**Kowatar**Capítulo 3: El afilador

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**Kowatar**Capítulo 3: El afilador

Mensaje  Draperdi el Jue Jul 07, 2011 1:25 pm

Capítulo 3: El afilador

Notaba una sensación extraña en la espalda, como si ésta estuviera rígida y pegada a una tabla de madera, y un peso excesivo en todo el cuerpo, igual que si fuera una esponja mojada. Tenía la garganta reseca, como si hubiera aparecido allí un pequeño desierto, y le sabía a sal. Pero, al fin y al cabo, era normal porque se había ahogado. Estaba muerto. Sí, recordaba la tempestad, las olas, el viento, los gritos de los pescadores y se podía ver a sí mismo cayendo por la borda al mar y hundiéndose en sus aguas negras igual que el ancla de un barco. Algo le raspó el hombro y sintió una fuerte presión en el estómago. ¿Por qué no podía ni siquiera morirse tranquilo? Su cuerpo era zarandeado una y otra vez, como si fuera víctima de un exorcismo poco productivo, y una fuerte presión en el oído le impedía morir en paz. ¿Por qué incluso en el momento de dar el salto al más allá notaba todavía la brisa marina en la cara? Hubo un momento mientras se ahogaba en el que la muerte lo había abrazado...
- ¡Despierta de una vez! – tronó una voz de repente.
Y, de golpe, sintió un dolor punzante en la mejilla. Una bofetada.
Y abrió los ojos.
Al principio no pudo distinguir nada, solo un millón de estrellitas de muchos colores producto de su cerebro y una figura emborronada como la caligrafía con marcas de lágrimas que se recortaba contra lo que parecía la luz del atardecer. ¿Era un ángel? ¿Un demonio? ¿Otra criatura celestial desconocida? Poco a poco sus ojos fueron enfocando aquel rostro, dibujándole un contorno y dándole color a su pelo, sus ojos y su piel. Y cuando por fin la vio, se quedó tan sorprendido que se le olvidó respirar y creyó volver a ahogarse.
Se trataba de una chica, algo más joven que él, con la piel clara, unos ojos azules celeste rematados en largas pestañas onduladas y coronados por unas cejas muy finas también de color azul. Y azul era también su pelo, azul cobalto, que le caía en dos largas cortinas a cada lado de su cara en forma de corazón.
- ¡Al fin despiertas, humano idiota! – gritó enfadada.
Y, de repente, el rostro de la chica desapareció de su campo de visión. Arydan la siguió con los ojos, pero pronto tuvo necesidad de levantarse, cosa que le costó bastante. Se quedó sentado en la arena –lo que él había tomado por una tabla de madera- miró alrededor pero no había ni rastro de aquella misteriosa joven por ninguna parte. Era como si se hubiera evaporado en el aire. Se había esfumado. Y él se había quedado solo con la única compañía de las olas y la espuma del mar.
Arydan se rascó la nuca, confuso. ¿Habrían sido imaginaciones suyas? El pararse a pensarlo le provocó dolor de cabeza, así que decidió no hacerlo y se puso de pie con cuidado. Se mareó un poco, pero recobró el equilibrio y miró hacia el mar. Las nubes negras de tormenta habían desaparecido por completo, como si nunca hubieran estado ahí. Se preguntó que habría sido de aquel pequeño pesquero, de Josper, de Rasher y de todos los demás compañeros con los que había salido a faenar esa mañana. También pensó en su daga hundida en el fondo del mar, inaccesible, perdida para siempre y, con ella, las posibilidades de encontrar a su padre.
Por ello había ido a Lebhlet, con la intención de visitar la tienda del afilador, cuyo propietario, le había dicho su anterior contacto, podría darle una nueva pista sobre el paradero de aquel hombre que lo había abandonado cuando solamente era un niño.
Contuvo las ganas de soltar un grito exasperado, se dio la vuelta y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba a las afueras de Lebhlet. Podía ver la costa que seguía hacia el oeste, con las luces de la ciudad brillando y reflejándose en el cielo y en el agua. Se encontraba a varios kilómetros, pero calculó que llegaría antes de que el sol terminara de ponerse. Estaba bastante cansado, así que aquello se le planteaba como un auténtico reto cuando, en cualquier otro momento, hubiera sido un agradable paseo vespertino. Cogió aire y regresó.
Al cabo de casi una hora atravesaba las puertas de la ciudad costera. Hacía ya tiempo que el sol se había escondido detrás del horizonte –él había tenido que descansar un rato a mitad de camino- y se había levantado una fresca brisa que hacía más llevadero aquel calor tan pegajoso típico de Draenor. A cada paso que daba, no dejaba de pensar en sus compañeros. ¿Habrían sobrevivido a la tormenta o habrían perecido engullidos por aquellas inmensas olas? Podía ver los rostros de todos ellos, de Josper con su poblada barba, de Rasher, el vigía, con su sombrero sucio... Incluso podía ver la cara de Sisk cuando llegara a su casa y le diera la noticia. Para cuando se quiso dar cuenta, ya estaba llamando a la puerta. Respiró profundamente, pero antes de que terminara de expulsar el aire, alguien ya la había abierto.
Era Sisk. Y parecía sorprendido.
- ¿Arydan?
Éste bajó la cabeza.
- Sisk...
No sabía por donde empezar, ni que decir, ni como decirlo... Pero tampoco necesitó darle muchas vueltas porque, de repente, Sisk se dio la vuelta y gritó hacia el interior de la casa:
- ¡Muchachos! ¡Es Arydan!
El joven levantó la cabeza justo a tiempo de ver aparecer en tropel a todos sus compañeros por la puerta del salón y dirigirse hacia el rellano, donde él había pasado, a la carrera.
- ¡Arydan! ¡Estás vivo!
- ¡ No puede ser! ¡Las olas eran enormes!
- ¡Caíste por la borda! ¡Creíamos que habías muerto!
Si ellos estaban sorprendidos, él lo estaba todavía más. Sentía que le faltaba el aire, pero no era porque se estuviera ahogando, sino porque no cabía en sí de alegría.
- Yo era el que creía que habíais muerto – comenzó él, pero le interrumpieron.
- Tú fuiste el que cayó al mar. - Rasher apareció entre la multitud.
- Pero el barco...
- Logramos resistir la tormenta – dijo Josper. – No fue fácil y el barco quedó en muy mal estado, pero aguantó hasta que regresamos a puerto.
Arydan asintió despacio. Aún no acababa de creérselo.
- Estaba muy preocupado... – murmuró.
- ¿Tú? – replicó Rasher - ¡Preocupados nosotros! ¿Dónde has estado? Han pasado horas.
Arydan recordó la playa, la brisa y aquella chica de pelo azulado.
- No sé como sobreviví. Cuando caí al agua, sentía que me faltaba el aire, me ahogaba, era una sensación horrible, sabía que iba a morir. Y lo siguiente que recuerdo fue despertar en la playa que está al este. No se cómo llegué allí, sólo...
Todos le miraron impacientes.
- Sólo, ¿qué? – lo animó Rasher.
- Sólo que había una chica a mi lado cuando abrí los ojos.
Los chicos se miraron, en silencio, sorprendidos ante el comentario, pero, al cabo de unos segundos, estallaron en sonoras carcajadas.
- Llego a saberlo y me tiro yo también por la borda – bromeó Josper.
- ¿Y qué hizo? – preguntó Sisk, interesado. – Te llevaría a su casa, supongo. ¿Te dijo algo?
Arydan le miró.
- Me llamó idiota y desapareció.
Todos se callaron de golpe.
- Vaya... – comentó Rasher al cabo de un rato.
Y otra vez hubo risas y más risas. Poco a poco, Arydan se fue olvidando de sus preocupaciones, olvidó la tormenta, el pesquero, la daga, la playa y la chica, y se unió a las carcajadas, celebrando que estaba vivo.

Luxhienn andaba por los pasillos cargando una caja llena de ingredientes del almacén. Leche fresca, cereales, harina, huevos y algunas hortalizas de la temporada. El camino desde éste hasta las cocinas era bastante largo y engorroso, por eso siempre se lo dejaban al “nuevo”. Pero eso a él no le importaba. Para alguien como é,l que solía pasar desapercibido, aquel tipo de trabajo le permitía escuchar a escondidas, escuchar conversaciones que le dieran información sobre la guerra. Y ese era uno de esos momentos en los que podía conseguirla. Los descuidados guardias de palacio hablaban fuerte. Eran una valiosa fuente de información. Redujo la velocidad de sus pasos hasta una velocidad asombrosamente lenta. Hasta una tortuga le podría haber adelantado. Pero era lo que tenía que hacer si quería pasar desapercibido y escuchar.
- Parece ser que el príncipe está últimamente muy activo.
- Sí, bueno... Mientras pueda, quiere seguir disfrutando de lo que verdaderamente le gusta.
- Sí, pero a este paso se cargará a todos los magos antes de que consiga hacer funcionar esa máquina.
- ¿No confías en que pueda lograrlo?
- Bueno, ha logrado muchísimas cosas. Ha creado venenos increíbles, encontrado curas a muchas enfermedades y creado guardianes y monstruos que protegerán a este país de gente indeseable pero esta vez...
- Lo conseguirá seguro. Además…
- Shhh…- murmuró un guardia señalando a Luxhienn - Esperemos a que se vaya…
- Es solo un cocinero.
- Sí. Y cuanto menos sepa, mejor.
Luxhienn pasó por su lado y se alejó andando con paso lento. Sus pasos retumbaban en los pasillos casi vacíos. Puso más atención para ver si lograba escuchar algo más, pero estaba ya demasiado lejos para lograr entender sus ahora murmullos y sus sonoros pasos le impedían captar aunque fuera sólo una palabra de aquel idioma que solo los de su raza conocían. La lengua de los elfos oscuros. Volvió a acelerar el paso y pronto llegó a la cocina.

A la mañana siguiente, Arydan se despertó tarde. Los chicos se habían quedado comiendo y bebiendo en casa de Sisk hasta entrada la madrugada, celebrando que, al final, todo se había quedado en un susto. La luz que entraba por entre los postigos –mal cerrados debido a las prisas y a una visión un poco borrosa producto de varios vasos de vino y licor de naranja- le daba de lleno en la cara a pesar de que la tenía medio tapada por la sábana. Se despertó, sí, pero no abrió los ojos. Se quedó remoloneando en la cama, como si fuera un adolescente que no quería ir a la escuela, mientras la habitación iba acumulando más y más olor a cerrado y a humanidad, aunque él no lo notaba. Pronto el calor se hizo más fuerte, señal de que ya había pasado el mediodía y, cuando por fin abrió los ojos y se levantó, las sábanas se le quedaron pegadas al cuerpo por el sudor.
Después de que se hubiera aseado en el patio trasero y de que Sisk, con su brazo aún roto, le hiciera chantaje emocional para que desayunara algo, el chico se puso su camisa, medio ajada ya por el excesivo uso y por la tormenta, y se dirigió hacia la puerta.
- ¿Adónde vas, Arydan? – preguntó Sisk, apareciendo detrás de él en el pequeño vestíbulo.
- A ver al afilador – respondió éste.
- Creía que habías perdido tu daga.
- Y así fue. Se me cayó en el mar. Pero tengo que intentar averiguar algo. No puedo rendirme cuando estoy tan cerca de encontrar lo que ando buscando.
Sisk asintió.
- Y supongo que cuando lo hagas, te marcharás.
Arydan no respondió y el otro interpretó su silencio como un sí.
- Bueno, -murmuró Sisk para romper el incómodo silencio - dentro de unos días iré a Thatar, a la Torre de Hechicería.
- ¿Y qué se te ha perdido a ti allí? – se extrañó Arydan.
Sisk se miró el brazo herido.
- Según me dijo el doctor, mis huesos han empezado a unirse pero de forma errónea. Los magos de Thatar me los colocarán en su sitio.
Arydan bajó la cabeza.
- Lo siento. Fue mi culpa.
- No empieces otra vez. – Sisk le dio un pequeño golpe en el hombro, de forma amistosa. – No me va a costar ni un owi. El médico conoce a un par de estudiantes de allí.
- ¿Cuándo has ido al médico? – preguntó Arydan.
- Esta mañana, mientras tú roncabas.
Arydan hizo una mueca. Se notaba que era el sobrino de los Osset, todos tenían que mencionar sus ronquidos. Sisk se rió al ver la cara que puso.
- Espero que el tipo de la tienda te pueda ayudar. Invitaré a los chicos a una cena de despedida esta noche.
Arydan se despidió y salió a la calle. A pesar de que había unas pocas nubecillas que tapaban el sol a ratos, el calor seguía siendo igual de pegajoso. Caminó entre las callejas cruzándose con varias personas. Le parecía muy curioso cada vez que veía a una mujer. Había oído hablar de la tradición sobre los peinados de las mujeres draenitas, pero, como nunca había estado antes en Draenor –y si lo había estado, no lo recordaba-, le resultaba muy llamativo y, en cierto modo, interesante. Allí, todas las féminas llevaban el pelo corto, la mayoría con la nuca al descubierto, lo que, todo había que decirlo, a algunas poco agraciadas les daba apariencia de hombre. Le había preguntado a Sisk cuando llegaron a la ciudad el motivo.
- Al principio, lo hacían por el calor. Ahora, ya es tradición.
Eso le había dicho.
Torció la tercera esquina y llegó a una pequeña callejuela en cuesta con adoquines de piedra que desembocaba en el puerto. Las casitas estaban decoradas con centenas de flores de todos los colores que colgaban como cataratas de los balcones y dinteles de las puertas. Al fondo, vio un pequeño cartel de madera que oscilaba levemente y que ponía “Afilador”. Se encaminó hacia allí y abrió la puerta de golpe.
Esperaba encontrarse la tienda vacía a esas horas del día, pero se equivocaba. Delante de él, apoyada en el mostrador, estaba la que quizás sería la única mujer en todo Lebhlet que llevaba el pelo largo. Larguísimo, a decir verdad. Una preciosa cabellera azul cobalto que le llegaba hasta más abajo de la cadera y que le resultaba, extrañamente, demasiado familiar.
- Lo siento, niña, pero no puedo comprártela – decía el tendero.
- ¡Oh, vamos! – se quejó ella, con una voz que también le resultó familiar. - ¿Has visto la empuñadura? Tiene grabados y todo. Solo noventa... Cien owis.
Arydan puso los ojos en blanco. Si intentaba regatear, no lo hacía demasiado bien.
- Lo siento – el afilador seguía en sus trece.
- ¡Pues vaya! ¡Menuda mierda de daga!
La chica se dio la vuelta y entonces Arydan la reconoció. Sus ojos grandes y azules, sus pestañas voluminosas, su cara en forma de corazón, su piel pálida... Era la chica de la playa. Y en la mano llevaba una daga.
- ¡Eh! – exclamó Arydan al reconocerla - ¡Esa daga es mía!
La chica le miró.
- De eso nada. Me la encontré y ahora es mía.
- Porque yo la había perdido.
- Pues deberías cuidar mejor tus cosas.
- Se me cayó al mar en medio de una tormenta. ¿Se puede saber cómo la has conseguido?
Pero la chica no le escuchaba y ya estaba saliendo de la tienda cuando Arydan terminó la frase. Sin quedarse atrás, la siguió afuera y la agarró del brazo para detenerla.
- Suéltame – ordenó ella sin gritar, pero con ira contenida.
- Cuando me devuelvas mi daga.
La chica intentó soltarse, pero tenía la muñeca, tan fina como la de una niña, firmemente asida por la inmensa mano morena de Arydan.
- Te he dicho que es mía – insistió él, empezando a mosquearse.
- Era tuya - respondió ella, llevándose la daga detrás de la espalda con la mano libre - Ahora ya no lo es. Y como no me sueltes, me pondré a chillar, vendrá la guardia y acabarás muy mal.
Arydan la miró un instante con ojos rebosantes de rabia y la soltó. La chica lo fulminó con la mirada unos segundos y se alejó de él calle abajo. Pero no había dado ni dos pasos cuando aparecieron, por el final de la calle, un grupo de hombres vestidos todos iguales, con corazas de colores broncíneos y armados con espadas y lanzas. La guardia, sin duda. Y seguro que le habían visto “molestando” a aquella chica, puesto que señalaron en su dirección. Que injusta era la vida.
Pero, entonces, la chica se dio la vuelta rápidamente, regresó hacia él y le entregó la daga de forma súbita y repentina, que él cogió con cierta sorpresa.
- Toda tuya – dijo.
Y salió corriendo calle arriba, como si la persiguieran a ella, ante la estupefacción del muchacho, que la vio irse con la sorpresa pintada en el rostro. Y cuando el grupo de hombres armados pasó por su lado en pos de la chica sin siquiera fijarse en él, comprendió que, efectivamente, era a ella a quien perseguían.

Laurane despertó a la mañana siguiente cuando el sol alcanzaba casi el punto más alto. Había pasado demasiado tiempo durmiendo pero no podía evitarlo. Después de todo, no había descansado en condiciones desde hacía casi un mes. Sintió como le dolía todo el cuerpo, síntoma de que se había sobre esforzado. Suspiró sin levantarse. La cama era demasiado cómoda como para abandonarla tan fácilmente. Al final, logró sentarse en ella y se quedó mirando el suelo de la habitación de Eohnar. Seguía llevando puesta su túnica, en su habitación y sentada en su cama. No podía seguir aprovechándose de su amabilidad. Ahora que estaba recuperada tenía que marcharse ya y no perder más tiempo. No cabía duda de que los elfos oscuros iban a ir tras ella. Esos elfos orgullosos no permitirían que alguien que hubiera escapado de su prisión andara libre y fuera del alcance de sus garras. Y menos después de que vieran la verdad que tan desesperadamente escondía. Unos golpecitos en el ventanal la sacaron de sus pensamientos. Eohnar entró en la habitación desde el balcón tras abrirlo.
- ¿Ya te has despertado? - preguntó con una sonrisa.
- Hubiera estado todo el día durmiendo. Pero no puedo quedarme. Tengo que conseguir dinero. Y... no es que no me gusten las túnicas... pero no creo que sea muy... adecuado que vaya así por la calle.
- Por eso te he traído esto – le lanzó algo que ella cogió al vuelo. – Aunque llevar esa túnica por la calle demuestra que eres estudiante, te da importancia.
- ¿Y por qué no las llevas tú? – preguntó ella.
El chico se cruzó de brazos.
- No me gusta llamar la atención.
- Eohnar, tú llamas la atención quieras o no.
- Gracias.
Laurane soltó una risita y contempló lo que Eohnar le había traído. Se trataba de unos pantalones marrones, una camisa y un corsé negro. También le traía un cinturón y una cinta de pelo.
- Eohnar, esto es ropa de chica.
- ¡No es mía!
- Ya me lo imaginaba... Me refiero, ¿de dónde la has sacado?
- Me la ha prestado una... amiga.
- ¿Quién? – preguntó ella, interesada de pronto.
- Mejor no preguntes.
- ¿Por qué? – eso sólo la hizo interesarse más.
- Porque ella ahora mismo me odia y quiere matarme.
Laurane se quedó completamente sorprendida y callada.
- Te había dicho que no preguntaras – la recordó él.
- Pero si eres tú quien ha empezado a contármelo sin venir a cuento.
- Porque te has quejado y tenía que defenderme. Además, después sí que has preguntado.
- Porque me has dejado con la curiosidad. Además, has entrado por la ventana.
- He tenido que salir por ella para escapar de Thena.
- ¿De Thena?
- ¿Te acuerdas de ella?
Laurane asintió:
- ¿Qué le has hecho para que quiera matarte? Ahora eres tú quien tiene que contarme a mí cosas.
Eohnar se quedó mirando a Laurane.
- No hay mucho misterio. Nos íbamos a casar.
Laurane se sorprendió ante aquellas palabras. Nunca había imaginado a Eohnar en un altar y menos con Thena.
- ¿Te ibas a casar? No puedo creerlo - exclamó Laurane - Es más... ni siquiera me creo que llegaras a estar con ella. No me cabe en la cabeza.
- Yo también vi que la cosa no tenía futuro.
- Y a ver si adivino: Tres días antes de la boda le dijiste que no podías casarte.
Eohnar se mordió el labio inferior y desvió la mirada.
- ¿Dos días antes?
La cabeza del mago se movió de un lado a otro indicando la respuesta.
- ¿Uno? – preguntó Laurane con temor a que la respuesta fuera otra vez negativa.
Otra negativa del mago con la cabeza alarmó a Laurane
- ¡El mismo día!- exclamó - Normal que quiera matarte…yo estaría igual que ella.
- Supongo que a ninguna mujer le gusta que la dejen plantada en el altar.
Laurane cogió la ropa y la dejó encima de la cama dispuesta a cambiarse pero entonces se fijó en que Eohnar seguía ahí.
- Eohnar, ¿podrías salir un momento de la habitación?
- ¿Por qué? Si es mi cuarto.
- Porque voy a cambiarme de ropa y no quiero que me veas desnuda - respondió Laurane recalcando la última palabra.
El mago se quedó parado ante el comentario de su amiga y su pelo, alborotado por el viento, se tornó de un color naranja al recordar la noche anterior. La escena en que, por suerte o desgracia -Eohnar pensaba más bien que había sido un pequeño regalo- se había encontrado a la joven Laurane luciendo su cuerpo sin ningún tipo de complemento. Por suerte, ella no se había enterado ni lo haría nunca. Eohnar ya tenía suficiente con una mujer que lo intentara matar.
- Claro, claro. Lo siento - dijo saliendo de la habitación.
Laurane se echo a reír cuando salió del dormitorio. Se había olvidado de cómo era y recordarlo no era bueno. No quería atarse a nada ni nadie. Por eso odiaba volver y encontrarse con viejos amigos. Por eso evitaba visitar dos veces la misma torre y por eso iba a marcharse una vez estuviera a punto
Se quitó la túnica de Eohnar rápidamente. Aquella túnica le traía recuerdos que no quería recordar. Recuerdos demasiado buenos y que por su propio bien debía mantener enterrados en las profundidades de su ser donde no pudieran dañarla de ninguna manera excepto con su ausencia. Se puso la camisa de color crema que le venía holgada, seguida de los pantalones marrones. Agradeció enormemente el cinturón que evitó que estos se cayeran y después se colocó el corsé negro. Se sentía extraña en aquella ropa y -¿para que mentir?- algo incomoda. Le quedaba grande y no era su estilo, pero mejor la ropa que la túnica. Empezó a recogerse el pelo con la cinta cuando avisó a Eohnar de que ya podía entrar otra vez. Y, a pesar de estar de espaldas a la puerta, escuchó como el mago la abría y entraba.
- Me está grande pero mejor que la túnica sí que es.
- Tampoco te queda tan mal.
- Estoy ridícula, Eohnar.
Eohnar se quedó mirándola unos momentos. Una de las mangas de la camisa se le cayó por el brazo. Laurane se la miró y se la subió rápidamente. El mago no hizo intento de disimular la sonrisa y, al ver la cara que puso Laurane, ésta se convirtió en una carcajada.
- ¡No te rías de mi desgracia! - exclamó Laurane ofuscada.
- Yo no me río – respondió él entre carcajadas.
- No, claro que no... – ironizó ella.
Eohnar intentó tranquilizarse. Sólo le bastó otra mirada fulminante de Laurane para conseguirlo.
- Vayamos a desayunar. Después de reírme así me ha dado hambre.
- Yo no voy a ir a desayunar – repuso ella, seria de pronto.
- No me extraña. Después de lo que tragaste ayer lo normal sería que no quisieras desayunar.
- No. Tengo hambre pero... - desvió la mirada - no puedo perder aquí más tiempo.
Eohnar se puso serio.
- Entonces... ¿Te vas a ir ya?
Parecía otra persona completamente diferente.
- Sí.
- ¿Pero qué piensas hacer?¿A dónde piensas ir?
- Aún no estoy segura.
- Todavía no te has recuperado del todo, Laurane. Sigues estando débil y así no llegarás muy lejos.
Laurane se quedó callada. Eohnar tenía razón. No tenía nada claro y sobre todo, aún no estaba del todo recuperada. Una no podía recuperarse de Nobrieth en una noche. Pero, ¿qué más podía hacer? Cada minuto, cada hora que pasaba en Välar, eran dos minutos o dos horas más las que quería quedarse. A ese paso, no conseguiría marcharse y pondría a todos en peligro.
- Podrías quedarte aquí aunque fueran solo dos semanas. Recuperarte y hacer alguna misión para ganar algo de dinero. Después, si aún quisieras, podrías marcharte otra vez - dijo Eohnar, aunque en el fondo no quería. Quería retenerla todo el tiempo posible.
- Bueno, respecto al dinero... pensaba que tal vez tu podrías dejarme algo.
- ¿Yo? Yo no tengo owis ni para devolvérselos a Thena.
- ¿Devolvérselos? - preguntó Laurane olvidándose por un momento de lo importante.
- Más que devolvérselos…quiere que le pague los gastos de la boda.
- Pero si no hubo ninguna boda.
- Ya estaba todo pagado.
- ¿Y cuanto dinero...? - empezó Laurane temiendo lo peor.
- Dos mil owis.
- ¡Eso son tres meses de sueldo, Eohnar!
- Si no paras de trabajar y lo ahorras todo… - musitó Eohnar.
- ¿Le has devuelto ya algo? Supongo que tendrías algo ahorrado, ¿no?
- No soy muy ahorrador.
- No eres nada ahorra... Espera. - Laurane se quedó parada - ¿Cómo hemos llegado aquí? Se supone que estábamos hablando de que me voy a ir.
Laurane miró por la ventana y vio como el sol estaba descendiendo ya.
- Pasa ya del mediodía.
- Laurane. Por favor. Come aquí y quédate hasta la tarde. Descansa un poco más.
Laurane se quedó pensativa. Eohnar tenía razón. Necesitaba descansar un poco más.
- Está bien. Pero solo hasta el atardecer. Antes de que anochezca. Entonces tendré que irme.
Eohnar asintió y miró a través de la ventana acristalada al cielo nublado donde el sol se escondía tímidamente. A penas quedaban cuatro horas para que ese momento llegara y Laurane volviera a marcharse.

Arydan volvió a entrar en la tienda muy despacio, todavía sorprendido por lo que acababa de pasar y sin terminar de creérselo, pero tenía la daga y eso era lo importante. Se acercó al vendedor que afilaba un arpón y colocó la daga encima del mostrador.
- No voy a comprártela a ti tampoco – dijo el viejo sin mirarle, concentrado en su labor
- No tengo interés en venderla – repuso Arydan. – Solamente quiero información.
- ¿Sobre la daga o sobre la chica?
Arydan miró hacia la puerta pero sacudió la cabeza.
- La daga, sobre la daga...
- Buena elección – apuntó el anciano.
Dejó a un lado el arpón y se acercó al mostrador.
- ¿Qué quieres saber?
- En Wahid me dijeron que podías ayudarme a encontrar al fabricante de esta daga. Es muy importante para mí.
El viejo tomó la daga y la examinó. La manoseó todo lo que pudo y más y, a pesar de que sus manos arrugadas temblaban un poco, a Arydan le sorprendió la habilidad con la que la movía entre sus dedos sin cortarse. El anciano se tomó su tiempo en examinar la empuñadura.
- Los grabados son antiguos y están muy desgastados... pero tienen un blasón... y esto parece... sí... una uve doble...
El afilador dejó el arma encima de la mesa y se dirigió hacia un pequeño estante con libros, cogió uno y regresó mientras soplaba sobre la cubierta para quitarle el polvo. Tosió un poco cuando éste le entró por la nariz y Arydan intentó disipar con la mano el poco que había llegado hasta donde él estaba. El viejo dejó el libro sobre la mesa y lo abrió. Fue pasando las páginas, sucias, arrugadas, llenas también de polvo y medio rotas, en silencio, ante la mirada interrogativa de Arydan.
- ¿Qué buscas?
El viejo lo chistó y Arydan no volvió a hablar hasta que el hombre se detuvo en una página que mostraba un dibujo de una uve doble de color bronce con lo que parecía un copo de nieve detrás.
- Es el emblema de Weigdar.
- ¿Y quién es? – preguntó Arydan, calmado, pero ansioso por saber.
- Es un fabricante de armas. Es muy bueno en lo suyo, aunque no le gusta tratar con la gente, por eso casi nadie se molesta en ir a buscarlo para hacerle encargos. Eso y que vive en plena Cordillera Blanca.
Arydan levantó la cabeza del dibujo y clavó la mirada en el viejo.
- ¡Qué!
Una gran parte de sus esperanzas de encontrar a ese fabricante de armas se esfumaron al instante de escuchar donde vivía.
- No puede ser...
El viejo cerró el libro y lo escrutó con la mirada.
- Dime una cosa, muchacho. ¿Cómo llegó a tus manos esta daga? – el hombre la levantó – Se me hizo extraño cuando me la enseñó la chica, enseguida pensé que era robada y, al parecer, no me equivocaba. Pero tú, ¿cómo la conseguiste?
Arydan no contestó enseguida. La historia de esa daga era la historia de su vida. Un objeto abandonado que iba de ciudad en ciudad buscando a su verdadero dueño.
- Me la dio mi padre cuando me abandonó.
El afilador no dijo nada, pero en su rostro asomó un atisbo de compasión y, a pesar de que acababa de conocerlo, Arydan agradeció ese silencio. A veces era mejor no decir nada y dejar que el silencio expresara lo que uno quería decir.
- Perdona...
- Gaurko
- Gaurko – repitió Arydan - ¿no sabrás de alguna partida de viaje que vaya hacia Menemone? ¿O algún barco? ¿O algún sitio en el que pueda encontrar trabajo? Necesito dinero para...
- Olvida el dinero – dijo Gaurko, el viejo afilador. – Yo te subvenciono el viaje. – Arydan se sorprendió pero antes de que pudiera decir nada, el viejo siguió hablando. – Pero, a cambio, quiero que le hagas un encargo a Weigdar de mi parte. Quiero cien arpones y cincuenta dagas como ésta .
Dejó la de Arydan sobre la mesa.
- Claro pero... ¿cómo vas a pagarle?
- ¿Te piensas que viajarás sólo? – ironizó el viejo, y le devolvió la daga.
Arydan sonrió y se la guardó en la funda del cinturón.
- Gracias, Gaurko.
- Mañana al amanecer en la puerta norte. – El anciano volvió a tomar el arpón que había dejado a medio afilar al entrar Arydan – No llegues tarde.
Arydan asintió. Volvió a sonreír y se encaminó hacia la puerta. Cuando ya tenía un pie fuera, se giró para volver a contemplar al anciano.
- ¿De verdad tenías información sobre esa chica?
- ¿Te interesa? – repuso Gaurko sin mirarle y sin interés.
Arydan volvió a recordar la escena de la playa, a él despertando después de creerse muerto y el rostro de esa chica enfrente suyo. No podía asegurarlo, pero algo le decía que ese encuentro no había sido casual. Necesitaba confesárselo a alguien y, ¿quién mejor que un desconocido?
- Creo que ella me salvó la vida...
Se dio la vuelta y salió de la tienda cerrando la puerta. Nunca supo que Gaurko levantó la mirada cuando él se marchó y sonrió tiernamente.

Laurane se dio la vuelta en el balcón y miró la habitación echándole un último vistazo. Lo había estado pensando seriamente todo. Pero lo que más había pensado era si despedirse de Eohnar o no. Era doloroso marchar, pero más aún lo era hacerlo estando él presente. Porque la realidad era que no quería marcharse. Nunca había querido marcharse de Välar. Cuando era joven tomó una decisión y para cumplirla tenía que marcharse. Aunque ahora le costara más que cuando se marchó la primera vez. Aunque no avisara de ello a nadie. Aunque le doliera tanto tenía que alejarse de allí y ahí surgía su otro gran dilema. ¿A dónde iba a ir? Las tres horas últimas las había pasado intentando decidir algún posible destino. Seguramente los elfos oscuros la estarían buscando. Necesitaba dinero, ropa, comida, hierbas... En resumen, necesitaba equipaje para viajar y ya había abusado demasiado de Eohnar. Y después de tres horas sólo se le había ocurrido un sitio. A pesar del riesgo de volver allí era el único lugar donde podía conseguir dinero y ropa para su viaje.
- Flabe l’ii mihi ven…ite - susurró intentando que no se le quebrara la voz.
El viento empezó a arremolinarse delante de la muchacha y después el destello de luz que permitió a sus abanicos aparecer. Sin perder tiempo pronunció el siguiente hechizo mientras hacía los movimientos pertinentes para que los dos abanicos pasaran a formar uno solo más grande y entonces pronunció las palabras, esta vez segura de lo que estaba haciendo.
- Flabe l'a vola hôc - y saltó sobre los abanicos que ahora flotaban en el aire.
Sin demorarse más tiempo, salió volando del balcón, alejándose de la Academia, de su casa, de Eohnar... Sin mirar atrás. Sin arrepentirse de nada y con la seguridad en su mirada. Escondiendo los verdaderos sentimientos de inseguridad, miedo y nostalgia bajo una coraza impenetrable. La sensación del viento acariciándole el rostro la ayudó a sentirse mejor y más relajada. Ahora sólo le quedaba salir de Välar, salir de los terrenos de la Academia y de la Torre donde la seguridad de la barrera le había permitido dormir y descansar en paz. Fue entonces cuando se acordó de la barrera. No podía pasar estando la barrera activa. Siempre se le tenía que olvidar lo más importante. Ahora tendría que volver y pedírselo a Eohnar.
Se dispuso a dar media vuelta cuando noto una perturbación en el viento. Ladeó la cabeza rápidamente preparada para luchar. Había pasado demasiado tiempo sola, sin nadie en quien confiar, entre piratas y elfos oscuros. Había olvidado completamente que seguía dentro de los dominios de la Torre. Se sorprendió al ver a Eohnar montando sobre su enorme quimera, Tamir.
- ¿Te he asustado? - preguntó el mago con una sonrisa.
- No tanto como lo habrías podido hacer. Supongo que has venido para abrir la barrera, ¿no?
- He venido a recriminarte por haberte ido sin despedirte…otra vez… - dijo seriamente.
Laurane desvió la mirada. Una parte de ella se alegraba de verlo. Una parte de ella demasiado grande. Más grande de lo que quería admitir. Y otra, respaldada por el miedo, el temor, la angustia y el dolor, le pedía a gritos que se largara de Välar lo antes posible. Todas aquellas emociones que había encerrado en lo más profundo de su ser amenazaban con salir y desbordarla. Toda esa soledad, pena, rabia, impotencia, dolor, felicidad, nostalgia. Sentimientos a veces contrarios que la confundían y le impedían pensar con claridad. Pero había aprendido a controlarlos hacía mucho tiempo. Desde el momento en que dejó su hogar siendo una niña había decidido que nunca miraría atrás y ahora no era distinto de las otras veces. Eohnar había ido a despedirse de ella. Y, aunque no le gustara, tendría que aceptarlo.
- No soy buena con las despedidas. –Laurane volvió a mirarle, ya más tranquila.-Y bien. ¿Vas a abrirme la barrera?
- ¿Cómo se dice? - preguntó Eohnar.
- Por favor… ¿Me…abrirás la barrera?
Laurane miró a su compañero. Este le sonrió tontamente y extendió las manos sobre su quimera listo para quitar la barrera. Pronunció las palabras y Laurane sintió como se abría un agujero delante de ellos.
- Gracias…y hasta siempre - murmuró Laurane marchándose rápidamente de allí
- Por cierto - escuchó decir a Eohnar detrás de ella - se me había olvidado decirte que voy contigo.
Laurane se paró en seco y se dio la vuelta.
- ¡¿Que qué?!
La única respuesta que obtuvo de Eohnar fue una carcajada, una dulce sonrisa y una pregunta a la que ella había dedicado casi toda su estancia en la Academia en contestar.
- ¿Y adónde vamos?
- A donde voy - le rectificó ella - No pienso llevarte conmigo.
- No necesito tu permiso.
- Te pondría en peligro.
- Sabes que eso no me importa.
- A mí sí.
- Sabes que soy muy cabezota.
- Yo más. No pienso dejarte ir. Pienso cortarte las piernas si hace falta.
- No lo harás. Y sabes que eso tampoco me detendría.
Laurane suspiró. Estaba cediendo y eso no era bueno. Esa parte de sí misma asustadiza, temerosa de quedarse sola estaba ganando poco a poco terreno.
- ¿Por qué eres tan cabezota? – murmuró.
- Podría hacerte la misma pregunta – contraatacó él.
- ¡Toda la vida he viajado sola! - gritó. Estaba perdiendo la compostura. Respiró hondo varias veces para tranquilizarse antes de seguir hablando - Y sigo queriéndolo.
- Eso es mentira y lo sabes.
- Ahora además de mago eres adivino. ¿Se puede saber dónde está tu sentido común?
- ¡En el mismo sitio que el tuyo! – exclamó él.
Laurane sabía que lo había hecho a propósito. Contestarle de la misma forma que lo hizo ella en la Academia. Estaba echándoselo en cara.
- Nadie en su sano juicio viajaría sola en estos tiempos que corren – siguió hablando Eohnar.
Laurane se quedó callada unos instantes y emprendió otra vez la marcha.
- Me las he arreglado bien hasta ahora.
- Sí, ya lo veo – ironizó él, algo que a Laurane se le antojó extraño, pues Eohnar era más partidario de bromear en situaciones serias que de ironizar -, jugando a cartas con los elfos oscuros, montando broncas y terminando en prisionera en Nobrieth.
- No sabía que los tres contra los que jugué eran parte de una compañía entera, ¿vale?
- No tendrías que haber jugado contra ellos de entrada.
- Me provocaron. Además estoy bien. Todo eso es agua pasada.
- Estuviste cerca de terminar muerta. Demasiado cerca.
- Pero no lo hice.
- Por mucho que insistas no pienso volver. Además, enseguida va a anochecer.
Laurane suspiró. Era demasiado cabezón. Pero ella también. Y eso era una mala combinación.
- Está bien, pero solo esta noche. Mañana volverás a la Academia.
Eohnar sonrió. Sabía que en el fondo había aceptado, a pesar de sus palabras.

Luxhienn se encontraba recostado sobre la pared mirando el extenso jardín que se abría ante él. No era ni el más grande ni el más bonito de los jardines que disponía el magnifico palacio pero su sencillez lo alejaba del estilo que caracterizaba la arquitectura de la fortaleza pero por eso mismo, y por su poco atractivo, era por lo que Luxhienn se encontraba allí. Desde esa pared podía ver todo el jardín interior y le permitía observar todo aquel que entraba en él. Un lugar perfecto para sus propósitos. Miró a ambos lados y se aseguró de que nadie le observaba ni le escuchaba. Entonces, se sacó un pequeño dispositivo de su delantal de cocinero. Era un artilugio circular y metálico con extraños grabados de unos diez centímetros de diámetro. Luxhienn se llevo los dedos índice y corazón a la boca y los empapo con su propia saliva. Después, con mucho cuidado, pasó los dedos por encima del artilugio. Este brilló y parpadeó un par de veces manteniendo finalmente un tenue brillo que iluminaba la cara del joven cocinero.
Luxhienn se llevó el artilugio a la oreja.
- Has tardado en dar tu informe, Luxhienn.
- Es difícil encontrar el momento adecuado. Además, últimamente hay demasiado jaleo con la inminente guerra.
- Para eso estas ahí.
- No es fácil conseguir información. Y menos siendo un cocinero que esta todo el día en la cocina.
- ¿Quieres decir que no has conseguido nada?
- Me ofendes. Eso es infravalorarme, Zhero. –Luxhienn calló un momento antes de proseguir - Siguen sin tener la máquina lista pero a este paso no tardarán en tenerla. Necesitan ciertos objetos para terminarla. Además, esto no me gusta. Todo va demasiado rápido.
- Necesitamos que averigües cuales serán sus movimientos. Estamos en minoría y es imposible que hagamos el primer movimiento. Por eso necesitamos saber cuales serán…
- Eso ya lo sé - le cortó Luxhienn – Pero es difícil, teniendo en cuenta que tienen comprados a los piratas. Muy pocos son los que saben los planes y los soldados no se encuentran entre ellos.Y antes de que corte la comunicación, hace unos días hubo una fuga de la prisión.
- ¿Era de los nuestros?
- No.
- Está bien. Cuando tengas algo importante, avisa.
Luxhienn se dispuso a apagar el artilugio pero la voz lo detuvo.
- ¿Cuántas fugas ha habido en la prisión de palacio?
- Que yo sepa, dos contando esta. Pero que sea un elfo oscuro no significa que lo sepa todo sobre ellos.
La voz se rió.
- Tú y yo sabemos que eres mucho mas listo de lo que aparentas ser, Señor cocinero.
Luxhienn esbozó una sonrisa pero enseguida desapareció al vislumbrar una sombra a lo lejos.
- Tengo que dejarte – susurró - Cuando tenga algo nuevo volveré a contactar contigo.
Luxhienn cogió el artilugio con la otra mano y al despegar los dedos de este dejó de brillar. Se lo guardo en el bolsillo de nuevo y se pegó a la pared. No quería que nadie le viera allí. Aquel no era lugar para un cocinero. Así que silencioso, se escabulló entre las sombras que siempre permanecían en el mismo lugar. Nobrieth era el reino de la noche. Y aquella, una ciudad donde el día no iluminaba las esperanzas de nadie. Pero hay esperanzas que residen en las tinieblas. Y esas esperanzas residían en lo más profundo de su ser.


A la mañana siguiente continuaron con su camino. Volvieron a tener una discusión en la que Laurane inventó mil y un motivos para que Eohnar regresara a la Academia y él le presentó mil y un argumentos para quedarse con ella. ¿Por qué era tan difícil convencerle? Laurane se lo preguntaba una y otra vez aunque, muy en el fondo, sabía que el motivo era que no quería que se marchara. Después de unas cuantas fintas y de unos cuantos hechizos, al final accedió a que se quedara con ella.
Se encaminaban hacia el sureste, hacia la frontera entre Ihnaran, Nobrieth y Solis-Regdor, caminando ya que el bosque era cada vez menos frondoso y podían cruzarse con comerciantes que lo transitaran y no era demasiado aconsejable que los vieran utilizando su magia. Tamir ya no iba con ellos, Eohnar la había dejado a su aire, pero siempre atenta a posibles peligros. El sol brillaba tenuemente casi dificultándoles la visión si no fuera por las altas y abundantes ramas. El fresco olor de los árboles les envolvía en su incasable marcha silenciosa al principio, aunque se había hecho insoportablemente aburrida por lo que Laurane, decidida a no hablarle en todo el trayecto, no había tenido más remedio que entablar conversación. Y eso le había servido para enterarse de cosas como que Eohnar era el pupilo del viejo Maestro y que por eso sabía como desactivar la barrera de la Academia.
Ya terminaba de atardecer cuando llegaron a su destino. Salieron del bosque y llegaron a una encrucijada de caminos donde había una pequeña posada para viajeros cansados de Ihnaran, Nobrieth y Solis-Regdor ya que, según calculaba Eohnar, se encontraban en la frontera exacta entre los tres reinos. Tenía tres pisos, un establo y salía humo de la chimenea. Las paredes eran de madera de nogal, con ventanas con postigos en ambos pisos y una aldaba de cobre en la puerta. Laurane llamó tres veces y los dos jóvenes esperaron a que les abrieran.
Cuando lo hicieron, al otro lado de la puerta apareció un hombre de unos cincuenta años, de pelo ya canoso, colorado, con una prominente barriga y que, al verlos, pegó un grito.
- ¡Laurane! – exclamó, contento, con una sonrisa en el rostro que mostraba todos los dientes menos uno, el único que le faltaba.
- ¡Rodolof! – exclamó también Laurane.
El tipo la envolvió entre sus poderosos brazos en un cálido abrazo antes de que la chica pudiera hacer otra cosa. Ella le devolvió el gesto de cariño afectuosa mientras Eohnar contemplaba la escena con cierta curiosidad.
- No pensé que volverías aquí tan pronto – comentó Rodolof después de soltarla.
- Yo tampoco – coincidió ella. - Siento lo de tu diente.
- ¡Bah! No es nada. Hubiera perdido más con tal de que esos elfos no te hubiesen llevado con ellos. ¿Cómo es que estás aquí?
- Es una larga historia – repuso ella, y se giró para indicarle a Eohnar que se acercara – Este es Eohnar, un amigo. Es un mago de Välar.
A Eohnar le sorprendió que Laurane se lo confesara después de haber decidido mutuamente que mantendrían su magia encubierta. Pero luego pensó que, después de ese abrazo, la confianza entre ellos no era algo tan raro. También se preguntó de que conocería Laurane a aquel tipo.
- Vaya... me alegro de conocer al fin a un amigo de Laurane - dijo dándole un fuerte apretón de manos - Nunca me los presenta.
- Ni falta que hace – se defendió ella.
- Bueno ¿a qué has venido? ¿A trabajar?
Laurane se le acercó un poco.
- Información - le susurró.
Rodolof la miró un momento. Levantó la mirada y les hizo unas señas para que ambos se acercaran.
- Entonces seguidme. Este no es un buen lugar para hablar. ¡Sylvith! - gritó Rodolof a una joven humana que tendría la edad de Laurane - Te dejo sola unos momentos.
La joven asintió con una sonrisa. Laurane y Eohnar siguieron a Rodolof por la taberna pasando por las cocinas hasta que llegaron a una minúscula habitación que se encontraba en la penumbra. Ni siquiera tenía una pequeña ventana que dejara entrar algo de luz. Laurane levantó el dedo índice donde una pequeña llama azul apareció iluminando la diminuta estancia. Era un pequeño armario en el que apenas cabía una persona más. Estaba todo lleno de polvo y trastos que mucha gente habría considerado inútiles. Rodolof colocó una vela gastada encima de una de las cajas y Laurane la encendió.
- Pregunta – la invitó Rodolof sin rodeos, sentándose sobre una caja.
- Cuando estuve prisionera, escuché a los guardias hablar sobre experimentos que estaban haciendo a los magos. Un prisionero me contó que estaban construyendo una máquina, pero los elfos se lo llevaron antes de que pudiera contarme nada más.
Laurane sintió que Eohnar se ponía tenso a su lado, y de reojo vio como su pelo se tornaba turquesa. Estaba preocupado. Rodolof se quedó callado unos instantes.
- La gente no suele hablar mucho de los elfos oscuros, pues pocos son los que pueden saber algo de ellos y seguir vivos. Pero hay rumores. Parece ser que están haciendo tratos con los piratas. La gente comenta que planean empezar una guerra.
- Una guerra... - murmuró Laurane.
- ¿Y sobre los magos? - peguntó Eohnar.
- Sólo sé que buscan a magos. Poco después de que te cogieran, Laurane, vino una patrulla... y cogieron a tres magos que estaban de paso. Debían de ser novatos porque apenas pudieron defenderse. No sé lo que pretenderán, pero si se están preparando para la guerra y se molestan en coger a magos será por algo. El emperador no es estúpido. La frontera está cada vez mas vigilada y las tropas elfas son cada vez más frecuentes por aquí.
- ¿Se sabe qué les han ofrecido a los piratas a cambio de su alianza? – preguntó Laurane. – Por lo que sé, ellos no hacen tratos tan fácilmente.
- Ah, sí, olvidaba que pasaste una temporada con ellos... – comentó Rodolof.
- Pues sea lo que sea, debe ser algo grande o los piratas no habrían aceptado – murmuró Eohnar, pensativo, aunque seguía dándole más vuelta al asunto de los magos que al de los piratas.
Rodolof asintió, dándole la razón.
- No puedo afirmarlo con seguridad pero creo que quieren tomar control de una de las seis Torres.
- ¿Qué? – saltaron Eohnar y Laurane al unísono
- ¿Estás seguro de eso?
- Lo escuché una noche de un viajero que venía de Rasia. Pero él estaba borracho y yo muy cansado, puede que solamente fuera un malentendido.
- Sin embargo, no sería del todo descabellado – dijo Eohnar. – Si consiguen el control de una de las Seis Torres, podrán formar hechiceros y con hechiceros entre sus filas tendrían mucho más que ganar.
- Pero conquistar alguna torre de Hechiceria sin contar con magos o hechiceros es imposible – argumentó Laurane. – Todas están protegidas...
- Pero no estaría de más que estuvieran avisadas, solamente por si acaso...
- Sí, estoy de acuerdo – coincidió la chica.
Rodolof los miró a uno y a otra antes de hablar.
- Creo que no sé nada más que pueda interesaros. Será mejor que cenéis, paséis aquí la noche y os vayáis mañana temprano. Laurane. – Miró a la muchacha - Todas las cosas que te dejaste siguen en su sitio.
Laurane sonrió
- Sabía que podía confiar en ti.
- No te creas. A punto estuve de venderlo todo.
Los tres salieron de allí y volvieron a la taberna donde el ambiente se había animado. Un trovador cantaba canciones mientras algunas personas a su alrededor cantaban, reían y bebían cerveza a carcajadas. Laurane cogió al vuelo la llave que le lanzó Rodolof y subió por las escaleras. Eohnar fue a seguirla, pero la chica le dijo que se quedara abajo y pidiera algo de comida. El muchacho se acercó a la joven llamada Sylvith, que parecía bastante atareada sirviendo jarras de cerveza y cuencos de sopa y cocido caliente. Por otro lado, Rodolof hablaba con un grupo de hombres demasiado ruidosos y les pedía que bajaran el volumen. Cuando Sylvith, por fin, tuvo un momento de respiro, se acercó a Eohnar.
- ¿Qué quieres? ¿Cerveza? ¿Vino? ¿Licor de naranja?
- Me vale con agua. Dos vasos, por favor. Y dos platos de cocido.
- Enseguida, guapo.
Eohnar esperó paciente junto a la barra mientras era absorbido por aquel ambiente y la música del laud del trovador. Rodolof regresó con Sylvith sin haber conseguido su propósito, pues los borrachos ahora cantaban a pleno pulmón. Uno de ellos se acercó a la barra para rellenar su jarra de cerveza y empezó a reírse del pelo de Eohnar sin ningún disimulo en absoluto. Éste alzo las cejas y se lo cambió a un color granate oscuro ante la estupefacción del borracho, que se apresuró a regresar junto al grupo dejándose olvidada –Eohnar juraría que a propósito- la jarra de cerveza en la barra.
En ese momento vio aparecer a Laurane con ropa nueva. Llevaba un vestido azul, con un apretado corpiño, cuyas mangas acampanadas estaban separadas, y calzaba unas botas altas y negras.
Sylvith les sirvió la comida y el agua y los dos se sentaron en una mesa y se pusieron a comer en silencio, pues, aunque hablaran, no podrían oírse debido al barullo que había. Pero, a pesar de todo, Eohnar distinguió un ruido conocido entre todo aquel alboroto: Un débil rugido que provenía de la calle. Se levantó, dejó el cocido a medias y se dirigió hacia la puerta de atrás.
- ¿Adónde vas? – preguntó Laurane.
- A empolvarme la nariz.
Laurane sonrió y siguió comiendo. Eohnar apuró el paso y, por fin, salió a la calle. La puerta cerrada aminoraba el tumulto del interior de la posada. Efectivamente, ahí estaba posada Tamir, tan grande y tan peluda, con las alas plegadas, pero nerviosa e inquieta. Cuando vio aparecer a Eohnar, empezó a emitir diferentes gruñidos mientras movía su cabezota de un lado a otro, y olfateaba el aire.
- ¿Qué? – saltó Eohnar, agitado de repente. - ¿Cuándo?
La quimera siguió hablándole.
- Vuela – respondió el mago. – Y prepárate.
Se dio la vuelta y entró como una flecha dentro de la posada, mientras a su espalda, Tamir alzaba el vuelo. Atravesó el pasillo que daba a las cocinas y entró en el comedor, con todo aquel ruido.
- ¿Eohnar? – se extrañó Laurane, que ya se había terminado su plato y el de Eohnar, aunque el mago no se dio cuenta.
El chico se subió de golpe sobre la mesa.
- ¡Escuchadme todos! – gritó para hacerse oír por encima de la música y el griterío, pero no lo consiguió. - ¡¡ESCUCHADME TODOS!!
A la segunda vez si que lo logró.
- ¡Tenéis que marcharos! ¡Los elfos oscuros están a punto de lle...!
En ese instante, la puerta principal se abrió de golpe, soltándose de los goznes, y la aldaba se despegó cayendo al suelo con un ruido estrepitoso.
- ...gar.


Draperdi

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Re: **Kowatar**Capítulo 3: El afilador

Mensaje  violeta el Jue Jul 07, 2011 8:54 pm

Buen capitulo!
Fue como ver la tv! que bien escriben, todo claro y fácil de imaginar.
La ladrona del cabello azul esta claro que tendra que ver con Arydan!! Le salvo la vida al estilo puro de "Guardianes de la bahia" y pues esa risa del final Razz ^_^
Me encata como Laurane y Ehonar se entienden y como discuten y bromean, tienen una quimica fantastica. El final quedó super emocionante!!!

violeta

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Re: **Kowatar**Capítulo 3: El afilador

Mensaje  Nono el Miér Jul 20, 2011 5:59 pm

Muchas gracias por tu comentario, vi.
Sí, sí, la ladrona de pelo azul y Arydan tendrán sus más y sus menos.

Nono

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Re: **Kowatar**Capítulo 3: El afilador

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