Capítulo 6: Fuego y agua

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Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  Nono el Lun Ago 06, 2012 5:34 pm

Capitulo 6: Fuego y agua


El sol apenas se podía distinguir en el horizonte. Parecía como si el propio astro quisiera esconderse y mantenerse ajeno a la batalla que estaba a punto de comenzar. El viento empezaba a soplar con fuerza desde el continente en dirección al mar. A Laurane le extrañó que atacaran en aquel momento, pues, como ella, los piratas sabían que hasta que no amaneciera de nuevo, tendrían el viento en su contra y si querían llegar a la costa les iba a costar hacerlo. Pero no puso demasiada atención en pensar en cosas así. Debía hacer algo antes de que destruyeran su hogar. Laurane se levantó e invocó sus abanicos. Los cañonazos la estaban sacando de quicio:
- ¡Laurane! - gritó Eohnar - ¡Espera!
Pero ella, para variar, no hizo caso, y empezó a murmurar las palabras en Arcano. Eohnar la sujetó de la muñeca antes de que terminara el hechizo y Laurane le lanzó una mirada de reproche.
- ¡Tenemos que hacer algo!
- Y haremos algo, pero primero tenemos que pensar.
- ¿Y tienes alguna idea? – lo retó Laurane, que hacía esfuerzos por no caer en la tentación de lanzarse hacia los barcos.
- ¡Jobar, Laurane, no me agobies! – se quejó Eohnar medio lloriqueando.
- ¡Eh! – la voz de Yarthen los hizo girarse hacia el rabo de Tamir. – Yo tengo una idea.
Tamir hizo una pirueta en el aire, un looping, y Yarthen se soltó para caer sentado detrás de Laurane. La quimera se tambaleó un poco por el excesivo peso y gruñó molesta.
- Pues explícala rápido que esta se está quejando por el peso – dijo Eohnar señalando la cabeza de Tamir.
- Es que comes demasiado, Eohnar – dijo Laurane.
- ¡Aquí la gorda eres tú! – se defendió él.
- ¡Debemos romper el timón! – chilló Yarthen para acallarlos a los dos.
Funcionó.
- ¿El timón? – repitió Eohnar.
- Si les rompemos el timón, no podrán dar la vuelta. Incluso si quedan atrapados en alguna corriente podrían encallar en una roca.
Una bala de cañón pasó muy cerca de ellos y Tamir volvió a ponerse en movimiento, aunque volaba algo más despacio.
- Pero habrá que hacer algo con los cañones – comentó Eohnar.
En ese momento, se escuchó un potente sonido resquebrajante seguido de una avalancha de rocas que se desprendieron del acantilado junto con otro trozo de jardín de la Torre que cayeron al mar levantando grandes cantidades de agua al hacerlo.
- Y alguien debería reforzar el acantilado – agregó Laurane con intención al ver como cada vez más piedra y tierra eran devoradas por los cañonazos de los piratas
Eohnar se dio la vuelta y la miró.
- No pretendía ir con segundas
- Pues yo sí.
El mago suspiró y Tamir voló hacia los acantilados donde se podía apreciar el efecto que las grandes armas de destrucción de los piratas había tenido Cuando estaba a unos tres metros sobre el suelo que se rompía por momentos, el joven saltó y aterrizó en la tierra, pero pisó mal y cayó de lado.
- ¡Ten cuidado! – le gritó Laurane.
Y se alejó con Yarthen en lomos de la quimera. Eohnar se levantó del suelo con el pelo de color azul murmurando algo como “me encuentro bien, gracias”. Cuando alzó la vista al cielo, vio a Tamir volando hacia los barcos agitando sus enormes alas rojizas.
- Y tú también – susurró.
Enseguida se concentró en su tarea. Invocó su vara blanca y la clavó en el suelo con un fuerte golpe. Al instante, esta comenzó a irradiar una tenue luz verdosa que fue haciéndose más brillante por momentos e introduciéndose por las grietas de la tierra como si fuera una serpiente, rellenando los huecos vacíos y asegurando la tierra. El mago cerró los ojos y su magia penetró hasta los puntos más profundos del acantilado. Dos nuevos cañonazos impactaron contra la pared rocosa y el mago sintió como si le dieran dos fuertes puñetazos, pero no cedió ni un ápice. Había pasado a ser uno con el acantilado. Apretó más las manos en torno a la vara. Y justo en el momento en que el suelo iba a ceder bajo sus pies, unas enormes enredaderas salieron de la tierra sujetándola como si fueran poderosas cuerdas y uniéndola de nuevo como si de un fuerte adhesivo se tratara.
Laurane, por su lado, seguía encima de Tamir contemplando a Eohnar desde lo alto. Apenas podía distinguirle desde aquella altura. Un nuevo cañonazo de uno de los barcos la devolvió a la realidad en la que se encontraba. Debía ocuparse de aquellas molestas armas.
- Entonces yo me ocupo de los cañones y tu del timón - dijo Laurane para estar segura.
- Exacto.
- Y Tamir nos cubrirá las espaldas - siguió Laurane mientras repasaba todos los componentes mentalmente
- Sí - asintió de nuevo Yarthen. - Tamir nos...
La quimera dio un gruñido a modo de asentimiento interrumpiendo a Yarthen. Este se quedó parado mirando a Laurane con los ojos abiertos como platos. Laurane le miró sin entender pero un nuevo gruñido de la quimera la hizo comprender. Estaban encima de una quimera, una criatura que pocos se atrevían a enfrentar, conocida por su fiereza, sus garras, colmillos y por su capacidad para escupir fuego. En resumen, conocidas por ser unas maquinas de matar, y su dueño estaba ahora mismo en los acantilados evitando que se vinieran abajo. La expresión del rostro de Laurane fue cambiando del desconcierto al horror. Ni siquiera se había atrevido a montar en ella antes, y ahora se encontraba con Yarthen sobre su lomo como si nada. Los dos. Solos. Con todo lo que aquello significaba.
- ¡Estamos sobre una quimera! - gritó Laurane medio histérica. - Yo me voy de aquí
- ¡Llévame contigo! - gritó Yarthen pegado a la joven como una lapa.
Laurane le gritaba de todo mientras intentaba zafarse de sus fuertes brazos.
- ¡Suéltame! ¡En mis abanicos solo hay sitio para mí! ¡Cáete al mar! ¡Pesado!
La joven fue a saltar pero al tener a Yarthen sujetándola no consiguió llegar hasta los abanicos y se precipitó hacia el mar con su compañero detrás.
- ¡Maldito seas, Yarthen!
La joven hechicera se concentró en sus abanicos y los convocó mentalmente para que fueran a recogerlos. Estos, que ahora eran uno solo, bajaron con rapidez respondiendo a su llamada y la recogieron a mitad de caída, recogiendo, de rebote, también a su amigo, que seguía colgando de ella al no tener sitio encima del gran abanico.
- Menos mal... Por poco caemos, eh, Lau.
- ¿Y de quién crees que es la culpa, zopenco? - le espetó
- De Eohnar.
Laurane se quedó callada.
- Tienes razón. La culpa es de Eohnar por tener una quimera.
- Bien y ahora que esta todo aclarado... - empezó Yarthen, contento de haber alejado el enfado de su persona - déjame en el agua para que pueda ocuparme del timón.
- A sus órdenes - dijo Laurane con una sonrisa.
Extendió las manos hacia adelante y sintió como la magia fluía a través de las yemas de sus dedos. Yarthen no tuvo tiempo de reaccionar ante la fuerza de la magia que Laurane había invocado, precipitándose hacia el mar sin remedio empujado por una corriente invisible.
- ¡Buena suerte!- gritó Laurane.
Yarthen fue a responder algo pero el agua lo engulló junto con sus palabras. El viento se hizo más fuerte y el mar respondía a esa provocación con olas más grandes. Laurane no perdió más tiempo y voló veloz hacia las embarcaciones de los piratas. Notó en los dedos un hormigueo que hacia tiempo que no sentía. Este empezó a extenderse poco a poco por todo su cuerpo El estomago empezó a revolvérsele de la emoción. Esa emoción que solo tenía antes de un combate, de una batalla, que le hacía olvidarse de todo lo demás. La adrenalina empezó a circular con rapidez por todo su cuerpo haciendo que sus sentidos estuvieran alerta.
Cada vez veía con más claridad las embarcaciones enemigas. La primera de ellas era una embarcación pequeña con poca potencia de fuego y solo un mástil, que se acercaba con velocidad a la costa. No mucho más lejos de esta podía verse como sobresalía la embarcación más grande de las tres. Contaba con dos enormes mástiles, cada uno de estos disponía de grandes velas cuadradas que en aquellos momentos se encontraban desplegadas y con una potencia de fuego increíble. Detrás de esta embarcación, había una idéntica a la primera de todas. No había estado mucho tiempo junto a los piratas, pero sí el suficiente para saber que la embarcación grande era un bergantín y las otras, dos balandros.
Todas ellas embarcaciones ligeras diseñadas para huir con rapidez de la escena del crimen. Eso lo sabía bien Laurane. Habían sido varias las ocasiones en las que habían necesitado de esa velocidad, y les había sido de gran ayuda. Pero todo eso no importaba ahora.
Uno de los dos balandros estaba ocupándose de la torre mientras que los otros seguían distraídos con la quimera. Si se acercaba demasiado podía prender fuego a sus barcos y era algo que jamás iban a permitir que ocurriese.
Laurane disminuyó la velocidad conforme se acercaba a los navíos. Si la descubrían, las balas de cañón irían directas a ella y era lo último que necesitaba en aquel momento. Así que cuando estuvo lo suficientemente cerca movió los brazos haciendo un circulo en el aire. Con cada movimiento sentía como su cuerpo se estremecía canalizando la energía y provocándole ese hormigueo en los dedos, síntoma de que estaba usando la magia. Termino el círculo con un fuerte y seco movimiento hacia adelante. Una fuerte y veloz ráfaga de aire comprimido se dirigió hacía los cañones empujándolos hacía dentro de la embarcación. Escuchó gritos provenientes de la bodega y un fuerte estruendo provocado por los cañones que habían llegado a la otra banda del casco.
Sabía que iban a tardar un tiempo en reponerse y en tenerlo todo listo para atacar de nuevo así que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Sin perder ni un segundo de su escaso tiempo, y antes de que lograran hacerse una idea de lo que había sucedido o de donde había venido el ataque, se fue hacia el siguiente barco volando a ras del agua para intentar no ser vista por los piratas que en esos momentos buscaban al causante de aquel ataque.

La luna brillaba con un suave brillo en el cielo. Su luz blanquecina se dejaba entrever por las calles de la Ciudad de la Eterna Noche. Por increíble que pareciese, sus tenues brillos conseguían entrar mucho mejor que los fuertes haces de luz de sol en aquella ciudad que en esos momentos se encontraba en su máxima actividad. Cuando llegaron a palacio, los guardias que custodiaban la puerta ni siquiera les impidieron el paso. Les estaban esperando.
Lylith bajó de su montura y entró a palacio sin detenerse. Los soldados desmontaron y aguardaron quietos a que la teniente general Lylith volviera para darles órdenes. Los criados, incluidos Luxhienn, hicieron lo mismo. Mientras aguardaban el regreso de Lylith, varios jóvenes aparecieron para hacerse cargo de sus monturas, que recibían ordenes de un elfo oscuro de gran estatura. Uno de los muchos caballerizos que estaban a cargo de las monturas de palacio. Parecía estar de mal humor. Luxhienn se quedó observando las paredes de palacio brillar bajo esa luz lunar. Como si así pudiera ver lo que había más allá.

Lylith andaba con paso ligero por los largos pasillos de palacio que rebosaba lleno de vida. Los criados iban de un lado a otro. En cambio, no había ninguna muestra de que se estuvieran preparando para la guerra. Poco a poco, los lujos fueron menguando hasta que llegó a la zona destinada a la investigación. Aquella zona, restringida para la mayoría, estaba reservada para todo tipo de indagaciones. Pasó de largo el lugar reservado para las celdas donde residían los sujetos de experimentación. Aquel lugar le resultaba repugnante y horrendo, pero el jefe de investigaciones se lo había dejado bien claro antes de mandarla en la misión. Solo ella debía llevar la piedra, y solo de ella la recibiría. En aquellos estrechos pasadizos, la única luz que alumbraba el camino eran las piedras mágicas que desprendían una sutil luz.
Durante el trayecto se encontró varios guardias pero ninguno de ellos le pidió que se detuviera. Siguió andando hasta que aquel largo corredor terminó en una puerta blindada y reforzada, custodiada por dos guardias. Lylith podía contar con una de sus manos las veces que había estado allí dentro y ninguna de ellas había sido agradable. Aquel lugar era incluso peor que la sala de torturas. No perdió más tiempo del necesario y llamó con los nudillos. Cuanto antes le entregara el obthrey, antes saldría de allí. Escuchó un ruido metálico y después el chirrido de la puerta al abrirse. Y allí, ante ella, estaba él. Un elfo oscuro apuesto, no podía negarlo. De estatura media entre los de su raza. Largo pelo negro recogido en una coleta y mirada oscura y cruel.
- ¿Lo tienes? - preguntó directo. Era un hombre al que no le gustaba andarse con rodeos, sobre todo si se trataba de trabajo.
Lylith se sacó el preciado obthrey de uno de los bolsillos internos de su oscura ropa y se lo tendió con una reverencia.
- Tal como me ordenó, alteza - contestó Lylith sin levantar la cabeza.
El jefe de investigaciones cogió el objeto con un brillo ansioso en la mirada. El mundo dejó de existir. Aquella piedra había captado toda su atención. Lylith se incorporó sin esperar a que aquel elfo le diera permiso. Contempló cómo destapaba el objeto, que había estado cubierto con una tela sedosa y se dirigía a un lado de la habitación donde había una silla que en un primer momento podría haber parecido normal. Pero tenía, en el lugar donde reposaría la cabeza, dos brazos que desprendían un brillo oscuro. Estos brazos estaban conectados a una pequeña caja que reposaba en una mesa contigua. El investigador se dirigió directo a la caja y, abriéndola por una abertura lateral, colocó el obthrey en el interior. Entonces se dio la vuelta y contempló a Lylith.
- ¿Cuantos años tienes, teniente general Lylith?
Aquella pregunta pilló por sorpresa a la teniente, pero esta, como bien sabía, supo disimular su asombro con gran habilidad.
- Puedo preguntar, si me lo permite su alteza, ¿a qué viene esa pregunta?
- Responde - dijo simplemente él.
- Setecientos cincuenta y siete años. Alteza.
- Pues te aseguro, que en tus setecientos cincuenta y siete años, ni en los siguientes, verás algo como lo que está a punto de pasar. Esta maquina nos traerá la victoria. Nos devolverá lo que por derecho nos corresponde. Los que esos altos elfos nos quitaron.
Lylith lo contempló en silencio. Había vivido el tiempo suficiente para contemplar que el odio por los altos elfos no parecía disminuir, si no todo lo contrario. Y ese sentimiento era mutuo. Como todos, sabía que en un pasado muy lejano fueron lo mismo. Pero la razón, la verdadera razón que causó esa separación había quedado en el olvido dejando detrás ese eterno odio.
- Lástima que no me queden más magos en los calabozos para probar la máquina. Puedes marcharte. No preciso ya de tus servicios.
Lylith hizo una reverencia y salió de aquel lugar que tanto repudiaba. Si no fuera porque aquel hombre, el mismísimo príncipe Leithenn, heredero al trono, le hubiera pedido que se lo entregara en persona, se habría negado a entrar a aquel espantoso lugar. El buen humor que había tenido al hacer aquel pequeño hallazgo en forma de criado se había esfumado por completo con aquella visita. De momento lo único que le apetecía era acostarse y dormir.

Luxhienn tuvo que esperar casi una hora en la entrada de palacio. Esperaba que fuera la propia Lylith la que les dijera que podían descansar, pero en su lugar fue un joven criado. . El viaje había sido duro puesto que no habían hecho apenas paradas en los cuatro días que había durado el trayecto de vuelta a Nobrieth y por eso cuando les permitieron irse cada uno se fue directo a sus aposentos. Lux compartía el suyo con todos los cocineros que había en palacio. Dormían todos juntos en una gran sala, en camas que parecían piedra, pero en camas después de todo. Se tumbó en ella y dejó que el agotamiento lo venciera.


Puede que el primer barco hubiera resultado sencillo debido al factor sorpresa pero en la segunda embarcación no corrió la misma suerte. Alertados por el alboroto y el caos que reinaba en la primera embarcación, los tripulantes del bergantín estaban atentos a cualquier anomalía que pudieran encontrar en el aire o en el mar y, aunque Laurane trató de ser lo mas silenciosa posible y pasar desapercibida, no pudo evitar que uno de los vigías de la cofa alertara de su presencia.
No recordaba con mucha claridad qué había pasado después de aquel grito. Solo sabía que había logrado conseguir su objetivo. Recordaba vagamente disparos, gritos y un ruido ensordecedor que la había dejado con una desagradable molestia. Y ahora, en esos precisos instantes, estaba en medio de la cubierta, rodeada de piratas deseosos de reducirla lo más pronto posible. Necesitaba salir de aquella trampa mortal para seguir con su labor pero no tubo tiempo de hacer nada ni de pensar en cómo salir.
Los piratas más cercanos se lanzaron a por ella con sus sables y cimitarras desenvainadas, pero no les dejó que se acercaran demasiado. Laurane dio una vuelta sobre sí misma extendiendo sus armas y enviando por los aires a aquellos que estaban más próximos a ella. Se escuchó el característico sonido que hacía un objeto pesado al caer al agua. Los gritos y las voces que antes se le hacían ajenas empezaron a cobrar claridad y a ser fácilmente distinguibles. El olor a pólvora, sudor y sal impregnaba cada rincón del barco. Bajo sus pies, sentía como el barco se mecía por las embestidas furiosas del mar. No era fácil luchar en aquellas condiciones pero los piratas estaban en su terreno y Laurane, a pesar de que había estado con ellos un año, no estaba tan familiarizada como ellos. Aún así, no podía quedarse quieta y esperar a que fueran a por ella. Empezó a moverse luchando contra todos aquellos que intentaban acercarse lo suficiente. Alternaba su magia del aire y la lucha cuerpo a cuerpo. Empezó a notar el cansancio en sus brazos y eso hizo que su atención decayera por unos instantes que uno de los piratas consiguió aprovechar. Laurane evitó el golpe con un movimiento demasiado brusco que hizo que resbalara y se precipitara al suelo soltando sus preciados abanicos que fueron a parar lejos de su alcance. El pirata levantó su sable y se dispuso a descargarlo sobre la joven maga que aún se encontraba aturdida por la caída, cuando un potente chorro de agua lo tiró por la borda.
- ¡No es hora de limpiar el suelo, Laurane!
- ¡Cállate, imbécil! ¡Nadie ha pedido tu opinión!
- ¿Necesitas ayuda?
- ¿Para sacar la basura? No, gracias. Ocúpate del otro timón que te falta - espetó Laurane incorporándose.
Yarthen se quedó allí parado. Sabía que su amiga mentía. Se le notaba a la legua y por eso no iba a marcharse de allí y dejar que la cogieran. Varios piratas fueron a por él cuando lo vieron de pie sobre la batayola del barco. Pronuncio unas palabras rápidamente y en un murmullo y dos nuevos chorros salieron de sus manos impactando contra los piratas. Sonrió satisfecho pero su sonrisa duró poco al ver la gran cantidad de enemigos que aún les quedaba por abatir. Así nunca saldrían de allí. Intento localizar a Laurane y vio que esta se encontraba rodeada y sin sus abanicos. La situación estaba empezando a ponerse fea cuando un rugido proveniente de los cielos hizo que todos levantaran la mirada. Fue apenas un momento para ver como la quimera, que antes había estado alejada por los cañones, lanzaba una gran llamarada sobre las embarcaciones. Laurane contempló con gran asombro cómo el barco empezaba a arder y cómo los piratas, que momentos antes la tenían rodeada, corrían a apagar el fuego o, simplemente, a esconderse de la furia de la quimera. Yarthen lanzó un grito de júbilo al ver cómo Tamir lanzaba fuego para reducir las embarcaciones a cenizas.
- ¡Eso es! ¡Ya sabía yo que era buena idea tener a una quimera con nosotros!
Laurane estaba recuperando el aliento cuando escuchó a Yarthen.
- ¿Pero qué dices? Si tú eras el que - Lo que seguía a la frase fue ahogado por un cañonazo del barco restante. Había dejado la torre para ocuparse de la quimera. Uno de los proyectiles consiguió darle a la quimera haciendo que esta soltara un rugido desgarrador y escapara volando torpemente antes de que pudiera recibir otro disparo y la derribara. Laurane desvió la mirada del cielo a la embarcación restante y después a Yarthen.
- ¿Qué haces aún aquí?
- Estaba evitando que te hicieran añicos.
- Ve y ocúpate del último timón.
- Esta bien, pero no te entretengas demasiado aquí. Aún te queda el último barco.
Laurane recogió sus abanicos y golpeó en la cara a un pirata que había intentado recogerlos.
- ¡Tú haz lo tuyo!
Yarthen desapareció de la vista de Laurane y esta suspiró. Tenía que darse prisa e irse de allí para ocuparse de los últimos cañones y evitar que volvieran a dañar a Tamir o al acantilado. La joven miró hacia todos lados en busca de sus abanicos, los cuales había perdido de vista el momento en el que el barco había empezado a arder y el caos reinaba en la embarcación. El fuego lo consumía todo con voracidad y los intentos de los piratas por apagar los diferentes focos dispersos por el barco no parecían dar muchos resultados. Cada vez el calor que hacía era más sofocante y dificultaba el respirar.
- ¡Virad a izquierda! - se escuchó.
- ¡El timón está roto!
- ¡Vamos a estrellarnos!
Laurane se maldijo a sí misma. Debía irse de allí antes de que eso ocurriese. Echó un último vistazo por si los veía pero el humo empezaba a ser demasiado espeso. Decidió salir de allí e invocarlos de nuevo cuando estuviera en el agua. Empezó a correr hacia la borda del barco y fue entonces cuando lo sintió. Se percató de algo que había estado ignorando completamente. Tal vez porque no se había manifestado o porque había quedado eclipsado por su magia y los hechizos de Yarthen. Había notado esa perturbación en el aire, esa perturbación perceptible cuando se pronuncia un hechizo. Todo empezó a tener más sentido. Era evidente que iban a ir preparados para luchar contra hechiceros y magos si estaba atacando la Torre.
Laurane dio media vuelta. Debía ocuparse antes de aquel hechicero, así que invocó sus abanicos que aparecieron delante de ella. Sintió un brusco viraje que casi la hace caer. El hechicero había reparado el timón y no solo eso. Laurane contemplo consternada y abatida como el fuego no se extendía, si no que parecía arremeter.
Se maldijo una y otra vez por no haberse dado cuenta antes de lo que estaba pasando, pero había sido inevitable. Su cabeza había estado inmersa en el fervor de la batalla y no se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Si no encontraba rápidamente al hechicero y se ocupaba de él, todo lo que habían logrado hasta ese momento habría sido inútil.


Eohnar se sentía un poco atontado, como si acabara de despertarse de una siesta. Los cañonazos había ido reduciéndose hasta que ya dejaron de impactar sobre el acantilado. Pero no fue hasta que escuchó el rugido de dolor de Tamir que abrió los ojos y la vio volando torpemente intentando esquivar los proyectiles. La luz verde que irradiaba desde su vara se apagó, al igual que todas las venas que de ella se ramificaban uniendo el acantilado. Este se mantenía firme, unido de nuevo a la tierra bajo sus pies. Eohnar desclavó la vara y corrió hacia el borde del barranco dispuesto a ayudar a su mascota, pero entonces sucedió algo: el resplandor lavanda de la Torre se apagó y dejó los alrededores en la penumbra.
Eso solo podía significar que algo le había pasado a la Maestra. Ella era la encargada de la protección de la Torre y si esta había dejado de funcionar... Era incapaz de imaginar que algo le hubiera podido pasar a ella o los estudiantes. Lanzó un último vistazo a Tamir deseando que no le ocurriese nada y se dirigió a toda prisa al interior de la Torre. Entró por la puerta de los jardines, la más cercana a su posición, y lo que vio lo sorprendió. O más bien lo que no vio.
No había nadie.
Sin perder ni un instante, subió las escaleras para entrar en la galería en la que habían visto a Yarthen por primera vez, y siguió escaleras arriba hacia el despacho de la Maestra. Sin embargo, a mitad del tramo, le salieron al paso cinco piratas. Y lo más raro era que dos de ellos cargaban el cuerpo de un muchacho, de un joven que vestía con una túnica plateada. Un estudiante de la Torre.
- ¡Ahí hay otro! – exclamó uno de ellos.
Y los tres se lanzaron a por él con sus sables desenvainados. Eohnar alzó la vara y se defendió con ella, parado las estocadas de los piratas. Estos se apartaron de él mirándole con agresividad. Pero no solo eso. Parecían desconcertados.
- Este no está drogado - gruñó uno de ellos.
Eohnar frunció el ceño. ¿Drogado? ¿A qué se referían? Los piratas parecían reacios a atacarle, y eso le confundió. Dudaban. ¿Por qué habrían entrado los piratas a la Torre si no era para atacarles? Pero, por otro lado, ¿por qué no había signos de pelea? Miles de preguntas pululaban por su cabeza en busca de respuestas mientras su pelo tornaba del rubio al verde claro. No podía quedarse parado intentando responderlas. La barrera de la Torre se había desvanecido y cualquier cañonazo que impactase contra su fachada podría tener graves consecuencias. Dio un par de pasos hacia los piratas, que retrocedieron, y cuando se dispuso a atacarles, un grupo de otros quince aparecieron por el tramo de la escalera, cargando más cuerpos de hechiceros inconscientes. Eohnar se quedó parado. No podía creer que unos simples piratas hubieran podido vencer a tantos hechiceros. Era como si estos nunca hubieran luchado.
- ¿Por qué ese sigue en pie? – preguntó un pirata que tenía un parche en el ojo y que parecía un cabecilla.
- No está drogado – respondió uno de los que se había enfrentado a él.
- No podemos dejarlo así, ha visto demasiado. ¡Acabad con él! – ordenó.
Una oleada de piratas se le vino encima y, aunque hubiera podido defenderse, Eohnar se dio la vuelta y echó a correr en dirección contraria, huyendo de sus sables y de sus gritos de guerra. Bajó las escaleras de tres en tres, pero otro grupo de piratas le salió al paso desde el rellano del piso de abajo. Estaba rodeado. Asió la vara y, cuando los piratas estaban a menos de dos metros de él, la sacudió como si fuera una bandera. Al instante, las escaleras cedieron bajo los pies de sus atacantes, haciendo que cayeran al suelo en un hondo agujero y provocando más de un hueso roto. El tramo en el que el joven mago se encontraba permanecía intacto. Aprovechando la confusión, Eohnar saltó la apertura en el suelo y corrió hacia los pocos piratas que no se habían lanzado contra él y que custodiaban los cuerpos de seis estudiantes. Apenas tuvieron tiempo de defenderse de los ataques del chico antes de terminar en el suelo con profundos cortes en sus cuerpos.
Eohnar se agachó junto al estudiante más próximo a él y lo inspeccionó. Tenía los ojos cerrados, pero respiraba. Lo zarandeó un poco intentando despertarlo, pero no funcionó. Solo consiguió que se le entreabriera la boca con el movimiento. Entonces el joven se fijo en que tenía la parte interior de los labios reseca y de color morado. Acercó su nariz y le llegó un potente olor dulzón que lo mareó, por lo que se apartó del mago inconsciente enseguida temiendo que pudiera afectarle de algún modo. Fue hacia otro cuerpo. En este caso se trataba de una chica. Le abrió la boca y comprobó que también tenía los labios en las mismas condiciones que el primero. Y lo mismo hizo con otros dos cuerpos más hasta que los piratas que habían caído por el derrumbe de la escalera consiguieron escalar el agujero y avanzar hacia él con sus armas en alto. Algunos de ellos cojeaban, pero no por ello se lo pensaron dos veces antes de abalanzarse sobre Eohnar y unirse a sus compañeros en el suelo. Cuando se hubo desecho del último, Eohnar recuperó el aliento sin demorarse demasiado. Estaba agotado, demasiado, pero no podía perder el tiempo y, aunque no le agradaba la idea de dejar los cuerpos de los hechiceros ahí tirados, siguió subiendo las escaleras hacia el despacho de la Maestra al tiempo que las dudas en su cabeza iban cobrando sentido. Las palabras de los piratas, la falta de defensa por parte de los magos y esas marcas en sus labios. Habían sido drogados. Recordó que Yarthen le había dicho nada más llegar a Thatar que todos los estudiantes estaban en el comedor. Alguien los había drogado. Y necesitaba saber quién.


Mientras formulaba un pequeño hechizo para ayudarla a respirar mejor, pensaba en una forma de encontrar al hechicero que se escondía en la embarcación. Si no se daba prisa, los piratas terminarían de extinguir el fuego, estarían desocupados y la atacarían de nuevo. Poco a poco le iban surgiendo problemas. El cansancio estaba haciendo mella en ella, pero no solo eso. Las pequeñas heridas que había ido acumulando junto al calor y el humo habían empezado a pasarle factura. Todas eran superficiales pero aunque fueran pocas y poco importantes la molestaban. Intento despejarse y evitar pensar en el cansancio. El calor la estaba atontando. Debía darse prisa para encontrar el hechicero.
Laurane decidió empezar su búsqueda por abajo así que dirigió sus pasos a las escaleras que la conducirían a la parte baja del barco estaba a punto de llegar cuando tuvo que detenerse en seco y dar una vuelta de ciento ochenta grados para detener un golpe que iba directo a su cabeza. La fuerza del impacto la hizo retroceder sobre sus pies y casi caer al suelo. Su atacante llevaba dos cimitarras plateadas que en aquel momento amenazaban con partirla en dos. Solo sus abanicos la separaban de aquellas dos armas mortales. Su atacante era muchísimo más alto y grande que Laurane cosa que pudo comprobar con su increíble fuerza bruta. Su pelo y barba pelirroja eran abundantes y se encontraban empapados en sudor. Sus ojos, pequeños y penetrantes brillaban con intensidad. En ellos se podía ver el fuego que había prendido el barco. Su nariz aguileña estaba torcida. Una peculiaridad que Laurane nunca olvidaría.
- ¡Darick!
- ¿A donde pensabas ir, bruja? - gruñó con los dientes apretados.
Laurane aguantaba su brutal fuerza a duras penas. Empezó a pronunciar un hechizo pero Darick saltó hacia atrás a una distancia prudente. Estaba claro que no era rival fácil. Si Laurane se ponía seria podía derrotarle fácilmente pero si contaba con la ayuda de un hechicero…
- ¡Apártate de mi camino si no quieres que te mate!
- Inténtalo, bruja.
La joven maga se dirigió corriendo a por él. Con un rápido movimiento de manos, cogió los dos abanicos en una sola mientras en la otra se formó una esfera comprimida de viento que lanzó contra Darick, pero este la desvió con una de sus dos cimitarras. El aire comprimido dio contra uno de los mástiles haciendo que se partiera. Este empezó a caer pero quedó enganchado en el otro mástil. Laurane se paró en seco y se quedó mirando las armas. Tenían un brillo gélido y el aire a su alrededor parecía perturbado. No hizo falta nada más para que averiguara qué estaba hechizada.
- ¿Dónde está? - rugió Laurane perdiendo la paciencia.
- ¿Quién? ¿Drake? - rió entre dientes. - Hace tiempo que se buscó a otra ramera para que le calentase la cama.
- Me importa poco con quién esté ese capitán de tres al cuarto. Yo estoy buscando al hechicero que te ha embrujado esas espadas. Y como vuelvas a llamarme ramera te parto en dos como a ese mástil - añadió embistiendo con sus abanicos otra vez más.
La sonrisa burlona desapareció del rostro del pirata.
- ¿Cómo te has dado cuenta?
- ¿Con quién crees que estas hablando? Que me uniera a vosotros no significa que fuera una inútil.
- No voy a dejar que llegues hasta él.
El pirata levantó las espadas y empezó a recitar unas palabras en el idioma de los hechiceros. Laurane abrió los ojos como platos y maldijo por lo bajo con una retahíla de insultos. Aquel hechicero, el maldito hechicero que seguramente estaría escondido en algún camarote, estaba utilizando las espadas para aumentar su fuerza. Pero eso no era todo. También las estaba para canalizar su magia a través de él, y eso era magia prohibida, magia condenada por las Seis Torres de Hechicería. Hacer que una persona no formada utilizara forzadamente la magia era un hecho que podía terminar en desastre. Era evidente que Darick no era consciente de lo peligroso que podía llegar a ser ni en lo que podría llegar a convertirse si eso seguía adelante.
- ¡Ese tipo de hechizo está prohibido, desgraciado!
Un rayó azul salió de las cimitarras del pirata y Laurane tuvo que rodar hacia un lateral para esquivar el hechizo.
- Esta vez no fallaré.
Solo había una manera de terminar con aquel desastre y era cortando la conexión que unía a Darick con el hechicero. En realidad era un hechizo muy sencillo. Se utilizaba para cortar cualquier tipo de lazo mágico, incluso para cortar comunicaciones. Solo tenía un pequeño problema. Era un hechizo largo. Y sabía que Darick no iba a dejarle ni un segundo. La otra forma era haciendo que soltara las armas. Hecho aun más complicado aún. Miró alrededor buscando alguna forma de ganar tiempo mientras detenía un nuevo ataque cuando reparó en el incendio que todavía seguía activo. Una pequeña idea le vino a la mente y no se paró en ver si era lo suficientemente buena.
Extendió los brazos hacía los lados y los levantó con rapidez. Inmediatamente el incendio ganó fuerza pero, más que las propias llamas, fue el humo de este el que empezó a expandirse velozmente ocupando en pocos segundos todo el barco haciendo la visión prácticamente nula.
Laurane retrocedió y se ocultó en un rincón arrodillándose en el suelo para empezar a formular el largo hechizo que liberaría al pirata. En aquellos momentos, entró en una especie de trance. La realidad se trasformó para ella. Los gritos de los piratas sorprendidos por el humo dejaron de escucharse. Al igual que los cañones que aún seguían disparando, que las olas del mar. Todo dejó de escucharse excepto el viento que nunca la abandonaba. Pero Darick no se quedó de brazos cruzados. El hechicero se dio cuenta de lo que su enemiga pretendía, así que, utilizando a Darick como si fuera una marioneta, habló en Arcano para despejar el humo y encontrarla antes de que terminara de conjurar el hechizo.
El humo empezó a perder consistencia poco a poco hasta que todo él se disolvió en la nada y la posición de Laurane fue revelada. Darick sonrió triunfal y supo que el hechicero lo hacía también desde su escondite. Tenía a Laurane a su merced. Ni si quiera parecía haberse dado cuenta de que la había descubierto. El problema era que no quería que el hechicero se entrometiera. No ahora que era vulnerable, así que lanzó una de las cimitarras hechizadas. Solo así se aseguraba de que era un golpe suyo el que ponía punto y final al combate. Esta voló por el aire cortándolo con un sonido silbante. Laurane seguía en su pequeño trance ajena a lo que se dirigía directa hacía ella pero, al contrario de lo que Darick esperaba, esta no impacto en la joven, pasó volando cerca de ella, rozándole el brazo y causándole una herida. Una herida fea y bastante profunda, pero no lo suficiente como para que le diera la victoria del combate. Laurane sintió la sangre caliente fluir por su brazo y la herida escocerle con un gran dolor. Aquellas no eran armas normales y un simple roce podía causar una herida profunda, pero el dolor parecía menor debido al trance, así que pudo ignorarlo y seguir con su letanía. Ya casi había terminado de pronunciar todas las palabras que contrarrestarían el hechizo. Solo necesitaba un poco más de tiempo. Darick se quedó parado. No podía creerse que hubiera fallado. Sintió como parte de la fuerza se le había desvanecido.
“Imbecil” – escuchó - “¿Cómo se te ocurre lanzar la cimitarra? ¡No hagas ninguna estupidez más y córtala por la mitad antes de que termine el hechizo!”
Las palabras del hechicero le mosquearon. No toleraba que nadie le hablara así pero no era momento para ponerse a discutir con él. El tiempo pasaba y cada segundo que transcurría significaba que estaba un segundo más cerca de su derrota. Cogió su cimitarra fuertemente con las dos manos y fue directo hacia la joven dispuesto a cortarla por la mitad. Una explosión en uno de los otros barcos hizo que se detuviera un momento pero una fuerza invisible lo obligo a centrarse. Cada vez la tenía más cerca. Sonrió al ver que iba a cumplir su objetivo. Estaba ya tan cerca que podía saborear la victoria. Y justo cuando se disponía a levantar el brazo para dar el golpe final sintió como la fuerza se desvanecía junto a un grito del hechicero. No supo muy bien si lo escuchó en su cabeza o no, pero fue un gritó ensordecedor y desagradable. Todo el cuerpo le dolía y sintió como la vista se le nublaba.
Laurane abrió los ojos y vio como Darick caía al suelo inconsciente. Como hubiera seguido más tiempo bajo el dominio de aquel hechicero habría terminado muerto. Se llevó la mano al brazo izquierdo donde le habían hecho el corte. De nuevo sintió en su espalda aquella desagradable sensación. Se quedó allí, de rodillas, luchando contra su propio dolor.

Conforme ascendía, se iba topando con más piratas, pero los iba derrotando a su paso y seguía subiendo sin mirar atrás, sin preocuparse de si seguían vivos o no. Lo único que le preocupaba en ese momento era encontrar a la Maestra y asegurarse de que estaba bien. Por fin llegó al último piso y avanzó por el pasillo lleno de conchas hasta entrar en el despacho abriendo la puerta de un tirón.
Las estanterías estaban descolgadas, la mesa dada la vuelta, los papeles desperdigados por el suelo. Y la pila de comunicación estaba rota. Una enorme brecha había hecho que parte de la jofaina de piedra se desprendiera igual que lo había hecho antes el propio acantilado. Eohnar miró en derredor en busca de la mujer. Al otro lado de la cortina translúcida distinguió una figura en el suelo. Con el corazón en un puño, salió al balcón y se encontró a la Maestra tirada en medio de un charco de sangre. Tenía un puñal clavado en la parte baja de la espalda, pero había más orificios por todo su cuerpo. A Eohnar le tembló el labio. Ya había visto la muerte antes, pero nunca en esas condiciones. Nunca había visto un cuerpo apuñalado tantas veces y mucho menos por la espalda. Sin perder tiempo, se dispuso a utilizar su magia curativa, con urgencia, con desesperación, pero algo dentro de él sabía que sería en vano.
- Es inútil...
Eohnar se sorprendió. Era la voz de la Maestra. El chico la giró lo suficiente como para verle la cara. La mujer hacía esfuerzos por abrir los ojos, pero apenas tenía fuerzas para mover la boca.
- No, no lo es – la contradijo Eohnar. No podía resucitar un cuerpo muerto pero, si la Maestra aún estaba viva, todavía quedaba una posibilidad de salvarla, por pequeña que fuera.
Sin embargo, la magia utilizada para asegurar el acantilado le había privado de parte de su energía mágica y curar heridas como las que presentaba la mujer, heridas claramente mortales, le exigía más de la que ahora mismo albergaba. Le temblaron las manos de impotencia, mientras un resplandor dorado irradiaba de ellas, pero sin signos de devolverle la salud a la mujer.
- Eohnar... – susurró la Maestra.
- Conserve las fuerzas – rogó el mago.
La mujer cerró los ojos y Eohnar se asustó.
- No. Míreme, señora, por favor... No se muera.
La Maestra siguió con los ojos cerrados, pero logró hablar, aunque su voz se fue apagando conforme pronunciaba las palabras.
- Un traidor... Les abrió la puerta desde dentro de la Torre...
Eohnar se sorprendió ante aquella revelación, aunque no por ello dejó que su magia curativa dejara de fluir de su cuerpo. Así que sus sospechas eran ciertas. Alguien, posiblemente la misma persona que había drogado a los estudiantes, les había abierto las puertas a los piratas. Les había ofrecido a los hechiceros en bandeja. Y, muy posiblemente, era el mismo que había apuñalado a la Maestra mientras esta se esforzaba por mantener la barrera protectora. Porque ni ella ni nadie sabía que el ataque de los barcos al acantilado solo había sido una distracción para que los auténticos asesinos entraran sin peligro alguno.
- ¿Quién es? – preguntó Eohnar, intentando que su voz no sonara demasiado exigente.
La Maestra intentó coger aire para hablar, pero fue incapaz.
- ¿Quién es? – volvió a preguntar Eohnar, aún sabiendo que la mujer no podría contestarle.
Porque ya estaba muerta. El brillo dorado se apagó y Eohnar se quedó arrodillado junto a aquella mujer, lamentándose por su pérdida, mientras su cabello se iba tornando de un color granate, símbolo de su tristeza.


Laurane andaba despacio con una mano en el brazo herido intentando no pensar en el dolor que le producía. Aquella zona del barco estaba completamente vacía, pero era de esperar. Todos estaban ocupados apagando el fuego y evitando que el barco se estrellara en las rocas. Los gritos se escuchaban amortiguados allá dentro. Empezó a mirar camarote por camarote buscando al hechicero hasta que llegó al que parecía ser el camarote del capitán. Cuando abrió la puerta, lo vio tumbado en el suelo boca abajo. Se acercó con cuidado y con la punta del pie le dio la vuelta. Tenía los ojos abiertos de par en par al igual que la boca. La cara se había quedado dibujando una horrible expresión de dolor. Se quedó observándolo unos momentos. Pero enseguida apartó la mirada.
Estaba muerto. El shock lo había matado.
Salió de allí y se apoyó en la pared un instante para tomar aire y vendarse la herida con un trozo del bajo del vestido que se rasgó para tal fin. Le estaba sangrando demasiado y si seguía así no tardaría en perder el conocimiento. Cuando estuvo más o menos lista, salió de allí sin demora todo lo rápido que pudo. El ambiente en la cubierta apenas había cambiado. Parecía que el incendio estaba controlado pero todos seguían demasiado ocupados para preocuparse por ella. Se acercó a la borda del barco y saltó. Los abanicos acudieron a las palabras mágicas que pronunció y la llevaron al balandro restante.
No tardó en ver a Yarthen en la cubierta ocupándose de unos piratas. Se percató de que ya no disparaban los cañones así que supuso que Yarthen se había ocupado de ellos. Tenía algunas heridas pero, en conjunto, estaba mucho más fresco que Laurane. Esta, sin bajarse de los abanicos, fue hasta donde estaba su amigo luchando y saltó con cuidado para que el brazo no se le resintiera y le dio una patada a uno de los piratas al mismo que tiempo que cogía los abanicos en el aire. Los piratas les miraron unos momentos. Con uno se atrevían, pero con dos ya era demasiado. Empezaron a huir de los dos.
- Sí que has tardado en venir, Lau. Un poco más y me hacen puré.
- Lo siento. Tuve que enfrentarme a un hechicero.
- ¿Lo mataste?
- Sí. Pero me costó demasiado.
Yarthen se la quedó mirando.
- El brazo te está sangrando…
Laurane se lo miró unos instantes. El pequeño apaño que se había hecho le había durado poco y la ropa que había usado a modo de venda estaba empapada de sangre.
- Puedo aguantar. Veo que te ocupaste de los cañones.
Yarthen le guiño un ojo.
- No soy un hombre paciente.
Laurane fue a sonreír pero entonces se percató de algo. Algo que llamó su atención, que no iba bien. La Torre estaba a oscuras. El resplandor que había estado rodeándola, protegiéndola, había desaparecido. El pánico empezó a dominarla.
- Yarthen... La protección... La Torre... - murmuro señalándola.
Yarthen miró hacia lo alto del acantilado y su buen humor desapareció de inmediato. ¿Cómo podía ser? ¿La Maestra había caído? Se quedó perdido unos instantes en sus pensamientos hasta que todo pareció cobrar sentido.
- Tenemos que ir a ayudarles.
Los dos amigos se dirigieron a la borda. Laurane empezó a pronunciar las palabras en Arcano para adecuar los abanicos a los dos cuando algo llamó la atención de Yarthen. Una perturbación que sintió en el bergantín. Al observar con más detalle lo vio. El hechicero del cual Laurane había hablado, el que se suponía muerto, estaba formulando un hechizo con una mano extendida mientras con la otra se apoyaba en la pared. A su vez, contemplaba con odio la embarcación donde se encontraba la mujer que había conseguido derrotarle, derrotar a su marioneta. No tenía claro si iba a salir con vida de esa, pero si se iba, no pretendía irse solo a la otra vida. Haría que aquel barco estallara en mil pedazos.
A Yarthen no le hizo falta escuchar las palabras para saber qué pretendía. Sin perder tiempo, cogió a Laurane del brazo interrumpiendo su invocación, le dio la vuelta y la besó en los labios. Algo en su interior le decía que no tendría otra oportunidad. Que aquello podría ser lo último que hiciera. Después de aquel repentino beso, sin dejar que reaccionara, la empujó al mar con fuerza, con la poca que le quedaba. Laurane no tuvo tiempo ni de sorprenderse por aquel gesto. Sintió como caía arrastrada por la fuerza de la gravedad y más tarde cómo el agua del mar la envolvía en su abrazo mojado. Casi al mismo tiempo que se sumergía en él se produjo una enorme explosión. El barco había volado (por no repetir explotar, estallar) por los aires. Las olas provocadas por la onda expansiva amenazaron con hundirla. El dolor del brazo se intensificó. Apenas podía pensar en lo que acababa de ocurrir, ni tampoco escuchar nada. El mundo le daba vueltas, empezó a perder la visión y el mar poco a poco empezó a engullirla. Pero antes de que esto ocurriera lo notó. Lo mismo que había pasado cuando huía del palacio. Su verdadero ser acudió en su ayuda para sanarla. Para intentar salvarla de una muerte fría.

Eohnar alzó la cabeza en cuanto escuchó aquella poderosa explosión que resonó en todo el cabo y que iluminó la noche. Se levantó del suelo dejando a la Maestra y avanzó hacia la barandilla del balcón. El bergantín estaba en llamas, pero era uno de los dos balandros el que había explotado convirtiéndose en un montón de madera quemada y velas rotas. El pánico le inundó por dentro, junto con el miedo.
Laurane.
Miró sobre su hombro el cuerpo sin vida de la Maestra y, prometiendo que regresaría para darle sepultura, clavó la vista en el mar que se azotaba bajo sus pies.
Y, sin pensarlo dos veces, saltó.
La sensación de caía fue mucho mayor que cuando había saltado del acantilado esa misma tarde, aunque apenas sintió ese vacío en su estómago. Su preocupación por Laurane lo derrocaba fácilmente. El aire le apartaba el cabello, ya rubio, de la cara. Silbó a Tamir y la quimera acudió a recogerlo en plena caída. Agradeció sentir su cuerpo cálido y su suave pelaje bajo sus piernas. Su amiga ya se había recuperado del cañonazo. Como si la quimera pudiera leerle el pensamiento, se lanzó en picado hacia el balandro destrozado y voló a ras del agua buscando a Laurane. Solo se veían trozos de madera resecos, restos en llamas y el propio fuego reflejándose en el mar. Eohnar estuvo a punto de gritar el nombre de la chica cuando la vio. Había logrado asirse a un tablón, pero poco a poco se iba escurriendo. Tenía los ojos medio cerrados y respiraba con dificultad. Tamir se aproximó a ella y, justo en el momento que soltaba el tablón, Eohnar la tomó de la mano y la subió sobre el lomo del animal, que se alejó del barco en llamas.
- Laurane – la llamó Eohnar, acariciándole la cara para que se espabilara.
La joven estaba toda mojada y tenía manchas de hollín en las mejillas. Poco a poco fue abriendo los ojos hasta que distinguió a su compañero.
- Eohnar - murmuró.
- ¿Estás bien?
Laurane asintió, pero entonces se incorporó de golpe.
- ¡Yarthen! – exclamó.
Pese a la agitación que sentía Laurane, Eohnar tuvo que preguntar lo propio.
- ¿Qué ha sucedido?
- El hechicero. Creía que estaba muerto. Él... - Laurane estaba demasiado alterada para hablar propiamente. Respiró hondo para intentar tranquilizarse. Estaba temblando. – Él hizo estallar el barco.
- ¿Y Yarthen?
Por toda respuesta, Laurane hizo una mueca que presagiaba que iba a echarse a llorar y contempló los restos del barco.
- Me empujó por la borda antes de que el barco explotara - susurró con la voz entrecortada.
Tamir volvió a descender y los dos amigos buscaron a Yarthen entre los trozos de barco que aún flotaban. A Laurane le faltaba el aire, pero no tenía nada que ver con el humo del ambiente, ni con el cansancio. Era por todo lo ocurrido, y por el hecho de que su mejor amigo la había empujado por la borda para salvarle la vida a cambio de la suya. Desde que Eohnar la había sacado del agua no paraba de temblar y las imágenes de lo ocurrido no cesaban de sucedérsele en la cabeza como una horrible tortura.
La joven lo llamó varias veces, desgañitándose la garganta. No podía creer que estuviera muerto. Se negaba a admitirlo. Tenía que estar vivo. Debía estarlo. No podía aceptar que ya no volvería a ver esa cara de imbecil llamándola con una sonrisa. Pero su cuerpo no aparecía. Lo buscaron durante casi media hora, hasta que las llamas del barco se apagaron por sí solas y lo único que iluminaba aquel cementerio de fuego y agua era la luna.
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  LaurieCay el Lun Ago 06, 2012 6:47 pm

YARTHEEEEEN!!! YARTHEEEEEEEEEEEEEEEEEEN!!! YARTHEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEENNNN!!!!!!!!!! Estoy peor que Lau!!!

NONONONONO!!! no me hagan esto!!! no!!! por qué!!! aun no superaba lo del Khal Drogo y ahora esto!!!!!
YARTHEN!!!! MI AMOR!! MI VIDA!!!! *se va a la calle a matar a todos por que nadie más merece vivir si Yarthen no vive* Diganme que es mentira!! que es una broma!! esperen, no encuentran su cuerpo, verdad?? no está su cadaver, verdad?? significa que hay una posibilidad?? verdad?? VERDAD?? *-*


Waaaaaaaaaaaaaa nonono chicas se pasaron!! hasta ahora creo que mi cap favorito!!! es que estuvo brutal!!! magia, mar, sangre, piratas y barcos, y aparicion estelar de Leithen!!! Es perfecto!!! dios, es que no!! como en el cap anterior estaban divirtiendose y ahora... ahora.... el beso final de YArthen!!! nooooo!!! Encuentrenlo!!! Y LA MAESTRA!!! TAMPOCO LO SUPERARÉ!!!! dios, no!!! encima su muerte fue tan cruel!! y Eohnar la vio morir y no la pudo slavar!! Y NO LE DIJO QUIEN ES EL TRAIDOR!! Maldito Darick!!!!! llamó ramera a Lau y encima la hirió!!! y qué paso con Drake? y quien es el hechicero!?!? yayaya... *respira* mejor me espero al proximo capitulo :3

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!!!! es que no!! Yarthen!!!! </3

Y el Obthrey!! que es?!? que funcion cumple?! Lylith no es como el resto de los elfos oscuros, o si??

Bueno, extrañé a Nahar en este cap y también a Arydan y a Iraya, pero qué decir!! estuvo lleno de emocion y accion y batalla y sufrimiento y tristeza y dolor y subitos arranques suicidas por parte de Laura ahora que su amor ya no está. Pero está increible!! me encanto este cap!! estare hiperventilando todo el dia hasta que salga el siguiente!!!
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  LaurieCay el Lun Ago 06, 2012 6:50 pm

P.D: se que mi coment no esta epicamente epico, pero aun no he superado lo de Yarthen. cuando lo haga y no esté sumida en un abisal vacío de sufrimiento y desesperanza, volveré para citar mis partes favoritas y comentarlas como dios manda.
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  Nono el Lun Ago 06, 2012 6:59 pm

Jajajaja awwww Laurie!!! Jejeje amiga, Yarthen agradece tus palabras, gritos y atentos homicidas y suicidas desde donde sea que esté Very Happy
Bueno, aquí ya empieza la acción (sin contar el pequeño ataque en la posada de Rodolof) y se nota que nuestros chicos saben pelear (sobre todo Laurane, fue la que más se lució), pero ya ves que en Kowatar los piratas son malvados. Drake no apareció, qué pena!
Lylith... Es un personaje que creamos por pura necesidad pero nos traerá más de una sorpresa Wink
Fue un poco sangriento, sí. Dos muertes en un mismo capítulo, pobre Lau. Y la maestra, ¿si hay ganas de saber quién la mató? Habrá que esperar. Al igual que para asberlo todo sobre el Obthrey muajaja! Pero es algo muy MUY importante muajaja!
Arydan y Nahar saldrán en el próximo capítulo que será más light Wink
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  Draperdi el Mar Ago 07, 2012 9:10 am

Owwww Lau!!!!!mis dos queridas laus!!!!! Yarthen os agradece el amor que le profesais desde lo más profundo de las profundidades. Y yo tambien...me alegra que te entristezca su muerte. Si, sono raro pero es que yo tambien le tenía mucho cariño y en cierta forma , me alegra que en tan poco tiempo haya podido hacerse querer.

Darick....Darick es un viejo conocido de Lau que conoció cuando fue pirata. Este estaba bajo las ordenes de Drake, el capitan que Lau conocio en una taberna jugando a las cartas. Algun dia puede que Lau cuente más cosas sobre el. Ta vez a que su querido Eohnar le pegunte por sus ex-novios. Ahora que lo pienso...no estaria mal que un dia empezarn a hablar de ellos...estaría gracioso.

Respecto al hechicero.....la verdad es que surgió un poco de repente. En un principio solo es alguien que los piratas "contrataron" (mas bien lo hicieron los elfos oscuros) para que el ataque a la torre fuera más.....seguro.Tambien es evidente que un pln así solo podria ser llevado por mentes calculadoras y frias. Los piratas son más directos.

Bueno sigo que me voy por las ramas xD ni que fuera un mono.

La muerte de la maestra....queríamos que fuera tragica y desagradable. Eso ayuda en cierto modo a demostrar que no son infalibles, que las traiciones hacen mucho daño....y que además, tienen el mal "dentro" de casa. Pero aun queda mucho para que se sepa más de este traidor...y para que se descubra.

Respecto al obthrey....tiene que ver con la maquina que ha estado atormentando la mente de nuestros heroes desde que laurane escucho sobre ella en las mazmorras.

Respecto a Lylith....solo diré que es muy sabia, ha vivido mucho...y odia a Leithenn xD Pero al mismo tiempo sabe donde esta su deber y que le debe lealtad a la corona.

Respecto a los otros pj....el siguiente capitulo será para todos los demas. Eo y Lau perderan protagonismo paracederselo a los demás un poco.

Y ya esta....seque no ha sido un super hiper mega coment...pero mejor de lo que hubiera sido anoche

PD: Tal vez Nahar encuentre el cuerpo de Yarthen...o quiza alguna de sus amigas....quien sabe...o quiza haya sido pasto de los peces antes.
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

Mensaje  LaurieCay el Jue Oct 04, 2012 10:38 pm

De por si visto bastante negro, pero de hoy en adelante será en honor a Yarthen. Mi corazon está roto...
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Re: Capítulo 6: Fuego y agua

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