♦ Precuelas ♦

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♦ Precuelas ♦

Mensaje  LaurieCay el Jue Ene 12, 2012 6:01 am

Como no sabía donde ponerlo, lo pongo aquí. Aquí será donde ponga precuelas y ese tipo de cosa antes de la historia que escriba. Este es un pequeño párrafo que escribí hace poco en primera persona y que me gustaría mostrarles. Pronto les traeré otros!

Mientras tanto, este es una especie de "precuela" y cuenta un poco sobre una de las tantas cosas que pasó Gárin mientras estuvo en tierra cuando se hundió el barco de Jonathan. ¿Se han fijado que escribo bastante de él en primera persona? ¡hay una razón! Ya le había dicho a Ally de hecho, y es que me resulta mucho más fácil y divertido entrar a la mente de Gárin que la de Marti y o Cay o de cualquier otro personaje. Pero no significa que no vaya a meterme nunca en la mente de los otros dos! solo que mientras tanto, he lo aquí!

El Vagabundo:


Con dos semanas ya transcurridas, aún no era capaz de darle el paso a todas las cosas que habían pasado. Por mucho que hubiese crecido y madurado, siempre prevaleció en mí esa odiosa —o a veces, apreciada— costumbre de bloquear mi memoria. No hay forma de olvidar las cosas malas; pero de alguna forma, yo lograba congelarlas en mis recuerdos. De modo que ya no podía verlas como un recuerdo claro; sino solo como sombras. Sombras que si bien, seguían ahí presentes, al menos eran lo suficientemente oscuras, como para no poder ver qué se ocultaba tras ellas.
No habían pasado ni siquiera tres años de la última vez que había tenido que congelar mis memorias, para tener que hacerlo de nuevo. Mi capitán; el hombre que me había criado como a un hijo y me lo había enseñado todo sobre el mundo, se había desangrado hasta la muerte en mis brazos; tendido en el piso frío y sucio. Y por si eso fuera poco, ahora también había perdido a la segunda persona que mas me importaba en el mundo: mi mejor amigo.

—Maldito cabrón desgraciado... —susurré con amargura en lo que había pretendido ser una especie de insulto, y que había acabado más bien en un sollozo.

Había visto morir a Jonathan; pero no a Marti. Aquello me provocaba una incertidumbre que me consumía por completo. La sola idea de que mi amigo estuviera vivo y yo no lo supiera, me sacaba de quicio. Me debatía entre la idea de buscarlo; que estuviera muerto, y pasarme la vida en una búsqueda que no me llevaría a ningún lado, o no buscarlo, y que estuviera vivo, y no volver a verle nunca más. Pero ¿qué posibilidades habían de eso? Todos habían muerto. Ya fuera en la batalla o luego de la misma, no había rastro de ningún sobreviviente, salvo yo...

"Badweeds grow tall"...

Me repetí internamente. Era realmente odiosa la idea de no haber muerto, cuando quizás lo hubiese preferido. Y más odiosa aún, siendo yo tan cobarde como para suicidarme y acabar ahí el asunto.
Medité esa idea un instante. Aun si no fuera tan cobarde como para hacerlo, sabía que al momento de agarrar una pistola para acabar con todo, se me vendrían a la cabeza las palabras de Jonathan, solo semanas antes de morir, e igualmente desistiría:
"Quiero que vivas, muchacho. Lo que sea que debas hacer para vivir, hazlo. Se que no has pasado por cosas fáciles, y puede que aún tengas pruebas más duras que superar, pero quiero saber que estarás bien. Que seguirás adelante no importa qué, y que llegarás a vivir tanto o más de lo que yo he vivido."

El muy maldito. Era como si hubiese previsto todo. Su muerte, y mi deplorable condición después de ella. Era como si se hubiese despedido...
No podía decir que lo había decepcionado. Ahí estaba. Muerto en vida, pero ahí.
No me había visto en mucho tiempo a un espejo... pero mas o menos podía hacerme una idea mental de como luciría. El cabello ya me llegaba a los hombros, cuando hacía un mes lo tenía a la mitad del cuello. Podía sentir una gruesa barba incipiente creciéndome en la mandíbula, y ahora no solo me sentía con menos fuerza; sino que me había vuelto más friolento y me cansaba más rápido, debido a lo poco que había estado comiendo. Todo eso sin mencionar las enormes ojeras que debía tener por lo mal y poco que había podido dormir. Estaba seguro que de sentarme en alguna esquina con una taza de latón en la mano, acabaría el día con dos o tres libras de los bolsillos de almas compasivas. ¿Habría querido Jonathan verme así?
Desde que me había quedado solo no había hecho más que errar por las calles sin saber a donde ir. Durmiendo en callejones o debajo de puentes y muelles, y apenas alimentándome de sobras, e incluso de cosas sacadas directamente de la basura. ¿De haber sabido mi capitán que eso era lo que me esperaba, de todos modos hubiese deseado que yo viviera?
Casi podía verlo parado frente a mí. Menearía la cabeza, suspiraría con exasperación y me propinaría un golpe a cuadro dedos en la frente, como acostumbraba hacer cuando consideraba que yo la estaba cagando.

Por encima de mis pensamientos percibí algo. No era ningún ruido. Era más bien... la falta de él. Se había hecho ya muy tarde. El muelle lucía rojizo. Esa luz que parecía casi infernal inundaba los puestos vacíos y las pescaderías cerradas; de las cuales se desprendía un fuerte aroma a pescado. Olor que en otras circunstancias me hubiese resultado desagradable; pero que ahora, luego de dos días de no haber comido casi nada, despertaba en mí un apetito voraz, y me hacía doblarme sobre mi propio cuerpo en reiteradas ocasiones para contener los dolorosos calambres de mi estómago vacío.
—Cálmate ya, maldición. No tengo la culpa —¿o sí la tenía? Era otra de las costumbres que había tomado al verme totalmente solo: hablar para mí solo. De algún modo, el sonido de mi voz era más reconfortante que el completo silencio. Creaba la ilusión de que podía haber alguien a mi alrededor para escucharme, y hacía que me sintiera menos solitario.
Últimamente me parecía que me había vuelto muy auto-compasivo. Nunca había sido precisamente el tipo de persona que va por la vida haciendo recuento de sus desventuras y llorando por ellas; pero si había tenido éxito en congelar los recuerdos de aquel fastuoso día en que lo había perdido todo, no había tenido el mismo a la hora de pararme a pensar precisamente en eso último: lo había perdido todo.

Mi capitán, mis amigos, la vida que conocía, y al que yo llamaba: "la voz de mi conciencia". Aquel maldito ingrato que posiblemente me hubiese sacado de la depresión en menos del transcurso de una semana.
Aún podía recordar claramente a mi amigo. Pelirrojo. Siempre que pensaba en Marti, esa era la primera característica que se me venía a la mente: pelirrojo. Quizás por el hecho de que era su característica más visible. Era imposible no reconocer a Marti en la calle. Bastaba con buscar una persona de cabello rojo. No zanahoria; rojo.
Rojo, ondulado y largo. Al escuchar esa descripción, uno pensaba en una hermosa mujer de cabellos de fuego que se mecen majestuosamente al viento; pero yo no. Si yo la escuchaba, creería que hablaban de Marti. Me esforcé por recordar más y pude verlo con claridad en mis pensamientos. Difícilmente iba a poder borrar ese rostro después de haber pasado casi doce años acostumbrado a verlo. Piel pálida, una pequeña barba de chivo —roja también— y un par de ojos grises. Todo eso acomodado en un rostro de facciones demasiado delicadas. Era otra de las características de Marti: sus ojos pestañudos y almendrados, la nariz delgada, respingona y pequeña, y ese mentón fino, le brindaban un aspecto andrógino. Motivo por el cual, tan insistentemente yo le había convencido de dejarse barba. Alegando que lucía femenino, y llegando a insinuarle en alguna ocasión, solo para molestarle, que con una buena borrachera encima, terminaría algún día confundiéndolo con una hermosa pelirroja e intentando algo contra él.
Con ese último recuerdo, solté una sonora risa infantil. Recordé la forma en que se había sonrojado, me había llamado "degenerado enfermo", y como la semana siguiente había dejado de afeitarse esa zona de la barbilla y parte del bigote. Como si en realidad me creyese capaz de algo como eso.
La risa que me provocó acordarme, me produjo una agradable sensación de relajo en el rostro. El cual había permanecido bastante tenso los últimos días; pero le siguió una profunda tristeza que me llenó la garganta de un gusto amargo ¿todo ello era verdad? ¿ya no iba a reírme nunca más de Marti? ¿ya no me regañaría él a mi, ni me recordaría más lo desastroso que podía ser?
Una vida sin ese flacucho de cabello bermejo se me hacía muy vacía. Ahora sentía reales deseos de buscarlo. Aunque eso me llevara a ninguna parte.

Me sentí realmente culpable de no haber estado con él en el momento del ataque. Marti en parte era mi responsabilidad. Yo le había llevado hasta donde estaba (jamás dejaría de culparme de aquello), yo lo había sacado de la seguridad de su cariñoso hogar para meterlo en un hervidero sucio de ratas viles. Desde el primer día en que había pisado el barco de Jonathan, yo había cuidado de Sashie. Había estado siempre peleando a su lado para sacarlo de cualquier aprieto en lo que aprendía a vérselas por si mismo, y precisamente el día en que había estado bajo el mayor peligro, no había podido protegerlo. A mi mente casi volvieron los recuerdos del día del ataque; pero los reprimí.
Me ponía mal pensar en lo asustado que debió haber estado mi amigo al encontrarse completamente solo y viendo a la mitad de la tripulación caída a su alrededor. No pude evitar recordar el momento en que lo había visto por última vez. Había levantado la mirada para buscarlo entre los hombres que seguían en pie —posiblemente luego entre los cadáveres— y lo había vislumbrado en la amura de babor, desorientado, con la espada en la mano frente a él y con la espalda pegada a la baranda. En ese momento me había mirado de forma interrogatoria; seguramente preguntándome que pasaría luego. Había sido también el instante preciso en que algún desgraciado había aprovechado mi distracción para atacarme y hacerme caer por la borda.

Sacudí la cabeza con fuerza. Ahora los recuerdos luchaban por entrar en mis pensamientos. Aquello no me estaba haciendo ningún bien, por lo que determiné dejar de forzar mi mente. Empujarme a mí mismo de nuevo a ser el muerto viviente que tan bien se las había arreglado hasta ese momento.
Miré el cielo. El sol ya casi se había escondido. Había pasado otro día y aún no había encontrado un sitio donde comer y dormir.
Crucé los brazos encima de la baranda de madera del muelle y reposé ahí la cabeza. Temí quedarme dormido allí mismo, pues estaba cansado. De hecho comencé a sentir como pensamientos confusos y sinsentidos asaltaban mi mente; signo de que había dejado de pensar con claridad para rendirme a los sueños.

Entre todo ese silencio, escuché un ruido tan cerca mío, que enseguida me puse en alerta y levanté la cabeza alarmado. Allí frente a mí, había un gato. Parado en la baranda del muelle. Observándome como si fuera yo la cosa mas curiosa del planeta. Me quedé observándolo también, intrigado. Tampoco era una maravilla de gato: era flaco, feo y tenía el pelaje pegoteado al cuerpo. Así nos quedamos un momento más o menos largo. La particularidad de la situación me hizo gracia. Los dos estábamos en igualdad de condiciones. Ninguno de los dos era la gran cosa, pero nos mirábamos con atención; como si esperáramos que algo pasara. ¿Qué tanto me veía? para haberse fijado en mí, ese gato tenía que estar loco. Entonces, reí. El loco era yo... ¿por qué le estaba aguantando la mirada a un estúpido gato?
Aún así, la presencia del animal me reconfortó. De ser un hombre alto e impetuoso que llamaba la atención, últimamente pasaba bastante desapercibido por todos. Extendí la mano hacia el pequeño micho con la esperanza de que este se acercara. Probablemente era lo más cercano a contacto con otro ser viviente que iba a tener en mucho tiempo.
El felino no tardó en venir y frotar la pegajosa cabeza contra mi palma. No me extrañó que fuera así de amistoso con un completo extraño. Debía estar acostumbrado a la gente en ese muelle que por las mañanas era tan concurrido.
Le acaricié la cabeza y la espalda al animal un momento como si este fuera mi mascota. Supe enseguida por la forma en que comenzó a ronronear y la forma en que reí, que los dos agradecíamos la mutua compañía. De haber sido otra mi vida, me hubiese gustado mucho ser el dueño de un gato. Podía decirse que también yo les gustaba. No era la primera vez que un gato cualquiera se acercaba a mí.
Finalmente, el micho se cansó de mis caricias y se alejó caminando por la baranda del muelle. Yo lo observé marchar, sin tener nada más interesante que ver, y quizás hasta con la esperanza de ver hacia donde se dirigía.
En eso, el gato llegó hasta una parte de la baranda que estaba rota. Bien podía haber saltado al piso y seguir su camino; pero no. El animal parecía empeñado en cruzar por la baranda. Me intrigó su actitud en cuanto alistó las patas traseras para saltar al otro lado de ella:
—Hey. —lo llamé para atraer su atención y que desistiera. No me apetecía abandonar mi lugar y detenerlo yo— ¡hey! ¡no! ¡tú... gato! —insistí, aunque este me ignoraba. Estaba listo para saltar y nada iba a detenerlo.
Me lo quede viendo a ver si tenía éxito ¿como no iba a lograr llegar al otro lado de un salto? después de todo era un gato.

Por fin, el animal saltó. Con tan mala suerte que echo por tierra mis teorías y al aterrizar al otro lado, perdió el equilibrio y cayó; con peor suerte aún, del lado de la baranda que daba hacia una caída mas o menos larga hasta el mar.
—¡No...! —gimoteé extendiendo las manos y haciendo el ademan de atraparlo, pero sabiendo que era inútil. Me lleve la mano a la cabeza sin saber que hacer y apreté los dientes cuando sentí el azote que dio en el agua.
Entonces, no sé cómo ni por qué, me tambalee dos veces sobre los pies, y empujado por alguna fuerza que desconocí, salté la baranda y me arrojé entre las agitadas olas en su rescate.

No tardé demasiado en encontrar al gato y agarrarlo. Lo difícil fue sujetarlo y subir con él de vuelta al muelle. Lo cual me tomó más tiempo del necesario debido a las luchas del animal por liberarse, asustado por el oleaje y la marea; de seguro sin saber que mis intenciones eran las de salvarlo.
Con algo de lucha y bastante suerte, logré subir por un costado del muelle con el gato bajo el brazo, sujetándole las patas delanteras para que cesara de rasguñarme.
Una vez arriba, en el suelo firme del muelle, lo primero que hice, fue soltar al animal; el cual tenía todas las garras clavadas en mi brazo y en mi mano, y este saltó aterrorizado para alejarse de mí. Corrió despavorido, salpicando y empapando de agua todo su camino hasta meterse detrás de una tienda.
Suspiré. Ahora no solo tenía hambre y estaba cansado. Además estaba mojado y molesto. Examiné mi mano un momento. Los rasguños se veían mucho más escandalosos de lo que realmente eran. Pues mezclada la escasa sangre que brotaba de ellos, con el agua de mi piel mojada a su alrededor, esta se tornaba roja al instante y hacía parecer que mi mano estaba totalmente empapada de ella. Ignorándolo, me quité la levita —que se había vuelto demasiado pesada por el peso del agua— y la estruje para luego colgarla en la baranda y que se secara mientras me inclinaba y estrujaba mi cabello y mi camisa.
Ocupado en mi labor, y a causa del sonido del agua escurriendo bajo mis pies, no reparé en la presencia de alguien que se situó detrás de mí y aclaró su garganta para llamar mi atención. Reconocí una voz femenina y aguda y volteé la cabeza sorprendido por la repentina aparición de una muchacha pequeña, de entre trece y catorce años que me observaba curiosa:
—¿Estás bien? —preguntó inclinándose hacia mi para verme de cerca con un par de ojos claros cuyo color no distinguí debido a la luz ambarina de la tarde.

—Podría decirse que si. —respondí con desgano volviendo al proceso de mi secado. Con la esperanza de que esa respuesta fuera suficiente, y la chica me dejara solo.

—Te vi saltar —comentó divertida—. Para salvar a ese gato. ¿Es tuyo?

Comprendí el que me hiciera esa pregunta. ¿Quien, en su sano juicio, se arroja al mar para salvar a un animal que no es suyo? naturalmente, alguien quien no está en su sano juicio:
—No. No es mío.

—Pero... ¿no viste las piedras abajo? la marea además está mas inquieta y sube a esta hora. Pudiste ahogarte, o golpear las rocas y lastimarte. O morir —mencionó con aires entendidos. Como si estuviera contándome algo que yo ignorara completamente, para luego examinarme de pies a cabeza—. No estás lastimado ¿o si?

—No —respondí de la forma más cortante que pude; pero la niña se acercó me sujetó la mano entre las suyas para examinarla.

—Yo diría que sí; pero no es tu culpa. Los animales no saben de gratitud —me explicó. La muchacha parecía empeñada en señalarme cosas evidentes.

No sé si el hecho de haber saltado al mar para salvar a un animal le decía que era yo un completo imbécil, o solo intentaba charlar conmigo; pero le arrebaté mi mano y la ignoré para continuar secándome. Cuando me agaché para que el agua no escurriera sobre mis botas, una porción de mi camisa cayó por mi brazo y la muchacha se llevó una mano al rostro con los dientes apretados:
—¿Qué? —pregunté fastidiado. Entonces ella señaló la larga cicatriz en mi hombro; la del día del ataque al barco de Jonathan, y entendí— ...Ah...

—¿Pero como... ? Eso no te lo hiciste ahora ¿verdad?

—No. La semana pasada salvé a un león.

La niña me observó unos instantes de forma inquisitiva, examinando mi rostro y luego meneó la cabeza y rió captando la broma pese a que yo no reía:
—Ya dime, en serio ¿que fue lo que te ocurrió?

—Muy bien: una pelea con un pirata.

—Dije que en serio.

Esta vez no pude evitar reír. Tal y como había adivinado, había creído que se trataba de otra broma:
—Dejemoslo en que sí fue una pelea con alguien.

—De modo que eres lo bastante rudo para pelear con alguien y acabar herido de ese modo, y a la semana siguiente, saltas al mar para salvar a un pobre minino. ¿Tienes algún trastorno de personalidad doble?

Bufé exasperado mientras recogía mi cabello en una coleta y la observaba con un aire ofendido:
—¿Qué hay de ti, niña? primero te preocupas por mí y luego me llamas "trastornado".

La muchacha se mordió los labios apenadas y me sonrió para disculparse:
—Tienes razón. Lo siento. —levantó la cabeza y se presentó con una leve reverencia—. Por cierto, soy Sabrina.

—Un placer —murmuré dándole la espalda para tomar mi levita y disponerme a marcharme caminando por el muelle. El sol ya se había escondido y este ya empezaba a oscurecer. Sin luz que guiara mi camino, me sería más difícil encontrar el sitio en que había dejado escondidas mis espadas.

Antes de alejarme lo suficiente, escuché su voz de nuevo y esta me retuvo en seco:
—Veo que tampoco tienes muchos modales. ¿No vas a darme la mano y a presentarte?

Me la quedé viendo un instante. No solo era un loco trastornado para ella, sino que además un maleducado. Le tendí la mano con una sonrisa fingida para darle en el gusto:
—Gárin.

Al tomar mi mano, la muchacha me provocó dolor en los rasguños y agrié el gesto. Ella la soltó de inmediato y se disculpó de nuevo:
—¡Lo siento! —rió— Oye... ¿no quieres venir conmigo a mi casa?

—¿Qué? —la interrogué. Su propuesta me tomó por sorpresa y no supe si lo decía en serio o solo bromeaba.

—Podría curarte esa mano, y también revisar la herida de tu hombro a ver si puedo hacer algo.

—No hace falta —hice el intento de marcharme, pero ella caminó detrás de mi y me sujetó por el brazo.

—¡Insisto!

—¡Dije que no, niña! ¿que van a decir tus padres si llegas a casa con un completo extraño? —me negué para luego mirar el deplorable estado de mis ropas y de mí mismo, y reparar en que olía como algo que había muerto. No era la mejor forma de presentarme ante nadie—. Además sucio, mojado y apestoso.

Ella se encogió de hombros sin siquiera hacer el intento de negarlo para hacerme sentir mejor y añadió:
—Incluso te puedes dar un baño allí. Mis padres no están en casa. No te preocupes.

Me erguí para verla a los ojos alzando una ceja con su último pretexto:
—Y... ¿te parece una buena idea meter a un extraño a tu casa si no están tus padres?

—No es como si fueras a hacerme algo.

—¿Qué sabes tú? —pregunté echándome la levita al antebrazo y pasando el otro por debajo de la misma.

—No pareces ese tipo de persona. —determinó con seguridad. Me irritó la falta de cuidado de la chica.

—No me conoces, niña. No te fíes de alguien solo por lo que aparenta. Me preocupa la idea de que no sea el primer extraño que invitas a casa así como así.

Ella entreabrió los labios inhalando un suspiro como quien ha sufrido un grave agravio verbal:
—¿Me estás llamando ramera? —se puso las manos en las caderas de forma obstinada.

—Te estoy llamando tonta —me aclaré.

Ella apretó los labios ofendida:
—Al menos no voy por las calles sucia y apestosa. Medio ahogándome por salvar gatos callejeros.


—Touché... Pero ese es mi problema. Si te molesta, lárgate de aquí y déjame en paz —me maldije internamente. Mi primera posibilidad de entablar plática con alguien y ya la había jodido.

—Eres un ingrato. Vengo a ver si te encuentras bien, te invito a mi hogar, me ofrezco a ayudarte y te portas como un completo idiota.

Increíble... me estaba igualando una muchacha de casi la mitad de mi edad. Pero después de haber pasado tanto tiempo en barcos, estaba tan acostumbrado a los insultos, que poco me importaba quien me los llamara. Aún así, la cría tenía razón. Suspiré sin ánimos de pelearme con una niña y relajé la postura:
—Está bien: lo siento. No quise ser descortés —me disculpe de forma sobre-actuada, pero entonces, algo en mi interior me hizo suavizarme y le hablé con sinceridad observándola a los ojos—. De verdad lo lamento.

Sabrina me vio unos momentos y también ella se relajó:
—En realidad que eres único; pero acepto tus disculpas. ¿Aún quieres venir?

—¿Aún quieres que vaya? —pregunté de vuelta, con la esperanza de que su invitación siguiera en pie, pues ahora, con el frío nocturno, ya no me parecía tan mala.

Ella se rascó el mentón.
—No lo sé. Ahora sí que me preocupa la idea de que seas un violador.

—Sí. Salvo gatitos de día y violo niñas pequeñas por la noche. ¡No me jodas!

—¡Tú lo dijiste! Y no soy una niña pequeña: tengo catorce ¿Y qué si es cierto?

—Para mi eres una niña. Te llevo casi diez años. Por lo demás, allá tú.

Sabrina bufó y se cruzó de brazos. Yo la estaba sacando de quicio tanto como ella a mí:
—Está bien: quiero que vengas conmigo. Confío en ti.

—Con una condición.

—Ahora pones condiciones. ¿Cual?

—Que sea la última vez que invitas a alguien a tu casa si no le conoces bien. Menos aún si allí no están tus padres.

—De acuerdo. Pero que sepas que es la primera vez que lo hago. Alguien que salva a un gatito no puede ser tan malo.

Con las palabras ingenuas de la muchacha, reí para mis adentros. Si bien era cierto que jamás había forzado a una mujer, ni tampoco sería capaz de hacerlo, había hecho cosas mucho peores. Rescatar un gato había sido lo mismo que quien saca a una mosca del agua con un palito solo por lástima. Aquello no se acercaba ni por asomo a mi verdadero estilo de vida. De todos modos, la muchacha había sido amable y quería ayudarme. No podía negarme a una invitación como esa. De modo que asentí fingiendo que estaba de acuerdo con su suposición:
—Está bien, ya vamos.

Ella sonrió y comenzó a caminar invitándome a seguirla y lo hice.
Nuestro trayecto a su casa fue tranquilo; pero sí, estuvo lleno de plática. A aquella jovencita no le paraba la boca ni debajo del agua. En veinte minutos me contó como se apellidaba, qué día cumplía años, su color, animal y comida favorita, e incluso cosas que hubiese deseado no saber. Como por ejemplo, que se estreñía cuando comía mango y que hace poco había tenido su primer periodo menstrual; una medida desesperada para intentar convencerme de que era toda una mujer, y no una niña; como yo me había empeñado en llamarla:
—Muy bonito... —ironicé con su último argumento— ¿Tenías que contarme eso?

—¿Por qué te disgusta? es un proceso natural en el desarrollo de una mujer —enfatizó la última palabra— Es un hermoso regalo. Una señal de que una muchacha está completa y lista para acunar en su vientre a una criatura.

—Ajá... —murmuré intentando cortar la incómoda charla.

—¿Y tú qué me cuentas? No me has dicho nada de ti —observó de pronto—. Yo te lo he contado casi todo.

—Incluso cosas que podías haber omitido.

—Todos los hombres son iguales. Apuesto a que no tienes problema para hablar de putas con tus amigotes ¿verdad?
Guardé silencio; me había puesto el dedo en la llaga. Ella pareció percatarse y se detuvo frente a mi para interrogarme:
—¿Dije... algo malo? —y luego se disculpó... de nuevo. Aquella chica tenía una facilidad increíble para decir cosas inapropiadas, lo que me decía en parte, por qué estaba tan acostumbrada a disculparse. Probablemente ofender accidentalmente a alguien, era parte de su día a día— Perdona, no quise ser tan...

—Descuida. Vamos.

El resto del trayecto estuvo muy callado; incluso algo incómodo. Hasta que finalmente llegamos a su casa. Estaba en un barrio de la clase baja, aunque no era tan pobre como algunos que había llegado a conocer. La casa que me enseñó era casi el doble de la casa en la que yo había vivido toda mi niñez. Me invitó a pasar. Dentro, estaba bastante oscuro así que Sabrina encendió varias lámparas y puso agua a hervir.
Me mostró un lugar donde pude darme un muy necesitado baño y quitarme de encima toda la porquería y por si fuera poco, también me prestó ropa de su padre mientras la mía se secaba. Ya limpio y vestido, volví a la cocina, en donde ella estaba y percibí en el aire un agradable aroma a comida recién hecha que me despertó un nuevo calambre en el estómago y me hizo rugir las tripas de forma escandalosa.

—¡Mucho mejor! —exclamó ella dejando su labor junto a un gran caldero al verme, y luego se mordió el labio inferior de forma pícara admirándome de pies a cabeza. Algo no muy propio de su edad— ¿Sabes? en realidad te hacía falta un buen baño. Eres mucho más apuesto de lo que había esperado. Sin mencionar que hueles mucho mejor ahora. Estabas tan sucio y maloliente, que incluso me parecía que eras más viejo y más feo.

—No sé si tus insultos suenan como cumplidos o tus cumplidos resultan insultantes; pero gracias.

Ella rió:
—Lo siento. ¿Tienes hambre? Cociné para ambos, pero aún no está listo.

La sola mención de comida casera recién hecha, me hizo agua la boca. Ese día había pasado de ser malo, a ser muy, muy bueno. Aunque aún esperaba que no acabara en "malo", cuando los padres de la chica volvieran y me corrieran de su casa a patadas.
—Mientras podría revisar tus heridas. —decidió apartándose de mí para hurgar en un cajón de una pequeña despensa alargada en un rincón del salón— Esperame un segundo. Sé que guardamos vendas y esas cosas por aquí. Mientras tanto, ponte cómodo. Debes estar exhausto.

Obedecí dejándome caer sobre una de las sillas de la cocina y aguardé en silencio. Entonces llego a mí un pensamiento curioso. Era la primera vez en muchos años que había entrado a casa de alguien más. No recibía muy a menudo una invitación, y no era que me encantaran los espacios entre cuatro paredes. Pero en esa ocasión, incluso era agradable encontrarme en una casa, a punto de comer, limpio, y en compañía de una muchacha tan extraña; pero tan agradable.
No supe en qué momento apareció junto a mí y se sentó en una silla próxima a la mía; dejando sobre la mesa un recipiente con agua caliente y algunos instrumentos:
—Veamos... —susurró acercándose excesivamente a mí para examinarme el hombro. De cerca, percibí en ella un aroma fresco y agradable. No sabía bien si este emanaba de ella misma o de alguna clase de perfume; la opción menos probable debido a la que debía ser su situación económica. Entonces sí pude distinguir el color de sus ojos. Oscilaba en un castaño verdoso, en un bonito contraste con su cabello rubio rojizo— Que cicatriz tan fea ¿Como te dejaron así el hombro?

Torcí el gesto:
—Ya te lo dije. Una pelea.

—Esto no es un simple moretón. Tuvieron que cortarte con un machete o algo como eso.

—En realidad una espada —la corregí antes de darme cuenta de mi error.

Ella se separó de mí y me examinó en los ojos:
—La historia de la pelea con un pirata... no es cierta ¿verdad?

Suspiré sin saber qué decirle. Podía servirme de desahogo contarle, pero a la vez, podía terminar asustándola y arruinar todo:
—Esa parte si era cierta.

—¿Un pirata? ¿En serio? —exclamó aterrorizada— ¡Tienes suerte de estar vivo!

—Supongo que sí —respondí, y entonces me di cuenta de algo. No tenía que mencionarle que yo también era un pirata. Solo con contarle la mitad de la historia, me serviría de mucho desahogo.

—¿Como ocurrió? —preguntó humedeciendo en agua caliente un pañuelo y deslizándolo a lo largo de todo el corte.

—Nos atacaron en alta mar, no muy lejos de aquí. Fui el único sobreviviente.

Entonces, la expresión en el blanco rostro de Sabrina se volvió apenada y triste:
—Antes... cuando hablé de tus amigos y entonces tú...

Supe a que se refería y asentí:
—Me temo que sí. Murieron en el ataque.

—Dios mío —susurró ella y bajo la cabeza, ahora realmente apenada—. Lo lamento mucho... yo no sabía que... y yo no debí...

—No te preocupes. Está bien.

—De modo que eso fue lo que ocurrió. Pero... ¿no volviste con tu familia? ¿por qué te quedaste aquí? —volví a enmudecer y aparté la mirada. Sabrina meneó la cabeza y suspiró— Apuesto a que he vuelto a decir algo que no debía.

—No es eso. No volví con mi familia por que he estado lejos de ella mucho tiempo. Es como si ya no la tuviera. No me he ido de aquí en parte por que no tengo en mente un lugar a donde llegar.
Antes de darme cuenta, Sabrina estaba viéndome con una mirada entremezclada de compasión y lástima. Precisamente la mirada que odiaba que la gente me diera. Intenté suavizar la situación:
—En fin ¿donde están tus padres?

—Tuvieron que viajar. Al funeral de un amigo de la familia. Junto a mi hermano bebé.

—¿Y te dejaron sola?

—Fue una emergencia y alguien debía cuidar la casa. No es que pasen muchas cosas en este lugar. Es una ciudad bastante tranquila. Además sé cocinar y me dejaron dinero para comprar lo que necesite.

—Aún así, no es seguro que estés sola —alegué. Pese a mi creciente mal carácter en esos días y la frialdad que me había esforzado en adoptar, seguía sintiendo debilidad por las mujeres.

—Ni tú —contraatacó ella continuando su labor. Me puso una especie de plasta pegajosa en el hombro que además despedía un aroma fuerte, como a perejil y vinagre, y luego lo cubrió con algunas compresas que se quedaron fijas por el mismo efecto viscoso de la pasta. Acabada la primera parte de su trabajo, pasó a ocuparse de mi mano; la cual no requirió muchas atenciones. Me puso sobre los rasguños la misma pasta de color verdoso —la cual en esta ocasión me escoció debido a que estos aún estaban abiertos— y me dio dos vueltas con una delgada venda; una medida que consideré innecesaria debido a la poca profundidad de los rasguños. Pero ella quería hacer un buen trabajo.
—¡Está listo! —anunció orgullosa de su excelente procedimiento y levantándose para poner todo en su sitio.
La observé moverse rápidamente con una energía desbordante de allá para acá. Lavándose las manos de la olorosa pasta en el mismo recipiente de agua caliente en que se había lavado antes de atenderme, y arrojar esta por la ventana. Caminó de vuelta junto al caldero, recogiendo a su paso algunas especias de la despensa y agregándolas para dar el toque final a su obra maestra culinaria. Todo eso, con una enorme sonrisa en el rostro y tarareando una canción que me sonaba, aunque no sabía de donde.

—¿Sabes? —murmuré echándome hacia atrás sobre la silla y observando las vendas de mi mano con abstracción— Harías una magnifica esposa.

Por el rabillo del ojo, la vi sonrojarse hasta lo inverosímil mientras sonreía ampliamente y se llevaba las manos al regazo alzándose de hombros de forma juguetona. El cumplido le había hecho mucha mas ilusión de la que había esperado:
—¿De verdad lo crees? —preguntó a modo de que continuara halagándole.

—Claro. Cocinas, sabes tratar con heridas, tienes buen carácter y eres muy ordenada.

—¡No es nada! —rió moviendo la mano hacia mí y volteándose para hacer mil cosas más, de la mejor forma posible para mantener la ilusión de "buena esposa".

—¿Cuantos días llevas viviendo sola?

—Desde ayer. Acabé en esta comida mis últimas provisiones. Mañana temprano tengo que ir al mercado. No debo gastar todo de una vez. Aún debo dejar algo de lo que mis padres me dieron por si luego surge alguna emergencia. No me gusta ir los sábados al mercado; pues casi no tienen nada. Pero me hacen falta algunas cosas, de modo que al menos tendré para uno o dos días.


Me explicó de una forma innecesariamente larga. Aquella chica era como un libro abierto. En tan solo un par de horas, sabía mucho de ella y ahora había descubierto algo nuevo: el que podía llegar a contar su vida entera al preguntarle que opinaba del clima.

—Ya veo, pero... ¿no te da miedo?

—¿Miedo de qué? —se encogió de hombros.

Tampoco era demasiado precavida:
—Que se meta alguien a casa y no tengas quien te defienda.

—¿Quien anda metiéndose en casas ajenas?

De hecho era muy ingenua...:
—No lo sé ¿Ladrones?

Ella rió. Su risa sonaba como la de un bebé que apenas aprende a expresar su felicidad: aguda e irregular; se le quedaba a momentos atorada en la garganta y exclamaba chillidos de alegría:
—¿Qué nos irían a robar? no es que tengamos mucho. No nos pueden robar ni el tiempo.

Aún con la antigüedad de ese chiste, me hizo gracia y elevé las comisuras intentando contener la risa para no restar seriedad a mi sermón:
—Bueno, quizás no ladrones. Pero...

Ella hizo un gesto como si barriera mis palabras agitando su mano y se volvió al caldero para extraer de él una cuchara llena lo que fuera que se cocinara allí y llevársela a la boca:
—Está listo. ¡Espero te guste! Aunque no creo que me haya quedado igual de bien que a mi madre. Es estofado de carne.

—¿Al menos me estás tomando en cuenta? no quiero asustarte pero... —bastó con que mencionara la comida que había sido mi favorita durante casi toda mi vida para que olvidara mi sermón y cesara de parlotear— ¿Qué dijiste?

—Estofado de carne. Creo que hice demasiado así que puedes comer todo lo que desees —rió apenada sirviendo dos platos y llevándolos a la mesa. El aroma delicioso de la carne me hizo sentir como si se me abriera un hueco en el estómago y observé el plato con una expresión que rozaba la lujuria. Sabrina depositó los cubiertos frente a mi y procedió a sentarse a mi lado con su propio plato.

Pese a que hubiese devorado el contenido del cuenco en medio minuto, me avergonzaba que la chica supiera lo hambriento que en realidad estaba, así que tomé los cubiertos con naturalidad. ¿En qué momento me había vuelto vergonzoso? No. No era vergüenza: más bien orgullo.
—¡Anda! ¡pruébalo y dime que tal está! —me animó desbordada de ilusión— es la primera vez que cocino para un hombre. —admitió apenada.

Meneé la cabeza con su exagerada felicidad y me llevé la cuchara a la boca para probar el primer bocado.
Solo con sentir el sabor de la carne en la boca, el fuego que sentía en el estomago comenzó a arder con más fuerza, impulsándome a tragar sin apenas masticarlo para tomar otra cucharada llena del plato y devorarla con más rapidez que la primera. Adiós a mi orgullo; o mi vergüenza, o lo que sea que fuera. No iba a comer algo así en mucho tiempo y no podía dejar pasar esta ocasión.

Sabrina ardía en felicidad. Sus blancas mejillas estaban de nuevo encendidas y se mordía el dedo índice con fascinación, como si verme comer le resultara en un espectáculo:
—¡¿Qué dices entonces?! —preguntó animada. Como si haber acabado medio plato en treinta segundos no le hubiese dejado lo suficientemente claro cuanto estaba disfrutando yo de su comida.

La verdad, es que tenía un apetito tan voraz, que difícilmente podía decir si la comida estaba sabrosa o no. Me hubiese parecido un festín digno de dioses aunque me hubiese dado a comer una cebolla cruda. Aún así, tragué para poder hablar y decidí hacerlo por lo que sentía y no por lo que sospechaba:
—Esto está delicioso. Eres una magnifica cocinera.

Ella rió encantada y procedió a comer también. Me había estado esperando que tomara los cubiertos como una dama, se extendiera una servilleta en la falda y se llevara a la boca bocado a bocado; pero no. Tomó la cuchara con la mano en un puño y se inclinó sobre la mesa encorvando la espalda para proceder a comer con modales muy similares a los míos.
Como supuse, no tardó en echarse a hablar de nuevo:
—¿Sabes? me agrada comer contigo. Disfrutas la comida como debe ser y además no te quejas de que me jorobe en torno al plato o la forma en que tomo los cubiertos.

Reí dejando los cubiertos sobre el plato al terminar y apartándolo de mí para lamerme los labios. Exhalé un profundo suspiro de satisfacción. No estaba del todo lleno, pero al menos había dejado de sentir esos terribles calambres. Sabrina se levantó de inmediato en cuanto vacié el cuenco, y se hizo al caldero de nuevo para volver a llenarlo a tope sin siquiera preguntarme; como si me hubiese leído el pensamiento.
—Siento que he abusado de tu hospitalidad.

—¡Claro que no! de hecho me gusta estar en compañía de alguien. Verás, me gusta mucho platicar —me sonreí pensando en que no era necesario que lo mencionara...—, y con solo unas horas sin nadie en casa, estaba realmente agobiada. No acostumbro andar tan tarde por las calles como la hora en que nos encontramos; pero me sentía tan sola, que realmente esperaba encontrar a alguien con quien charlar un momento.

—Entiendo.

Ella se aproximo a la mesa y dejó la segunda ración frente a mi para ocupar de nuevo su asiento. Esta vez, comí con más calma, y ella continuó platicando:
—Me estuve paseando un momento por el barrio, pero parecía que todos estaban ya en sus casas, así que pensé en irme al muelle haber si allí había alguien. Entonces reparé a lo lejos en un sujeto apoyado contra la baranda, hablando en completa soledad.

Bufé divertido al darme cuenta de a quien correspondía esa descripción y me concentré de nuevo en el plato:
—Es una costumbre estúpida...

—¡No! de hecho me dije: ¿por qué no pensé en ello antes? Charlar conmigo misma en mi casa. En fin, por la forma en que te tambaleabas y lo cansado que lucías, supuse que estabas ebrio o algo parecido. Y entonces, cuando estaba por marcharme, te oí gritar algo, y cuando voltee, saltabas por encima de la baranda. Creí que intentabas suicidarte; pero entonces, te vi aparecer con el gato en el brazo y entendí por qué habías saltado —parloteó ella para luego suspirar y llevarse una cucharada de comida a la boca—. No es algo que se vea todos los días.

Negué dándole la razón y sonreí burlándome de mi mismo. Desde el punto de vista de otra persona, sonaba como algo realmente estúpido. Sin darme cuenta, en el transcurso de su historia, me había acabado ya la mitad del segundo plato. Ella continuó hablando:
—Tengo que admitirlo. Al principio me pareciste un vago desquiciado, pedante e insoportable —enarqué la ceja. Su franqueza me molestaba cada vez menos. Ahora me hacía gracia. Entonces añadió—; pero resultaste ser un tipo muy agradable, Gárin. Me alegra haberte conocido.

Aunque no era ni por lejos mi costumbre ante esas situaciones, sonreí amablemente por el cumplido. Me percaté de que aunque llevábamos ya casi tres horas juntos, aún no nos habíamos llamado por nuestros respectivos nombres. Aún se me hacía extraño llamarla "Sabrina", y no sabía bien por qué:
—Igual a mi, niña.

Ella rodó los ojos, pero no lucía molesta. Al parecer también se había habituado a mi frialdad para hablarle.
Al cabo de un rato, acabamos ambos de comer. Casi al mismo tiempo, y ahora yo estaba completamente satisfecho. Nos quedamos un momento en silencio; algo bastante inusual estando con Sabrina, y de pronto me fijé en que ya era tarde. No quería darle mala fama a la pobre muchacha si sus vecinos me veían saliendo de su casa a esas horas, así que procedí a despedirme:
—Bueno, linda, ya no me puedo quedar más tiempo. Se hace tarde y seguro debes dormir.

Intenté levantarme, pero ella se arrojó repentinamente sobre mí con bastante fuerza para alguien de 3su edad, contextura y estatura:
—¡No! —chilló y me la quedé viendo sorprendido— ¡No te vayas! no aún, porfavor. Estaba pasándomela bien ¿quieres un té? ¿o vino?

—Pero, niña... no puedo quedarme aquí. Se hace tarde.

—Entonces, te propongo algo ¿Qué te parece si te quedas conmigo hasta que vuelvan mis padres?

—¡¿Pasar aquí la noche?! ¡Estás loca!

—¿Por qué no? Yo estoy sola, y tú no tienes a donde ir...

—No es apropiado.

—¿A quien demonios le importa? —exclamó enfadada.

Exhalé y la tomé por los hombros para hacer que se sentara de nuevo:
—Escucha. Fue divertido y todo, y agradezco enormemente todo lo que hiciste por mí; pero no puedo quedarme aquí. Pronto tendré que marcharme de la ciudad.

—¿A donde?

—A donde sea, pero no puedo quedarme vagando para siempre. Eventualmente tengo que buscar algo que hacer.

—Entiendo —susurró ella en voz baja. Hasta ese momento la había visto alegre, enfadada, fastidiada, avergonzada, emocionada, asustada y sorprendida... pero no triste.





"Y ya está!! espero les haya gustado!! son 17 páginas, esta largo, pero espero hayan podido leer todo. Pronto vengo con más!! en cuanto escriba mas XDD"


Última edición por Caylis el Miér Jul 04, 2012 1:42 am, editado 2 veces

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Re: ♦ Precuelas ♦

Mensaje  violeta el Dom Ene 15, 2012 7:43 pm

¿Como es que esto no tiene 1000 comenrarios?

Anda chicas! animense!

WAAAA SIII PRECUELAS! las amoooo y de Garin! Laurieee! que fantastico

Pobre Garín, me sentí mal por él , aunque admito que fue tantastico urgar por sus sentimientos XP
Pero lo que paso con su capitán.

Me encanto la manera de describir a Marti! Sabes yo ya lo tenia así en mi mente jajaja

El Gato! haaaawwww! ternurisima! yo pensaría que Garin era esos que veian un gato y les gritaba Ushkale!!!! XD pero se preocupo por él . Fue lindisimo, Ahora a mo mas a este hombre.

Sabrina me parecio linda, sabes, tontilla y algo desesperante, amable... Pero eso si empalagosa XO jajaja como te dije, no es mi tipo de personaje, aunque valió la pena solo para que Garín tomara un baño XP.

—¿Quien anda metiéndose en casas ajenas?

De hecho era muy ingenua...:
—No lo sé ¿Ladrones?


Carajo! Sabrina vive en una inglaterra en pleno siglo XVII y aun pregunta esa barbarie ¬¬ XD jajajaja lo vez Lau! por eso me cayo mal JAJAJAJAJAJAJAJAJA ademas medio rogona con Garin, digo esta bien que este guapo, que salve gatos y que sea un ex-pirata sexy, pero de eso a pedirle de buenas a primeras quedarse la noche en su casa! o_ó Muchachita apenas tienes 14 ve tranquila!!!

Pero esta lindo Lau, me gustó! Very Happy Siempre me termino enamorando de lo que escribes mujer, lo haces tan bien!!!

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Re: ♦ Precuelas ♦

Mensaje  LaurieCay el Dom Ene 15, 2012 7:56 pm

Si!! lo postee hace siglos y nada! creí que no les había gustado. U.U te gusta como describe él a Sashie? *-* esa es la idea que tiene de él! siempre he pensado en Marti como en un hombre de rasgos suaves con una belleza casi femenina. que destaca entre tanto hombre bruto y tosco jajajaja

La verdad es que Gárin, no se si lo había dicho antes, pero de hecho le gustan los animales. En especial los gatos. Ves por que lo amo? *-*
Sabrina! ya te habia dicho que no es para todos los gustos. Para hacerla quería crar esa imagen de ese tipo de personas que exteriorizan todo lo que piensan sin importarles si resulta ofensivo o no, o a quien le están hablando. Por eso es así de abierta (al punto de decir cosas que los demás no quieren escuchar) empalagosa como personaje creado por mi o por su forma de ser??
Es que para variar quería que esta chica fuera mas tuviera ese aire infantil, pero no inocente. digamos que ya tuviera las hormonas un poco revueltas (de ahi sus coqueterías). Que estuviera en la "edad del pavo" como le llaman XD
La verdad lo de pedirle que se quede por la noche, no es con mala intencñon. De hecho se siente muy sola y como dice mas adelante (olvide poner esa parte >.<), en realidad le aterra la idea de quedarse sola en su casa por la noche. Es bastante ingenua, por eos no piensa en si es o no una buena idea pedirle eso a un desconocido.
Me alegra mucho que te gustara!!!! lo seguiré!!

Ojala en lo que sigue te caiga mejor la chica! no e stan mala, una vez que la conoces Wink

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Re: ♦ Precuelas ♦

Mensaje  LaurieCay el Dom Ene 15, 2012 8:08 pm

Otra cosa!!! lo recorde hablando con mi Gemelis. Cabe destacar que las personas como sabrina generalmente no me agradan demasiado, pero precisamente por eso queria crearla. No me gusta limitar a mis personajes a mis gustos y preferencias. Me parecio interesante experimentar con un personaje que fuera el tipo de personas que no me agradan. y resulto que si me agrada! :3

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Re: ♦ Precuelas ♦

Mensaje  violeta el Dom Ene 15, 2012 8:23 pm

Marti <3 Si es un bombonachooo! Lo amooooo <3 jajajaja de hecho suspire cuando lo describiste

empalagosa como personaje creado por mi o por su forma de ser??
Por su forma de ser, pero como decirte, si la critica no va de mi hacia la chica que creaste, va de mi hacia el tipo de personalidad de la chica. Hablando desde otra perspectiva, a mi me gusta ver muchos razgos y personalidades diferentes en las historias! Eso presisamente hace una historia rica y variada, en ese sentido incluzo agradezco que sea así y no ver repetido el patron de la chica temeraria, o la chica romantica, o la chica timida Very Happy (Hace poco estaba presisamente leyendo sobre de eso XD jajajaj XP). Incluso me he pusto analizar que yo tambien necesito variarle un poco la personalidad a mis personajes.

Pero Reina, tu sigue escribiendo, cuando comeinzo a decir "Espetersonaje me cae mal" es que ya me proyecto dentro de la historia y comenzo a juzgar a un personaje como si lo conociera XP jajaja

Sobre sus intenciones XD jajajajaja
Primero dice a Garín que ya le bajo y luego le pide que se quede toda la noche jajajaja anda eso hace que a uno le de por mal-entender los propocitos de esta chica.

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Re: ♦ Precuelas ♦

Mensaje  Allyssyah el Dom Ene 15, 2012 8:38 pm

Lau, amiga!!
Yo adoré a Sabrina! Y mira que por ejemplo, yo soy todo lo más alejado a ella y se me hacen sentir incomodas las personas tan abiertas y platicadoras, sobre todo cuando soy yo la que no tiene tema X_X
pero esta niña tiene un no sé qué!! jajaja
No es inocente dulce y tierna, pero no es madura, es...una simple chica que no teme decir lo que piensa, que habla sin dudar, que no es remilgada. jajaja
Sí le puede ser peligroso su extrema confianza, pero espero que Gárin le pueda aconsejar a no ser tan confiada de extraños!
Y sí, chance y de repente parece que se le lanza a Gárin, pero luego ya se nota que lo que ella quiere es tener un amigo con quien platicar por que esta sola jaja
Yo amé a Sabrina!
Y este cap! siguelo!

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Re: ♦ Precuelas ♦

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