada. La saldasteis cuando me curasteis la herida.
Iraya negó con la cabeza con una sonrisa. Era evidente que era humano y que poco conocía de sus costumbres. Aún estaba fresco aquel recuerdo en su memoria. Como si hubiera sido ayer mismo. Su hermana había ido a Sao, un poblado que estaba al otro lado del río Teren, a hablar con el curandero. Un viaje que no le tendría que haber costado más de cuatro días. Llegó pasada la semana malherida con un humano aun más maltrecho que ella. Su padre se había escandalizado. No era común entre ellos el acoger a humanos. El único trato que tenían con ellos era puramente comercial. No es que les repudiaran ni nada. Era simplemente que su comprensión del mundo era demasiado distinta. El tiempo para los elfos pasaba de una forma muy diferente. Se podría decir que más lentamente. Y ese era un gran problema. Ese era uno de los motivos del enfado de su padre con su hermana.
- Ya te lo dijimos. Nosotros, los altos elfos, no bromeamos en esas cosas. Siempre estaremos en deuda contigo. - <<Aunque ese siempre para nosotros no signifique lo mismo que para ti>>. – añadió en su fuero interno
Arydan se encogió de hombros. No entendía ni llegaría a entender a los altos elfos, y menos aun a los elfos oscuros. Eran extrañas criaturas de extrañas costumbres.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?
Le sorprendió un poco que Iraya le dijera aquello, pero asintió.
- ¿Has visto a mi hermana?
- ¿A tu hermana? - Aquella pregunta le pilló desprevenido. Y su cara debió reflejar su desconcierto.
- Sí. Mi hermana. – repitió acercándose a él y poniendo su cara muy cerca de la suya. - La elfa a la que salvaste y que, según tú, es tan parecida a mi.
- Eres la primera elfa que veo desde que me fui de Yaneli.
Iraya suspiró. Empezaba a entender ese rechazo a los humanos por parte de su padre. Había perdido la pista a su hermana en el mismo momento en que había dejado Yaneli atrás y lo único que había estado haciendo era dar palos de ciego. Los humanos tenían tan poca capacidad de observación como un Kylan ciego, esas pequeñas criaturas sordas que abundaban en los bosques de Yaneli. A ese paso nunca llegaría a encontrar a su hermana.
- ¿Y tu has visto a una joven bajita, de pelo largo y azul?
Iraya se quedó pensando. No recordaba haber visto a alguien con aquella descripción. Estaba segura que de haber sido así la recordaría. Negó con la cabeza
- No he visto a nadie con esa descripción.
- Entiendo... - murmuró perdido en sus pensamientos.
- Bueno, veo que también estas buscando a alguien y supongo que querrás proseguir con su búsqueda. Yo sí he de hacerlo. Ha sido un placer volverte a ver. Que los dioses te protejan.


El sol les bañaba con su calor mitigado por el fuerte viento que les acariciaba con una fuerza para nada molesta. Laurane iba sobre sus abanicos disfrutando de aquel tiempo soleado. Las pocas nubes que poblaban el cielo no eran suficientes para eclipsar al astro que con su luz iluminaba cada rincón de aquella tierra, una tierra con temperaturas altas y agradables todo el año. Las palmeras se mecían con las brisas marinas y los albatros que surcaban los cielos cercanos a la costa. Un pequeño gruñido hizo que desviara la cabeza hacia su lado. Se había negado rotundamente –otra vez- a subir encima de la quimera. Les había salvado de terminar en Nobrieth, pero la desconfianza que Laurane había adquirido con los años le impedía que confiara plenamente en ella. En ella y en cualquier ser humano que no fuera ella misma. Y a pesar de eso, a pesar de esa desconfianza, había personas que habían conseguido traspasar aquella barrera que ella misma había levantado tiempo atrás. Abrió los ojos intentado quitar aquellos pensamientos y miró a su lado. Eohnar iba recostado sobre Tamir. Debajo ellos, apenas se distinguía nada. Pero debían de bajar ya e ir andando hasta la torre. En Draenor no había bosques que pudieran esconderlos de miradas no deseadas. Hacía ya bastante que habían entrado volando y desde el primer momento en que lo hicieron la nostalgia la invadió. Adoraba de una extraña manera aquel país cálido en el que nunca había nevado.
- Ya estamos cerca - gritó Laurane para hacerse oír.- Será mejor que descendamos ya. No vamos a poder ir mas allá volando.
Eohnar asintió en silencio. Comprendía que la presencia de una quimera no era algo muy tranquilizador y que probablemente causaría el efecto contrario. Eso sin contar con las barreras que les impedirían llegar. Poco a poco, fueron descendiendo en altura y cada vez el calor era más notable. El viento fue desapareciendo hasta ser una suave brisa. Y fue entonces cuando el calor de aquel país les cubrió por completo. Eohnar se bajo con agilidad de Tamir y le dio unos golpecitos en la cabeza cariñosamente
La quimera alzó el vuelo levantando gran cantidad de polvo y desapareció por el cielo. Los dos se cubrieron para que no les entrara polvo en los ojos. Laurane empezó a andar cuesta arriba, en dirección a la torre que se encontraba en lo alto de un acantilado cerca del mar. Era mediodía y no había ni un alma por el camino. Todos debían estar, como era costumbre, comiendo a esa hora. Draenor era un país donde valoraban mucho la puntualidad a pesar de que era de los más tranquilos que había en todo Kowatar. Pero había un motivo para esa tranquilidad y esa puntualidad, sobretodo, para comer. Y ese motivo era el sol abrasador que a esas horas devoraba hasta las piedras. Poco a poco, la pendiente se hacía más pronunciada. El pico de la gran torre ya empezaba ser visible. Y no tardaron mucha en vislumbrarla por completo. A diferencia de Välar, la torre de Thatar era de un blanco impoluto, con una artesanía esculpida en la piedra que era digna de su ganada reputación. Alrededor de la torre, unos muros que pretendían imitar las olas del mar rodeaban la torre y protegían sus terrenos de animales no deseados. Las enormes verjas que hacían de entrada al enorme recinto estaban cerradas. No había ningún mago en la puerta como era costumbre para informar de las visitas que llegaban. Pero no era de extrañar. Era mediodía.
- No hay nadie - puntualizó Eohnar.
- No esperan a nadie. Aquí cierran también a mediodía.
- ¿También?
- Cierran a mediodía y por la noche.
Eohnar no terminaba de creérselo. En Välar había siempre alguien en la puerta vigilando. Incluso de noche. Nevara o lloviese. Hiciese frío o calor.
- ¿Y que pasa si hay una emergencia?
Laurane se acercó a un lado. En el grueso muro había un recoveco lo suficientemente grande para que una mano fuese introducida.
- ¿Eso es..?
- Sí. Metes la mano dentro y anuncias el motivo de la urgencia. Si la consideran importante, te atienden enseguida.
- ¿Y si les mientes?
- Ya puedes ir despidiéndote de que te ayuden - dijo colocando la mano dentro. -Dos magos venidos desde Välar con noticias sobre Nobrieth. Solicitamos urgentemente una vista con la Maestra.
La joven miró a su compañero.
- Ah, por cierto, soy Laurane Rheneléc – y le sonrió a Eohnar.
Seguidamente, quitó la mano y en ese momento se abrieron las puertas y ambos entraron.

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