**Kowatar**Capítulo 2 : Refugio.

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**Kowatar**Capítulo 2 : Refugio.

Mensaje  Draperdi el Lun Jul 18, 2011 6:15 pm

Capítulo 2 : Refugio


- Lo siento, lo siento, ¡lo siento!
- Tranquilo, Arydan, no es para tanto...
Arydan miró de reojo el brazo vendado de Sisk, el sobrino del señor Osset, un joven un poco más mayor que él y que tenía el pelo castaño y rizado. Estaba sentado en el borde del camino, desde el cual podía verse el Mar del Sur y llegaban ya, de forma latente, los ruidos provenientes de Lebhlet y los graznidos de las gaviotas. Arydan estaba frente a él con los hombros hundidos y la cabeza agachada, como un gigante humillado.
- De verdad, lo siento. Fue mi culpa...
- No fue tu culpa – repuso Sisk, tranquilo, mientras se llevaba la mano izquierda al brazo derecho vendado. – Fue un accidente.
Arydan levantó la cabeza.
- Te caíste del caballo porque yo no apreté la cincha lo suficiente.
- Se aflojó, nada más.
Los dos jóvenes hablaban mientras, un par de metros más atrás, el resto de compañeros esperaban junto a los caballos y un carro con provisiones.
- ¡Venga, Arydan! – exclamó uno de ellos, el más pequeño, un chico de no más de quince años – Si de verdad lo sientes, sustitúyelo en la pesca de mañana por la mañana.
Arydan miró al chaval que había hablado y de nuevo a Sisk.
- ¿Podría hacer eso? ¿Me dejas? Aunque no me dejes, pienso hacerlo.
- Entonces, ¿para qué me pides permiso? – se rió Sisk.
Arydan asintió con una sonrisa torcida. Se sentía realmente mal. La noche anterior habían acampado tras pasar el límite de Draenor con Uraünt y haberse alejado lo suficiente del territorio de los bandidos y esa mañana habían salido al trote hacia Lebhlet, porque los muchachos querían llegar al atardecer, para poder descansar y salir a faenar a la mañana siguiente. Y, de repente, cuando parecía que todo iba a ir bien, Sisk cayó de la silla y se dislocó el brazo derecho.
Y pensar que el caballo podía haberle avisado...
- ¿Bueno, nos vamos ya? – preguntó el más mayor de todos – Tengo ganas de dormir en una cama.
Sisk se levantó del banco y fue hacia el carro, sobre el que subió. Arydan, que había ido en el carruaje todo el camino, subió sobre la montura de Sisk y la espoleó para que empezara a andar. Cuando todos se pusieron en marcha, él se quedó un poco rezagado. Agachó la cabeza y miró la parte de atrás del cuello del caballo de Sisk.
- ¿Por qué no avisaste que se estaba aflojando la cincha, eh? Si lo hubieras hecho, ahora Sisk estaría bien.
El caballo movió las orejas hacia atrás.
- Porque no soporto a ese tío – respondió el animal.
Exceptuando a Arydan, todos los demás sólo escucharon un fuerte relincho.


- ¡Iraya! ¡Ven aquí ahora mismo!- gritaba un elfo, de estatura media, furioso y con semblante severo - ¿Se puede saber por qué has estado husmeando en la correspondencia?
Una joven elfa de largos cabellos rubios y ojos verdes como la hiedra asomó la cabeza en el salón donde su padre se encontraba llevando unos papeles en la mano. Una estancia no muy grande con las paredes de una madera gruesa y rugosa de abedul, con poca y sencilla decoración que le daban un aire acogedor.
- Muy sencillo, padre - respondió la joven elfa, mirándole a los ojos a la vez que entraba en la habitación - Por el simple motivo de que sé que sabes algo sobre ella. Algo me dice que sabes donde está y no me lo quieres decir. Puedes llamarlo instinto femenino o como te dé la gana, pero lo sé. Y ya que no piensas decirme nada, lo averiguaré yo misma.
Iraya miró los papeles que llevaba en la mano. Pero no duraron mucho más porque su padre pronto se los arrebató. La joven levantó la cabeza furiosa y le miró fijamente a los ojos
- Estos papeles me pertenecen a mi y a esta oligarquía. No tienes ningún derecho a leerlos.
- Yo pertenezco a esta oligarquía como tú y todos – rebatió Iraya.
- Ya estoy harto de tus insolencias. Si no paras ahora mismo, joven, cortaré por lo sano.
- Si, ya. Claro – se burló ella saliendo del salón y entrando a una habitación contigua pequeña, llena de escritos, pergaminos y libros por todos lados haciendo de la estancia un pequeño laberinto desordenado de hojas.
- Iraya Shiala. ¡Ven aquí ahora mismo!- ordenó su padre, siguiéndola y entrando en la habitación – O...
- ¿O qué, padre?¿Vas a desheredarme?¿A encerrarme en mi habitación? Siempre estás igual. Siempre igual con lo que tiene que ver con ella. Que se haya marchado con un humano es su problema. Estoy harta de que nunca me cuentes nada por culpa del estúpido respeto. Me da igual que para ti eso sea una gran ofensa. Es mi hermana y no quiero estar incomunicada con ella, porque, para tu información, hay ciertos asuntos que quiero aclarar con ella. Así que sea con o sin tu ayuda pienso encontrar lo que sea que me estés escondiendo de ella. A mí y a mamá. – añadió mirándole a los ojos, intentando encontrar algún atisbo de duda.
Pero no fue así
- ¡Sal de aquí ahora mismo!¡Si digo que no, es que no!-gritó - ¡No sabréis nada de ella ninguna de las dos!!
- Serás... ¡Viejo egoísta!¡Ya podéis iros tu, y tus malditos prejuicios a Nobrieth!¡Allí quedaríais fenomenal! - dijo andando enfadada hacia la puerta. - Y por cierto…¡Eres mas cabezón que un humano!
Iraya cerró la puerta de un portazo soltando maldiciones por lo bajo, perjurando, y empezó a andar por el pueblo, elaborando un plan. La luz matinal del sol iluminaba la aldea con su resplandor mas cálido y agradable. La gente iba de un lado a otro haciendo sus compras matinales. El olor de las gotas del rocío se entremezclaba con el olor de las especias y del bosque que rodeaba el pueblo. Los gritos de la gente se fundían con el piar de los pájaros que revoloteaban en busca de la comida que los alimentaría durante el resto del día. Las pequeñas cabañas que tenían por casa los altos elfos dejaban espacio a la única plaza del pueblo donde todos los mercaderes daban a conocer su mercancía.
Iraya pasó de largo con su malhumor y salió del pequeño poblado adentrándose en el bosque que lo rodeaba. El ruido de la agitada mañana en la aldea se fue apagando poco a poco hasta que llego a su destino: un pequeño lago cristalino cobijado por las ramas de los árboles que lo rodeaban. Se sentó y esperó a que el enfado se le pasara. Su padre la ponía cada vez más furiosa. ¿Acaso no tenía corazón? Eso era lo único que le venía a la mente cuando hablaban de su hermana. Ignorar así a su propia hija no era propio de alguien con corazón y sabía que si seguía actuando de esa forma no la encontraría nunca. Su última esperanza era emprender un viaje para encontrarla, pero la falta de dinero, el miedo a viajar sola, pero, sobretodo, el no tener ni la más mínima idea de donde empezar la búsqueda la frenaban a la hora de la verdad. Suspiró abatida y se quedó mirando el lago en busca de una ayuda o de un consejo pero sólo consiguió ver el reflejo de un viejo amigo acercándose. Solace, con sus largos cabellos cobrizos y sus ojos del color del océano que la miraban comprensivos.
- ¿Otra discusión con tu padre por lo de tu hermana? Se te nota - sonrió.
- No consigo entender por qué quiere ocultarme de esa manera su paradero. Necesito verla. Necesito preguntarle tantas cosas…
- Eras quien más la admiraba. Y cuando se fue con ese humano, te decepcionó. A ti y a todos.
- Solace, sabes de sobra que a mi me da igual. Poco me importa que se fuera con un humano. Lo que de verdad me molesta es que se fuera sin decirme nada ni despedirse de mi - tiró una piedra en el lago - No tengo dinero, ni...
- ¿Ni...?
- Ni se donde está - respondió tras un largo suspiro abatida. - No importa lo peligroso que sea. Yo sólo quiero... sólo quiero... - una pequeña lágrima le resbaló por su mejilla.
Solace se la quitó con una caricia y la estrechó fuertemente en un abrazo.
- Ya lo sé. Por eso te daré yo el dinero que no te dará tu padre.
- ¿Qué has dicho?- se sorprendió ella apartándole de un empujón. - No estás bien de la cabeza. ¡Mi padre te odiaría por eso! Me niego.
- A mí que me odie tu padre me da igual. Simplemente no quiero verte así. A parte del dinero, te conseguiré un caballo. Y... - añadió contemplando su cara de incredulidad - espero que me devuelvas el dinero cuando regreses. Es un préstamo.
- ¿Y el caballo?
- Un regalo.
Iraya se quedó contemplándola sin creérselo. Su rostro pasó de la incredulidad a la alegría haciéndola saltar al cuello de su viejo amigo. Los dos cayeron al suelo por la inercia del salto.
- Lo siento. Estoy tan contenta... casi ni me lo creo.
- No... Si ya lo veo... - repuso él, sonrojado - Pero creo que podrías levantarte. Esta situación es un poco... un poco...
Iraya se acercó aún mas a él
- ¿Acaso te has olvidado de cómo dormíamos los dos aquí en el bosque hace unos años?
- ¡Pero Iraya!¡Éramos unos críos! Ahora somos adultos y esto no es lo que hacen los amigos – balbuceó Solace, aún más colorado.
La elfa contempló unos instantes el rostro completamente sonrojado de su amigo y no pudo evitar echarse a reír a carcajadas.
- Que vergonzoso eres - exclamó levantándose - Así nunca encontrarás esposa.
- Sí, claro... Tú lo eres demasiado poco.
Iraya le tendió la mano y le ayudó a levantarse. Éste se puso bien la ropa y miró a su amiga de reojo.
Iraya entró en casa apresurada y sin decirle nada a nadie fue a su habitación. Sin prestar mucha atención a nada cogió su bolsa de viaje y metió allí toda la ropa cómoda y de viaje que tenía a mano. Después, se colgó la espada al cinto y se colgó en la espalda el carcaj y el arco. Solo le faltaba coger algo de comida y reunirse con Solace en la plaza. Salió de su cuarto echándole un último vistazo, pues no sabía cuando volvería... si volvía. Se dirigió a la cocina y cogió comida para cinco días. Por mucha más comida que cogiera, no le duraría más tiempo. Así que, guardándola bien envuelta en unas hojas, se las puso en la mochila en el momento en que sus padres entraban a la cocina
- ¿Adónde vas, cariño? - preguntó su madre en tono tranquilo.
- Esta claro que no muy lejos. Sin nada de dinero y poca comida poco puede andar – su padre contestó por ella.
- Si no tengo dinero es porque eres un rata. ¿Pero sabes qué?¡Que me largo de aquí! Me voy a buscar a mi hermana. Ya volveré. Madre, no os preocupéis por mí. Tendréis pronto noticias mías. - Cogió la bolsa con la comida y la ropa y salió al salón. Miró hacia atrás a sus padres y añadió - Te quiero madre. Adiós, padre.
Salió de la casa y cerró la puerta tras de sí. Fue directa a la plaza, sin pararse ni un momento, donde Solace la esperaba con un magnifico caballo de raza élfica con un pelaje blanco como la nieve y unos ojos verde aceituna.
- ¡Dios mío!¡Solace!¡Es precioso! Si llego a saber que tenias un caballo así te hubiera visitado más a menudo - bromeó con una sonrisa que hizo que Solace se la quedara mirando embelesado.
- A-aquí tienes el dinero. Guárdalo bien en un lugar seguro. Y... esto es una lista con las ciudades donde tengo familiares que estarán encantados de ayudarte. Tú... solamente ten cuidado.
- Tranquilo Solace. Sé cuidarme
- De todas formas me vas a tener muy preocupado así que avisa de vez en cuando - agregó dulcemente con una sonrisa.
Iraya se acercó y le dio un fuerte abrazo.
- Te prometo que de alguna manera te avisaré de que estoy bien. Eres un muy buen amigo y nunca olvidaré lo que has hecho por mí. - Le dio un beso en la mejilla -Ya es hora de que me marche. No sea cosa que mi padre se arrepienta y venga a disculparse y a intentar que me quede. O a seguir en sus trece y mandar que me persigan. Así que nos vemos Solace. Gracias por todo.
Subió al caballo después de haber atado las mochilas bien a la silla. El animal se puso en marcha y salió de aquel pequeño pueblo por el camino internándose en el bosque, dejando atrás el lugar donde había estado toda su vida para buscar a su hermana.

Laurane escuchó su nombre. Era una voz lejana pero de alguna manera le resultaba familiar. Estaba claro que se encontraba viva, pero le dolía enormemente todo el cuerpo y sentía los párpados pesados como si fueran de metal. Entreabrió los ojos lentamente y consiguió ver, a unos metros de ella, una figura en la penumbra del bosque iluminada tenuemente por la suave luz del atardecer.
“Un enemigo” pensó.
Y ese mismo pensamiento fue el que la empujó a levantarse de un salto. Pero el movimiento tan repentino sólo le causó más dolor en el hombro. Miró a la persona que tenía delante de ella. Ésta retrocedió asustada por el salto que había dado, provocando que cayera al suelo en un aparatoso batacazo. Laurane se quedó perpleja. Ningún elfo oscuro hubiera retrocedido así y menos aún habría caído tan desastrosamente. Se acercó con cuidado y estuvo a punto de caerse ella también de la sorpresa. Parpadeó varias veces y se restregó los ojos para asegurarse que no era otro sueño. Pero aquel joven seguía allí, en el suelo, con aquel cabello tan peculiar que cambiaba de color y que lo distinguía de entre los demás.
- ¿E...Eohnar? ¿Eres tú? - titubeó insegura.
- El mismo gafe de siempre – respondió el chico frotándose la cabeza y levantándose del suelo - ¿Se puede saber que hacías ahí tirada? ¿Y dónde demonios has estado? Estás toda... estás llena de...de... - se quedó callado un momento, pensativo, como buscando la palabra adecuada – mierda.
- Muchas gracias – ironizó ella. - ¿Así es como saludas a una vieja amiga? - protestó malhumorada.
- Es la verdad. Si te hubiera soltado un piropo te habrías quejado igualmente - se defendió el chico.
- El que puedas tener razón no significa que no me hubiera gustado más.
- Si, bueno...
Eohnar se quitó el polvo de la ropa y contempló a su vieja amiga mejor. El pelo lo llevaba más largo que la última vez que la había visto, también había crecido en estatura y en proporciones, aunque no demasiado, y seguía teniendo ese color caoba con reflejos rojos tan característico de ella. Tenía la cara y los brazos llenos de arañazos, la ropa hecha jirones y fue entonces cuando se percató de algo en lo que antes no había reparado.
- Laurane... ¿Eso que tienes ahí es una flecha?
Laurane se quedó parada. Por un momento se había olvidado del dolor pero éste le volvió de repente con más fuerza que antes. Una mueca que lo corroboraba asomó por su rostro.
- Por tu culpa, ahora me vuelve a doler – siseó.
- ¿Por mi...?
- ¿Podrías quitármela de ahí, por favor? - le pidió ella, interrumpiéndole y sentándose.
Eohnar se apresuró y se acercó a ella. Laurane se apartó el largo pelo para que no le molestara y Eohnar se quedó unos instantes parado.
- Descálzate - pidió.
- Eohnar. La flecha - le recordó ella.
- Que sí, ya sé, pero descálzate.
- ¿Para qué?
- Te va a doler. Y como no quiero que me muerdas a mí, muerde la bota.
- No me va a…¡Ay! - se quejó ella.
- Eso sólo ha sido un pequeño tironcito de nada.
Laurane se rindió. Se quitó la bota que vio más limpia de las dos y se la llevó a la boca. Se volvió a apartar el pelo y la mordió con fuerza. Eohnar sujetó la flecha con las dos manos y respiró profundamente antes de pegar el tirón. Laurane sintió como la flecha salía de su cuerpo y clavó los dientes fuertemente en la bota ahogando un espantoso grito. Un intenso dolor hizo que se mareara y que perdiera por un momento la visión. Se tambaleó y a punto estuvo de caer al suelo pero Eohnar estaba ahí para sujetarla. Sentía la sangre caliente recorrer rápidamente su espalda. Querían salir. Lo sentía. Lo sabía. Otra vez. Otra vez acudían en su ayuda y auxilio pero no podía permitirse ese error de nuevo. Aunque fuera Eohnar. Era un riesgo que no estaba dispuesta a correr.
Eohnar se apresuró y pasó varias veces las dos manos por la herida con cuidado para detectar los puntos donde podía insertar su magia curativa. Había tres, y dos de ellos se encontraban dañados. Por suerte, la flecha le había impactado en un lugar con pocos puntos. Si hubiera sido en otro lugar como el estomago, el pecho o el cuello, la cosa hubiera estado mucho más difícil. Se concentró en dejar que su magia de curación brotara de su mano y llenase los puntos vacíos, dañados, haciendo que la herida se fuera curando poco a poco con una sensación agradable.
Laurane sintió como el dolor iba mitigando despacito hasta desaparecer por completo. Seguía cansada y hambrienta pero sin ninguna herida.
- Gracias, Eohnar – agradeció.
- Bien. Y ahora que ya estas curada, si eres tan amable de contarme porque tenías una flecha clavada en la espalda... – la invitó.
Laurane se aclaró la garganta.
- Resulta que los malditos elfos oscuros me capturaron y me tenían encarcelada, pero conseguí escaparme. El problema es que mi fuga no fue del todo perfecta - señaló la flecha que ahora Eohnar tenía en la mano.
Éste entreabrió la boca.
- ¿Qué los elfos oscu…? ¿Que escapaste de…? ¿Qué?
- Sí, verás…
Pero unos fuertes rugidos salieron de la tripa de Laurane interrumpiéndola. Esta se llevó las manos al estomago y rió.
- Lo siento... llevo más de una semana comiendo muy poco...
- Vamos a la Academia, comemos y allí me lo cuentas todo.
- Mejor cenamos... – dijo ella, contemplando el cielo en el cual se empezaban a distinguir algunas estrellas entre las nubes. – Pero, ¿no está lejos la Academia?
- No si vienes conmigo - sonrió Eohnar.
Laurane le miró confusa pero el joven mago se limitó a andar. Ella se encogió de hombros y le siguió. Iba a preguntar algo cuando una enorme mole peluda y con alas rojas se alzó sobre ella. La joven soltó un grito de pavor.
- ¡No grites, Laurane!
- ¡Dios mío, Eohnar, es una quimera! ¡¿Qué diablos hace una quimera en Ihnaran?!
La joven retrocedió un par de pasos mientras extendía el brazo, dispuesta a convocar sus abanicos, que se habían desvanecido cuando recuperó la conciencia hacía un rato.
- Flabbe l’ii... – empezó.
- ¡Laurane, no! ¡Es mi amiga!
La joven interrumpió el hechizo abriendo la boca como un buzón, pero enseguida se recompuso.
- Las quimeras no son mascotas, Eohnar. Las quimeras son salvajes y peligrosas. Y matan gente.
- Tamir no es así... – Eohnar acarició el enorme hocico de Tamir, que cerró los ojos agradecida ante aquel gesto de cariño – Ella sólo mata cuando yo se lo digo.
Tanto Laurane como Tamir abrieron los ojos de golpe.
- Es broma, es broma – se apresuró a decir el mago. – Lo que quiero decir es que no debes tenerle miedo. Somos amigos desde que ella era un bebé. La encontré... un tiempo después de que te marcharas hace cinco años. – La miró con intención, recriminándole esto último.
- Tenía que irm... ¡Pero no estamos hablando de eso! – exclamó ella, volviendo al tema - ¡Mírala! ¡Tiene garras afiladas! ¡Dientes puntiagudos! ¡Escupe fuego! ¡Es una quimera! Solamente a ti se te ocurriría tenerla como mascota.
Mientras hablaba, Laurane mantenía la posición más alejada posible del enorme ser con cuerpo de león y alas de dragón, y estaba haciendo grandes esfuerzos por no salir corriendo o convocar sus abanicos.
- Bueno, - repuso Eohnar - tú tenías un pez y yo nunca mal metí contra él. Y mira que era aburrido.
- Me lo regalaste tú – le recordó ella. – Yo quería una tortuga.
- Más de lo mismo. Muy aburrido.
Laurane sacudió la cabeza.
- ¡Pero es de tu mascota de la que estamos hablando! ¡Deja a mi pez en paz!
- ¡Que más da! Está muerto.
- Se merece un respeto.
- ¿Respeto? – repitió Eohnar. – Acabó en el estómago de tu siguiente mascota.
- Y yo acabaré en el de la tuya.
- Aquí la que tienes hambre eres tú, no ella – señaló a Tamir, que ladeó la cabeza.
- ¡Mentira! – se defendió Laurane, pero un nuevo rugido de tripas la contradijo.
Eohnar sonrió, divertido ante el rumbo que había tomado la conversación. Las cosas con Laurane siempre eran así. Siempre, desde que la conoció. Cuando empezaban a hablar, o, mejor dicho, a discutir, siempre terminaban hablando de otra cosa completamente distinta. Avanzó hacia Tamir, que lo miró con sus enormes ojos castaños, y le acarició con ambas manos la melena. Laurane ahogó un grito cuando vio a la quimera acercando su cabeza a la del mago, pero se quedó completamente sorprendida cuando le dio un lametón con su lengua rosácea.
- Tamir es la quimera más bonita y simpática que jamás hayas visto – sonrió el chico.
- No lo dudo – Laurane puso los ojos en blanco. – Peor que los elfos oscuros no puede ser... – añadió en voz baja.
Eohnar volvió a acariciar a Tamir en la mejilla, debajo de los ojos.
- Ven, Laurane. Acaríciala tú.
- No, gracias.
- Venga, vamos. No muerde.
La chica enarcó una ceja.
- Vale, solo a veces – rió él.
Laurane vaciló. Aquel bicho se veía tan grande, tan amenazador, tan peligroso... Pero, por otro lado, su actitud cariñosa y relajada ante las muestras de cariño que le hacía su amo la hacían parecer una mascota juguetona. Se acercó a ella y alzó la mano, indecisa.
- Si me arranca la mano, me quedaré con la tuya – le advirtió a Eohnar.
Éste únicamente se rió. Laurane se acercó con cuidado a la quimera, observando detenidamente sus fauces, su boca... Demasiados puntos peligrosos que atender. Decidió no pensar en nada de eso y centrarse únicamente en su mano que cada vez estaba mas cerca de la cabellera del enorme ser. Sus dedos entraron en contacto con el grueso pelo y después de ellos fue toda la palma. La pasó suavemente por la melena y le resultó extrañamente suave. Nunca se hubiera imaginado que la melena de una quimera pudiera ser suave. Se la esperaba más bien áspera y despeinada. Sonrió inconscientemente.
- Tu mano parece seguir en el sitio.
- Sí, bueno... Puede que no sea tan mala como pensaba – admitió ella.
- Ahora que te has acostumbrado... - empezó Eohnar. Pero a Laurane no le hizo falta que terminara la frase.
- Iré con mis abanicos. No pienso montar en una quimera.
Eohnar se quedó mirándola con los brazos en jarras. Laurane se alejó un poco de la criatura con cuerpo de león y alas de dragón que Eohnar había llamado Tamir y negó con la cabeza. Una cosa era acariciarla y otra muy distinta montar en ella. La cara de Eohnar parecía indicar que no aceptaba su respuesta pero Laurane no se iba a dejar convencer. Ya los había convocado y los sostenía en las manos. Eohnar dejo caer los brazos rendido
- Cuando tomas una decisión no hay quien te haga cambiar de opinión.
- Veo que lo recuerdas.
Eohnar no respondió. Se dio la vuelta y montó de un salto sobre el lomo de Tamir.
- ¿Una carrera?
Laurane hizo una mueca.
- Acabas de arrancarme una flecha.
- Ya, ¿y qué?
- Que estoy débil.
- Monta conmigo. Así no tendrás que cansarte con hechizos innecesarios.
Laurane sacudió la cabeza.
- En realidad no estoy tan débil... – mintió ella sin disimulo alguno.
Eohnar negó suspirando. Seguía siendo igual de cabezona que hacía cinco años.
Laurane hizo el mismo movimiento que había realizado días atrás en Nobrieth acompañado de las mismas palabras en arcano:
- Flabe l’a vola hôc.
Los abanicos se quedaron levitando en el aire esperando a que Laurane se subiera a ellos. Sintió como el hechizo le absorbía parte de la energía que le quedaba. Pero no iba a dejarse vencer. Se subió en ellos y se elevó como una mariposa que remonta el vuelo. Despacio. Iba muy despacio pero no iba a retractarse de sus palabras. Sentía como Eohnar la miraba. La arboleda pasaba lentamente debajo de ella. Los murmullos que desprendían las hojas al ser mecidas por el viento quedaban casi ahogados por el batir de las alas de la quimera. Laurane la miró de reojo.
- ¿Seguro que no quieres subir?- insistió Eohnar, que no hacía mas que dar vueltas a su alrededor.
- Seguro – contestó ella con una firmeza que ni a ella misma la convenció.
Laurane miró al frente. Ya podía distinguir la Academia y la Torre. Una increíble nostalgia le recorrió el cuerpo y se alegró de no haber estado junto a Eohnar. No quería que se diera cuenta de lo mucho que había echado de menos Välar.
Desde que Laurane avistó la Academia hasta que llegaron aún tuvo que pasar un buen rato. Habrían llegado antes de no haber sido por ella y su cabezonería. Escuchó como Eohnar murmuraba unas palabras en arcano para hacer que la barrera que protegía la Torre y la Academia desapareciera durante unos segundos para dejarlos pasar. La joven se preguntó en su fuero interno como era posible que Eohnar conociera ese hechizo. Eran pocos los que sabían como anular la barrera mágica. Tendría que preguntárselo más tarde.
Enseguida aterrizaron en los jardines, cerca de una de las puertas que daba a uno de los múltiples vestíbulos interiores de la escuela. El mago se apeó de su curiosa montura mientras que Laurane bajaba con cuidado de sus abanicos con piernas temblorosas por el cansancio. Vio como Eohnar le daba un par de palmadas a la quimera en el hocico y luego esta alzó de nuevo el vuelo, alborotándole a ambos el pelo y haciéndole dar un traspiés. Por suerte, no llegó a caer al suelo y para cuando Eohnar la miró, ya había recuperado el equilibrio.
El chico se dirigió hacia la puerta y Laurane le siguió sin decir nada. Temía que si abría la boca, su estómago hablara por ella. Ambos entraron en la Academia y Laurane soltó un suspiro. Aquel lugar le traía tantos buenos recuerdos.
Mientras andaban por los largos pasillos pasaron por delante de una de las aulas en la que ella estudió... Y recordó la primera vez que llegó a Välar, sola, siendo una niña de ocho años. Sí, se había fugado de casa y había recorrido Kandrané con un hatillo y el colgante de su abuela. Aquel viaje lleno de dolor y lágrimas se le había hecho eterno. No hubo ni un momento en el que no pensó en dar media vuelta y volver. Pero el miedo, el dolor y el pensar que ya no tenía hogar al que regresar se lo impidieron. Había llegado a Välar después de casi un mes de viaje en unas condiciones parecidas a las que había llegado hoy. No pudo evitar sonreír ante aquellos pensamientos. También fue el pequeño Eohnar quien la encontró a ella diez años atrás. Y aunque las circunstancias eran distintas, en las dos había encontrado un refugio.
- Ya estamos – la voz de Eohnar la sacó de sus pensamientos y la hizo volver al presente.
Se encontraban al final de un pasillo, con un espejo que ocupaba toda una pared. El marco era de madera dorada y tenía muchos pliegues y grecas. Laurane frunció el ceño un instante, pero luego abrió los ojos por la sorpresa.
- ¿No me digas...? – empezó, pero se cortó cuando Eohnar la chistó.
- Sí, sigue aquí, pero sigue yendo contra las normas.
Laurane se llevó la mano a la boca pero no pudo contenerse y se puso a dar pequeños saltitos.
- Déjame a mí. A mí, a mí.
Eohnar sonrió y se contuvo una risita. Había avanzado un par de pasos hacia el espejo y se apartó para dejar pasar a Laurane. La joven fue junto al marco dorado sin perder la sonrisa y el brillo en los ojos y fue palpando la madera con cuidado, presionando distintos puntos, hasta que al final se oyó un golpe seco, como el de una rama partiéndose, seguido de un crujido, y el espejo se abrió como si fuera una puerta, revelando otra más pequeña de color negro. Laurane se rió suavemente y contempló la pequeña puerta nostálgica. Se puso de rodillas tras abrirla y entró en el pasadizo gateando.
- ¡Vaya! No lo recordaba tan pequeño ni estrecho - comentó deslizándose a través del pequeño corredor con algo de dificultad.
- Es que antes eras una canija - dijo Eohnar, y tras una pequeña pausa añadió: - Y ahora que me fijo... sigues siéndolo.
Laurane apretó los puños y alargo la pierna hacia atrás dándole a Eohnar una patada en toda la cara.
- ¡Au! - se quejó este - ¡Me has dado en la nariz!.
- Shh – lo chistó Laurane con cierto aire malicioso. - Como grites así conseguirás que nos descubran.
- ¿Y de quién crees que sería la culpa? - murmuró Eohnar frotándose la nariz malhumorado
Laurane simplemente siguió avanzando sin hacer ningún comentario al respecto. Aquel pequeño pasadizo estaba oscuro y lleno de polvo pero para alguien como ella que había estado encerrada en la Ciudad de la Eterna Noche aquello era casi un paraíso. No tuvo que avanzar mucho más para llegar al final. Se encontró con otra puerta idéntica a la que ella y Eohnar habían dejado atrás. No tuvo más que empujarla para que se abriera. Un pequeño chirrido rompió el silencio de la noche. Cuando Laurane salió, seguida de Eohnar, lo hizo para encontrarse en un pequeño almacén. Levantó la mano derecha y chasqueó los dedos haciendo aparecer una pequeña luz que iluminó la estancia con una tenue tonalidad azulada. Pudo distinguir montones de estantes. A su derecha, repletos de sacos y botes con especias y todo tipo de condimentos. A su izquierda, todo lleno de cajones llenos de fruta fresca y por el suelo, correctamente ordenadas, orzas que desprendían leves olores que se entremezclaban con los demás. El estomago de Laurane volvió a rugir ante aquel reclamo. Eohnar sonrió y cogió una manzana de uno de los cajones que había en la estantería y se la pasó a Laurane que la cogió al vuelo.
- Come algo antes de que te de un patatús.
Laurane la mordió con ganas. Eohnar fue a coger más fruta cuando vio que Laurane estaba a su lado cogiendo una caja entera.
- ¿Ya te has terminado la manzana?
Laurane le enseño el hueso de ésta.
- ¿Y piensas... comerte todas esas?
- Si bueno... Es que tengo mucha hambre...
Entre los dos, llenaron una caja con todo tipo de frutas. Cuando terminaron y la cerraron, Eohnar se levantó y fue hacia el lado contrario de la entrada al pasadizo, que se encontraba dentro de una alacena.
- ¿Adónde vas? – preguntó Laurane.
- Esto te encantará.
El chico se subió a unas orzas para alcanzar el estante superior de una estantería y tomó una pequeña caja ornamentada con botones de oro falso. Bajó de un salto pero pisó una cáscara de plátano que Laurane acababa de tirar al suelo y cayó al suelo despatarrado.
- ¡Au!
- Perdón – se disculpó Laurane con la boca llena y sin pizca de remordimiento.
Eohnar se levantó murmurando algo que la chica no llegó a oír muy bien. Le lanzó una mirada de reproche y fue junto a ella mientras su pelo cambiaba de color rubio a un azul añil.
- Espera a que nos larguemos. Estás dejando la huella del delito.
- ¿Una cáscara de plátano?
- Y dos corazones de manzana – añadió él, levantando dos dedos.
Laurane suspiró. Hizo un movimiento con la mano y una súbita pero suave corriente de aire inundó la habitación y los restos de comida del suelo se elevaron como si fueran hojas de un árbol y volaron hasta el cubo de la basura colocado al fondo de la despensa.
- ¿Ves? Así, si.
Laurane negó con la cabeza sonriendo. Se levantó de la silla sobre la que se había sentado y tomó la caja adornada que Eohnar sostenía.
- ¿Qué hay aquí dentro?
- ¡Ni hablar! – Eohnar se la arrebató de las manos. – No podrás ver lo que hay hasta que estemos en la habitación.
- Eres cruel, Eohnar... – murmuró ella, bajando la cabeza.
- ¿Yo? Has sido tú la que casi hace que me abra la cabeza con una cáscara de plátano. Y lo peor de todo es que te da igual.
Laurane tomó otra manzana y se la llevó a la boca. Eohnar suspiró. Su pelo era ahora de color castaño.
- En fin... Vámonos antes de que venga alguien.
Entre los dos tomaron la caja llena de fruta y regresaron por el pasadizo hasta el pasillo. Esta vez el recorrido les costó más dado que tenían que cargar con medio frutero. Avanzaron por los pasillos escondiéndose de los estudiantes y profesores con los que se cruzaban y en una ocasión las tripas de Laurane les jugaron una mala pasada cuando rugieron en el momento más inoportuno. Al final, lograron entrar en la habitación del mago sin que nadie les viera. El chico cerró la puerta y Laurane contempló la habitación.
- No ha cambiado nada, sigue igual que hace cinco años.
- Bueno, no he tenido mucho tiempo libre últimamente.
Entre los dos tomaron la caja y la sacaron a la terraza, donde se sentaron.
- ¿Y tu “pequeña” mascota? – preguntó ella.
- Por ahí.
- O sea, que la dejas suelta como si fuera un gato.
- Bueno, tiene rasgos felinos...
Laurane soltó un suspiró y miró la caja misteriosa que Eohnar sostenía sobre su regazo.
- ¿Me vas a enseñar ya lo que hay dentro?
Eohnar se rió y le tendió la caja.
- No te los comas todos. Déjame alguno.
La chica tomó la caja con ambas manos y la abrió sin contemplaciones. Cuando vio su contenido, se le iluminaron los ojos. Estaba llena de dulces de chocolate, almendra, merengue, nata y crema, todos ellos cubiertos por un suave glaseado o mermelada.
- Eohnar... – dijo ella sin levantar la mirada de los dulces. – Te quiero.
- Ya lo sé.
Laurane dudó. No sabía cual comer primero. El de nata brillaba con especial intensidad, pero el de almendra desprendida un olor demasiado delicioso como para ser ignorado. Por no hablar que con solo mirar el de chocolate ya se le hacía la boca agua.
- Pito pito gorgorito...
Eohnar soltó una carcajada.
- Cállate, escandaloso – le dijo ella lanzándole una rauda mirada antes de volverla a posar en la comida.
Finalmente, se decidió por el de chocolate. Se lo llevó a la boca y lo degustó con placer. Su cara debía ser todo un espectáculo, porque Eohnar volvió a reírse.
- A que ahora me los como todos – amenazó ella.
El chico sonrió. Acercó la mano a la dulcera y tomó uno de merengue. Se lo llevó a la boca y, tras tragar, preguntó:
- Bueno, ¿y que has estado haciendo estos cinco años?
- Estos cinco años...A ver que me organice - dijo ella mientras cogía otro dulce. - Al frinfipio fi...
- Si hablas con la boca llena, malo.
Laurane se tragó enseguida el pastel.
- Como iba diciendo...
- A pesar de que no se te entendía nada.
- ¿Me vas a dejar hablar?¡Jo!¡Eohnar! Como sigas así me lo como todo y no te cuento nada - se quejo, y se comió otro dulce.
- Pero si estás venga a comer.
La joven se cruzó de brazos y fulminó con la mirada al mago.
- Está bien, está bien. Me callo.
- Como iba diciendo – carraspeó - nada más irme de Välar me dirigí hacia el norte a la torre de Teva, donde no llegué a estar ni un mes y decidí irme a Ekavali. Allí…
- Anda que no eres lista ni nada. Buscando el buen tiempo...
- ¡Eohnar! Como me vuelvas a interrumpir, te vas.
- Ésta es mi habitación.
- Pu...pues… ¡Me da igual! ¡Le diré al Maestro que fuiste tu quien le...!
Eohnar le tapo la boca con las manos.
- Vale, ya me callo.
- Siempre dices lo mismo pero después no es verdad.
- Te lo prometo.
Laurane sonrió con aire triunfal y se llevó el último dulce a la boca.
- Estuve allí año y medio. Disfruté mucho de mi estancia y aprendí muchos hechizos. Hasta ese momento no sabía que podría ser capaz de utilizar la mitad de los hechizos que hoy en día utilizo. – Mordió una manzana - Pasado año y medio y por ciertas circunstancias decidí marcharme a Kamea. Allí estuve medio año. No quería encariñarme demasiado como me pasó en Ekavali así que me marché rumbo a Sakalí. Pero digamos que el tiempo... No pude adaptarme a un sitio tan seco y desértico. – Se acabó la manzana y cogió un par de higos.
- Tú no tuviste que estar un año de Campaña.
- ¿Estuviste un año de Campaña?
- Sí. En Erisse. Después de que te marcharas.
- Vaya... pues menos mal que me fui. Debió ser un completo horror.
- No me lo recuerdes. La experiencia no fue agradable.
Laurane se comió otra pieza de fruta.
- ¿Y donde fuiste después? ¿A Thatar?
- Exacto. Después de estar dos meses en Sakalí fui a Thatar y allí me quedé casi dos años. Y si no llega a ser por los piratas creo que me habría quedado más. Ellos me recordaron de alguna forma el motivo por el que me marché de Välar.
- ¿Los piratas? – repitió Eohnar, sorprendido.
- Sí... – repuso ella cogiendo otro plátano. - Este último año estuve prácticamente con ellos. Los dejé hace un mes. Fue entonces cuando acabé en Nobrieth y me encerraron.
- A saber que harías...
- Solamente jugar unas partidas de cartas en la taberna...
Eohnar enarcó una ceja.
- ... contra los soldados del emperador – admitió ella.
El chico se atragantó con lo que estaba comiendo.
- ¡Esos malditos elfos oscuros no saben perder! – Laurane dio un puñetazo al suelo del balcón. – Les gané limpiamente y no quisieron darme ni un owi.
Eohnar tragó antes de hablar.
- ¿Y por eso te encerraron? ¿Por ganarles?
- No exactamente... – la chica se terminó el plátano y tomó la última pieza de fruta de la caja. – Es que después de eso les ataqué para que me dieran el dinero.
- Tú estás loca...
- Si no lo hubiera hecho, no me habrían pagado.
- Mira para lo que te sirvió. Acabaste prisionera en Nobrieth. ¿Dónde está tu sentido común?
- ¡En el mismo sitio que el tuyo!
Eohnar la miró un momento sorprendido por la contestación, pero luego sonrió. Metió la mano en la caja ya vacía buscando algo de comer pero fue entonces cuando se dio cuenta que no quedaba nada de nada.
- ¡Ya no queda nada!
- ¡Vaya! A mi me apetecían más higos. Jolín Eohnar... Si no hubieras comido tanto todavía quedaría algo.
- ¡Pero si solo he comido dos peras! ¡Dos! ¿Cómo has podido comerte la caja entera y seguir teniendo hambre? ¡Es más! ¿Cómo has podido hacerlo si me estabas hablando?
Laurane miró la caja y después a Eohnar.
- Pero Eohnar... esa no es la pregunta.
- Tienes razón... la pregunta debería ser dónde te metes toda esa comida.
- Aquí, aquí y aquí – respondió Laurane, tocándose la tripa, los muslos y los glúteos a cada palabra que decía. - ¿No se nota o qué?
- No – repuso Eohnar. – Por eso lo pregunto.
- Porque estás ciego. Ni siquiera te diste cuenta de que tenía una flecha en el hombro.
- Porque estabas hecha una porquería...
- Ya estamos... – ironizó ella
- ... y sigues estándolo – agregó él, sin escucharla.
- ¡Yo no tengo la culpa! ¡La culpa la tienen esos malditos elfos oscuros! Me dejaron hambrienta, hecha un asco y sin un wi... por no hablar de mi equipaje.
- Pues báñate, que falta te hace.
- Pero es que... - cuchicheó bajando la mirada - no me acuerdo donde está el baño.
Eohnar se rió.
- Nunca cambiarás... Al salir al pasillo hacia la derecha todo recto, la quinta puerta a la izquierda.
Laurane se levantó y entró en la habitación:
- No tardo. Bueno, mentira. - Laurane se miró de arriba abajo. - Creo que tardaré bastante en quitarme todo esto de encima.
- Cuando una mujer dice que va a tardar mucho puedes esperar una semana.
Laurane le sacó la lengua y salió de la habitación con cuidado y despacio. Siguió las indicaciones de Eohnar y gracias a Dios que aún recordaba algo porque a punto estuvo de equivocarse de puerta y de que la descubrieran. Entró en los baños con cuidado cerciorándose antes de que no hubiera nadie dentro. Miró a su alrededor. Todo era exactamente igual que hacía cinco años atrás. Las paredes y el suelo seguían revestidas con blancos azulejos dándole al baño un aire inmaculado. Podía distinguir las tres grandes bañeras circulares que había en el suelo rodeadas, cada una, con grandes estanterías repletas de jabones y sales que desprendían dulces aromas que inundaban la estancia. Junto a ellos, altos estantes con toallas blancas y suaves. Laurane se quedó contemplándolo con nostalgia y se acercó a la bañera más alejada de la puerta y, sin dudarlo ni un momento, se quitó aquella sucia ropa en la cual no se distinguía ya el color original. No se paró mucho a pensar en que jabón coger y se zambulló en la bañera de lleno. Sintió como el agua la envolvía y fue entonces cuando se percató de lo cansada que estaba. Metió la cabeza dentro del agua y la sacó con cuidado. Notaba como el agua quitaba parte de la suciedad de su pelo y de su cuerpo. Salió y se sentó en el borde de la bañera para enjabonarse entera. A veces, cuando se enjabonaba alguna pequeña herida, no podía evitar una mueca de dolor que no tardaba en desaparecer. Aquel sentimiento de nostalgia que tanto quería evitar empezó a llenarla de nuevo. Aquellas ganas de quedarse allí y olvidarlo todo. Sacudió la cabeza y entró de nuevo en el agua para quitarse el jabón. No podía permitirse aquel lujo. Una vez descansara tendría que marcharse de allí sin demora.
No tardó mucho rato más en salir de la bañera. Era increíble lo efectivos que podían llegar a ser aquellos jabones. Laurane cogió una de las toallas, se secó el pelo y después se enrolló el cuerpo con ella. Fue entonces cuando se percató de que no tenía ropa para ponerse a parte de esa que llevaba puesta antes. La cogió con cierta repugnancia. Estaba manchada de polvo, sangre y algo que parecía barro pero que no olía como tal. No se podía explicar como había llevado eso tanto tiempo. Suspiró. No le quedaba otra que salir con la toalla. Regresó por el mismo camino lo más rápido que pudo hasta que llegó a la habitación de Eohnar.
Éste, por su parte, había ido al despacho del Maestro aprovechando que Laurane iba a bañarse. Sabía que podía confiar en aquel viejo sobre algo tan importante para él como era la repentina llegada de Laurane, incluso aunque ella prefiriera seguir a la sombra. Ambos habían sido compañeros de clase hacía cinco años, el Maestro también le había enseñado a ella y los tenía a ambos en estima, así que había prometido guardar el secreto.
- De todas formas – había dicho – sabes que no se quedará, Eohnar.
El chico se había encogido de hombros.
- Aprovecha este tiempo libre para hacer lo que de verdad quieras hacer. ¿Hace cuanto que no vas a la playa?
- Maestro...
Eohnar se rió suavemente al recordar la escena mientras regresaba hacia su dormitorio. Creía haber entendido las palabras del viejo. Si ya no tenía tareas, ni misiones, si de verdad tenía tiempo para hacer lo que quisiera...
Abrió la puerta de la habitación y se quedó de piedra.
Laurane estaba allí, de espaldas a él. Estaba limpia, estaba radiante, estaba desnuda... Eohnar sintió un escalofrío y su pelo pasó del castaño al verde oscuro al mismo tiempo que apretaba los labios y un calor repentino le subía desde las yemas de los dedos hasta las mejillas. Laurane no parecía haberse dado cuenta de que la estaban observando desde la puerta. Había tomado prestada su túnica de la Academia –la que él nunca se ponía- que descansaba sobre su cama, y la joven se secaba el pelo con la toalla. Eohnar tragó saliva y cerró la puerta con cuidado, con mucho cuidado.
Una vez estuvo en el pasillo, dejó escapar todo el aire que había estado conteniendo desde que había abierto la puerta.
- Definitivamente, soy muy gafe... – murmuró.
Estuvo un par de minutos recomponiéndose e intentando borrar esas imágenes que se le habían quedado grabadas en la retina y luego llamó a la puerta con los nudillos.
- Laurane, soy yo – dijo con una voz que no pareció la suya.
- ¡Espera, que estoy medio desnuda! – exclamó ella al otro lado.
El chico esperó. Al menos sólo lo estaba a medias.
Al cabo de medio minuto, Laurane abrió la puerta. Llevaba puesta su túnica plateada.
- Lo siento – se disculpó. – Me olvidé pedirte algo de ropa limpia y como cuando volví no estabas tomé prestadas estás.
- No pasa nada. Nunca me las pongo.
- Pues cuando eras pequeño decías que te morías de ganas por graduarte y llevar “las túnicas de los mayores”.
- Y cuando era pequeño decía que quería hacerme pendientes y ya ves – se señaló las orejas, intactas.
Laurane se rió y luego bostezó.
- Deberías dormir un poco – le recomendó Eohnar. – Puedes acostarte en mi cama.
Laurane se alejó de él.
- Eohnar... No sabía que te habías convertido en un pervertido.
Eohnar sacudió la cabeza, aunque no pudo evitar recordar como había mirado a Laurane hacía unos minutos, cuando solamente podía verla a ella y a una toalla blanca, como si el resto del mobiliario de la habitación fuera tan transparente como el agua.
- Tonta, no – negó él. – Tú duermes aquí, yo dormiré fuera.
- ¿Qué dices? No, no, es tu cama, es tu cuarto, es tu ropa...
- Y tú eres mi invitada.
Laurane miró la cama y luego otra vez a él.
- Podemos dormir los dos si prometes no tocarme.
El pelo de Eohnar, que por un momento parecía volver a ser marrón, se quedó anclado en el verde de nuevo. El joven la miró un instante y luego se dio la vuelta y fue hacia la puerta.
- Buenas noches.
- ¡Eh, que era broma! Bueno, no era broma, pero no hace falta que...
- Laurane, – le interrumpió él – has estado encerrada en unas mazmorras, ¿cuánto? ¿Un mes? Y ahora te estoy ofreciendo una cama doble y mullida, ¿y tú la estás rechazando? No me fastidies.
- Pero...
Eohnar sonrió dulcemente y eso bastó para acallar su queja.
- Buenas noches – se despidió él.
Y salió de la habitación cerrando la puerta. Laurane la contempló un momento y luego sonrió. Eohnar podía ser gafe, tontorrón y un constante objetivo de mofa, pero, en el fondo, era bueno y sincero, y siempre podía contar con él. Por eso le había echado tanto de menos.
- Buenas noches... Eohnar – susurró.

El sol lucía precioso en medio de un cielo azul, espejo del mar que se abría delante de ellos. El barco surcaba el agua provocando pequeñas olas con la proa mientras que, al otro lado del casco, la popa dejaba una estela blanca y brillante que se iba deshaciendo conforme la nave se alejaba mar adentro, empujada por aquel poderoso viento que se había levantado esa mañana. Todos los tripulantes trabajaban en cadena recogiendo las redes, distribuyendo los peces según su especie y tamaño, dando gritos, limpiándose el sudor de la frente y la nuca, tirando de los cabos para arriar las velas o izarlas según el viento, colaborando entre todos para hacer de aquella pesca la más productiva de la semana.
Las redes eran remontadas hasta la cubierta donde descargaban decenas de peces que aleteaban y se retorcían buscando el oxigeno que nunca podrían tomar del aire que les rodeaba y luchaban inútilmente por volver al agua. El olor y el bamboleo del barco eran demasiado fuertes, pero ya estaban acostumbrados. Todos menos uno de ellos.
- ¡Arydan! ¿Otra vez? – exclamó uno de los pescadores mientras sus compañeros volvían a lanzar la red al agua.
Arydan estaba inclinado sobre la batayola de espaldas a ellos y se dio la vuelta muy despacio. Su piel, de normal morena, mostraba una extraña palidez. Asía con fuerza la empuñadura de una pequeña daga que llevaba al cinturón, como si temiera que si la soltaba se le fuera a caer con los bandazos que daba el barco al cabalgar sobre el oleaje.
- No me gusta el mar... – murmuró sin apenas fuerzas.
- ¿Por qué has sustituido a Sisk entonces?
- Soy impulsivo...
- ¿Y por qué llevas una daga abordo? Los piratas no frecuentan el Mar del Sur desde hace mucho tiempo.
- Es mi medio de...
Pero no pudo acabar la frase, pues un nuevo bamboleo le provocó una arcada y volvió a inclinarse sobre la batayola. El otro hombre soltó una risotada.
- Ya veo que eres un hombre de tierra...
- ¡Josper! – gritó alguien.
El hombre, que tenía una poblada barba, dejó de reírse y miró hacia arriba, hacia la cofa.
- ¡Hay que darse prisa! – chilló el vigía. - ¡Se acerca una tormenta por el oeste!
Josper se giró hacia babor y contempló las nubes negras que se acercaban peligrosamente arrastradas por el fuerte viento. No las habían visto desde el puerto y luego, tan atareados como habían estado con la pesca, tampoco habían reparado en ellas hasta ahora.
- ¿Qué demonios ha pasado? ¿Por qué nadie se ha percatado?- estalló mientras daba ordenes. La tormenta se les iba a echar encima y muy probablemente no llegarían a tierra firme a tiempo - ¡Rasher! – gritó al vigía - ¡Se supone que es tu trabajo! ¿Que demonios has estado haciendo?
- ¡Es inevitable, Josper!- exclamó Rasher a la defensiva - Son tormentas de avance rápido... el Mar del Sur es así - decía mientras observaba un mapa y contemplaba a la vez el cielo que cada vez presentaba un matiz mas oscuro - Es inútil... No hay ninguna forma de que podamos escapar de esta tormenta.
- ¡Maldita sea! - maldijo Josper mirando a la tormenta que cada vez tenían mas cerca. Pero no necesitaba mirar al cielo para saberlo. El viento, que cada vez acometía con mas fuerza las velas, y el oleaje, que arremetía con fuerza contra el casquete del barco, daban muestras de que la tormenta la tenían ya encima - ¡Rápido! ¡Recoged las redes! ¡Arriad las velas!¡No podemos permitir que se rompan si queremos regresar sanos y salvos!
Todos los tripulantes de la pequeña embarcación se pusieron manos a la obra. Unos se apresuraron a guardar las cajas con la mercancía en la bodega mientras que otros subieron a la verga mayor y a la del trinquete para sujetar los grátiles y así asegurar ambas velas. Apenas dispusieron de un par de minutos antes de que la tormenta los alcanzara y empezara a descargar sobre ellos una poderosa cortina de lluvia que dificultaba la visión. El viento se volvió cada vez más violento e imposibilitaba las tareas. Lo que antes había sido un ambiente relajado y animado se había transformado completamente y convertido en uno lleno de tensión, gritos y miedo. Sin embargo, Arydan apenas era consciente de ello. Seguía sujeto a la batayola del barco. Las nauseas, el mareo y el intentar mantenerse de pie le tenían demasiado ocupado como para que se diera cuenta de la situación real en la que se encontraba.
Las olas envestían cada vez con más fuerza el pesquero. El agua saltaba por encima de la borda inundando la cubierta. Cada vez resultaba mucho mas difícil mantenerse en pie en cubierta debido al agua y a las fuertes sacudidas que daba el barco. No fue hasta que una tremenda ola cayó de lleno junto al castillo de popa que Arydan no se dio cuenta de la peligrosidad de su posición.
- ¡Se ha roto el timón! - gritó un marinero.
Josper se llevó las manos a la cabeza pero otra embestida de las olas hizo que se sujetara al mástil mayor. Algunos de los pescadores cayeron al suelo y resbalaron por la cubierta, aunque lograron agarrarse a los cabos sueltos que no habían logrado atar antes a los candeleros de la batayola. Arydan fue uno de ellos.
- ¡Atad esos cabos y asegurad el trinquete! ¡Rápido! – chilló Josper. Y echó a correr en pos de Arydan, que se había levantado, hacia la proa aprovechando un momento en que las olas parecían cesar su ataque.
Pero apenas fueron unos segundos. Un nuevo bandazo los desequilibró a todos, y un relámpago iluminó aquella pavorosa escena. El pequeño pesquero parecía un cascarón de nuez en medio de aquella enorme tempestad tan repentina y peligrosa. Se escuchó un sonoro trueno, o tal fuera el rugir de las olas, antes de que una nueva tromba de agua cayera con toda su fuerza sobre la cubierta y volviera a arrastrar a todos, esta vez con más empuje que la anterior.
Arydan sintió como era proyectado hacia delante y perdía el contacto con el suelo. Sus manos soltaron la daga y buscaron desesperadamente algo a lo que agarrarse mientras sentía como daba la vuelta de campana sobre la madera mojada de la cubierta. Entonces notó un fuerte golpe en la espalda y en la cabeza, y sintió otra arcada. Comprendió que había chocado contra algo y cuando palpó una superficie plana y suave comprendió que se trataba de la regala. Se asió a ella sirviéndose de apoyo y se puso de pie mientras la lluvia caía sin cesar. Podía ver, con gran dificultad debido al chaparrón, una hilera de hombres tirando de un cabo al mismo tiempo que la vela del trinquete se iba recogiendo y unos cuantos valientes sobre la verga lograban, por fin, atarla a los grátiles. Con las velas arriadas, podrían tener una oportunidad. Arydan tragó saliva. Odiaba el mar y más aún cuando éste estaba embravecido. Pero una tormenta ya eran palabras mayores. Si lograba sobrevivir, jamás volvería a pisar un barco. Si lograba sobrevivir... Volvió a asir la empuñadura de la daga.
- ¡Arydan! – gritó alguien - ¡Aléjate de la batayola! ¡Va a romper por estribor!
Arydan sintió como su corazón daba un bandazo al igual que el que dio el barco cuando una inmensa ola de casi cuatro metros de altura se alzo imponente sobre él. Quiso moverse, quiso soltar la barandilla y echar a correr hacia el otro lado de la cubierta, quiso gritar... Pero solo pudo cerrar los ojos antes de sentir el impacto del agua sobre él, ser arrastrado por ella al otro lado de la batayola y caer por la borda. No supo en que momento cayó al mar. Tampoco supo en que posición. Tragó agua salada, intentó a la desesperada luchar contra el fuerte oleaje que lo hacía hundirse cada vez más en aquellas aguas, daba brazadas en todas direcciones buscando con urgencia el aire que le faltaba.
Pero en el fondo sabía que era inútil. Antes de que pudiera darse cuenta, los brazos se le habían cansado, la mente se le había nublado y ya no podía respirar. Lo sabía. Iba a morir... justo cuando le faltaba tan poco para lograr su objetivo. En un último esfuerzo, se llevó la mano a la empuñadura de su daga, pero no estaba allí. Y abandonó la lucha.
Dejó que el agua lo arrastrara y cesó de pensar, sintiendo el abrazo de las olas, de la muerte... que lo sujetaba con fuerza de la cintura y le hacía cosquillas en la mejilla. Al menos, la muerte no era tan desagradable como siempre creyó.
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