El escondite

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El escondite

Mensaje  LaurieCay el Vie Jun 14, 2013 12:49 am

Este cap se supone que debería ser el número 9 :S  está un poco adelantado, pero cuando haya acabado del todo los caps anteriores los subiré y también el resto de este que está terminado x3  en fin, he lo aquí:






De la joven capitán solo podía verse su traza coloreada en negro recortada sobre las luces de las lamparas colgadas frente a la ventana. Estaba inclinada sobre su escritorio escribiendo notas nerviosamente con una pluma de colores sobre un papel amarillento por la humedad. La letra aún conservaba esa finura y redondez de trazos que había aprendido siendo solo una niña, pero con los años rellenando papeles a todas prisas y acostumbrada a leer cartas, documentos y mensajes escritos con la caligrafía más tosca y los errores gramaticales mas garrafales, esta había adoptado un carácter más ordinario, rápido y desigual. El liquido negro rezumaba del viejo tintero manchando el escritorio y la esquina de los papeles, y de él se desprendía el aroma ente ácido y dulzón de la tinta.
Aquel era el último papel de la noche. Tenía a su lado izquierdo la lista de bajas de la última batalla y a su diestra, una libreta de cuero viejo y páginas cerosas, cada una de las cuales, repletas de nombres, escritos todos con diferentes letras y acabados en firmas que iban desde las más elegantes signaturas, hasta un montón de rayas bruscas que simulaban algo en afán por imitar las pocas firmas decentes desperdigadas por las páginas de la libreta. Algunos de los nombres de la libreta estaban tachados por una larga linea irregular. Aquella linea tachaba no solo un nombre y una firma; era el último remanente de una vida a bordo del galeón. Otra existencia que pasaba a yacer en el lecho marino. Con cada hombre que moría, una nueva linea en la libreta nacía. Esa noche, Caylis estaba de buen humor, pero eso no evitó que un atisbo de tristeza ensombreciera su calma. No le gustaba mirar esa libreta y aún menos le agradaba tener que meter mano en ella; pero necesitaba hacerlo. Más allá de todo deber, era una forma de disciplinarse a sí misma. Su meta personal era que cada mes tuviera que trazar menos lineas. ¿Era o no la capitán del poderoso galeón “Golondrina Plateada”? Su responsabilidad era mantener a salvo a todos sus hombres. Y entre más nombres tachaba cada vez, más se acrecentaba en su interior el sentimiento de que no estaba haciendo un buen trabajo y estaba siendo un capitán mediocre. Sintió un frío gélido filtrase por una grieta de la ventana en que el cristal echaba en falta un buen pedazo de fragmento. Ese frío le recordó que el invierno ya iniciaba en ese hemisferio del planeta, lo cual significaría que tendrían que cambiar pronto sus rutas de pillaje y buscar aguas más cálidas al sur. Pero no sin antes desembarcar por fin en las costas rocosas y las azules aguas quietas de la acogedora Alderney. Había estado posponiendo su atraco a la isla mucho más de lo que hubiese querido; porque así lo habían predispuesto los azares del destino que la habían llevado de un lado a otro (y no precisamente en linea recta y hacia adelante) por ya casi tres meses desde el encuentro con Morkham en el territorio de Dunkerque. Las heridas de las astillas que habían removido de su brazo habían cicatrizado casi del todo, y de ellas no quedaban más que unas cuantas lineas blancas salpicadas por la parte frontal de su hombro. Aquellas eran más visibles a la luz de las lamparas, que proyectaban sobre su piel una diminuta sombra difusa resaltando el incipiente relieve de las cicatrices. Tenía el torso medio desnudo. Cubierto solo por un chaleco delgado en color marrón que dejaba a la vista un profundo escote en forma de uve y por el cual se colaba aún más el frío, erizándole la piel del busto. No llevaba ninguna camisa. Esa tarde había sido calurosa. Más por el trabajo sobre cubierta. Y al adentrarse en su cabina, lo primero que había hecho había sido desnudarse y cambiar su ropa por lo más ligero que había encontrado en su armario. En la parte inferior del cuerpo llevaba unos pantalones ligeros a media pierna y estaba descalza.
A esa hora no esperaba visitas, pues suponía que todos estarían cenando ya, por lo cual le sorprendió escuchar un golpeteo en su puerta. Su poca atención además, sumada a la fuerza tronadora de los violentos golpes azotando la madera le hicieron dar un brinco en su lugar y exclamar con voz temblorosa:
―¡Adelante!
Scott empujó la puerta abriéndola de par en par y entró dando zancadas, abarcando toda la cabina en menos de cinco pasos, con los cuales llegó junto al escritorio:
―¿Todas las bajas verificadas? Esos nombres ya no podían hacerse esperar más por ser tachados. No queremos un barco lleno de muertos. Los muertos además de no contar historias, tampoco trabajan. Los que trabajan, no producen.
Caylis sonrió de forma afable. La forma en que Scott imponía su presencia y la forma en que hablaba, a veces le hacía pensar que era él un mejor candidato a capitán que ella, pero ya antes él se había negado a tomar ese puesto y mantenía su palabra cada vez que Caylis le preguntara si hubiese cambiado de parecer de haber sabido que era lo que le deparaba bajo el mando de una mujer:
Todo listo. ella asintió apilando los papeles para entregárselos, suponiendo de que recogerlos era el fin de su visita. Scott tomó la pequeña libreta del escritorio entre sus enormes manazas gorilezcas y la examinó rápidamente.
―Te falta un nombre por tachar.
―¿Cual? ―su acusación la tomó por sorpresa y viró a verlo atenta y con la pluma lista en la mano para corregir su error y llenar el espacio.
Scott le acercó la libreta poniéndosela tan cerca del rostro que Caylis casi sintió el agresivo olor de la tinta fresca golpeándole la nariz. El grueso dedo del negro estaba hundido en el inicio de uno de los hombres. Aquel de esa particular caligrafía agresiva y afilada donde podía leerse: Gárin Killian
Caylis lo examinó sin comprender y busco una explicación en los ojos de ónice de Scott. Este rugió hundiendo repetidamente el dedo en la libreta:
―¡Puedes ir tachando ya a Killian! ¡lo voy a matar si vuelve a burlarse de mí!
―Ay, Scott... ―susurró Caylis apartando la vista.
―¡Es un maldito mocoso engreído, burlón y flojo!
La muchacha se sentó sobre el escritorio suspirando y se apoyó sobre sus manos hundiendo la cabeza entre los hombros con un gesto paciente:
―¿Que hizo?
―No “hizo”; “hace”. Cuesta creer que sea amigo del tal Visshanov. Que muchacho más obediente y trabajador. Siempre en busca de algo que hacer o en qué ayudar. Mientras que Killian, ya es la segunda vez esta semana que lo sorprendo en las bodegas fumando de lo más a gusto mientras que los demás tripulantes sudan su alma trabajando. ―las comisuras de Scott estaban tirantes y temblorosas de rabia.
―Llegará a caerte bien. Ya lo haría si no estuvieras tan empecinado en que fuera al contrario.
―Es solo que me saca de quicio la forma en que se burla cuando... ―incluso en el rostro de facciones de piedra, dibujado en sus gruesos labios achocolatados, se vislumbró una sonrisa― cuando me saca de quicio.
―Ya ―rió Caylis nuevamente. Scott había logrado retornarle su buen humor, aunque fuera a costa del suyo propio―. ¿Alguna otra novedad?
―Casi llegamos a Alderney.
―¡Esas sí son buenas noticias! ―exclamó Caylis bajándose de su escritorio de un salto y corriendo a la ventana a ver si ya sería capaz de divisarla.
Scott se rascó el puente de la nariz, pero estaba sonriendo. La emoción de Caylis por tocar puerto nunca era tan evidente como cuando se trataba de Alderney. Incluso podría jurar que de niña, ni siquiera se emocionaba tanto cuando tocaba visitar a su familia en La Rochelle. Ella siempre había guardado un lazo especial con aquella isla y Scott nunca supo por qué. Cuando su padre se había ido y cuando Morkham se había separado de ellos, él había creído que esa isla representaría en adelante un recuerdo amargo para Caylis y que la evitaría en el futuro; pero no. Caylis siempre volvía a Alderney. Scott rogó en su fuero interno por que el orden legal no asolara jamás esa isla; como había hecho con otras antes, y continuara siendo un punto perdido en los mapas tanto como la chica viviera. No quería pensar en lo desolada que se volvería su vida si Caylis se veía obligada a abandonar ese lugar para siempre.
―Llegaremos ya hechos a la mañana, Caylis ―le dijo en un intento por hacer que se apartara de la ventana.
―Queda una larga noche por delante... ―respondió ella volviéndose al escritorio. Notó que al verla, Scott había apartado la mirada bruscamente y ahora tenía en el rostro una expresión de desaprobación; pero lo ignoró― Quizás salga un momento a cubierta.
―Como quieras ―Scott se alzó de hombros y luego se dio a vuelta para marcharse―. Pero abrígate. Hace frío afuera ―ya en la puerta, se giró una última vez sin mirarla directamente y añadió a los gritos― ¡y cúbrete ese escote, niña, por dios!
Caylis se cerró el chaleco rápidamente y de manera involuntaria. Rió apenada y a la vez divertida por la actitud de Scott y meneó la cabeza dándose la vuelta al tiempo que le escuchaba dar un feroz portazo al salir. No era que Scott estuviera enfadado. Su modo de cerrar puertas era ese. Y le hacía temer a Caylis el que un día se marchara de su cuarto realmente molesto, pues entonces no sabría cual sería el destino de aquella puerta.
Aquella noche, Caylis no salió. En cambio prefirió dormirse temprano para poder estar en pie cuando Alderney se divisara a lo lejos; aunque también sabía que si para el momento de su despertar, aún no habían arribado, la espera acabaría por enloquecerla. Pasó sus horas de sueño bastante inquieta. Despertando cada tanto para mirar a la ventana y comprobar que afuera aún estaba oscuro y volviéndose a la cama desanimada. Soñaba que atracaban y ella descendía por la borda del Hirondelle hacia las doradas playas flanqueadas de roqueríos de su preciosa isla. Entre sueños, sentía el suelo moviéndose bajo sus pies cuando pisaba por encima de las rocas que se apilaban una sobre otra de forma movediza. Entre todas formaban una muy empinada y peñascosa cuesta. Caylis las trepó una a una, valiéndose tanto de sus pies como de sus manos. Una fuerza invisible la atraía hacia abajo impidiéndole avanzar. Eso, en conjunto con las piedras resbaladizas, enverdecidas por el musgo y el moho y acopiadas de forma desigual, hacían que el camino se volviera más difícil cuanto más se empinaba. La muchacha lo ignoró. Había subido ese camino cientos de veces y lo conocía bien. Pero conforme avanzaba, la cima se hacía cada vez más lejana, dándole la sensación de que no llegaría nunca arriba. ¿Cuanto iba a tardar en trepar toda la cuesta para llegar a su destino? Si seguía demorando, se iba a perder el atraco a Alderney. Pero ¿no estaba ya en Alderney? ¿trepando sus cuestas? “No. No. No.” Pensó. Aún no estaban en ella. Aquello no era Alderney; era tan solo un sueño, y en los sueños difícilmente se alcanza la cima de las cumbres, se logran abrir puertas o se consigue llegar a un lugar. Nunca iba a llegar al final de esa cuesta. Intentarlo no tenía sentido. Todo eso pasó por su cabeza en tan solo segundos, y con la noción de su propio soñar, llegó el término de su sueño y estaba otra vez sentada en su cama, con las mantas arrebujadas encima del estómago y con una extraña sensación de agotamiento. Sólo una cosa era distinta. Podía ver con claridad el cuarto. Aún así, necesitó mirar hacia la ventana y verse encandilada por un resplandor cuadrangular que la cegó por algunos segundos para convencerse de que ya era de día. Echó las mantas hacia atrás en un movimiento ágil y saltó de la cama. No se calzó los zapatos. Solo quería ver si habían alcanzado ya su destino. Se colgó de la manija de la ventana para abrirla y cuando sintió la fresca brisa de la mañana dándole de lleno en el rostro, se empinó sobre la encimera junto a los cristales para sacar la cabeza y mirar al frente. No distinguió nada al principio más que unas cegadoras luces coloridas parpadeando en su cabeza por el súbito cambio de luz, pero cuando su vista se hubo acostumbrado, a lo lejos, vio primero la linea del horizonte y el corazón le dio un brinco cuando notó que esta estaba interrumpida al frente por una forma difusa y opaca que reconoció de inmediato. Su pecho se movió con rapidez en conjunto con su estómago y sus hombros adquirieron el mismo compás al momento en que la voz escapaba de su garganta cobrando la forma de una aguda risita infantil.

El atraco fue rápido y sin complicaciones. Caylis salió a cubierta apenas despertar, vistiéndose de forma desahogada con una camisa delgada y unos pantalones holgados. Iba a necesitar ropa cómoda dentro de poco. Mientras se ataba el cabello, se paseó por la cubierta con el listón para tal fin entre los labios, vigilando los preparativos restantes para bajar; aunque su vista realmente estaba bastante lejos de sus hombres. Esta se precipitaba más allá. A las costas de la isla. Estaban como siempre. Como las recordaba.
Al frente se alzaba un cielo excepcionalmente azul, unas mareas claras y unas playas color beige bordeadas por extensos riscos y cumbres verdosas; tal y como en su sueño.
A su alrededor sentía los gritos de Lea y Scott, el ruido de los hombres y los pasos agitados sobre cubierta, pero le eran indiferentes. Parecía hipnotizada. Miró al cielo y descubrió el sol justo en lo alto. ¿Había dormido hasta medio día? No importaba, pues no se había perdido el desembarco en la isla.
Calculó que aun faltaban unos minutos para soltar las anclas, así que se paseó de popa a proa por el Hirondelle Argenté, dando indicaciones a sus hombres y supervisando que estuvieran haciendo un buen trabajo:
¡Icen esas velas y ajústenlas lo mejor posible! Los vientos son fuertes en esta zona. Podrían arrastrarnos y hacernos encallar. Scott, a timonel. Caeremos a barlovento.
A sus espaldas escuchó a un hombre murmurar lo bastante bajo para que sus palabras solo fueran audibles para su compañero, pero no tanto como para escapar al fino oído de Caylis:
¿Por qué tenemos que desembarcar siempre en la endemoniada costa más difícil de toda la isla?
Al contrario de enfadarse con el comentario, Caylis encontró que el hombre tenía razón. ¿Por qué? Pues por que la costa más difícil de la isla era la que le interesaba. La que resguardaba el sitio al que quería llegar. Por supuesto no era sencillo para un barco gigantesco como el Hirondelle, encontrar un lugar seguro para atracar en costas tan rocosas, pero no muy lejos de allí había refugio en una suave playa arenosa con buen tamaño donde el casco del enorme galeón podía reposar tranquilo. Tan absorta estaba mirando las costas de la isla, que no escuchó cómo comenzó la pelea ni por qué. Solo escuchó de pronto los rugidos graves y ásperos de dos hombres gritándose a todo pulmón y vislumbró por el rabillo del ojo a un grupo de hombres que se formaba en una multitud de espectadores alrededor de la pelea. Tuvo que pararse de puntillas, pero aún así no logró ver nada más allá de las cabezas aglomeradas, sirviendo de pared, envolviendo la trifulca. Caylis se apresuró corriendo al sitio para evitar que, fuera cual fuera la discusión, esta llegara a los golpes. Estaba demasiado feliz como para que su humor fuera eclipsado por un lío tonto de dos piratas temperamentales:
¡Scott! llamó mirando a su alrededor mientras corría, sabiendo que iba a necesitar su ayuda para aplacar a los bravucones; pero nadie respondió. Entonces, ya frente a la pared de hombres, escuchó la voz de Scott muy cerca de ella. Supo que se encontraba en el grupo de hombres reunidos allí, y que él ya estaba al tanto de la pelea, por la forma en que gritaba a alguien.
Se abrió paso entre el tumulto con dificultad, moviéndose por entre los espectadores sin que ninguno siquiera se inmutara. Finalmente llegó al centro del círculo y se quedó pasmada de la sorpresa. Scott no solo estaba enterado de la pelea. Era parte de ella. La enorme masa de músculos de piel chocolate estaba plantada frente a otra figura que, aunque menos fornida, no se quedaba demasiado atrás en cuanto a tamaño con respecto al contramaestre.
El rubio, empinado en toda su estatura, hacía lo que ningún otro hombre antes había sido capaz de hacer en la historia del Hirondelle. Estaba enfrentando a Scott:
―¡... bastante tengo con tus prepotencias para que encima te creas con el derecho de gritarme cada vez que se te antoja! ¡me importa un pito que seas el contramaestre o el jodido rey de Inglaterra!
―¡Gárin! ―Caylis lo llamó horrorizada. Imaginando que en cualquier momento, Scott se echaría sobre él con las enormes manazas listas para estrangularlo. Nadie le hizo el menor caso, así que Caylis avanzó a paso rápido y se puso en medio de ambos. Se sintió diminuta entre ambos gigantes.
Scott bajó la cabeza fugazmente para verla, pero enseguida volvió el rostro para clavar una mirada de brazas encendidas al atrevido que alzaba la voz hacia él:
¡¡Si no fueras un maldito pedazo inservible de vago desmañado y holgazán, no tendría necesidad de estar gritándote todo el tiempo para hicieras lo que te mando, cuando te lo mando!! los gritos de Scott retumbaban como truenos. Incluso Caylis se sintió intimidada y no entendió como era que Gárin aún no había salido corriendo como hubiese hecho cualquier hombre sensato en su mismo lugar ¡¡por lo demás, podrías estar agradecido de que todo lo que haya hecho haya sido gritarte, porque si fuera sólo por mí, hace varias semanas que te hubiese sacado las tripas por tus insolencias!!
―¡¡Desenvaina entonces!! ¡te doy la oportunidad de que lo intentes!
―¡¡Basta!! ―gritó Caylis usando todas sus fuerzas en empujarlos en direcciones distintas. De la multitud surgió Lea apartando a los espectadores sirviéndose de empujones y llegó junto a Caylis. La mujer puso las manos sobre los hombros de su hermano y lo jaló hacia atrás para apartarlo. Avivada su ira por la sensación de alguien intentando contenerlo, Scott se debatió violentamente con las manos en puños, haciendo el amago de abalanzarse contra el muchacho frente a él; pero al reconocer a su hermana tras de sí, cesó en sus luchas y se frenó en su lugar. Gárin opuso menos resistencia cuando Caylis intento empujarlo, pero no retrocedió ni un solo paso.
―¡¿Qué está pasando aquí?!
―¡¡Voy a matar a ese mocoso insolente como vuelva a desafiarme, Caylis, ya te lo advertí!! ¡¡te juro que lo voy a matar!!
―¡Deja ya de ladrar y muerde de una vez, perro! ―respondió el rubio listo para avanzar.
Caylis lo apartó fusilándolo con la mirada mientras lo empujaba y cuando creyó que su fuerza iba a flaquear, una figura delgada salió De entre los espectadores y se puso junto a ella de cara al rubio y poniéndole las manos sobre el hombro. Gárin suavizo la expresión y la postura solo con la presencia de Marti y su anterior agresividad se amainó hasta convertirse más bien en un gesto de obstinación cuando el pelirrojo le clavó una mirada de regaño. Scott hizo crujir los dientes e hizo el nuevo intento de acercarse, esta vez con una velocidad y una fuerza tan agresivas, que Lea tuvo que colgarse de su brazo y pender sobre sus talones para hacerle el peso y contenerlo en su sitio.
―¡¿Qué están esperando?! ¡¡que alguien me ayude!!
Los espectadores vacilaron en su lugar. Ninguno se atrevía a ponerse en el camino del contramaestre que rugía cual bestia hambrienta. Caylis seguía en medio de ambos, con los brazos estirados a un lado y al otro para mantenerlos lejos:
―¡Scott!
―¡¡No te metas en esto, Caylis!!
―¡¡Scott, como tu capitán te lo ordeno!! ¡es suficiente! ―Caylis gritó entredientes y con la mirada más firme de la que fue capaz. El silencio reinó en toda la cubierta. Scott le mantuvo a Caylis una mirada fija y penetrante. A vista de todos, una mirada cargada de odio y resentimiento, pero para Caylis y Scott, aquella era una mirada de reproche, mientras que la suya resultaba suplicante. Pasaron algunos minutos antes de que Scott se calmara y dejara escapar a regañadientes una profunda exhalación toruna:
―Dejo entonces el castigo a tu voluntad. Como tu contramaestre exijo que pague por sus holgazanerías y por sus faltas de respeto.
La muchacha asintió con vigor, sin dejarle lugar a ninguna duda y luego se dirigió a él formalmente, aunque de forma apresurada, temiendo que con hacer esperar un sólo segundo más el asunto, Scott fuera a reanudar sus intentos por aniquilar al rubio:
―Así será. ―Gárin esperó impaciente por su castigo, aunque de mala gana. Merecía el primero, más no el segundo. En cuyo caso, la maldita mole de carne del contramaestre merecía también un buen castigo por haber estado tratándolo toda la semana como a su criado y gritándole como a una mula. Scott se calmó, pero se mantuvo firme. Lea no lo soltó y el círculo a su alrededor tampoco se disipó. Todos aguardaban por la sentencia y quizás pudieran presenciar un buen espectáculo de latigazos antes de bajar. Caylis se dirigió al rubio de forma solemne―. Pasarás el día sin comer y me acompañarás en mi expedición.
―¿Una expedición? ―pese al hambre que tenía, Gárin apenas si escuchó la segunda parte del castigo. La primera le intrigó lo suficiente para acaparar toda su atención.
―Eso no es un buen castigo ―la protesta de Scott no aguardó ni un segundo. Habló de brazos cruzados y con el cuello rígido.
―No ha “subido” nunca. Puede que eso lo espabile. Lo será, Scott. ―y entonces Caylis entornó los ojos volteando de nuevo a ver a Gárin―. Sin comer además... ―dejó inconclusa la frase―. Sí. Lo será.
Scott le dirigió al rubio una mirada severa. Las brasas se habían apagado en sus pupilas, pero aquellas humeaban aún con el calor de fuego recientemente sofocado. Asintió satisfecho y Gárin supo que si el castigo apagaba la ira de Scott, aquel no podía ser del todo suave.

El castigo no fue ni la mitad de suave de lo que había esperado. Lo supo en cuanto el pecho comenzó a dolerle como si lo estuvieran golpeando con una roca en cada uno de sus jadeos, cuando sus pulmones reclamaban más aire del que su nariz podía abarcar y cuando su boca ya no fue capaz de generar la saliva suficiente para calmar toda la sed que le quemaba en la lengua y la garganta. Sin embargo, Caylis lucía radiante. Escalaba cada una de las rocas de la cumbre con agilidad felina y no lucía cansada en lo más mínimo. ¿Se debería aquello a un contundente desayuno de té de bergamota, huevos, panceta ahumada y queso fresco? ¿o ella diría la verdad cuando le había mencionado que había recorrido cientos de veces ese mismo camino siendo pequeña y cien veces más a lo largo de su vida?

El Hirondelle había encontrado un lecho blando y a salvo en una apartada playa no muy lejos de allí y por fin luego de muchas tormentas, su ajetreado casco había podido yacer en calma. Caylis había sido la primera en bajar, no sin antes recordarle que debía cumplir su castigo y él la había seguido sin imaginar que su castigo consistía en trepar la más empinada, peñascosa e inestable cumbre de todo el lugar. La falta de alimentos comenzaba a arderle ahora como fuego en el estómago y no estaba seguro de poder continuar a ese ritmo. Pero no era la subida lo que le preocupaba; sino la bajada. La bajada siempre era la parte fácil de un camino empinado, pero no cuando ese camino estaba cubierto de rocas resbaladizas y peñascos débiles. También se preguntaba qué tan arriba debían llegar cuando la cima de la cumbre lucía tan lejana como las nubes grisáceas que se arremolinaban encima de ella empalideciendo al cielo. La sed se volvía más y más desesperante. Al grado de que el agua salada del mar se le hiciera tentadora cada vez que miraba por sobre su hombro hacia la costa para averiguar cuanto habían subido ya. Por supuesto, Caylis había sido precavida y llevaba a la espalda un morral de cuero en donde había puesto algunas provisiones y una cantimplora de agua; de la cual no le había permitido beber ni una sola vez, bajo la excusa: la necesitaremos arriba más que ahora.

Gárin Jadeó hundiendo la cabeza entre los hombros. Había tropezado tantas veces para caer sobre sus palmas, que estas habían pasado de dolerle a hormiguearle y de hormiguearle a no sentirlas para nada. Sin poder más, se dio la vuelta en un peligroso tambaleo que casi lo hizo caer al vacío y se sentó sobre una roca. Caylis viró sobre su hombro para verlo y disimuló una risa:
―¿Lamentas ahora haber enfrentado a Scott?
―Ni una pizca ―articuló entre jadeos mientras se incorporaba para acomodarse―. No sé que tiene en contra mía, pero hace mucho tiempo que ya no permito que me griten, Caylis. Ni Scott, ni nadie.
―Bueno, no es que tenga algo en tu contra, pero tú tampoco haces el menor esfuerzo por agradarle... ―objetó ella.
―No es como si él estuviera muy interesado en agradarme a mí. No voy a lamerle las pelotas a Scott para caerle bien ―protestó el rubio de forma hosca.
―Esa terquedad te va a costar cara el día en que lo encuentres de mal humor. Te salvaste esta vez.
―Sí, creo que oí eso antes. Y ahora me dejo el alma escalando una cumbre rocosa que parece no tener fin. No se si el mal humor de Scott sea rival para tu peculiar forma de alivianarme el castigo, francamente.
Caylis descansó el mentón sobre su palma:
―Eres un ingrato, Killian. Eres afortunado de que te haya traído hasta aquí en vez de dejar que te azotara como bien te lo merecías. Mañana estarás molido, pero tu espalda estará intacta. Y también tu orgullo. No creo que en serio prefirieras echarte en cubierta frente a toda la tripulación para que Scott te arrancara la piel de la espalda con el gato.
Gárin bufó y negó. Solo entonces, al alzar la mirada se percató de algo en lo que; debido al cansancio y el enfado, hasta ese momento no había notado. Al frente, el mar cubría el horizonte como un manto de lino azul celeste y el cielo se alzaba sobre él, ornado de la blancura de cientos de nubes en formas ondulantes por entre las cuales se filtraban rayos dorados del sol escondido tras su faz. Exhaló recuperando el aliento y silbó en señal de asombro:
―Vaya. Si la vista no es la razón por la que subimos hasta aquí, entonces no sé cual sea.
Caylis se sentó junto a él y observó el paisaje compartiendo su embelesamiento por el bello panorama ante ellos:
―La verdad es que aunque no es la razón principal, es una de ellas. Una de las mayores. Deberías verla por la tarde. La luz del atardecer cae sobre la cumbre como si el mismo fuego del sol se derramara sobre ella. A esa hora las nubes cercanas al poniente se pintan en rojos, rosados y violetas y el mar parece hecho de oro liquido. Es una de las cosas más bellas que he llegado a ver en toda mi vida ―le explicó con la luz del sol brillándole en los ojos jade. Luego sacudió la cabeza y rió―. Pero no se supone que disfrutes de la vista en tu castigo. Así que andando.
―¡¿Cuanto más vamos a seguir?! ―dijo poniéndose de pié tambaleante y con pocos ánimos. Las pantorrillas le dolieron al estirar de nuevo los músculos que había relajado ya. Caylis emprendió su escalada sin prestarle atención.

El camino se prolongo hasta que Gárin había pasado a ya no mirar el camino, ni hacia arriba, ni sobre su hombro. Se limitaba a avanzar mirando sus propios pies y de esa forma podría jurar que lo sentía menos. No supo cuantos minutos más avanzaron. Pero sus piernas se llenaron de nuevas fuerzas cuando alcanzo a oír por encima del sonido del viento y de las rocas crujiendo bajo sus botas la voz cantarina de Cay, anunciando que ya habían llegado. Gárin levantó la cabeza y se quedó mudo y desconcertado. Estaban tan lejos de la cima de la cumbre como lo estaban al iniciar el escalado. ¿Habían llegado? ¿a donde? ¿al medio del camino?



Última edición por Caylis el Vie Jun 14, 2013 12:52 am, editado 1 vez

LaurieCay

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Re: El escondite

Mensaje  LaurieCay el Vie Jun 14, 2013 12:49 am


―Por aquí ―le indicó la muchacha antes de que él parloteara sus quejas y preguntas. Sin mediar palabra, la siguió. Y entonces, al mirar en la dirección que ella avanzaba, entendió a donde se dirigían. Oculta y hendida entre las formas rocosas de la cumbre vislumbró una gruta que se hizo visible por la oscuridad que llenaba el interior y que emergía hacia las afueras, casi devorando a la luz. Al principio le pareció pequeña, como la madriguera de un conejo, pero a medida que se acercaron, esta cobró tamaño de a poco hasta parecerle la guarida de toda una familia de osos grises. Al contrario de lo que había pensado, el interior no estaba sumido en completa oscuridad, sino que el sol proyectaba en sus adentros una luz que entremezclada con el marrón grisáceo de las piedras y la tierra que conformaban las paredes de la caverna, devolvía un reflejo luminoso sucio. El lado de la caverna que daba hacia la playa donde reposaba el galeón, estaba tapado por una gran roca que desde lejos bloqueaba la vista de la entrada y que le había dado a Gárin la primera impresión de una madriguera. Pero hacia el otro lado, esta estaba despejada, dejando al descubierto toda su negra extensión. Caylis se había referido a ese lugar como su “escondite” y ahora el rubio entendía por qué. Caylis viró para verlo una última vez:
―Pisa donde yo pise y ten cuidado. Si la caída cuesta abajo no te mata, el mar podría salvarte. Pero las olas te estrellarían contra los roqueríos. Son dos chances de morir a una de vivir, así que mas te vale tener cuidado.
Gárin frunció el entrecejo intrigado por el aviso de Caylis y miró hacia abajo. Sintió vértigo al ver la altura a la que estaban, pero la mortal caída bajo ellos le revolvió el estomago y por primera vez en toda la expedición, agradeció no haber comido nada que pudiese devolver debido al mareo. La costa arenosa que bordeaba la cumbre, se había hecho más y más angosta a sus espaldas hasta desaparecer por completo entre las aguas furiosas que embestían sin piedad los afilados picos rocosos que emergían de las olas simulando los colmillos de las fauces de una gigantesca bestia de piedra sumergida en las aguas. Siguió con cuidado cada uno de los pasos de Caylis intentando no mirar abajo para no marearse y finalmente las rocas en el camino fueron cobrando estabilidad de a poco hasta pasar de tambalearse sobre el suelo a hundirse en él hasta desaparecer en la entrada de la cueva. Gárin había creído al principio que el interior de la cueva estaba conformado de rocas móviles igual que todo el camino, pero no. El suelo en sus adentros estaba formado de una gruesa capa de polvo endurecido con los años hasta volverse casi de concreto. Pisar una superficie firme le supuso un alivio que no había experimentado en mucho tiempo con tal intensidad. Apenas sus pies hallaron suelo duro, le flaquearon los tobillos y se dejó caer de espaldas en la entrada de la cueva con los pies colgando sobre el risco y exhalando un profundo respiro. El pecho y el estómago le subían y bajaban con apremio mientras recuperaba el aliento y cerró los ojos para concentrarse en ello. A su lado escuchó la risa de Caylis, pero no la sintió sentarse a descansar. En cambio, sus pasos resonaron en un coro de ecos que se incrementaron en volumen conforme se adentró ella en la caverna:
―Está bien, ya puedes descansar.
―Gracias, aunque no hacía falta que me autorizaras...
Caylis lo ignoró de nuevo y se acercó a la entrada de la cueva para sentarse junto a él:
―Bueno, entonces... ―murmuró ella metiendo la mano por una esquina del morral y revolviendo su contenido hasta dar con lo que buscaba. Extrajo de él una cantimplora de vidrio cubierta de cuero pespunteado de gruesas hebras de hilo y se la extendió― ya puedes beber también.
El rubio se incorporó sobre sus antebrazos tan rápido como había caído sobre sus rodillas y le arrebató la cantimplora llevándose el gollete a los labios y echándose un largo trago que se le escapó derramándose en hileras por las comisuras. Caylis no le apartó la vista ni un segundo. Esperó con la palma abierta hacia él lista para recibir la cantimplora y beber también, aunque su compañero bebía con tanta urgencia que temió que no fuera a dejarle ni un trago y se preparó para recuperarla por la fuerza. Gárin se secó las comisuras y el mentón con el dorso de la mano y le devolvió la cantimplora, que milagrosamente, aún tenía agua. La muchacha procedió a beber también, pero con menos apuro y en menor cantidad. Saciada su sed y aclaró la garganta y procedió a hablar mientras Gárin se acostaba de nuevo y simulaba dormir:
―Escucha, bromas aparte, quisiera que habláramos de lo que pasó.
―No hay mucho que decir, Cay, en serio. Nos sacamos de quicio el uno al otro. ―se defendió Gárin, reticente a seguir tratando el tema. Caylis insistió.
―Uno de ustedes tuvo que empezarlo...
El joven rodó la mirada:
―Pero a tus ojos no puede haber sido tu querido contramaestre ¿verdad? De lo contrario no hubiese tenido que ser yo el que subiera hasta aquí para bancarse el sermón.
―Nadie te está sermoneando. Solo quiero hablar ―disintió la muchacha de forma dócil; pero después cayó en cuenta de que en realidad no le debía excusas ni tenía por qué tratarlo con delicadezas siendo la capitán y él, tan solo un tripulante a su servicio y encima después de haber desafiado a un oficial―; y aunque estuviera haciéndolo, no tienes por qué demonios quejarte. Te sientas ahí, te bancas el sermón y más te vale hacerlo en silencio y con la cola entre las patas.
―Bien, ya empiezas a hablar como Scott. Avísame cuando vayas a comenzar a gritar.
―Yo no soy Scott. Tengo mucho mejor carácter que él. Otra cosa que nos diferencia es que yo sí tengo el poder de hacer que te aten al bauprés y te dejen ahí bajo el sol y el viento hasta que te seques como una pasa. Pero en cambio aquí estoy, intentando dialogar contigo. ¿Vas a escucharme ahora o vas a continuar en esa actitud hasta conseguir enojarme? Te advierto que no es tarea fácil, pero tu insistencia parece más que capaz de lograrlo.
―Te estoy oyendo. ―rió él, pero no parecía sumiso, sino más bien condescendiente, y aunque eso enojó un poco a Caylis, prosiguió de todos modos. Era mejor que nada viniendo de él:
―Bien, empecemos entonces ―se aclaró la garganta adoptando la expresión ceremoniosa de una gran oradora― Scott grita mucho, lo sé, pero pese a lo que puedas pensar de él, su intachable imparcialidad y su justa toma de decisiones hacen de él el mejor contramaestre que un barco podría tener. Sobre todo un barco que cae en las calañas de la piratería, donde es imposible llegar a encontrarte con ambas cualidades en un solo hombre cuando no encontrarías ni siquiera una de ellas en la mayoría. No veo por que debería tener algo contra ti, pero en caso de que así fuera, difícilmente aquello afectara o influyera en su forma de tratarte.
―Aun no estoy seguro de qué intentas decirme ―Gárin lucía impaciente. Caylis se había percatado hacía ya mucho tiempo que aquel no era muy bueno escuchando sermones que no vinieran de su bermejo amigo. Entre rezongos varios y protestas mudas que iban de carraspeos hasta bufidos, Gárin siempre tenía oídos para lo que Marti tenía que decir, pero se mostraba casi siempre arisco ante las demandas de atención de los demás y esa era la razón por la que Scott no simpatizara mucho de él. Aún sabiendo que su amigo no estaba escuchando de la mejor gana su consejo, prosiguió con la esperanza de que surtiera efecto en él viniendo en forma de palabras amables, así que suavizó el tono:
―Lo que quiero decir es... que no te lo tomes a pecho cuando te grite. Velo como su forma normal de hablar a todos. En lo posible ignóralo.
―Que sea la forma en que trata a todos, no me obliga a aceptarlo.
―Gárin ―Caylis habló en un suspiro―, incluso yo soy victima de sus gritos la mayor parte del tiempo. Porfavor, te ruego no lo juzgues por eso. Una vez conviertes a Scott en tu amigo, es el mejor de tus amigos. El aliado más poderoso y alguien que jamás te abandonaría.
―Difícil de creer viniendo de alguien que amenaza con matarte y sacarte las tripas ¿he?
―Tú lo enfureciste cuando lo desafiaste. Scott no se enoja a esa magnitud por la holgazanería. Está acostumbrado a lidiar con eso. Por eso es que te repito que cortes por lo sano y no te tomes su actitud como algo personal, sino como su forma de ser.
Gárin respiró hondamente y se echó de nuevo hacia atrás con un ojo entrecerrado para evitar la luz. No tenía ánimos de seguir discutiendo y la verdad era que ya no estaba enojado con Scott. Podía ser muchas cosas, pero nunca un resentido:
―De acuerdo. Si tú lo dices...
―Prométemelo.
―Prometo intentarlo.
Caylis sonrió satisfecha y feliz. Aunque realmente aquello no aseguraba nada, era entrar con buen pie a un progreso en su relación con el contramaestre y eso era suficiente. Lo último que deseaba, era que se vieran los dos en un problema mayor en cuya resolución hiciera falta llegar a la violencia:
―Eso es suficiente para mí ―determinó levantándose de un salto―. Ahora ven. Quiero mostrarte la verdadera razón por la que vinimos.
La muchacha se incorporó y corrió hacia una de las esquinas de la cueva, donde se arrodilló frente la pared. Su rostro se iluminó con una sonrisa que dibujo en sus labios a sus anchas y enseñando los pequeños dientes blancos.
―¡Mira! Dios, no puedo creer que sigan aquí ―chilló emocionada.
Gárin se levantó ya del todo repuesto y se aproximó a ella caminando de forma perezosa. Al agacharse, fijo los ojos donde Caylis mantenía perdidos los suyos y al avezarse a la oscuridad de la piedra, divisó cientos de lineas dibujadas a grafito y tiza desperdigadas por toda la extensión de la pared. Decenas de dibujos infantiles:
―¿Los hiciste tú?
La muchacha se encogió de hombros con una risita apenada y asintió recorriendo con el dedo el contorno del dibujo para ver si la pintura se habría debilitado con los años:
―Sí. Mientras mi padre y sus hombres bebían y descansaban en la playa, yo me escapaba aquí. Trepaba hasta este lugar sólo para dibujar en estas paredes. A veces incluso me quedaba dormida y pasaba la noche aquí arriba. Era como mi escondite secreto ―contempló con detalle cada una de las formas irregulares dibujadas en las piedras. Debido a la superficie irregular de la misma, las lineas de los dibujos lucían discontinuas y angulosas. Algunas se habían borrado o habían caído en fragmentos de piedra que se habían desprendido de la misma y otras estaban intactas, aunque deterioradas por el tiempo. Gárin se acuclilló a su lado para poder ver más de cerca y Caylis se movió haciéndole espacio para explicarle lo que se escondía tras las abstractas formas de sus dibujos infantiles―. Esta soy yo. ¿Ves su cabello desordenado?
―Parece un brócoli.
Ella le propinó un leve codazo que él falló en esquivar mientras reía y Caylis procedía a enseñar el siguiente:
―¡Está bien! No era muy buena dibujante. Además lo usaba corto en ese entonces.
―¿Por qué?
―Bueno, mis primeros años a bordo del Hirondelle, mi padre me vestía como un chico y me cortaba el cabello para simularlo.
―¡¿En el barco no sabían que eras una niña?! ―aquella era una historia nueva. Con su reacción Caylis entendió que podía no haber mencionado aquello y supo que tendría que contarla:
―Sólo los hombres de más confianza de mi padre
Gárin se sentó junto a ella aguardando por el resto:
―¿Alguna razón para que te ocultaran?
―Bueno... ―Caylis se encogió de hombros― fue un poco de todo, la verdad. Superstición más que nada. Con eso de que es de mala suerte traer mujeres a bordo de un barco, hubiese resultado todo en un escándalo si mi padre hubiese llegado al barco trayendo a una niña y anunciando que de ese día en adelante, ella pasaría a ser parte de la tripulación. Así que el primer día me vistió como un chico y me presentó ante todos como su aprendiz para paje, lo que también justificaba el que estuviera todo el día con él y no trabajara junto al resto de los muchachos jóvenes.
»Nadie sospechó nada. Más tarde, cuando cumplí diez años, mi padre decidió revelarles la verdad, que era su “hijo”. Pero su “hijo” y no su “hija”. Él era muy precavido y quiso hacer las cosas de forma pausada ―Caylis bajó la vista―. La verdad a mi no me gustaba demasiado fingir que era un muchacho y tampoco estaba segura de cuanto iría a durar aquello o si acabaría por saberse la verdad alguna vez; pero un día... ya no bastaba con cortarme el cabello para aparentar que era un chico. El secreto de mi verdadero sexo no fue desvelado hasta que cumplí los catorce años.
―¿Quien te descubrió?
―En realidad fue un proceso que llevó su tiempo. La tripulación comenzó a preguntarse por qué ya no crecía más, por qué no me unía a ellos en las charlas sobre prostitutas ni fumaba y por que mi voz no cambiaba y continuaba sonando tan clara y suave. Y desde luego... ―Caylis se encogió en su lugar con un gesto apenado echando hacia adelante los hombros― bueno, luego... llegó un momento en que las vendas se hicieron insoportables de llevar.
―¿Vendas?
Gárin continuaba observándola con un ojo entrecerrado y la ceja del otro alzada sin comprender. La chica se sonrojó riendo de forma nerviosa:
―¡Las vendas del pecho, hombre! Las que usaba para simular un cuerpo plano.
―¡Oh...! Ya veo... ―Gárin se dio la vuelta para reír y meneo la cabeza dándose topetazos en la frente con la palma por su propia falta de capacidad para asociar. No pudo evitar que su mirada se desviara de reojo al escote de la muchacha sin que ella se diera cuenta― Si, puedo imaginarlo...
―Creo que teniendo dos hermanas mayores con poco busto, no llegó a pensar el que yo heredaría los generosos atributos femeninos de mi madre ―la chica rió― A veces hubiese querido heredar los hermosos ojos azules y almendrados de mi madre y no sus enormes pechos.
―¿Qué tienen de malo? Son hermosos ―pensó Gárin en voz alta y no supo lo que implicaban sus palabras hasta que ya lo había dicho y Caylis lo miraba con los ojos muy abiertos. Intentó corregirse agitando las manos frente a él con las palmas extendidas saltando de su sitio― ... ¡tus ojos, digo! ¡me refería a tus ojos! No podría estar hablando de tus... digo que también son muy bonitos; tus ojos, es decir. Porque... carraspeó sin poder evitar mirar de nuevo en su escote y apartando rápidamente la vista claro, también tienes muy lindos pechos, pero no es a lo que...
Su bochorno por lo que había dicho y su sensación de metida de pata se disiparon en cuanto escuchó a Caylis reír a carcajadas a sus espaldas:
―Está bien, no digas más ―meneó la cabeza tan sonrosada como él al principio e intentando cambiar de rumbo el tema y los dos se relajaron aunque en el ambiente se quedó ese aire incómodo hasta que Caylis continuó su monólogo para alivio de ambos―. En fin. De a poco, los más observadores fueron dándose cuenta de la verdad y los más cercanos a mi padre se enteraron por él mismo. Pero para entonces ya la mayoría me había tomado cariño y me conocían, así que no fue tan repentino como haber aparecido ante ellos la primera vez como una chica, en cuyo caso los prejuicios hubiesen hecho que mi padre tuviera que devolverme a casa el primer día a bordo. Por supuesto hubieron quienes se oponían a la idea; Rakh y James entre otros, pero fueron la minoría.
Gárin se la quedó viendo un momento dando por finalizada la historia. Siempre se había preguntado como el capitán Grenouille había logrado subir a una niña pequeña a bordo de un barco sin enfrentar un motín. La historia de Caylis había acabado por aclararle mucho el panorama. No pudo sino pensar en todas las dificultades que su padre debió pasar encubriendo la identidad de su querida hija. Aunque algo aún no le quedaba claro:
―Pero “Caylis” es un poco femenino para un muchacho. Como chico ¿qué nombre te llamaban?
Caylis bufó. Parecía avergonzada:
―Bueno, mi padre continuaba llamándome Caylis, y Scott y Lea también. La mayoría de los hombres me llamaba “muchacho” o “niño”; pero para fines formales mi nombre era... Cayle.
―¡¿Cayle?! ―el rubio contuvo la risa y apretó los labios enternecido―. Hasta ahora te conozco cinco nombres y tres apellidos distintos ¿hay alguno más que deba saber?
―He tenido muchos nombres en mi vida. Para ocultar mi identidad, mi sexo, a mi familia... todos han sido necesarios ―ella suspiró y su mirada se devolvió al primer dibujo― En fin. Y sí, tienes razón. Parece un brócoli ―determinó―. ¡Pero vé este! creo que está un poco mejor.
Gárin entornó los ojos e inclinó un poco la cabeza para ver los trazos que Caylis apuntaba. Distinguió una silueta humana casi el doble de grande que la primera y con un enorme torso dibujado como un triángulo invertido:
―¿Ese es Scott?
¡Si! ¡es él! ¿Cómo adivinaste?
―Quizás por que es enorme en relación contigo.
―Así me lo parecía entonces ―al ver a Gárin, él tenía la ceja alzada y escondía en los labios una sonrisa contenida. Caylis estalló en carcajadas― Está bien, así continúa siéndolo. No es mi culpa ser tan pequeña, podrías ser un poco más comprensivo.
―No te culpo. Es solo que intento imaginarme como debió ser tu padre...
Caylis acarició con la mano una tercera figura dibujada en la piedra:
―No estaba tan mal, de hecho. Tenía la estatura de un caballero. No descollaría en una multitud, pero tampoco tenía que alzar la vista para ver a la mayoría de las personas. Te llegaría un poco más arriba del mentón, creo... ―explico detenidamente sin dejar de observar el tercer dibujo. Mientras que el dibujo de Scott estaba a la derecha de la pequeña Caylis dibujada a grafito, a su izquierda estaba el dibujo de un hombre delgado con un gran sombrero en la cabeza del cual asomaban finas lineas coloreadas que simulaban plumas. La muchacha sonrió con ternura al acariciar ese dibujo en particular. Pasó los delgados dedos por el rostro de la figura y suspiró. En sus labios había una sonrisa, pero en sus ojos se distinguía claramente un brillo apagado de tristeza.
Gárin supo enseguida en qué estaba pensando ella e intentó cambiar el tema pasando al cuarto dibujo:
―¿Qué hay de ese?
No tuvo que señalarlo. Caylis había virado a verlo de forma casi inconsciente. Su semblante cambió enseguida. Dejó de sonreír y sus labios acompañaron a la tristeza de sus ojos cuando miró a la cuarta persona. No la acarició como había hecho con las otras. Solo la observaba a lapsos cortos que interrumpía bajando la mirada. Gárin se percató de que a Caylis le dolía mirar aquella incluso más que mirar la de su padre. La primera había logrado dejarle una sonrisa, mientras que la segunda amargaba la expresión de su rostro cada segundo que continuaba mirándola:
―Es Morkham. ―escupió las palabras de una forma despectiva, pero sonaron llorosas brindándole a su respuesta un tono casi depresivo.
Con solo escuchar el nombre, Gárin asoció enseguida la silueta al nombre que la acompañaba. Se trataba de una figura tan solo un poco más alta que la de su padre y más gruesa que él. En la cabeza caían largos mechones de cabello negro dibujado con espesos trazos de carbón y sobre el pecho le reposaba una barba rizada. Caylis se había quedado muy callada mientras miraba el mural. Gárin aclaró la garganta y buscó ansiosamente otras pinturas en la pared a las cuales referirse para poder preguntarle y sacarla del estado en que se había quedado. Vislumbró junto a Scott una figura delgada con largos cabellos negros (en carbóncillo también) que le caían hasta la cintura. Tenía dibujada una larga falda con la cual la identifico enseguida:
―¡Hey! ¿esta de aquí es Lea?
Por primera vez, Caylis apartó la mirada del dibujo de Morkham y su rostro recobró la sonrisa en cuanto vio el dibujo que el rubio le señalaba, aunque no del todo animada como lo estaba al llegar ahí:
―Ah... ¡sí! ¡aquella es Lea! ―pasó los dedos índice y medio por encima del larguísimo cabello de la hermosa morena y se mordió los labios― ¿Ves cuanto empeño le puse a su cabello? De niña siempre lo envidié. Parecía seda negra mientras que el mío parecía un nido de pájaros, o algún animal lanudo que había muerto en mi cabeza.
―Solo debías dejar que te creciera. Te luce más largo.
Caylis respondió con una sonrisa halagada y con un movimiento involuntario, se echo hacia atrás el largo cabello ébano que cayó sobre su espalda como un río de perlas de hematita. La chica se movió para trasladarse a otro lado de la pared, donde había otro mural repleto de dibujos. Al momento que ella se movió, resonaron sus pasos en forma de ecos en la caverna, pero además del sonido de sus pies en el piso, pudo escuchar otro coro de pasos que sonaron ajenos a ellos:
¿Esa fuiste tú? preguntó a Caylis.
Ella seguía abstraída observando sus dibujos en la piedra, acariciándolos con los dedos para remover el polvo sobre ellos y revelar una imagen más nítida, aunque consumida por los años. Había hecho eso con todos salvo con el de Morkham. Prefería que aquel fuese consumido por el tiempo y el polvo. Tardó varios segundos antes de levantar la cabeza para dedicarle un gesto interrogatorio frunciendo el ceño:
¿Qué?
Creí haber oído... musitó el rubio en voz baja mientras prestaba atención.
Caylis lo observó expectante a lo que él iba a decir y poniendo atención también. Luego de un momento de silencio, una serie de pasos perturbaron la calma que reinaba dentro de la caverna, acompañados de algunas voces susurrantes. Caylis se levantó rápidamente de su sitio y fijó la vista en la entrada para ver de quien se trataba:
—¿Scott? —llamó, adivinando que era él; pues la ubicación de ese sitio no era información demasiado conocida. Era Scott quien siempre iba por ella cuando desaparecía de niña. La había seguido una vez a petición de su padre para averiguar donde se metía la muchachita cada vez que tocaban puerto y había terminado por encontrar su escondite y buscarla allí cada vez que ella se apartaba del grupo. Tampoco le habían revelado a nadie más que era allí donde se habían dirigido. Esa era información que sólo el contramaestre podía saber.

Aguardó su respuesta casi segura de que escucharía su voz grave y potente atravesar el lugar, y al cabo de casi un minuto de espera que acrecentaba segundo a segundo su ansiedad, junto a la entrada comenzaron a asomar, no una; sino varias siluetas que se hendían en el resplandor del sol poniente que daba de frente en la boca de la cueva, ensombreciéndole los rostros y ocultándolos en la oscuridad. Tanto la muchacha como su compañero, se encogieron levemente en su sitio sintiéndose repentinamente amenazados; aunque no sabían bien el por qué. Sencillamente la presencia de aquellos misteriosos huéspedes moviéndose tan cautelosamente en la entrada de una caverna sin salida no parecía presagiar nada bueno. Las enigmáticas figuras se dispersaron de forma acechante hasta abarcar todo el umbral de la cueva, cerrando un extraño círculo que evidentemente pretendía sitiar a los jóvenes.
Caylis retrocedió confundida y vislumbró por el rabillo del ojo a Gárin posando rápidamente la mano sobre la empuñadura de su Swiss y desenvainarlo para luego adquirir una posición defensiva en torno a las siluetas que se acercaban.

Con torpeza, la joven imitó su acción y se armó de su alfanje para enfrentar lo que fuera a lo que su amigo se estuviese antelando con su actitud evidentemente defensiva. De forma casi instintiva se movió cerca de él para así aparentar un grupo más sólido e imponente frente a sus supuestos enemigos, cuyo numero alcanzaba casi el de diez bien armados.

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Re: El escondite

Mensaje  Draperdi el Vie Jun 14, 2013 5:09 am

waaaaaa como me dejas así!!! justo cuando le shan rodeado!!! mala persona!!!!!!

Simplemente me encantó!!! Mi pj secundario favorito es Scott si se le puede considerar como tal....me encanta!!! es que...es que....owwwwwwwwwwww

Me rei muchisimo con lo de las bolas peludas o algo asi.... Intente buscarlo pero no lo encontre para poner la cita....me pude reir....

Y garin sintioendose avergonzado por lo de los pechos de cay!! me sorprendio tanto....lnunca me lo imagine así....jamás....incluso disculpandose...lo tenia siempre como tan directo....

Y los dibujos!!!!eso de los dibujos me recuerda tantisimo a kh y la gruta secreta....

Owww cuelga ya la otra parte!!!!

Draperdi

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Re: El escondite

Mensaje  Nono el Vie Jun 14, 2013 9:46 am

Wow!! Ya solamente por la descripción de los dos primero párrafos... es increíble! Tienes una forma de escribir tan genial que con solo una libreta y unas cicatrices logras desarrollar un párrafo de casi una páginas. Wow!
Oh God! Con solo la primera frase de Scott, ya lo amé! Suena tan entrenador jajaja no mentira, el entrenador suena tan Scott ^^
 
―Es solo que me saca de quicio la forma en que se burla cuando... ―incluso en el rostro de facciones de piedra, dibujado en sus gruesos labios achocolatados, se vislumbró una sonrisa― cuando me saca de quicio.
 
Jajajajaj
Oh! ¿Qué habrá en Alderney? Me intriga
 
¡y cúbrete ese escote, niña, por dios!
Ya lo amo lo amo lo amo lo amo lo amo!!!! XDDD
 
Awww cuando sale Marti a la pelea, Gárin se retracta un poco ^^ como lo aprecia ^^ Y esa subida escalando! Yo me moriría! Y Caylis va tan feliz, como cabra por el monte! Jajaja
 
Leí solo la primera parte, luego vengo y continuo con la segunda Wink


Vale, aquí voy con la segunda.
Hoy va de oquedades en la montaña, cuevas y cavernas jaja Wink
 
Esta soy yo. ¿Ves su cabello desordenado?
―Parece un brócoli.
 
FAV!!!!! Ajajajaja
Me encantó la historia de Caylis fingiendo ser un niño cuando era pequeña y ya esperaba con ganas cuando hablara de sus famosos atributos pechonales femeninos jajaja

―¿Qué tienen de malo? Son hermosos ―pensó Gárin en voz alta y no supo lo que implicaban sus palabras hasta que ya lo había dicho y Caylis lo miraba con los ojos muy abiertos. Intentó corregirse agitando las manos frente a él con las palmas extendidas saltando de su sitio― ... ¡tus ojos, digo! ¡me refería a tus ojos! No podría estar hablando de tus... digo que también son muy bonitos; tus ojos, es decir. Porque... ―carraspeó sin poder evitar mirar de nuevo en su escote y apartando rápidamente la vista― claro, también tienes muy lindos pechos, pero no es a lo que...

ajajaja Dios en serio!! Gárin!!! Lo amo tanto!! Ajajajaja no puedo, estoy llorando de la risa!!! XDD
 
Me gustó mucho lo de los dibujos, y no sé por qué me suena que había leído o escuchado algo de esta escena, no sé, sentí como un dejavu. Igual son imaginaciones mías.
 

Aahhh!! Enemigos!! Y los han rodeado, no lo dejes ahí!!!

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Re: El escondite

Mensaje  violeta el Vie Jun 14, 2013 2:50 pm

CARAMBA MUJER! Que buen rato pase leyendo esto.

 Me lo lei de corridito! y odio hacer eos por que a la hora de comentar me quedo en blanco XP... bien! 

Amo a Scott! de verdad, diablos que impone ese personaje! Y sobre todo amé que plantearas una disputa entre Gárin y Scott, si bien ambos son intimidantes, y a su manera , ninguno es de los que acostumbra verse por debajo de otro. Diablos! que es una tensión interesante verlos encontrados dispuestos a dar el primer golpe. 

 Ho! Mujer y ese detalle de que Cay esta dispuesta a ceder el mando a Scott!!! °_° SABES QUE TAN GENIAL ES ESO! de verdad! Eso hace a Cay un personaje sumamente humano y complejo. Habla mucho de ella y quizá sus inseguridades frente a la responsabilidad de liderar un barco pirata, es como"incluso la mejor capitana se siente que hay quien puede hacerlo mejor que ella". Aunque (solo por curiocidad) seria interesante ver a Scott como capitán, para mi el Hirondelle es y será pleno y feliz con Cay a la cabeza. 

 Bueno lo de los dibujos me ha dado algo emotivo y hasta tierno. Me encantó que incluyera a Morkham! XP (Esta preparando terreno para la trama del villano). Una manera excelente y creativa de introducir a varios personajes y también de proyectar a Cay como líder, como atleta y como personaje. 

 Gárin con sus gags puuufff una de las cosas que siempre amoooo leer! Lo de los "ojos" XD, que se hace el dormido XD diooos! ES TAN GENIAL LEERLO! LAU envidio (de la manera nice y cute) muchísimo tu expontaniedad: comedia sutil, que funciona perfectamente y no entorpece o distrae del hilo o la atmósfera de la escena <3  

 Y eres tan perversa! siempre me haces esto! Dejas a medias la escena justo cuando el peligro asecha! 

Lo mejor: Scott vs Gárin! 

violeta

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Re: El escondite

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