Kowatar Capítulo 1 : Huída

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Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Draperdi el Lun Jul 18, 2011 5:42 pm

Capítulo 1 : Huída

Una joven de largos cabellos castaño caoba se encontraba en la fría y oscura mazmorra donde sus captores la habían dejado hacía ya una semana. Podía notar en sus huesos la gran humedad que había en la celda. La gruesa piedra grisácea no dejaba pasar el calor ni la luz del día haciendo que el tiempo no pasara del subsuelo en aquellos calabozos. A sus dieciocho años, había hecho muchas locuras, y la última de ellas había sido atreverse a jugar una partida de cartas contra los guardias de aquel país, de aquella gran nación conocida como Nobrieth, país de los elfos oscuros, de los orgullosos y temibles elfos oscuros.
De aquella noche no recordaba apenas nada, sólo unos pocos detalles. El calor de la taberna, las apuestas por la partida, su victoria y el enfado de los perdedores. Después, todo era confuso. Ruido, gritos, golpes, humo, más gritos y, por último, ella esposada, atada y transportada como un saco de patatas en uno de los caballos de los guardias. Detenida por escándalo público y por agresión a un guardia. Todo mentiras de los orgullosos elfos oscuros.
Pero Laurane sabía que no todo eran mentiras. Había escuchado cosas durante esa semana de prisión. Murmullos de los guardias que llegaban a través de los mohosos muros de piedra, murmullos que hablaban sobre el inicio de una guerra y sobre fuertes aliados.
Laurane se recostó en la pared pero, al hacerlo, el olor a mugre y a muerte se hizo más fuerte provocándole una intensa tos.
- No llevas mucho tiempo aquí…¿verdad? - dijo una voz débil y apagada desde el otro lado de la gruesa pared de piedra.
- Una semana… ¿Quién eres?
- Un viejo mago de Välar. Cuando llevas aquí más de un mes, ya no te quedan fuerzas ni para toser. Simplemente esperas a que pasen los días. Y más aún si tienes la mala fortuna de interesarle a él.
- ¿A él?- preguntó Laurane - ¿Quién es él?
- El jefe de las investigaciones. Le gusta experimentar con cualquier cosa y tiene preferencia por los seres humanos.
La joven de dieciocho años se quedó paralizada ante aquellas palabras. Había escuchado rumores pero nunca pensó que fueran ciertos. No hasta tal punto
- Y últimamente solamente le interesan los magos... Tienes suerte de no ser uno. Están construyendo una maldita máquina para contro...
- ¡Silencio, mago!- gritó un soldado, interrumpiéndole.
Laurane escuchó el sonido de los pasos de los guardias retumbar en los pasillos vacíos y después una puerta chirriar. Esperó en silencio y mirando aquel corredor a través de los barrotes de su oscura celda pero solo consiguió oír el eco de varios pasos alejándose. Sabía que se habían llevado al mago. Aquel silencio asfixiante volvía a poblar las celdas.




Si había algo que Eohnar odiara enormemente, aparte de su propia mala suerte, era la nieve. Y si había algo que no faltara en Loshtry era, para variar, nieve. Todo aquel país estaba siempre cubierto de una capa blanca, no dejando ver nunca ni un atisbo de hierba, y, dado al frío que hacía siempre, la nieve nunca desaparecía. El joven se envolvió más en sus pieles y salió de la posada, internándose en medio de una mañana fría y blanquecina, iluminada por la poca luz que se filtraba entre las espesas nubes cargadas con más agua congelada. Avanzaba con dificultad por las calles, apenas transitadas tan pronto esa mañana, y los pies se le hundían hasta las rodillas en aquella espesa capa de nieve. Rasog estaba demasiado al norte para su gusto, pero no había podido negarse a venir. El Maestro de Välar le había encargado expresamente que llevara personalmente un encargo a un colega suyo, que era tan viejo, calvo y feo como él. ¿Qué diablos tenía de importante darle a un anciano arrugado como una pasa un trozo de muralla envuelta en una tela más lujosa que la que tapizaba la colcha de su cama? ¿Acaso no podía hacer eso algún estudiante novato, de esos que no tenían nada que hacer después de las lecciones? A los catorce años, él tampoco había tenido quehaceres después de clase y hubiera dado cualquier cosa por poder cumplir algún encargo o realizar algún viaje. Aunque, eso sí, jamás habría aceptado ir al Continente Norte. Sin embargo ahora, a los diecinueve, se habían cambiado las tornas. Ahora no tenía apenas tiempo libre. Pero eso era lo que conllevaba ser el pupilo del Maestro, su alumno de confianza, el alumno con más suerte de la Academia... O, según el punto de vista de Eohnar, el más gafe. Siguió caminando por el sendero cubierto de nieve hacia la salida de la ciudad, pero, de repente, resbaló con un charco de hielo helado oculto bajo la capa y cayó sobre un montón de nieve. El chico se levantó y escupió la que se le había metido en la boca.
- Odio la nieve... – murmuró desganado.
Se sacudió la que se le había quedado en el pelo, de un color rubio ceniza, se levantó y continuó su camino.



Laurane abrió los ojos. No sabía el tiempo que había pasado desde su conversación con el viejo mago, pero eso era lo de menos en aquel lugar. Un murmullo de voces le hicieron volver a la cruda y horrible realidad.
- ¿Otro más? - preguntó una voz grave y áspera.
- Sí... La máquina le ha reventado la cabeza. No ha podido aguantar - le contestó otra voz más suave.
- Es el séptimo mago que se cargan en tres días…
- Sí, pero parece ser que…
- Shh…- los chistó una tercera voz - Este no es lugar para hablar abiertamente. Las paredes escuchan y aquí hay ratas que es lo único que saben hacer.
La joven Laurane se quedó mirando los sucios barrotes. Podía quitarse las esposas fácilmente y salir de su prisión, pero el salir fuera de palacio era una cosa muy distinta. Cuando la encarcelaron pudo ver la enorme seguridad y el gran entramado de pasadizos que caracterizaban esa cárcel. Soltó maldiciones por lo bajo.
Tenía que salir de aquel maldito y horrible lugar antes de que se dieran cuenta de su verdadera naturaleza. Antes de que las fuerzas la abandonaran y, a este paso, nunca llegaría su oportunidad.



Eohnar estornudó. Hacía un frío espantoso. Los rayos de sol estaban completamente taponados por las nubes, todas ellas agarrotadas alrededor de las cimas de las montañas como las abejas alrededor de una colmena. El chico levantó la cabeza para contemplar la enorme Cordillera Blanca que se alzaba imponente frente a él, frontera natural entre Loshtry y Menemone, impenetrable y que obligaba a cualquier viajero que quisiera pasar al otro lado a dar un inmenso rodeo a través de Lide o de Dípali, siendo más seguro ir por el primer destino, ya que el segundo no era más que un gigantesco lago congelado.
- ¿Me desafías? ¿Me estás desafiando? – Eohnar miró a las montañas como si éstas le acabaran de insultar.
Se llevó los dedos índice y pulgar a las comisuras de la boca y silbó. El sonido rebotó en los montes repetidas veces hasta que se apagó y, entonces, sólo reinó la quietud y la calma. No había nada más que nieve en cien kilómetros a la redonda. Sin embargo, al cabo de un par de minutos, una sombra inmensa cubrió el cielo sobre él y la poca luz que había se extinguió. Entonces, tan rápido que el chico no pudo moverse, algo enorme y peludo aterrizó junto a él, tirándolo al suelo de espaldas y enterrándolo por completo en la nieve.
Se trataba de un león tres veces más grande de lo normal, con una hermosa melena al cuello que meneó con fuerza para quitarse los restos de nieve, y de sus hombros nacían unas inmensas alas membranosas de color rojo oscuro que batió poderosamente para mantener el equilibrio nada más sus patas tocaron el suelo, levantando la nieve como si de polvo se tratase. Cuando terminó de sacudirse y plegó las alas a ambos lados del lomo, como cualquier ave o dragón, miró alrededor olfateando, como si buscara algo, y entonces sus ojos, marrones como la tierra mojada, se clavaron en una figura enterrada en la nieve que se incorporaba en ese momento, escupiendo y quitándose los copos mientras murmuraba imprecaciones. Eohnar miró a la criatura con el labio superior ligeramente sobresalido, mientras su pelo tornaba del color rubio al azul.
- Muy graciosa, Tamir – espetó con ironía.
La criatura hizo una mueca con el hocico y sus bigotes vibraron. Cualquier otra persona que no fuera Eohnar no hubiera comprendido que aquello era una sonrisa. El chico puso los ojos en blanco, se levantó, se sacudió la nieve que le quedaba en la capa y avanzó hacia la enorme criatura. Ésta flexionó las patas para que el joven pudiera subir a su lomo con más facilidad y, una vez estuvo seguro entre el hueco de sus omóplatos, desplegó las alas cuan largas eran y alzó el vuelo, provocando nuevos remolinos de nieve, y tanto el león alado como su jinete se perdieron entre los montes de la Cordillera Blanca, impenetrable desde el suelo pero fácilmente hendible desde el aire.
- Volvemos a casa – murmuró el chico.




Unos golpes estridentes y ruidosos la despertaron. Abrió los ojos lentamente y distinguió la puerta de su prisión entreabierta. Sintió como unos brazos la obligaron a levantarse.
- ¿Ésta servirá? – preguntó uno de los guardias que la sujetaban.
- Sólo ha pedido que fuera joven.
- Entonces es porque no durará mucho. Una lástima.
Laurane pudo escuchar todo lo que los guardias habían dicho a pesar del cansancio. La tenue luz de las antorchas le daba un aspecto mas aterrador a aquel lugar. Algo le decía que si no hacía algo ya no volvería a ver aquel lugar ni ningún otro. Se puso rígida pero eso solo provoco su caída.
- ¡Levántate! ¡Estúpida humana! - grito el más grande.
Notaba las patadas en sus costillas.
- Cálmate, no la vayas a matar antes de que la llevemos al laboratorio.
- Me sacan de quicio estos inmundos y débiles humanos.
Otra vez sintió cómo la levantaban aquellas fuertes manos. Pero esta vez era diferente. El saber que la iban a utilizar como a una sucia rata de laboratorio y aquellas patadas le habían devuelto de alguna manera las fuerzas que necesitaba para salir de allí. Levantó la mirada y vio como aquellas paredes rocosas mohosas iban desapareciendo poco a poco conforme iban subiendo aquellas escaleras. Cuando llegaron al final de estas, una vieja puerta de roble oxidada se abrió dejando entrar una luz muy diferente a la que había visto desde que la encerraron, la luz del sol que entraba a través de unos enormes ventanales dispuestos a ambos lados de aquel corredor. Era una luz débil y apagada, una luz que sólo se podía encontrar en La Ciudad de la Eterna Noche, capital del extenso reino de Nobrieth.
Se notaba que ese camino era lo que separaba el palacio de las mazmorras. Y a pesar de que en aquel lugar la decoración era pobre, daba a entender la magnificencia y la riqueza que poseía el emperador de Nobrieth. Una riqueza conseguida a base de sufrimiento y guerra.
Miró al frente con determinación. La puerta estaba cada vez mas cerca. Era ahora o nunca. Bajó la cabeza y murmuró las palabras que ya sabía y que le daban la oportunidad de escapar
- Apperia caus tra - recitó en un susurro casi inaudible pero no lo suficiente para que los guardias no se percataran.
- ¡Es una hechicera! - exclamó el que parecía ser más inteligente.
Pero era demasiado tarde.
Laurane sintió cómo los grilletes que mantenían sus manos y sus pies atados se abrían con un “clack” dejándola libre. No perdió ni un solo segundo de esa libertad y antes de que los dos guardias pudieran sujetarla con fuerza, la joven, con una rapidez que pocos mostrarían después de haber estado más de una semana encerrados en una maloliente y repugnante celda, coloco sus manos ya libres detrás de sus cabezas e hizo que estas entrechocaran.
Los dos guardias se llevaron las manos a la frente, aturdidos, y, aprovechando este momento, Laurane se dirigió a la ventana más cercana y se dispuso a salir por ella, pero un fuerte viento le advirtió de que aquello no estaba a ras del suelo como había pensado en un primer momento. Miró a sus espaldas y vio que los guardias se estaban recuperando. No tenía otra alternativa si quería salir de aquel espantoso lugar.
- Flabbe l’ii mihi ven ite - pronunció en aquel idioma antiguo.
El idioma de los hechiceros. Arcano.
Las palabras resonaron en el amplio pasillo y retumbaron en las paredes. Un viento invisible empezó a arremolinarse delante de la muchacha junto con un oscuro fulgor. Laurane extendió las manos hacia la luz haciendo que poco a poco se extinguiera hasta desaparecer por completo. En el lugar donde antes ésta había brillado, había dos grandes abanicos lo suficientemente pequeños como para poder ser manejados con agilidad pero lo bastante grandes como para poder cubrir su torso. Tenían un color rojo carmesí adornado con diferentes símbolos y dibujos en dorado que simbolizaban el viento. Su elemento. Las varillas de los abanicos terminaban en puntas afiladas capaces de desgarrar hasta la piel mas curtida. Eran dos abanicos hermosos y peligrosos en manos expertas como las de Laurane. Miró atentamente a los guardias que hasta hacía unos minutos la habían estado llevando a un lugar que prefería no conocer. Uno de ellos se había recuperado completamente y se dirigía hacia ella con la espada desenfundada. Laurane, con un movimiento veloz, cerró uno de los abanicos que utilizó para desviar la espada de su adversario dominándola en todo momento y con el restante dificultó la visión del elfo oscuro dejándolo un instante sin visión. Este movió la cabeza para recuperarla pero ese fue su error. Cerró el abanico y le golpeó en el cuello. El guardia calló al suelo desplomando provocando un ruido sordo. Laurane clavó la mirada en el guardia restante que ya se había levantado y contemplaba a su compañero en el suelo.
- ¡A mí la guardia!
Laurane no consiguió llegar a él antes de que diera la voz de alarma. Y cuando cayó al suelo, comprendió que ya era demasiado tarde, pues se escuchó el tañido de una campana que atravesaba incluso los muros de aquel alto corredor. Todo el palacio se había enterado de que ella se estaba escapando. Sin demorarse ni un segundo más, abrió los dos abanicos, los colocó uno junto al otro y con un movimiento ascendente diagonal y dándoles una vuelta, estos pasaron a ser uno sólo, un enorme abanico que Laurane lanzó al aire y, al mismo tiempo que lo lanzaba, pronunció el hechizo que la llevaría hacia la libertad
- Flabe l'a vola hôc - gritó con fuerza, y el gran abanico se quedo levitando en el aire. invitándola a subir.
La puerta que tenía más cerca, aquella que conducía al palacio, se abrió de repente con un fuerte golpe. Laurane subió de un salto en el gran abanico y se arrodilló sobre él justo en el momento en que éste salía disparado por la ventana como un cometa, evitando a tiempo que una espada le atravesara el pecho.
Había conseguido salir del palacio pero no podía cantar victoria tan pronto. No estaría completamente a salvo hasta que no estuviera lejos de la mirada oscura y penetrante de aquellos elfos oscuros. Y eso no ocurriría hasta que atravesara las fronteras de Nobrieth. Ladeó la cabeza y vio asustada como el palacio no se alejaba a la velocidad que habría esperado. Esa semana de prisión le había afectado de verdad. Estaba agotada y sentía todo el cuerpo pesado. La adrenalina le había permitido reunir las pocas fuerzas que le quedaban. Pero, para su desgracia, esa no era la única mala noticia. Los elfos no iban a dejar que se marchara tan fácilmente. En las ventanas y almenas se habían colocado arqueros que la apuntaban.
- ¡Malditos elfos oscuros! – chilló enfadada.
Las flechas salieron disparadas a su encuentro hendiendo el aire. Ella hizo un movimiento circular con la mano provocando una ráfaga de viento que provocó que perdieran velocidad súbitamente y se precipitaran hacia el suelo. Pero aquel movimiento en su estado de cansancio provocó que perdiera el control sobre el abanico, que dio varios tumbos. Jadeó y se concentró recuperando el control nuevamente. Volvió otra vez la mirada a sus atacantes para descubrir que una nueva tanda de flechas se acercaban a ella a una velocidad alarmante. Esta vez no tubo mas remedio que descender en altura para evitar la lluvia de flechas pero no pudo lograrlo a tiempo y una flecha le impactó en el hombro. Al instante notó un terrible dolor y la sangre caliente recorrer su mugriento cuerpo y su ajada ropa. Se llevo la mano al hombro instintivamente para quitarse la flecha pero se quedó parada. Si se quitaba la flecha ahora se precipitaría al suelo sin remedio. Pero como siguiera así no conseguiría salir de Nobrieth con vida.
Sentía cómo querían salir. Como las pocas fuerzas que le quedaban se le iban consumidas poco a poco por sus abanicos. Sentía que las fuerzas le abandonaban y con ella la voluntad para mantenerlas escondidas. Cerró los ojos en busca de fuerzas ocultas pero lo único que encontró fue más dolor. Cerró los ojos con más fuerza y se agarró al abanico pero todo era inútil. Y fue entonces cuando lo sintió. Sintió cómo, desde su espalda, una enorme energía le recorría cada vena de su cuerpo, cada célula, haciéndole recuperar fuerzas, y como la herida dejaba de doler y de sangrar. Y por supuesto, como la velocidad en la que volaba se multiplicaba casi por tres. Abrió los ojos y miró hacia atrás. Los arqueros habían cesado de dispararle pero sabía porque lo había hecho y también sabía que no tardarían en volver a atacar. Vio como se alejaba rápidamente de su línea de alcance, pero no podía permitir que la vieran. Era hora de utilizar su condición especial y el bosque que caracterizaba Nobrieth era el ambiente perfecto para poder huir de allí desapareciendo de la vista de los demás. Se concentro e hizo un movimiento con la mano derecha chasqueando los dedos al final.
Sintió como su ser se iba confundiendo con los árboles que la rodeaban, como pasaba a formar parte de aquel ambiente. Sabía que los elfos tenían los medios para detectarla si querían, por eso no podía perder tiempo. Aunque aquel era su ambiente estaba en territorio enemigo. Así que, simplemente, se concentró en sus abanicos y en la esperanza de que las fuerzas le duraran lo suficiente como para poder escapar de aquel hermoso pero terrible país y que le permitieran llegar al lugar donde la podrían ayudar. Aquel lugar donde había pasado casi toda su infancia y donde había vivido tantos buenos momentos. Sí. Tenía muchas ganas de regresar a aquel lugar aunque las condiciones no fueran las mejores.



Unos ojos oscuros como el carbón contemplaban desde la ventana de uno de los muchos pasillos del palacio como aquella figura se desvanecía sobre el cielo. Aunque estaba lejos, todos la habían visto, y eso solo significaba una cosa. Los elfos oscuros no descansarían hasta que la volvieran a tener en sus manos. Pero eso a él no le importaba, pues sus intereses iban por otros caminos completamente distintos, como la guerra que se acercaba y de la cual los elfos oscuros iban a ser protagonistas. O, más bien, antagonistas. Una guerra que a cualquier otro criado no le habría interesado lo mas mínimo pero, después de todo, él no era cualquier criado. Él era Luxhienn.



Arydan dejó caer la azada con fuerza sobre la blanda tierra y se llevó el brazo a la frente para limpiarse el sudor, que caía en gotas del tamaño de aceitunas por su pecho y espalda descubiertos. Hacía un sol de justicia y un calor tan insoportable que creía encontrarse en medio del mismísimo desierto de Tangia. Dejó que el poco aire que corría le alborotara los cabellos y el flequillo, que siempre llevaba sujeto con una cinta roja, y luego volvió a centrar su atención en la labranza.
- ¡Arydan! – llamó una voz.
El joven miró en la dirección que provenía el llamamiento y vio a una anciana mujer que le hacía señas con la mano junto a la cerca que delimitaba el huerto con aquella pequeña casa que había sido su hogar durante esas dos semanas. Había aparecido allí tras tres días vagando por los alrededores de Ekavali, con una fiebre tan fuerte que todavía no sabía como no había colapsado antes. Sin embargo, había merecido la pena. Ahora tenía por fin un destino fijo, había encontrado a alguien que le había dado la información necesaria para acercarse un poquito más a su objetivo.
- ¡El almuerzo está listo! – anunció la anciana a voz en grito - ¡Ven a comer algo!
Arydan dejó la azada en el suelo y avanzó con cuidado sin pisar la siembra hasta el sendero. Una vez en él, corrió hasta la cerca y la saltó como si se tratara de un escalón cayendo junto a la viejecita, que soltó una risa agradable.
- Desde luego, muchacho, con lo grandote que eres y con que agilidad te mueves.
Arydan soltó una carcajada y le dio a la mujer un beso en la mejilla que resonó por todo el porche. En ese momento, se escucharon unos gritos agudos y Arydan se dio la vuelta a tiempo para ver un montón de cabezas esconderse detrás de la esquina de la casa. Antes de poder hacer o decir nada, se escuchó otra risa, más grave, y entonces apareció un anciano que salía por la puerta trasera de la casa, por la misma que, unos minutos antes, lo había hecho su mujer.
- No hace falta que revoluciones a las chicas, Arydan. Y tampoco hace falta que beses a mi esposa.
Arydan volvió a reír otra vez.
- No es mi culpa que tenga una mujer tan atractiva – respondió entre risas.
La ancianita volvió a soltar otra risita y le ofreció a Arydan una fuente con panecillos untados con mermelada. Arydan tomó tres y se los metió enteros en la boca.
- Hay que ver cómo engulles – dijo el anciano. – Nos vas a dejar en la ruina.
Arydan se puso rígido y tragó.
- Lo siento.
- Estoy bromeando, Arydan – lo tranquilizó el abuelo.
La mujer dejó la bandeja sobre una pequeña mesa de madera y se sentó sobre una silla de mimbre. Miró al muchacho de arriba abajo mientras este se comía otros tres panecillos.
- ¿Ya has decidido cuándo te marcharás?
- En cuanto consiga el dinero suficiente para pagarme un caballo – respondió él aún con la boca medio llena.
El matrimonio cruzó una mirada de complicidad que Arydan no pasó por alto.
- ¿Y esa miradita?
- Querías ir a Lebhlet, ¿no es así?
- Sí.
El hombre, que estaba apoyado en la pared de la casa, se incorporó y fue junto a él y su esposa.
- Resulta que un sobrino mío parte hacia Lebhlet dentro de dos días. Forma parte de la tripulación de un barco pesquero que faena en el Mar del Sur. Estuve hablando con él anoche mientras roncabas – Arydan puso mala cara, pero el anciano siguió hablando mientras su esposa contenía una nueva carcajada – y me dijo que podías acompañar a su grupo sin problemas.
- ¿De verdad? ¿No le importa?
- Por supuesto que no.
Arydan sonrió.
- Muchas gracias, señor Osset. Le besaría a usted, pero entonces esas chicas no volverían a mirarme.
Giró la cabeza rápidamente hacia la esquina y esta vez si llegó a ver varios rostros mirándole con curiosidad y ojos brillantes. Ninguna de esas chicas debía de tener más de quince años, pero no pudo afirmarlo con seguridad ya que volvieron a esfumarse en cuanto hicieron contacto visual con el joven de negros cabellos, que soltó otra agradable carcajada.
- Muchas gracias, de verdad, señores Osset. Gracias por cuidarme.
- Gracias a ti por ayudarnos con el huerto, Arydan – respondió el hombre. – Y ya sabes que nada de señores Osset.
La señora Osset se levantó de la silla, cogió el último panecillo y se lo metió en la boca a Arydan. Este masticó, tragó y salió del porche.
- Hora de volver al trabajo.
Volvió a saltar la cerca y oyó como, a sus espaldas, un grupito de chicas preadolescentes cuchicheaban de nuevo acerca de aquel desconocido de piel morena y pelo negro que había aparecido hacía tres días en la casa más pequeña y pobre de Ekavali.




- Comparado con Loshtry, incluso aquí hace calor.
Habían pasado tres días desde que abandonaron el Continente Norte y las pieles de gamo habían dejado de ser necesarias. Eohnar caminaba por el sendero que comunicaba Narel con Välar abrigado únicamente con la capa de viaje con el símbolo de la Academia de Välar: una pluma, un libro y una estrella. Detrás de él, Tamir ocupaba todo el camino con sus andares pesados pero elegantes. Se oía el piar de los pájaros en los árboles que flanqueaban el camino y la brisa proveniente del mar, un poco más allá, agitaba las copas de los árboles.
El reino de Ihnaran no era precisamente de los más calurosos del Continente Sur, de hecho, era uno de los más fríos junto con Nobrieth, Kandrané, el norte de Solis-Regdor y Raula, si aquella isla podía considerarse un país. El cielo estaba nublado aquella mañana, como el setenta por ciento de los días en aquella región, pero al menos los rayos del sol conseguían abrirse paso entre algunos tramos de nubes y darle a aquel paisaje la vitalidad de la que carecía casi todo el Continente Norte. Eohnar volvió a respirar hondo. Le alegraba tanto haber dejado atrás la nieve y volver a estar en casa, volver a estar tranquilo...
Pero la tranquilidad desapareció en cuanto las torres de Välar comenzaron a divisarse en la lejanía. Se oyó un griterío y cascos de caballo, y Tamir alzó el vuelo justo antes de que aparecieran, en la curva al final del sendero, dos hombres sobre sus monturas.
- ¡Ahí estás, Puregic!
- Ah, no, otra vez... – murmuró el chico con cara de aburrido.
Los jinetes estaban cada vez más cerca.
- ¡Esta vez no te escaparás!
Siguieron avanzando al galope hacia él, con la clara intención de pasarle por encima. Eohnar extendió la mano, apretó el puño y, cuando lo volvió a abrir, una luz blanca apareció, inmediatamente seguida de la materialización de una vara blanca terminada en una gema plateada. El chico la levantó y, justo cuando estaban a media pulgada de él, los dos hombres se quedaron suspendidos en el aire en la misma posición que estaban antes, con los brazos y las piernas flexionadas como si aún estuvieran sujetando las riendas y apoyando los pies en los estribos mientras los caballos se alejaban corriendo por el sendero levantando pequeñas volutas de polvo.
- ¡Puregic! – gritó uno de ellos. Parecía que se iba a desgañitar.
- ¿Qué? – preguntó Eohnar, como si no hubiera hecho nada.
- ¡Suelta esa vara y pelea como un hombre! – ordenó el otro a voz en grito.
Eohnar los contempló un instante. Ambos eran más grandes que él y sus bíceps eran del tamaño de sandías.
- Em... no. No quiero que me dejéis cadáver, gracias.
- ¡Bájanos, estúpido mago! ¡Esta posición es humillante!
Eohnar suspiró. Hizo un movimiento con la vara y los dos hombres se dieron la vuelta completamente en la misma posición, haciendo que se les cayeran las cosas de los bolsillos –monedas, papeles, incluso una pequeña navaja cuyo objetivo habría sido el pecho del muchacho- la capa y el pelo, que se les metió en la boca al abrirla para volver a maldecir contra el mago.
- ¡Bájanos ahora mismo, Puregic!
- ¿No podéis ser un poco más amables conmigo? Estuvimos a punto de ser familia...
No pudo seguir hablando porque los hombres volvieron a gritar a la vez todos y cada uno de los epítetos más ofensivos de su extenso repertorio. Eohnar dio un golpe con el pie de la vara en el suelo y, al instante, los dos hombres se precipitaron contra el suelo de cabeza, quedando allí tendidos y medio inconscientes. Sin decir ni hacer nada más, el joven mago se dio la vuelta y siguió su camino.
Pocos minutos después atravesaba las gruesas puertas de las murallas que rodeaban Välar, la ciudad de los magos, y lo recibió el aroma típico de la ciudad, una mezcla entre pan recién horneado y aceite fuerte. Las calles estaban transitadas por decenas de personas, magos y humanos, niños, adultos y ancianos, todos sumidos en sus propios pensamientos y situaciones. Casi todas las ventanas estaban decoradas con plantas medicinales o corcos, había algunos mirlos sobre los bordes de los tejados y de algunas chimeneas salía humo. Pasó por delante de la taberna de Amu, que en ese momento echaba a patadas a un grupo de chicos que pretendían beber aún midiendo menos que una vid recién plantada, luego atravesó la Plaza de la Luna y, finalmente, recorrió toda la calle principal hasta llegar a las enormes puertas de la Academia de Magos de Välar.
Cruzó el inmenso mapa de Kowatar cincelado sobre el mármol del gigantesco vestíbulo y subió por las escaleras hasta el pasillo principal. Aquello parecía un laberinto, tantos pasillos, todos iguales, blancos, decorados con plantas aromáticas y más corcos, algún que otro cuadro, mapa o pergamino colgando de la pared, ventanas a patios interiores, más escaleras, puertas y más puertas que daban a las habitaciones de los alumnos, de los invitados, a salones de reuniones, a baños, a aulas... Y, en el último piso, una única puerta al final de un gran rellano tan blanco como el resto de paredes.
Eohnar avanzó hacia la puerta y tocó tres veces.
- Adelante – se escuchó al otro lado.
El joven empujó la puerta y entró en la habitación. Se trataba de un enorme despacho, cuyas paredes y suelos de mármol estaban casi escondidos por alfombras y estanterías llenas de libros, pergaminos y más artilugios extraños. Había una chimenea en el lado derecho, con varios sofás y sillones alrededor. Un poco más allá, se encontraba una pila de piedra, con varias marcas y palabras en Arcano grabadas a su alrededor, que contenía un líquido que hubiera podido pasar por agua de no ser por su color amoratado. Y, al fondo, una enorme mesa de tres metros de largo, de madera de nogal, también con símbolos tallados junto al blasón de la Academia, llena de pilas de papeles, presidía la habitación. Tras ella, se abría un enorme balcón circular del tamaño de una pista de circo.
Junto a ella, una figura se dio la vuelta. Era un anciano de piel arrugada pero de rostro sabio y sereno, con orejas grandes y los ojos, de un color café, hundidos por la edad. Vestía con la túnica dorada propia de los maestros de magia y hechicería de Kowatar y sobre la cabeza llevaba un sombrero del mismo color para ocultar, aunque no del todo, su calvicie. Miró a Eohnar conforme este se acercaba y hacía una reverencia cuando llegó junto a él. Se trataba del Maestro de Välar, del Maestro de la Academia, del hombre con más poder de todo Ihnaran...
- Eohnar – dijo el viejo.
- ¿Sí? – el chico alzó la cabeza.
El anciano le miró seriamente un instante.
- Tienes un moco.
Eohnar abrió los ojos como platos y su pelo volvió a cambiar de color, esta vez tornándose naranja.
- ¿¡Qué!? – exclamó, olvidando los modales y llevándose ambas manos a la nariz mientras se daba la vuelta.
Entonces, el viejo se llevó las manos al estómago y se echó a reír a carcajada limpia. Eohnar despegó las manos de su nariz y se giró lentamente para contemplarle con los ojos entrecerrados y haciendo una mueca desagradable. El anciano ignoró su cara de mosqueo y siguió riéndose señalándole con el dedo. El chico se quedó callado mientras su pelo volvía a tomar aquel azul tan típico de las situaciones que lo hacían mosquearse, hasta que, al cabo de un par de minutos, dejó de reírse y suspiró mientras se quitaba una lagrimilla del ojo. Cuando ya estuvo calmado, miró al muchacho.
- Muy gracioso – ironizó Eohnar - ¿Os habéis puesto de acuerdo con Tamir para reíros de mí?
- No, chico, no. No me hace falta aliarme con tu mascota para hacer eso.
Eohnar sonrió con ironía. No sólo era gafe por haberle tocado ser el pupilo del Maestro, sino que también era gafe porque ese hombre, que tenía más años que el más anciano de los altos elfos, se reía de él en su propia cara.
- ¿Y bien? – preguntó el Maestro, ya serio.
- Sí, eh... – Eohnar se irguió, su pelo rubio una vez más, para dar el reporte de la misión. – Vuestro colega en Rasog recibió el encargo satisfactoriamente y me trasmitió sus agradecimientos y buenos deseos.
En realidad, lo único que le había dicho era que tenía la misma cara de tonto que su maestro, pero eso prefería que no saliera a la luz.
- Muchas gracias, Eohnar. Lamento que hayas tenido que ser tú, pero necesitaba a alguien que pudiera ir y volver rápido.
- No mintáis, maestro. Os encanta hacerme la puñeta.
El anciano sonrió. Parecía a punto de echarse a reír otra vez, pero entonces volvió a ponerse serio.
- He oído que la familia de Thena ha vuelto a atacarte... – dijo, cambiando de tema radicalmente.
- ¡Oh!
Eohnar se quedó sorprendido, y su pelo se tornó naranja otra vez, aunque enseguida volvió a su color normal. No pensaba que las noticias hubieran corrido tan rápido aunque, viniendo del Maestro, tampoco era de extrañar.
- Sí, bueno... Estoy acostumbrado, pero resulta un poco molesto.
- ¿Aún no hablaste con ella?
- Han pasado siete meses. ¡Claro que lo hice! Pero hay otro problema...
- Desde luego, hijo, eres muy gafe...
- ¿Me lo decís o me lo contáis? – replicó él, decaído.
El Maestro se sentó en su sillón, tras la mesa, tomó la pluma que descansaba en el tintero y comenzó a escribir.
- Está bien, Eohnar, puedes irte. Ha sido un largo viaje. Descansa.
El joven mago hizo otra reverencia y salió del despacho cerrando la puerta.
Desanduvo lo andado, bajando todas las escaleras que había subido, recorriendo todos los pasillos, hasta que se detuvo frente a una de las muchas puertas iguales que abundaban en los pisos superiores. Junto a una de las jambas, había una pequeña placa plateada en la que estaba grabado el nombre del inquilino: Eohnar Puregic.
Pero antes de que pudiera entrar, alguien lo llamó a voz en grito.
- ¡Puregic!
Eohnar se dio la vuelta, exasperado.
- Esto ya es acoso...
Se quedó callado al ver frente a él a una chica de pelo corto y pelirrojo de ojos color avellana y cuyo ceño estaba fruncido. Vestía con las túnicas plateadas propias de los estudiantes graduados de la Academia. Las mismas que Eohnar, por pura vagancia, casi nunca se ponía.
- Vaya... Hola Thena...
La joven tenía su misma edad.
- ¿Querías algo? – preguntó él en voz baja, aunque sabía perfectamente que era lo que ella buscaba.
- Que me devuelvas los dos mil owis que me debías.
- ¿Wis?
- ¡Owis, idiota! ¡No te hagas el listo conmigo! – rugió ella.
Eohnar retrocedió.
- Das miedo, Thena.
- ¡Devuélveme mi dinero!
Eohnar miró al suelo.
- No... No lo tengo...
- ¡¿Qué!? ¡Tuviste todo el morro de hacerme pagar la fiesta de la boda, de nuestra boda, la misma boda que tu arruinaste al no presentarte y dejarme plantada en el altar, ¿y ahora dices que no tienes el dinero?!
Thena lo agarró del cuello de la camisa y lo alzó. Eohnar se preguntó como era posible que una chica como ella tuviera tanta fuerza como para levantarlo del suelo y dejarlo de puntillas y tanta mala leche como para haberle hecho rajarse el día de su boda en el último momento.
- ¡Más te vale devolverme el dinero, Puregic! – desde el incidente, había vuelto a llamarlo por su apellido, como un signo de desprecio - ¡Si no, haré de tu vida un infierno!
Le soltó el cuello de la camisa, que estalló en llamas, y se marchó por el pasillo hacia las escaleras, desapareciendo casi enseguida por ellas. Eohnar hizo un movimiento con la mano y enseguida apagó el fuego.
- Menuda bienvenida más ardiente... – murmuró – Si es que soy gafe...
Al darse la vuelta, tropezó con la capa de viaje que se le había escurrido del brazo cuando Thena le agarró, y cayó al suelo.
- Muy gafe... – lloriqueó.
Se puso de pie, entró en su cuarto y cerró la puerta. Dejó la capa sobre la cama doble, se cambió los zapatos y la camiseta chamuscada y fue al baño, situado al final del pasillo, para lavarse la cara, asearse y quitarse de encima toda la porquería que había acumulado en su viaje al Norte. Una vez estuvo limpio, regresó a su dormitorio para dejar la toalla. Una de las pocas cosas buenas que tenía ser el pupilo del Maestro era que tenía una de las habitaciones más grandes de la Academia, con cama doble y balcón, al que salió tras vestirse con ropa limpia. Miró hacia abajo. Daba a los jardines, enormes también como la propia Academia, con hierba verde y suave, flores de todas clases y colores cultivadas por los estudiantes tanto de la Academia de Magia como de la Torre de Hechicería situada junto a la misma y que compartía los mismos jardines. También había huertos con plantas medicinales, senderos de tierra, sauces aquí y allá y, al fondo, la vieja arboleda que delimitaba la Academia con el comienzo del bosque que, cien kilómetros más allá, separaba Ihnaran de Nobrieth y que estaba fuertemente vigilado por puestos de avanzada, al igual que toda la frontera.
Eohnar silbó. Entonces apareció Tamir, aquel inmenso león alado, y aterrizó con gracia sobre el balcón, ocupando más de la mitad de éste.
- ¿Has cazado algo? – preguntó el chico.
Tamir asintió con su enorme cabezota, agitando su preciosa melena rojiza.
- ¿Detrás de la arboleda?
El animal volvió a asentir.
- Estupendo. Pues vamos.
Tamir ladeó la cabeza un instante y luego la puso a la altura del estómago del muchacho. Eohnar sonrió.
- No te preocupes, yo no tengo hambre.
Tamir volvió a flexionar las patas para que el chico se colocara sobre su lomo, extendió las alas y salió volando sobre los jardines de la Academia hacia la arboleda que se encontraba al fondo. Enseguida notó el mago cuando dejaban de estar en los terrenos de la Academia, cuando habían atravesado la barrera mágica y los muros que delimitaban el bosque con el jardín, y, al cabo de casi media hora, Tamir comenzó a descender hacia las copas de los árboles, atravesándolas y, finalmente, tomó tierra y plegó las alas.
Eohnar se bajó. Un poco más allá vio algún animal muerto. No sabía si era un ciervo, un alce o un reno, pero lo que sí sabía era que era la cena de Tamir. Esta caminó despacio hasta su comida, se tumbó junto a ella y empezó a masticar la carne sonoramente. Eohnar se apoyó sobre un árbol un poco más lejos, no quería molestarla mientras zampaba, y se quedó pensativo. Sin duda tenía que apañárselas para conseguir el dinero de Thena si no quería acabar como aquel pobre ciervo, reno o lo que fuera que se comía Tamir. Su exnovia podía llegar a eso y mucho más. Cuando se enfadaba, daba auténtico miedo. Empezó a caminar entre los árboles sopesando varias posibilidades –entre las que barajaba un empujón accidental por las escaleras- mientras el aire hacía agitarse las ramas y sumía el bosque en un mosaico de sol y sombra. Estuvo dando vueltas entre los árboles durante un buen rato, hasta que al final decidió que lo mejor que podía hacer era volver a marcharse y esperar que Thena dejara pasar el asunto. Quizá a la decimocuarta vez funcionara.
Fue a regresar donde se encontraba Tamir, pero algo llamó su atención: un brillo extraño de color rojo que resaltaba tanto en aquel bosque como la oveja negra entre las blancas de un rebaño. Movido por la curiosidad, se acercó con cuidado de no tropezar –cosa muy común en él siendo tan cenizo como era- y, cuando pasó junto al árbol tras el cual había visto aquel resplandor rojo, se quedó de piedra.
Al pie del tronco dormía una joven. Tenía el pelo largo y de un color caoba apagado por la suciedad y sus ropas estaban destrozadas y llenas de barro, sangre y mugre. A sus pies descansaban dos abanicos rojos que brillaban al incidir sobre ellos la luz del sol que se colaba entre dos ramas. Eohnar abrió los ojos como platos y su pelo se tornó naranja por la sorpresa.
- Ay, madre... ¿Laurane?

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Gaby el Lun Sep 26, 2011 12:22 am

ESTOY ENAMORADA DE TU HISTORIA Y COMO SIEMPRE ESTOY ENAMORADA DE EOHNAR!!!! *-*

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Draperdi el Lun Sep 26, 2011 4:20 am

Gaby escribió:ESTOY ENAMORADA DE TU HISTORIA Y COMO SIEMPRE ESTOY ENAMORADA DE EOHNAR!!!! *-*


Muchas gracias Gaby!!Me alegro de que te guste

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Nono el Lun Sep 26, 2011 4:37 am

Gaby escribió:ESTOY ENAMORADA DE TU HISTORIA Y COMO SIEMPRE ESTOY ENAMORADA DE EOHNAR!!!! *-*


cheers cheers cheers
wow Gaby, me hace muy feliz =)
Eohnar es enamorante (existe?) jaja

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Gaby el Lun Oct 03, 2011 2:20 am

jajajaja LO ES! aunque no exista lo es xD jajajajajaj igual que Evanner XD pero Ehonar es mi favorito de TODITOS los hombres sexys que estan en este foro xD ustedes entienden *-* oh Ehonar I LOVE YOU! xD

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Allyssyah el Sáb Oct 08, 2011 7:12 am

Chicas, cómo es que nunca les había comentado??? O_O
Les he dicho que amo su historia? Tienen una manera de relatar increible! Y todos los personajes son tan especiales! Eohnar!!
Laurane aprisionada! Qué horror sólo leer el donde estaba! Y amo que sus armas sean esos abanicos, es muy original! Y cuando sale volando en este!
Arydan, me encantó ese chico! jajaja
<3 No importa que seas gafe, te amamos! jajajaja Y Tamir, qué bello animal!!!
Amé como iban haciendo aparecer cada personaje por separado.
Les comentaré los demás caps! <3

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Draperdi el Sáb Oct 08, 2011 7:58 am

Ow!!!Ally!!!Como me alegra tu coment!!!de verdad me alegra que te gusten los pj y como aparecen.Creo que el ir contando sus historias por separao ayuda a que quieran leer para saber que pasara con su pj favorito. Aunque he de decir que despues terminan todos formando parte del mismo grupo.


Y lo de las abanicos me alegro que te gusten. Es que pense en armas...y me vino a la mente cuando mulan esta luchando.

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

Mensaje  Nono el Sáb Oct 08, 2011 11:54 am

Bueno, ya lo dijo Anna todo, jajaja
Me alegro muchisimo tu comentario, Ally. Very Happy
Y eso, los personajes al final se juntarán, pero hasta que se junten todos aún tiene que pasar mucho jajaja o bueno, bastante

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Re: Kowatar Capítulo 1 : Huída

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