Capítulo 7: Weigdar

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Capítulo 7: Weigdar

Mensaje  Nono el Jue Jun 13, 2013 7:12 pm

Bueno, después de una pausa terriblemente larga (por mi culpa y la de mi carrera), aquí les traemos el capítulo 7. Como veréis, se centra en Arydan e Iraya y, como algunas de vosotras ya sabéis, nos cuesta mucho escribir con estos personajes. Al final hicimos lo que pudimos y aquí está el resultado. Es un poco más largo que los anteriores. Esperamos que os guste.

Capítulo 7: Weigdar
 
Alguien aporreó la puerta.
-         ¡Vamos, tío, sal!
-         ¡No!
Arydan estaba tumbado en el pequeño camastro del pequeño camarote del pequeño barco en el que viajaba hacia Teva, con la cabeza bajo la almohada y tapado con las mantas hasta el cuello. El problema estaba en que era más grande que el colchón y sus pies quedaban al aire. Se volvieron a escuchar golpes de nudillos al otro lado de la puerta.
-         ¡Venga! – dijo una voz masculina. - Ya no llueve.
Arydan sacó la cabeza de debajo de la almohada.
-         ¿No? – preguntó, inseguro.
-         Hace rato que ha escampado – le aseguró la voz.
El joven dudó unos instantes pero finalmente se destapó, se levantó y caminó hacia la salida del camarote. Cuando abrió la puerta se encontró con un rostro feo pero amable, un chico de su misma edad de cabello pelirrojo que vestía un abrigo de viaje.
-         Pero hace frío – añadió ofreciéndole una capa de piel.
Arydan la tomó y salió del camarote cerrando la puerta. Siguió al muchacho hasta las escaleras que llevaban a la cubierta y la fría atmósfera del Norte lo recibió. Hacía tiempo que no respiraba aquel aire congelador. A decir verdad, dudaba de si en alguna ocasión había viajado al Continente Norte. Él soportaba bien el calor. El frío ya era otra cosa. El cielo lucía de un color gris apagado con varias nubes de un blanco perlado que no sabía si eran señal de la tormenta que había cesado o de una nueva tormenta de nieve que se aproximaba. A su alrededor solo había agua. El pelirrojo se acercó a la batayola y Arydan, al principio reacio a acompañarle, se apoyó en ella junto a él. El tiempo pasado en el camarote, calentito bajo las mantas, le había evitado sentir las nauseas que el bamboleo de la nave sobre las olas le producía.
-         No me gustan los barcos – murmuró para nadie en particular, expulsando vaho por la boca. – Y las dos veces que he ido en barco, me ha tocado una tormenta.
El otro se rió.
-         Lo de antes solo era una fina llovizna.
-         Me da igual.
Aún recordaba entre escalofríos el accidente ocurrido en el Mar del Sur que casi le cuesta la vida.
-         Debes de tener una buena razón para ir a Teva, entonces.
Dado que el chico pretendía iniciar una conversación, Arydan supuso que no le había sacado del camarote porque había cesado la lluvia, ni tampoco porque estuvieran a punto de llegar, sino, más bien, porque era la única persona de su edad que viajaba en aquel cascarón. Como no tenía nada mejor que hacer, y porque su personalidad amable le impedía hacer otra cosa, le siguió la conversación.
-         En realidad, voy a la Cordillera.
-         ¿Acaso eres amante del senderismo extremo?
Arydan esbozó una sonrisa. No era la primera vez que le decían que atravesar la Cordillera Blanca era casi un suicidio, sobre todo si uno no estaba acostumbrado al frío ni iba bien preparado. En el caso de Arydan, ambas cosas.
-         Debo encontrar al creador de esto.
Y le enseñó la daga envainada. El chico la cogió y la curioseó.
-         Bonito emblema. ¿Cuestiones personales? – preguntó devolviéndosela.
Arydan se la guardó.
-         Así es.
-         Entonces no preguntaré.
El muchacho agradeció que le respetara su intimidad, aunque sí le apetecía hablar de algo. Básicamente porque si hablaba no se mareaba ni pensaba en los cientos de metros de profundidad que habría debajo del casco. El otro pareció adivinarlo cuando dijo:
-         En vez de eso, háblame de por qué no te gustan los barcos.
-         Pesan mucho y flotan en el agua.
-         Ingeniería náutica, amigo.
-         Me mareo.
-         Es comprensible – diagnosticó el muchacho, asintiendo con la cabeza. – No estás acostumbrado.
-         La última vez que viajé en barco casi me ahogué.
El pelirrojo se tomó su tiempo en contestar. Claramente aquella razón no era para tomársela a broma.
-         ¿Casi? ¿Qué ocurrió?
Arydan no necesitó recordarlo. Ese episodio de su vida quedaría siempre clavado en su memoria.
-         Estábamos en Draenor. Salimos a pescar. La mañana era soleada y no había ni una sola nube en el cielo. Nadie diría que horas después se formaría aquella terrible tormenta. El caos y el pánico empezaron a cundir en cubierta. Y entonces, vino esa ola, esa enorme ola.
Hizo una pausa, no para darle emoción al relato, sino para sobreponerse del mismo.
-         Caí al mar y perdí mi daga. No podía nadar, ni pensar, ni respirar. De verdad te digo que creía que iba a morir allí.
El chico le puso la mano en el hombro.
-         Pero aquí estás, vivo.
Arydan sacudió la cabeza.
-         Aún no me explico cómo acabé en aquella playa...
El otro se rascó la barbilla.
-         Quizá fue por la gracia de alguna sirena.
Arydan se giró para mirarle, atónito.
-         ¿Qué?
-         ¿Qué otra cosa podría ser si no?
El moreno dudaba. Una parte de él le decía que ese chico solo intentaba tomarle el pelo con historias de marineros y pescadores pero, por otro lado, la imagen de aquella jovencita en la playa brillaba con especial nitidez cincelada en sus recuerdos.
-         ¿Una sirena?
-         Viven en el Mar del Sur, ¿no lo sabías?
Arydan negó. Sabía que existían las sirenas, pero no dónde habitaban, ni si tenían por afición auxiliar a marineros en apuros.
-         Se nota que eres un joven de tierra.
-         ¿Cómo son?
-         Impresionantes. Mitad humanas, mitad pez, su belleza es incomparable y su voz es un regalo de los Dioses.
-         ¿Tienen mal carácter? – preguntó Arydan.
El pelirrojo se echó a reír a carcajadas.
-         No lo sé, nunca he conocido a ninguna. Pero, si alguna vez tienes ese placer, ya me lo dirás.
Arydan se quedó pensativo. Inconscientemente, se llevó la mano a la mejilla. Aquella chica le había abofeteado. Y luego le había llamado “idiota” antes de desaparecer. Y, por si aquello fuera poco, se había negado a devolverle la daga cuando se la había vuelto a encontrar en el local del viejo Gaurko. Eso, junto con la hipótesis que le acababan de dar, le dio sentido a todo. El hecho de que se marchara de la playa sin dejar rastro, que hubiera encontrado su daga que se había hundido en las profundidades del mar y que desapareciera en los canales de Sakhita.
-         Creo que ya lo he tenido – respondió.
 

Iraya Shiala había estado viajando sin saber bien adónde ir. Ninguno de los conocidos de su amigo Solace la habían podido ayudar. Ninguno de ellos había visto a su hermana y la información que le habían dado le había servido de bien poco. Tampoco es que tuviera muchos familiares fuera de Yaneli. Los altos elfos rara vez se aventuraban fuera de las fronteras de su reino, aspecto que compartían con los elfos oscuros. El último de ellos que había visitado era un familiar demasiado lejano como para acordarse de su parentesco, que vivía en Sakhita. El viejo elfo solo le había dicho que lo mejor que podía hacer era regresar a casa. Le contó que no eran tiempos para viajes descabellados y que los caminos se estaban volviendo peligrosos. Aparte de eso y de que no buscara en los países fríos del norte, no le había aportado nada de utilidad.
Después de esa decepción, le había costado tomar un rumbo, pero había optado por ir a Solis-Regdor e intentar más suerte que la que había tenido en Kandrané. Su viaje hacía allí le había llevado a un pequeño pueblo llamado Isdÿn, muy cerca del gran lago Solik. Estaba protegido y arropado por el bosque de Ylisse.  Apenas había una veintena de casas y parecían vivir de la pesca del lago. El sol empezaba a esconderse por el horizonte y la actividad en el pueblo, que no parecía ser muy alta, a disminuir. Aún así, todavía se veía a un par de niños corretear por lo que parecía ser la plaza del pueblecito. Cuando paso por su lado, los niños se apartaron y se quedaron contemplándola asombrados. Iraya suspiró. Si la contemplaban de esa manera era porque nunca habían visto a un elfo, y eso significaba que su hermana no había estado allí. Suspiró abatida y se dispuso a proseguir su marcha cuando apareció un hombre mayor. O al menos eso le pareció a ella. Le costaba distinguir bien la edad de los humanos. Como los elfos llegados a una edad determinada no envejecían, siempre le costaba asociar un aspecto a una edad humana.
-         ¿Qué hace una elfa como tú en nuestro pequeño pueblo? – le preguntó amablemente.
-         Estoy de paso, buen señor.  Voy en busca de mi hermana. Lo único que sé es que se casó con un humano. De momento no sé por donde buscar.
-         ¿De verdad? Yo conozco a un humano que se casó con una elfa. No sé cómo se llamaba ella. Soy malo para los nombres y más esos nombres tan raros que soléis tener. Era algo como… I… Bueno, sé que empezaba con i.
Iraya lo miró:
-         ¿Tal vez fuera Idara?- le peguntó con esperanza. Si aquel hombre conocía al marido de su hermana, sería un gran avance en su búsqueda. Tal vez supiera dónde estaban.
-         Sí, así se llamaba. ¿Es tu hermana?
Sin perder un instante, bajó del caballo, asustando a las niñas, y contempló más fijamente al hombre, el cual era bastante más bajo que ella:
-         ¡Así es! ¿Los conoce? ¿Sabe dónde viven?
-         Bueno, el  marido de tu hermana se llamaba Draney. No sé mucho de él. Sé que vivía antes en Kalei y que tenía allí familia.
-         ¿Sabe algo más que pueda ayudarme?
-         ¿Sobre Draney?
-         Sí. – El hombre asintió. - La verdad es que no sé nada sobre él y cualquier cosa que conozca que pueda ayudarme a encontrarlos…
-         No se mucho más de él – la interrumpió el anciano. - Sé que es cazador y que pasó por aquí hace tiempo con la elfa. Me salvó de que me matara un jabalí descontrolado. Así lo conocí. Siento que no pueda ayudarte en nada más.
-         Gracias por todo, señor. Me ha ayudado mucho. Será mejor que me  ponga en marcha de nuevo.
-         Pero está anocheciendo. ¿No quieres quedarte y pasar aquí la noche?
Iraya negó y se dispuso a salir en su montura pero titubeó un instante antes de hacerlo. Estaba en deuda con aquel hombre por haberla ayudado.
-         Espere un momento. - Iraya buscó entre su equipaje hasta que encontró lo que buscaba. Sacó unas monedas y se  las entregó al hombre. - Gracias por todo. Ha sido de gran ayuda.
El hombre miró las monedas y se las devolvió, dejándoselas en la mano y negándose a aceptarlas.
-         No he hecho nada para que tengas que pagarme. Ni si quiera quieres pasar aquí la noche.
-         Pero lo que me ha dicho me ha ayudado mucho más de lo que imagina - dijo subiéndose al caballo. - Gracias por todo. Siempre estaré en deuda con usted. Que los Dioses le protejan.
 
 
            Conforme iba subiendo notaba como se le pegaba el embozo a la boca por el vaho que salía de ella. Tenía la nariz congelada, al igual que los dedos de los pies, que se le hundían medio palmo en la nieve. A su alrededor solo había silencio. De vez en cuando se oía alguna rama crujir por el peso de la nieve, pero ni siquiera el viento se dignaba a cruzar aquella sierra congelada. Apretaba y desapretaba los puños dentro de los bolsillos en un patético esfuerzo de conservar las manos calientes, pero no acababa de funcionar, por lo que no le quedaba más remedio que bajarse el embozo y calentárselas con su propio aliento.
            Poco a poco, la tonalidad gris del cielo fue oscureciéndose vaticinando la llegada del ocaso, por lo que Arydan se dio prisa en buscar algún sitio donde guarecerse para pasar la noche. Debía encontrar alguna cueva o algún refugio. Si no, podría congelarse. Aceleró el paso hasta salir del camino –si a aquello se le podía llamar camino- y se internó entre los pinos. No tardó mucho en llegar a la pared rocosa y anduvo durante un par de kilómetros hasta que encontró una oquedad lo suficientemente espaciosa como para que cupieran sus dos metros de altura. Aprovechando las últimas horas de luz, cortó varias ramas de árboles, les limpió la nieve y creo una pequeña hoguera en el límite de la pequeña cueva con la ayuda de dos piedras. El fuego tardó un rato en avivarse, y en una ocasión estuvo a punto de apagarse, pero finalmente prendió y le proporcionó el calor necesario para pasar la noche.
            Fue el hambre lo que le despertó a la mañana siguiente. Cuando abrió los ojos, el reflejo del sol sobre la nieve le cegó. Estaba sentado apoyado contra la pared de la roca, el embozo se le había escurrido, volvía a tener la nariz fría, le dolía la espalda por la incómoda postura y los restos de la madera consumida no eran más que una mancha negra sobre el suelo escarchado. Antes de que empezara a moverse, escuchó un ruido. Unas hojas que se movían delante de él. Entonces vio aparecer un conejo blanco. Apenas era perceptible sobre la nieve, pero estaba ahí, se movía, como una bola de nieve que avanzaba con gracia. Arydan se levantó despacio y avanzó hacia él cuidadosamente con pasos lentos para no asustarlo. Se lamentaba de no tener consigo arco y flechas ni de ser un experto lanzador de cuchillos pues, de ese modo, podría haberlo cazado desde la distancia y no tener que perseguirlo como un idiota. Dio un par de pasos más, sin hacer ruido. La nieve camuflaba sus pisadas. De repente, el conejo se quedó quieto y levantó las orejas. Arydan también se detuvo. Eso significaba que el conejo le había visto. Durante un par de segundos, ambos se mantuvieron en esa posición, y Arydan se debatía entre esperar a que el conejo siguiera avanzando o abalanzarse sobre él cuando, sin previo aviso, el animal salió disparado hacia la derecha. Arydan echó a correr tras él como si le fuera la vida en ello, sin preocuparse ya en ser silencioso. De un salto, salvó los matorrales de los que el conejo había aparecido y lo vio a unos pocos metros delante de él, brincando por su vida.
Pero, entonces, un rugido rasgó el silencio de la montaña y un gran lobo de pelaje oscuro se abalanzó sobre el conejo, ensartándolo entre sus fauces y levantando la nieve entre sus patas y hocico. Arydan se paró en seco, observándolo. Entonces, el lobo levantó la cabeza y le contempló. Tenía el hocico manchado de sangre y sus ojos, de un color pardo, lo retaban a acercarse e intentar robarle su presa. Se giró para encarar a Arydan y le enseñó los colmillos. El muchacho desenvainó su daga.
-         Yo que tú, no lo haría – le dijo Arydan.
El lobo gruñó y movió la nariz.
-         Es mi presa. Yo la he cazado – gruñó.
-         Yo la vi primero – rebatió Arydan, sin bajar la daga.
El animal cerró la boca, sorprendido. Sin duda, no se esperaba que un humano pudiera entenderle. Y más aún que él pudiera entender a un humano.
-         ¿Entiendes lo que digo? – El lobo estaba claramente turbado, pero no se separó del conejo muerto.
-         Estoy hablando contigo, ¿no?
Arydan se acercó un paso y el lobo rugió, inseguro, enseñando sus fauces. El muchacho se paró.
-         De acuerdo. Puedes quedarte con el conejo. – Envainó la daga.
El lobo le contempló un instante antes de concentrarse en el conejo y empezar a devorarlo. Arydan se le quedó contemplando. ¿Qué hacía un lobo solo? ¿Dónde estaba su manada? Mientras el animal comía, el chico se fijo mejor en él. Su pelaje tenía varias franjas en distintos tonos de marrón y negro. El pelo de la parte interior de la tripa era de un blanco manchado, al igual que el morro, parte de la cara y el interior de sus puntiagudas orejas. Las patas tenían un color marrón más claro, igual que el rabo. Y, ahora que lo miraba mejor, no era tan grande como a simple vista le había parecido. No era el lobo blanco y gris común de las montañas.
El animal pareció notar que el muchacho seguía allí, porque levantó la cabeza, se relamió el hocico y habló.
-         ¿Vas a estar mucho rato ahí parado? Me incomodas.
-         ¿Dónde está tu manada? – preguntó Arydan.
El lobo resopló y siguió comiendo. Arydan se acercó un paso y el lobo volvió a rugir.
-         No te acerques más, humano.
-         ¿Por qué estás solo?
-         Podría preguntarte lo mismo – refutó el animal. – Ningún humano viene nunca por aquí.
-         Busco a una persona. Un herrero ermitaño que vive en la montaña.
El lobo volvió a concentrarse en su comida.
-         No le encontrarás. Y, aunque lo hicieras, él no te recibirá.
-         Oh, ya lo creo que lo hará – vaticinó Arydan.
Era el último eslabón entre él y su objetivo y no iba a permitir que después de tanto viaje, tantas complicaciones, después de casi morirse ahogado y congelado, un anciano asocial se negara a hablar con él.
-         ¿Sabes dónde vive? – le preguntó Arydan al lobo.
-         Si ese fuera el caso, ¿por qué debería ayudarte?
Arydan no supo qué contestarle. El animal tenía razón. No les unía ningún vínculo, ninguna relación, salvo, quizá, solo una.
-         Porque estoy tan solo como tú.
El lobo rugió y enseñó los dientes, furioso, y Arydan retrocedió un par de pasos, asustando ante semejante demostración de hostilidad. Tuvo miedo de haberlo ofendido en desmedida y de que se lanzara a por él, aunque, viendo su tamaño, no estaba seguro de cuál sería el resultado.
-         ¡Me abandonaron! – gritó el lobo. - ¡Me despreciaron! ¡Todo por ser diferente! ¡Por ser débil! – Caminaba de un lado a otro, inquieto, enfadado. Arydan no dijo nada y le dejó descargar su rabia. - ¡Ellos! ¡Tan perfectos, tan feroces! ¡Ellos, tan déspotas!
-         A mí no me pareces débil – dijo Arydan.
El lobo rugió. Ciertamente, no lo parecía, y Arydan agradeció que el animal estuviera solo pues, de haber estado su manada, quizá ahora yacería descuartizado junto al conejo.
-         No te he pedido que sientas lástima por mí.
-         No es lástima. Tal vez seas pequeño y tengas pelaje oscuro, pero eso no te hace débil.
El lobo se le quedó mirando unos instantes antes de volver a concentrarse en la comida.
-         No pienso compartir mi comida contigo, humano.
-         No quiero tu comida. Solo quiero que me digas dónde se esconde el herrero.
-         ¿Para qué quieres ver a ese viejo?
-         Para encontrar al que destruyó mi manada – respondió Arydan, y el lobo volvió a contemplarle. – A aquel que me dejó solo.
El animal le escrutaba con detenimiento mientras consideraba sus palabras. Arydan no dijo nada más y esperó a que contestara. Al cabo de un minuto, el lobo habló despacio.
-         Subiendo el camino hasta la cascada congelada, encontrarás un árbol con una única rama. Sigue su dirección hasta llegar al risco. Una vez allí, solo debes seguir el sonido de la fragua.
-         Gracias.
Arydan se quedó un instante parado, sin saber si debía decir algo más o no. Pero el lobo se puso a comer de nuevo sin hacerle caso, por lo que dio media vuelta y se marchó entre la maleza blanca hasta llegar al camino. Lo siguió cuesta arriba, sin detenerse. A cada metro que ascendía, el frío iba aumentando y se le filtraba por los poros como el agua entre las rocas. Esperaba que no tuviera que caminar mucho más. Ignoraba ya a cuanta altitud estaba pero lo cierto era que si no encontraba pronto la cascada, se le iban a congelar los dedos de los pies.
Sin embargo, al cabo de unas tres horas, cuando el calor del sol de mediodía pugnaba por atravesar la capa de nubes del cielo, divisó por fin la cascada congelada que caía por una pared rocosa a un lago de hielo. Se fijó en los árboles. No había
muchos y todos estaban llenos de ramas, por lo que reconocer aquel que el lobo le había dicho no le llevó mucho tiempo. Tenía el tronco de un color gris negruzco terminado en un muñón oscuro y una única rama salía de este, apuntando hacia el este. No había ningún sendero, por lo que Arydan tuvo que abrirse paso a manotazos por entre la maleza. Lamentaba no tener a mano un machete o una espada para abrirse paso entre la maraña de arbustos que, al agitarse, le llenaban la ropa y el pelo de nieve.
            Estuvo caminando casi durante una hora hasta que llegó al risco. Ante él se abría un precioso paisaje invernal. Las montañas nevadas, los trazos de roca, las paredes de hielo, todo iluminado por los rayos del sol que se colaban por entre las nubes y hacían brillar las blancas superficies como mantos de diamantes. El viento soplaba con más fuerza al borde del risco, un viento congelador que se le colaba hasta los huesos. Arydan aguzó el oído. “Una vez allí, solo debes seguir el sonido de la fragua” le había dicho el lobo. El problema era que con el viento rebotándole en los oídos, apenas podía escuchar nada. Se giró hacia todos lados a ver si había algún sendero o algo que pudiera indicarle qué dirección tomar, pero solo había nieve y vacío. Entonces miró hacia abajo y distinguió un pequeño sendero pegado a la pared de la roca a unos dos metros, apenas cubierto por una fina capa blanca. El muchacho buscó algún saliente al que poder agarrarse para bajar hasta el sendero sin resbalarse y precipitarse al vacío, y vio una pequeña roca en el borde, hincada en el suelo. La movió con fuerza para ver si estaba lo suficientemente profunda como para aguantar su peso y comprobó, con alegría, que así era, por lo que la agarró con la mano izquierda y fue descendiendo poco a poco su cuerpo pegado a la pared. Podía sentir la nada a sus espaldas, y sabía que un paso en falso conllevaría a una muerte segura. No quería mirar hacia abajo, solamente el ángulo justo que abarcaba la parte de la pared donde apoyaba los pies. Finalmente, pisó el sendero, soltó la roca y se pegó a la pared como una sombra. El sendero apenas tenía medio metro de ancho. Se quedó quieto, con el corazón en la garganta. El azote del viento era ahora menor, pues se encontraba protegido por el propio risco. Entonces, escuchó algo. Un leve martillazo proveniente de su izquierda. Miró de refilón y vio que el camino avanzaba hasta introducirse en la montaña por una abertura, dentro de la propia roca, a unos setenta u ochenta metros de distancia, iluminado por un leve resplandor anaranjado.
            Avanzó cómo pudo, pegado a la pared, sin mirar abajo, conteniendo la respiración e intentando que no se le disparara el corazón cada vez que se resbalaba o que el terreno crujía bajo sus pies. El camino se le hizo eterno, mucho más que cualquiera de sus anteriores viajes de varios días, mucho más que la subida con las botas mojadas, mucho más que sus noches a la intemperie. El sonido constante de los martillazos cada vez  se escuchaba con mayor claridad y cuando ya estaba casi en la entrada de la roca, pudo sentir el calor que salía de esta.
            Por fin entró, y le recibió una oleada de calor y olor a fuego que le hizo marearse. Las manos, que hasta entonces estaban congeladas, empezaron a picarle, se quitó el embozo del rostro y se sacudió la nieve del pelo y la ropa. Aquella oquedad estaba débilmente iluminada por un par de antorchas en la pared, pero conforme el sendero se iba adentrando en la roca, la luminosidad aumentaba. Arydan caminó con decisión montaña adentro, aferrando la empuñadura de su daga, pensando qué le diría a ese viejo herrero cuando lo tuviera delante. Las paredes brillaban como brasas encendidas, dibujando sombras por la luz de las antorchas, y las pisadas del chico pasaban inadvertidas gracias al sonido de los martillazos sobre el yunque. Pero entonces los martillazos se detuvieron, y solo quedó el silencio. El pasillo pronto se ensanchó hasta llegar a una gran cavidad excavada en el interior de la montaña, iluminada por varias antorchas colgadas de argollas en la pared, un enorme pebetero en el centro y un horno de fuego en el fondo. Había muchísimos artilugios de forja: prensas, cordones de rebada, yunques, tenazas y todo tipo de martillos. Había también varios baúles y muchas mesas de madera astillada llenas de diferentes estilos de armas, como espadas, hachas, flechas, dagas de distintos tamaños, y otras no tan típicas como chakrams o sais. Junto al horno, en una mesa algo más grande, descansaban varios guantes de hierro. Pero ni rastro del herrero.
            Arydan avanzó, cotilleándolo todo. Varias de las armas tenían el mismo blasón que su daga: una uve doble con un copo de nieve. Estaba mucho más nítido y en mejores condiciones, pero era el mismo, sin duda. Tomó una espada enfundada, la desenvainó y la probó. Era ligera, fácil de usar, mortal.
            Entonces, tan rápido como la ráfaga de viento sobre la antorcha frente a él, una figura se abalanzó sobre él y otra espada se le acercó desde la izquierda. El muchacho fue rápido e interpuso la suya para evitar el golpe, que le habría cortado en dos, y contempló al que le había atacado.
            Era un hombre ya anciano, con el rostro arrugado y sudoroso, una nariz grande y bulbosa que le ocupaba demasiado espacio en su cara morena y llena de hollín, y unos ojos pequeños y hundidos en bolsas por la edad. Tenía bigote y barba blanca por toda la mandíbula y una entrada tan grande que apenas dejaba espacio para su canoso y fino pelo. El anciano, que apenas le llegaba a la altura del codo, le miraba con los dientes apretados y sostenía en alto una espada con manos temblorosas. Weigdar, el herrero asocial.
Arydan estaba tan sorprendido por el ataque que no pudo decir nada antes de que el viejo hiciera distancia con un quejido y volviera a atacarle. Esta vez Arydan estaba preparado, y contraatacó con un fuerte golpe que desestabilizó al viejo y le hizo soltar la espada. Weigdar miró su arma que fue a parar al suelo a un par de metros y luego a Arydan, que le contemplaba.
-         Puedes torturarme todo lo que quieras, no diré nada – aseguró el viejo.
Arydan se sorprendió.
-         ¿De qué estáis hablando?
-         ¡No te hagas el interesante! ¡Sé por qué has venido! ¡No pienso hablar!
El herrero agarró el primer arma que tuvo al alcance. Se trataba de un mangual de aspecto amenazador. Le atacó con él y Arydan logró esquivar la maza un par de veces.
-         ¡Os equivocáis! – chilló. - ¡Os equivocáis de persona!
-         ¿¡Acaso piensas que puedes mentirme!? ¡Soy viejo pero no soy estúpido!
Volvió a atacarle y Arydan se preguntó si aquel anciano tenía la fuerza suficiente como para manipular ese mangual o si este era tan ligero como la espada que él mismo empuñaba. En uno de los ataques del herrero, la cadena de la maza se enrolló en la espada del chico y, antes de que Weigdar pudiera hacer nada, Arydan dio un fuerte tirón y el mangual se escurrió de las manos de su oponente, que volvía a estar indefenso.
-         ¡No pretendo haceros daño! – gritó Arydan, antes de que Weigdar volviera a atacarle con cualquier otro arma.
-         ¡No eres buen embustero!
El herrero tomó otro arma –de nuevo, una espada- y la alzó sobre su cabeza. A la desesperada, Arydan tomó la daga de su cinturón y la levantó para que la viera.
-         ¡Busco a Héctor! – exclamó.
Weigdar destensó los músculos y le contempló. Lentamente, fue bajando los brazos y la espada hasta que acabó por dejarla caer al suelo entre sus pies. Avanzó rápidamente hacia Arydan y le arrebató la daga de la mano. Se acercó al pebetero para verla mejor con la luz del fuego y Arydan le siguió. El anciano curioseó la daga con interés y Arydan empezaba a temer que se olvidara de su presencia cuando el viejo se giró de pronto hacia él.
-         ¿Dónde la has encontrado? – exigió saber.
-         Es mía.
-         Ya sé que es tuya – refunfuñó impaciente. – Quiero saber dónde la conseguiste.
-         Me la dio Héctor.
El anciano le contempló de arriba a abajo. No parecía muy convencido y su ceño seguía sin destensarse. 
-         ¿Por qué un hombre como Héctor se desharía de un arma como esta? – le increpó agitando la daga con su mano manchada y huesuda.
-         Por lo mismo por lo que me abandonó a mí. Porque ya no la quería.
Weigdar hizo una mueca con la boca. Todavía no acababa de creérselo.
-         Nunca me dijo que tuviera un hijo.
-         ¿Por qué iba a decírselo? Lo abandonó.
El herrero se le quedó mirando algún tiempo más mientras Arydan le sostenía la mirada, conforme con sus palabras y esperando quedarse con la última. Finalmente, el anciano le devolvió la daga. Arydan la tomó al vuelo mientras el viejo se daba la vuelta y empezaba a caminar hacia su fragua, cuya forja había dejado a medias, mientras hablaba.
-         Sea cómo sea, no sé qué haces aquí, ni cómo me has encontrado.
-         No ha sido fácil, – respondió Arydan siguiéndole al tiempo que volvía a colgarse la daga del cinto – pero conté con ayuda.
Decidió no explicarle lo del lobo. El hombre no le creería y ya desconfiaba bastante de él como para decirle que, además, podía hablar con los animales. Weigdar retomó su trabajo y siguió dando martillazos a una espada al rojo vivo a medio fabricar mientras Arydan le hablaba.
-         Por favor, necesito que me diga dónde está Héctor.
-         ¿Para qué quieres verle?
-         Necesito respuestas.
-         ¿No sería más sencillo que no te metieras en sus asuntos, que le dejaras hacer su vida y tú seguir la tuya? – sugirió Weigdar sin pizca de sutileza.
Arydan se ofendió.
-         ¿Cómo usted? – ironizó.
El herrero dejó de martillear.
-         Dígame, ¿por qué se esconde en las montañas? ¿Acaso tiene miedo de que la gente se meta en sus asuntos?
Weigdar no respondió, solo se mantuvo en silencio. Arydan supo que había ido demasiado lejos y empezó a temer que el herrero no satisfaría su sed de información cuando, de repente, el anciano le atacó gritando con la hoja al rojo vivo. Arydan consiguió esquivarla retrocediendo rápidamente, pero a la segunda estocada agarró la huesuda muñeca del viejo y la sacudió, arrebatándole el hierro de la mano. El anciano cayó de espaldas al suelo.
-         ¿Os habéis vuelto loco, viejo? – exclamó Arydan.
-         ¡Lo sabía! – gritó Weigdar, fuera de sí. - ¡Eres un espía!
-         No soy un espía.
-         ¡Sabía que no podía fiarme de ti! Te mandan ellos, ¿verdad?
-         ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?
-         ¡Los elfos oscuros!
Aquello le tomó completamente de sorpresa. No solo no entendía qué tenían que ver los elfos oscuros en todo aquello sino que, además, no había manera de hacer entrar en razón a ese lunático senil.
-         ¿Qué tienen que ver los elfos oscuros en todo esto? – preguntó Arydan.
-         ¡No pienso hablar más! – declaró el viejo poniéndose de pie. – Puedes matarme, pero no hablaré. No te daré ese gusto, espía.
-         ¡No soy un espía! – tronó Arydan, y arrojó el hierro furiosamente al otro lado de la habitación.
Este golpeó contra la pared de piedra del horno y el eco del choque fue lo único que se oyó durante los siguientes segundos en los que el viejo le miró, sorprendido por primera vez.
-         Dice la verdad – aseguró una voz.
Esta provenía del túnel, a sus espaldas. Arydan la reconoció. Se dio la vuelta y vio al lobo de antes, que les observaba desde la entrada a la fragua.
-         Tú – susurró Arydan.
El lobo asintió y avanzó hacia ellos. Arydan le observó hasta que llegó a su lado y, entonces, volvió a posar la mirada en Weigdar. Este no parecía asustado ni sorprendido de ver a un lobo en su fragua. Es más, casi daba la sensación de estar sopesando las palabras del animal. Entonces Arydan cayó en la cuenta de que el lobo no le había hablado a él. Y sus sospechas se verificaron cuando Weigdar se dirigió al animal.
-         Tú le trajiste aquí
-         Sí.
-         ¿Por qué?
-         Porque es el auténtico hijo de Mano de Hierro.
Weigdar le contempló, y Arydan pasó la mirada del viejo al lobo repetidas veces, completamente perdido.


 
Desde que habían vuelto del desierto, la inquietud lo había seguido a todas partes.  Las revelaciones que Lylith le había hecho le habían estado rondando la cabeza y molestando desde entonces y más desde que había intentado contactar con Xheru y le había sido imposible. Para empeorar las cosas, todo seguía igual que antes de que salieran en la misión hacia Rasia. Habían pasado diez días y Luxhienn empezaba a impacientarse. Estaba perdido en sus pensamientos cuando un gritó lo sacó de sus cavilaciones.
-         ¡Hylan!
Luxhienn levantó la cabeza y miró en la dirección de la que provenía el grito.
-         ¿Te has vuelto sordo o qué, zopenco? ¡Llevo llamándote un buen rato!
-         Lo siento - se disculpó bajando la cabeza y sin dar explicación alguna. A nadie de los allí presentes les importaba lo que tuviera que decir
El cocinero jefe se quedó mirándolo con cara de malas pulgas. Era un hombre bajo, algo rechoncho y corpulento. Tenía mal carácter pero era alguien que amaba la cocina por encima de todo y en ese aspecto se podía confiar en él.
-         ¡Bah! ¡Levanta esa cabeza, zopenco! Te han hecho llamar - dijo malhumorado. - Todo el mundo quiere la comida a tiempo pero a nadie le importa cuando me quitan personal. Cada vez que necesitan a alguien vienen a la cocina a por él… ¡Ni que esto fuera una agencia de trabajo o algo así!
Luxhienn se quedó mirándolo unos instantes. Más que nada, esperando que le dijera dónde tenía que ir, pero lo único que obtuvo como respuestas fueron más gritos.
-         ¿Qué haces aún aquí, zopenco? ¡Lárgate de una vez! ¡Fuera de mi vista!
Luxhienn inclinó la cabeza y salió de la cocina. En las puertas había una muchacha, una joven criada insegura que le miraba con, tal vez, una mezcla de interés y curiosidad. No estaba totalmente seguro. Intento hacer memoria, pero su cara no le sonaba de nada.
-         ¿Eres nueva?
La joven asintió. Luxhienn la observó detenidamente. La inseguridad de sus gestos hacía parecer que era nueva. Las manos, la ropa, los pies, todo parecía indicar que lo era, pero en sus ojos no era eso lo que veía.
-         Sígueme por favor – le dijo en un hilo de voz.
La siguió por los pasillos. Estuvieron andando un buen rato por los oscuros pasillos. Veían pasar a gente arriba y abajo  pero ellos no se detenían. El joven elfo miraba a un lado y a otro. Una parte le decía que no debía desvelar que lo sabía. Que era demasiado arriesgado llamar tanto la atención, pero no tenía tiempo. La falta de respuesta por parte de Xheru y la noticia de lo de los piratas le estaban metiendo prisas.
-         ¿A dónde vamos, Teniente General Lylith?
La joven se paró y se dio la vuelta con una gracia de la que antes carecía.
-         Esta vez era imposible que me descubrieras. El disfraz era perfecto. Lo sé. ¿Cómo lo has hecho?
-         Tu mirada.
-         ¿Mi mirada? Explícate.
Luxhienn se quedó callado unos momentos. Estaba claro que hubiera podido engañar a cualquier otra persona. Su miraba también  le trasmitía inseguridad pero él había sido capaz de llegar hasta la Lylith que tan difícil le resultaba de descifrar.
-         El disfraz era muy bueno, pero conseguí ver a través de él.  Detrás de esa mirada de asustada y primeriza criada te vi a ti.
La elfa se quedó contemplándolo unos instantes analizándolo a él y sus palabras.
-         Una habilidad innata.
-         Como la tuya.
Luxhienn se quedó mirándola. Estaba siendo atrevido, demasiado. Estaba siendo demasiado atrevido, algo que escapaba a su forma de proceder precavida pero el tiempo apremiaba. Si aquello no funcionaba, tendría que recurrir al su último recurso.
-         Vamos a la sala de entrenamiento de los EAE. La Elite de Asesinos Especiales, los cuales están bajo mi supervisión – le dijo respondiendo a su primera pregunta. - A partir de ahora ya no vas a estar en la cocina y hay cosas que debes saber. Ya no vas a ser más un cocinero  o un criado. O al menos eso es lo que pretendo. Al principio me servirás como criado, y me servirás solo a mí. Hay cinco personas que tienen un rango más elevado que el mío y solo acatarás sus ordenes si ellas no suponen ningún daño para mí. El Emperador, Capitán General de todos los ejércitos de Nobrieth y los cuatro Comandantes Generales. Supongo que sabrás sus nombres, Hylan.
Luxhienn asintió. Claro que los conocía, al igual que todo el país. Y una cantidad enorme de datos sobre ellos. Pero no podía revelárselo.
-         Según tengo entendido, conoces ya al comandante general Inglor. - No le sorprendió ver que Lylith lo sabía.
El joven elfo no respondió. Lylith siguió andando hasta detenerse delante de una gran puerta.  Cuando la abrió, el silencio que había reinado desapareció. En la sala había elfos oscuros entrenándose, ya fuera preparándose físicamente o perfeccionando el uso de armas. Eran pocos. Unos cincuenta, contó, a grosso modo. Pero no eran soldados corrientes. Aquellos soldados no eran entrenados para combatir en una guerra, eran asesinos. Los asesinos personales del emperador. Luxhienn se quedó observándolos y al mismo tiempo preguntándose por qué lo había llevado allí.
-         No son fuertes. Ni tienen resistencia, pero serían capaces de matar a cualquiera. Cualquiera lo suficientemente estúpido como para no vigilar su sombra.
De repente Lylith hizo un movimiento y paró una hoja afilada empuñada por una figura alta que se había desplazado silenciosamente a su espalda. Luxhienn ni siquiera se había percatado de ello.
-         Demasiado ruidoso. - La figura asintió y desapareció. - ¿Sabes luchar, Hylan?
-         ¿Por qué debería….?
-         Teniente General Lylith.
Un joven elfo de cabello corto y blanco y ojos marrones la llamó, interrumpiendo a Luxhienn.
-         Hace diez minutos vinieron buscándola. Al parecer, han llegado los piratas con los magos y el príncipe Leithenn ha pedido que esté presente junto a los Comandantes Generales.
-         ¿Está en el laboratorio de investigación?
-         Así es.
-         Está bien. Hylan, quiero que te quedes observándolos hasta que venga. Oäryth, acompáñame.
Lylith salió seguida por Oäryth cerrando tras de sí la puerta. Empezaron a andar y cuando Lylith se sintió segura, habló.
-         Quiero que averigües todo lo que sepas sobre Hylan. Hay algo que no me acaba de cuadrar en él. Es un pinche de cocina extraño. Averigua cuando entró, si lo que dice es verdad, comprueba el registro, todo. Quiero saber si encuentras alguna anomalía.
El otro elfo asintió y se fue. Lylith siguió andando silenciosa. Si había algo que tenía claro es que  había que tener a los amigos cerca, y a los enemigos, más cerca aún. Y algo  le decía que Hylan era lo segundo.
 


Última edición por Nono el Jue Jun 13, 2013 7:18 pm, editado 3 veces
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Re: Capítulo 7: Weigdar

Mensaje  Nono el Jue Jun 13, 2013 7:13 pm

Cont 


La lluvia que caía sobre la ciudad la emborronaba en gran manera y le daba un aire gris y apagado. El sol hacía poco que se había escondido tras el horizonte dando paso a la noche.  No había estado nunca antes allí, pero Iraya estaba segura de que aquella ciudad era mucho mejor  de día y sin lluvia. Desde que había abandonado Syrie, su pueblo natal, todo había sido nuevo para ella, sobre todo al salir de Yaneli. Las ciudades y poblaciones de los humanos eran raras y extrañas, y adoraban a dioses más extraños aún. Pero lo que más le había sorprendido era que no eran tan peligrosos y violentos como su padre le había hecho creer. Había estado atenta durante todo el viaje pero no había encontrado problemas. La ciudad parecía extrañamente quieta. El olor de la lluvia se entremezclaba con el de la ciudad, pero le costaba distinguir cuál era cual. Aquellos olores eran muy fuertes y todos le parecían iguales.
Quería empezar a buscar cuanto antes la familia de Draney, pero era de noche y llovía. Así que se decidió por la sensatez y fue a buscar un sitio para dormir. Hasta ahora había evitado quedarse en alguna posada pero ya no podía posponerlo más. Se puso la capucha para cubrirse la cabeza del agua, pero sobre todo para ocultar sus rasgos élficos de miradas indiscretas. Nunca se era demasiado discreto. Así que, cubriéndose con la capa el cuerpo para evitar coger frío y mojarse más de la cuenta, empezó a pasear por la ciudad montada en el caballo que le había regalado Solace.
Las calles de la ciudad estaban vacías exceptuando algún que otro humano que se había sobrepasado con la bebida, o gente rezagada que se daba prisa por volver a sus casas para evitar quedar empapados. Estuvo largo rato buscando alguna posada medianamente decente. Había visto unas cuantas pero prefería quedarse en la calle a entrar en sitios así. Cuando estaba a punto de darse por vencida, encontró una pequeña fonda con establo. No era perfecta pero era lo mejor que había encontrado. Se acercó con cuidado al establo y, una vez dentro, bajó de su montura. Al hacerlo, las botas se le ensuciaron de agua, barro y heces de los otros animales que se encontraban descansando. El suyo era el más alto y se notaba que era más fuerte, pero era de esperarse de un caballo de raza élfica. Se acercó y le susurro unas palabras cariñosas y de advertencia. No había tenido problemas pero tenía miedo de que se lo robaran.
Una vez estuvo acomodado, entró dentro del establecimiento. Había bastante gente pero no tanta como Iraya habría imaginado en un primer momento. Nada más entrar, se bajó la capucha de la espesa capa empapada y se acercó a la barra para hablar con el posadero. Sintió la mirada de los allí presentes y un ligero murmullo que se levantó cuando descubrió sus orejas puntiagudas de elfo. También se percató de cómo la señalaban. Una falta de educación detrás de otra. Pero no podía esperar otra cosa de un lugar como aquel. Se acercó al hombre que había tras la barra, que la miraba con el entrecejo fruncido. Cada vez notaba más el olor a sudor y alcohol de aquella posada mezclado con el estiércol de los establos. No era un sitio muy agradable pero si el mejor que había encontrado hasta ahora.
-         Buenas noches posadero. Me gustaría una habitación y algo caliente para cenar.
 
 
 
Arydan estaba confuso. No entendía por qué el lobo le había seguido hasta allí, por qué le apoyaba frente al herrero con instintos homicidas o por qué este era capaz de entenderle. Siempre había creído que su don para hablar con los animales era raro y había sido un auténtico desconcierto enterarse de que no era el único capaz de hacerlo.
El herrero se dirigió a él.
-         ¿Cómo te llamas, chico?
-         Arydan.
Weigdar le contempló largamente y de arriba abajo.
-         Eres tan enorme como él... – comentó regresando a la forja mientras el lobo se acurrucaba junto al pebetero. – Pero, por lo demás, eres igual que tu madre.
Arydan, hasta entonces desubicado, alzó la cabeza.
-         ¿Conoce a mi madre?
-         Puede ser. – El anciano tomó de nuevo el martillo y una nueva espada y comenzó a golpear el acero mientras hablaba. - Pero no es complicado reconocer a un miembro de la tribu Kaylen. Morenos, pelo negro, ojos oscuros y ese curioso don para hablar con los animales.
Arydan fue consciente de que el tono que usaba el viejo se había vuelto más amargo conforme terminaba la frase, al igual que la fuerza de sus martillazos.
-         Usted también puede hablar con los animales.
-         No – respondió Weigdar de forma tajante. - Yo hablo con los lobos.
Volvió a dar un sonoro martillazo y Arydan tuvo la sensación que, detrás de esa hostilidad, debía haber un motivo. Uno que no fuera vivir alejado de la civilización en una caverna rodeado de armas y nieve, con la única compañía de un lobo con la autoestima muy baja.
-         ¿Por qué con los lobos? – preguntó Arydan, curioso.
-         Porque son los únicos animales que valen la pena.
La respuesta parecía sacada de la manga, pero tenía sentido si había vivido en Menemone toda la vida.
-         En realidad, es porque solo puede hablar con los lobos – dijo el lobo, haciendo hincapié en el adverbio.
-         ¡Cállate, maldito cuadrúpedo del infierno! – gritó Weigdar al tiempo que le lanzaba el martillo al animal, que se levantó rápido y lo esquivó.
Arydan también pegó un bote, puesto que no se esperaba ni la respuesta del lobo ni el arranque del anciano.
-         Cálmese – pidió Arydan.
El herrero gruñó algo por lo bajo, igual que el lobo, antes de apoyar las manos en una de las mesas, intentando calmarse, aunque no precisamente porque Arydan se lo hubiese pedido. Levantó la cabeza para mirarlo con sus pequeños ojos oscuros.
-         Adelante – lo invitó en tono de burla. – Pregunta. La curiosidad te está matando, te lo noto en la cara.
Arydan no sabía muy bien qué expresión debía de tener su cara en ese momento, pero desde luego su cabeza era un maremágnum de preguntas que no hacía más que crecer. Ya no solamente era el hecho de que ese viejo cascarrabias sabía dónde estaba su padre y cómo encontrarle, sino que también podía hablar con los animales y, para más inri, conocía su tribu y posiblemente también a su madre.
-         No sé por dónde empezar – confesó.
Weigdar soltó una risa desagradable.
-         Empieza por lo que consideres más importante.
Arydan lo meditó. Llevaba toda la vida buscando a su padre... No, al hombre que lo había abandonado, pero había algo más importante que todo eso.
-         ¿De qué conoce la tribu Kaylen?
El hombre respiró profundamente y Arydan pudo notar que apretaba con fuerza las manos contra la superficie astillada de madera sobre la que había decidido descargar su mal carácter.
-         Antes de convertirme en un viejo decrépito, yo también tenía la piel oscura y el pelo negro. Por suerte, el color de mis ojos sigue igual.
A Arydan se le entreabrió la boca.
-         ¿Usted...? – empezó, pero tuvo que tragar saliva pues la pregunta se le atascó en la garganta. - ¿Usted pertenece a la tribu Kaylen?
-         Pertenecía.
La boca del joven terminó de abrirse en una mueca de sorpresa que hizo que el lobo soltase una carcajada que cualquier otra persona hubiese tomado por un gruñido.
-         No puedo creerlo... – murmuró el chico.
-         A veces las personas no son lo que parecen – apostilló Weigdar con un deje acusatorio.
Arydan se armó de paciencia.
-         Por última vez, no soy un espía.
-         Claro que no, porque, si lo fueras, ya estarías muerto.
Ambos intercambiaron una mirada antes de que Arydan decidiera dejar el tema definitivamente apartado y se centrara en lo importante.
-         ¿Y cómo alguien de la tribu Kaylen ha acabado... aquí?
Estuvo tentado de decir “así”, pero prefería no volver a provocar la ira de aquel viejo. Weigdar volvió a tomarse su tiempo para decidir si contestar o no y Arydan contó once respiraciones antes de que lo hiciera.
-         Me marché. Tan simple como eso.
-         Algún motivo tuvo que haber.
-         Sí, lo hubo.
Arydan meditó un momento antes de lanzarse a preguntar.
-         ¿Tuvo algo que ver con mi madre?
Weigdar se rió. Y, por primera vez desde que se habían encontrado, Arydan pudo detectar que su hostilidad, que parecía innata, desaparecía por unos segundos.
-         Meryan... – murmuró el anciano con un deje melancólico, por lo que Arydan por fin vio confirmado su presentimiento de que la conocía. - Ella era el único motivo por el que pude haberme quedado.
Arydan se sorprendió.
-         ¿Usted no...? – balbuceó. - ¿Usted estaba...?
-         ¡Por Dios! – exclamó el viejo, entre espantado y asqueado. - ¡Ella aún era una niña! ¡Cómo puedes pensar eso!
-         Perdón...- se disculpó el chico, avergonzado.
Weigdar volvió a tomar aire antes de seguir hablando.
-         Ella era la única que me trató bien cuando... – se le quebró la voz.
-         ¿Cuándo qué? – lo animó Arydan.
El viejo volvió a apretar la mesa con los dedos, que se le pusieron blancos por la presión, y Arydan logró atisbar una mueca de tristeza en la cara del viejo.
-         Cuando perdí mi don.
Aquello cayó sobre Arydan con la fuerza de una avalancha. No sabía que fuera posible perder el don Deynim, el don de hablar con los animales. Sin duda, ese viejo herrero era una caja de sorpresas. Notó que el lobo pasaba al lado suyo rozándole la pierna con el lomo y fue junto al herrero, a quien acarició el brazo con la cabeza de forma cariñosa. Weigdar respondió al gesto rascándole suavemente entre las orejas. No había rastro alguno de la animosidad que había mostrado hacia el animal hacía apenas unos minutos y Arydan pudo deducir que ambos habían pasado mucho tiempo juntos.
-         ¿Cómo ocurrió? – preguntó Arydan, emocionado de pronto.
-         ¡Eso no es asunto tuyo!
Otra vez el grito del anciano lo desconcertó, aunque no había sonado como otras veces. Era más bien como si quisiera autoprotegerse, evitar recordar algo muy doloroso, ya que su expresión no denotaba antipatía, sino pesadumbre y desdicha.
-         ¿Jamás lo recuperó? – siguió preguntando Arydan, con voz suave.
-         No – negó el viejo. – Y me convertí en un paria. La gente me evitaba constantemente, dejaron de hablarme y me trataban como un apestado por que no podía ni hablar ni entender a los animales.
Aunque intentaba controlarse, la rabia y el rencor empezaron a tintar sus palabras.
-         Así que me fui a un sitio donde no hubiera animales.
Arydan asintió, despacio. Mirado desde su punto de vista, tenía lógica. Echó una ojeada alrededor, a la fragua que los rodeaba y que se había tragado más de la mitad de la vida de aquel hombre, arrebatándole sus fuerzas, su carácter, su hogar y el color de su piel, y se preguntó si realmente había merecido la pena. Entonces volvió a reparar en el lobo, a quien seguía acariciando con su mano huesuda y llena de hollín. El animal le devolvió la mirada, entendiendo su pregunta antes de que la formulara.
-         Cuando mi manada me abandonó, estuve vagando sin rumbo durante días hasta que di con este lugar. En aquel entonces, la entrada no estaba tan escondida. Weigdar me permitió quedarme.
Arydan volvió a posar la mirada en el viejo, que la apartó incómodo.
-         Estaba solo, igual que yo – se excusó, aunque sin razón.
Aquel gesto demostraba que, a pesar de lo desagradable que pudiera ser Weigdar, su corazón no estaba tan quemado como le había parecido a simple vista.
-         Y consiguió entender al lobo – afirmó Arydan.
-         Cuando te sientes perdido, cuando echas de menos ese algo especial que te hace apreciar la vida, cualquier pequeño acto de afecto puede significar la frontera entre perder el juicio y seguir luchando – respondió Weigdar sin volverse.
Arydan enarcó una ceja y agradeció que el herrero no lo estuviera mirando. No había entendido nada, y lo cierto era que no estaba muy seguro de si ese”pequeño acto de afecto” había conseguido el efecto correcto en Weigdar.
-         Pero no estás aquí por eso – dijo este de repente.
Entonces Arydan fue consciente de que se habían desviado del tema por el que realmente estaba allí, en el más profundo recoveco de la Cordillera Blanca.
-         Es verdad – afirmó el muchacho. – Necesito que me diga dónde está Héctor.
-         No sé dónde está.
Aunque ya sabía que le estaba mintiendo, la rapidez con la que contestó afirmó todavía más su postura.
-         Miente.
-         ¿Por qué debería saberlo?
-         Porque usted forjó su daga – alegó el chico.
-         Que haya forjado su daga no significa que sepa dónde está él.
-         Hace unos minutos me ha dicho que estuvo con él. – Arydan empezaba a desesperarse, y no entendía por qué Weigdar no quería ayudarle.
-         Eso tampoco demuestra nada.
Estaba claro que no iba a dar su brazo a torcer, y eso le molestaba. Había estado toda la vida viajando, buscándolo. Incluso había dejado sola a su madre en Rasia, prometiéndole que regresaría con respuestas. Y ese viejo no iba interponerse en su camino.
-         No haga que tenga que obligarle a decírmelo.
El anciano se giró y le miró con los ojos entrecerrados.
-         ¿Eso es una amenaza?
-         Es un aviso – respondió Arydan, caminando hacia él, con un tono de voz no alto pero sí fuerte que hizo que Weigdar retrocediera un par de pasos. – Un aviso para que vea que estoy dispuesto a todo para encontrar al hombre que me abandonó a mí a mi madre; a la mujer que usted, al parecer, tanto apreciaba, y a un niño que todavía no sabía ni hablar.
Weigdar lo escrutó nuevamente. Ya no había desconfianza en sus ojillos hundidos, sino algo a medio camino entre la lástima y la empatía.
-         ¿Abandonó a Meryan? – preguntó en voz baja.
-         ¿Qué le contó cuando estuvo aquí? – exigió saber Arydan, a su vez. – No le habló de mí. Tampoco de ella.
-         El motivo por el que vino a verme no es de tu incumbencia – repuso Weigdar, nervioso
-         Cierto. Pero eso no quita el hecho de que no le contó toda la verdad. No entiendo por qué lo está protegiendo.
A Weigdar le tembló el labio y el entrecejo. En apenas un momento, se había topado con una faceta de Arydan para la que no estaba preparado. Y tampoco sabía qué hacer. A su lado, el lobo le enseñaba los dientes a Arydan, pero el chico no le hacía caso. Toda su atención estaba en lograr que Weigdar cediera en su empeño de no revelarle aquello que tanto había ansiado saber.
-         Tengo mis motivos – se defendió el herrero.
-         ¡Claro que los tiene! – exclamó Arydan, levantando los brazos. – Todo el mundo tiene sus motivos para las cosas. Pero no me interesan los motivos que tiene usted para protegerlo. – Se acercó al viejo y le habló mirándole directamente desde sus dos metros de altura. – Solo me interesan los que tuvo él para abandonarnos.
El viejo dudaba. Arydan podía verlo en su cara.
-         Por favor... – suplicó, bajando el tono. – Si no lo hace por mí, hágalo por mi madre.
Weigdar suspiró sonoramente por la nariz. Apartó la mirada del chico para clavarla en el pebetero, y Arydan vio el fuego reflejándose en sus ojos, tan negros como los suyos, junto con la chispa de la redición.
-         Está en Kamea – respondió por fin el viejo.
Arydan tuvo la sensación de que un nuevo camino se abría en todo el caos que se había formado en su cabeza. No dijo nada, porque sabía que Weigdar no había terminado de hablar.
-         Ve a la Torre de Hechicería. Pregunta por la Resistencia.
-         ¿La Resistencia? – repitió Arydan.
El herrero asintió.
-         Diles que te manda Weigdar y que buscas a Mano de Hierro.
Weigdar regresó a su forja y sacó un nuevo martillo de un cajón astillado.
-         ¿Mano... de Hierro?
El herrero volvió a martillear sobre el acero, haciendo saltar chispas con cada golpe.
-         ¿Por qué crees, si no, que tu padre hubiera venido tan lejos para ver a un viejo herrero como yo?
Lentamente, Arydan se dio la vuelta, muy despacio, y contempló la mesa grande junto al horno y los guantes de acero que había encima. O lo que él había pensado que eran guantes... Volvió a girarse hacia Weigdar, visiblemente sorprendido. El herrero sonrió.
-         Así tendrás cómo reconocerle.
Y dio otro martillazo.
-         Gracias – dijo Arydan. – Muchísimas gracias, Weigdar.
El anciano se detuvo a mitad de un nuevo golpe mientras Arydan se daba la vuelta y caminaba hacia la galería que llevaba al exterior. Bajó la mano despacio y se mantuvo pensativo durante un instante antes de hablar.
-         Cuando le encuentres, - Arydan se detuvo y se dio la vuelta – dile que hizo bien en no contarme lo de Meryan. Porque si lo hubiera hecho, ahora mismo estaría muerto.
Arydan sonrió.
-         Lo haré. Gracias otra vez.
Volvió a emprender la marcha, pero Weigdar lo llamó de nuevo.
-         ¡Chico!
Arydan se giró. Weigdar le lanzó una bolsa de cuero que cayó sobre el suelo terroso a un par de metros de él. Arydan contempló un instante al viejo, dubitativo, antes de desandar hacia el macuto.
-         Si quieres que te crean en la Resistencia, llévales eso.
Arydan se agachó, soltó las correas de la bolsa y contempló su interior. Eran armas. Espadas, dagas, hachas y varios tipos de puntas de flecha. El joven volvió a contemplar al anciano, con los ojos más abiertos de lo normal, pero comprendiendo también que, si Weigdar, el herrero asocial, era capaz de forjar miembros de hierro, no era muy difícil que pudiera crear armas tan ligeras como para que incluso él pudiera lanzar varias juntas sin apenas esfuerzo. Sin duda, era el mejor herrero que jamás hubiera visto. Volvió a cerrar la bolsa y se la colgó del hombro, dispuesto a darse la vuelta.
-         Y una cosa más – añadió el herrero.
-         ¿Sí?
Weigdar lo miró un instante antes de volver al trabajo.
- Llévate a Lobo.
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Re: Capítulo 7: Weigdar

Mensaje  violeta el Jue Jun 13, 2013 11:44 pm

Hoooow chicas! escriben super bien! MUY GUAPO CAPÍTULO!




 creo que también me gustó Weigdar, un personaje profundo e interesante. Un viejo amargado (y gracioso) con una buena historia, ademas es herrero Very Happy  <3 <3 Por alguna razón me gustan esos personajes con habilidades manuales útiles XP, anda que no todo es fuerza, pelea o inteligencia... Los carpinteros, diseñadores, herreros etc también son importantes! 




 He de confesar que tenía varios hilos sueltos por que hace tiempo lei los episodios anteriores. Pero aun así pillé el capitulo y me encantó! HO HOHO! TAMBIEN AME LO DE LA SIRENA!! n_n XP Desde este punto Nahar es muy misteriosa. (Carambia y pensar que desde mi perspectiva siento que la conozco de toda la vida)




 Hoooo por fin Lux esta fuera de la cocina! ...hummmsh! U_U tan sexy que me lo imaginaba con su uniforme de chef XP naaa broma!...  Lylith! ,LA MEJOR! 




 ¿Te has vuelto sordo o qué, zopenco? ¡Llevo llamándote un buen rato!





 Jajaja XD hoooowwww! pobre! PERO ME ENCANTÓ! también adoooroooo al jefe de la cocina! DIABLOS! es que es tan rudo y ofensivo! ¿Como no amarlo? 
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Re: Capítulo 7: Weigdar

Mensaje  LaurieCay el Vie Jun 14, 2013 10:32 pm

Cap 7 pero que genial!! ya estaba echando mucho de menos leer Kowatar!!! ok, primero que nada, extrañé a Nahar Lau y Eo en este cap D:  pero me alegra que hayamos podido ver un poco mas de Ary, Iraya y Lux, aunque de este ultimo solo fuera un poquito. 

Empecemos!  pobre Arydan!! es infeliz en los barcos! waaa cuando yo los amo tanto!  pobre, es que casi se ahoga. Eso es una buena razón! vez? ya lo decía ya yo XD el chico pelirrojo, quien es??   jajaj dios, me moría de risa cuando se acuerda de que Nahar lo golpea, lo llama idiota y luego encima pretende llevarse su daga y le pregunta si las sirenas tienen mal caracter jajaja sin saberlo tuvo un encuentro con una sirena! vaya!

La pobre Iraya ha recorrido mucho! buscando a su hermana T-T  confieso que yo haría lo mismo. Aunque peleo con la tontona todo el tiempo y a veces quiero ahogarla en un cuenco de leche con cereales, si la buscaría por todos los sitios si se fuera. Que gusto que por fin encuentre respuestas!  y no se quiso quedar en casa del viejecito, yo pensaba que si D:  me dan ganas a mi de salir como ella, solamente con una mochila con provisiones e ir hasta donde me lleven los pies. Juro que lo haré algún día x3

 Arydan ya está en camino!! ogg ese lugar suena dificil, pero se me antoja ir *o*  me asusté mucho con la aparición del lobo! y su historia me dio mucha tristeza. Pobre, lo abandonaron por que no era como el resto T-T y como accede a ayudar a Ary por que estan en la misma posición. Ya lo dicho! amé a Wigdar!! es que es un viejo ermitaño cascarrabias, pero amo como tiene esos momentos de debilidad donde con miradas o gestos delata mas de lo que él mismo desearía. Me asalta la curiosidad por qué el padre de Ary los abandonó D:

 Y la historia de la amstad de Weigdar con el lobo me encantó! como él lo reconforta  e incluso lo protege de Arydan aun luego de verse que pelean bastante. Y perdió el don! por que? D:

 Me dio penita tambien que le pide que se lleve al lobo T-T se va a quedar solito. Pero estoy ansiosa de ver como se vuelve la relación entre él y Arydan!

 y por ultimo y no menos importante, Lux!! por fin salio de las cocinas!! y Lilyth desconfía de él DDD:  fue por eso que lo mando llamar en primeer lugar??   ogg y como supo que era ella??  que clase de poderes tiene Lux?

 Y el cocinero me encantó, jajaja tan cascarrabias. Algo tengo con esos personajes x3  en fin chica,s increible trabajo!! como siempre, ame el cap!! está tan emocionante!! me encantó todo. Los nuevos personajes, los importantes ocmo los que no, y espeor ansiosa el siguiente para ver qué ha pasado con Eo y Lau!
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Re: Capítulo 7: Weigdar

Mensaje  Andi el Vie Jun 14, 2013 11:17 pm

Ya que andamos en ello, que edad tiene Iraya? O.O

Me uno al club de fans de Weigdar! Y como le hacen para sacar tantos nombres y que peguen! crean todo un mundo desde cero es tan dificil y ustedes lo tienen ya tan asentado, bien! escriben genial chicas :')

Y Vi, totally .__. se dan cuenta como parece qeu conocemos de años a los personajes de las otras pero la verdad casi no se sabe?
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Andi

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Re: Capítulo 7: Weigdar

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